El año comenzó con girasoles por doquier, visitas imprevistas, caminatas exhaustas y conversaciones románticas.
El año comenzó de casualidad en una canción de Fernando Delgadillo, hallada en el azar de un destino trazado.
La mágica tarde de enero corrió por los pasillos de un poema de Benedetti, una película de Javier Cámara y Nacho García, las pericias de Sherlock Holmes y su fiel ayudante Watson y las llamadas de tres minutos… ¡corta!... de media noche.
La tertulia fue el comienzo.
Presentamos el pasado con la esperanza de ver el futuro.
Fueron segundos de terapia y horas de pérdidas de la razón.
Volvieron las canciones sin sentido, los poemas de mi amigo Lay, las novelas de Corín Tellado y Jane Austen.
El romanticismo y las letras de trova invadieron mi habitación.
Aprendí a llevarla en el celular, porque no la puedo tener todo el tiempo.
Comprendí que Graham Bell me salvó la vida.
Soporté a Neruda una vez más y hasta acepté cargar a Chopra en el bolso.
Repito mil veces una canción de Ha-Ash camino a casa, regreso al centro de Lima, vuelvo a sentir.
No dejo de repetir su fotografía en mi memoria, de perforar papeles con su recuerdo.
Alimento mis ganas de verla con suicidios literarios. Me someto a la fe de creer en el amor. Ahuyento el ayer con mi aliento como si fuera una pluma.
