San Marcos

18/08/2008, 10:15 PM

San Marcos, más que una universidad, es una agencia de banco. Cuando mis padres me demandaron por vagancia y descuido, me vi obligado a buscar un trabajo, y, por cosas inexplicables de la vida, terminé trabajando en esta agencia, San Marcos. Comencé como promotor de servicio, más comúnmente conocido como cajero de ventanilla. Al comienzo era muy divertido, algo nuevo que quería dominar, me sentía un experto del dinero y, por primera vez, entendía algunas operaciones que mi papá hacia en alguna ventanilla de algún banco.

Los meses fueron pasando y por cosas inexplicables de la vida, ascendí a promotor principal. Sin llegar a ser el eximio cajero de aquel banco, de un momento a otro, salí de caja y me mandaron a confirmar cartas, programar bóveda, firmar cheques, papeles y formatos que no sé bien donde terminaban. Era un puesto aún más nuevo que el anterior y me costó mucho asumir esta nueva responsabilidad.

Los primeros días como promotor principal fueron un caos. Mis jefas me miraban con incredulidad al ver que ellas habían sido las culpables de haberme dado ese puesto dentro de la agencia. Mis compañeros de trabajo y amigos, me miraban con pena y tristeza al ver que no atinaba una sola cosa. Era un blooper total. Lo único que faltaba era que me cayera caminando o mi cabeza tropezara con el techo. Mi orgullo estaba por los suelos, mi dignidad y prestigio se había ido por el inodoro y las pocas fuerzas que me quedaban se diluían en los correteos por evitar que la bóveda se pase.

Para las personas de afuera, ver el puesto de supervisor tiene solo el glamour del prestigio o la rimbombancia del nombre. Asumir el puesto y ocuparte de la infinidad de cosas que cada día quedan pendientes dentro de esta agencia es una tarea heroica y sumamente estresante.  

¡Renuncio! Era la palabra que casi todos los días pugnaba por salir de mi boca. Mis jefas todos los días recaían en la frustración de contar conmigo y ver que no podía asumir el puesto. Seguramente no podían reprochar mi entrega y esfuerzo, pero sí mi lentitud, mi falta de criterio y mi desorden.

Pasaron los días y mis jefas, resignadas, decidieron que era un buen momento para abandonar todo y dejar que me hundiera solo, mismo Titanic, en las profundidades de los reclamos de clientes siempre insatisfechos, correos inquisidores que solo preguntan ¿Por qué?, inoportunas auditorias gerenciales y promotores sindicalistas y golpistas.

Un día antes de la jornada de distracción y goce que mis lindas jefas se procurarían regalar, y sin mayores preámbulos, me dieron las instrucciones necesarias para asumir con insospechado éxito un día a cargo de la agencia. La posibilidad de que esas instrucciones y sugerencias dadas por mis jefas, se convirtieran en tareas incumplidas y reclamos justificados, era casi un hecho. Fue tan así, que no se esmeraron mucho en sus indicaciones y procuraron tan solo por un día olvidarse del trabajo y sobretodo de mí. Lo bueno fue que no me dejaron solo, sino junto a mi amiga, colega y camarada Soplin, la única de los dos que sabe hacer bien las cosas.

Yo soy el brazo izquierdo de Soplin, pero sin embargo el día que asumimos el cargo de la agencia, ella fue con el uniforme acostumbrado y yo, por el contrario, lucí la única camisa raída de siempre y la corbata conocida que me acompaña desde mis frustradas entrevistas de trabajo. Programamos bóveda, procurando que no se me pase. Soplin conversó con las chicas del turno mañana y con las señoras de plataforma. Yo solo escuchaba las directivas que daba. No tenia autoridad moral para agregar algo más, solo admiraba la seriedad de Soplin y miraba mi reloj calculando los minutos para abrir la agencia. Abrimos los correos de las jefas, recordamos en algo las instrucciones y comenzamos a plasmarlas en la realidad. Todo comenzaba más tranquilo de lo acostumbrado. El público no se daba cita en la agencia a pesar de que siempre el salón de espera está repleto de parroquianos. Es increíble pensar de dónde sale tanta gente a pesar que todas las calles están destruidas, gracias a la afiebrada manía de un alcalde por romper pistas y construir puentes. Los alrededores de la agencia San Marcos es un polvorín. Pierdo el tiempo esmerándome en dejar mis zapatos relucientes, si a penas bajo del bus, una capa de arena y barro acarician mi calzado de cuero trujillano.

Soplin organiza todo y yo la sigo fielmente. Hago caso a cada acotación que me da y trato de no equivocarme. Ambos sabemos que es nuestra prueba de fuego. La oportunidad de demostrarle a Alberto, nuestro gerente, que no somos un par de incompetentes que solo hacen mal su trabajo, sobretodo yo. Rebajamos los libros, mandamos las transferencias al exterior, mandamos por correo las letras pendientes, confirmamos las cartas en tiempo record, programamos bóveda sin dejar que se nos pase, atendemos los reclamos, contestamos las llamadas, ponemos los vistos buenos, respondemos los correos, confirmamos más cartas, ordenamos los archivos, hacemos el movimiento del día anterior, firmamos los cargos, volvemos a programar bóveda, recogemos los cheques, y vuelve otra vez.

Los chicos de ambos turnos nos ayudaron mucho. Las chicas del turno mañana, con su rapidez y experiencia nos hicieron más sencillo el trabajo de supervisión, aunque, son algo intolerantes y reclamonas, hicieron un gran trabajo. Los chicos del turno tarde también pusieron muchas ganas en sacar las cosas adelante. Soplin habló con ellos, y respondieron bien, aunque, lentos y algo disipados para el trabajo, dieron lo mejor y gracias a su entrega pudimos lograr lo impensado. Cuando el último de los clientes salió a las 6 y 45 de la tarde de nuestra oficina, nos planteamos el reto de irnos a las 7 y 30 de la noche. Este reto significó para nosotros, rebelarnos contra nuestras constantes salidas a las 10 de la noche. Fue decir NO a las horas extras sin pago adicional. NO al tiempo muerto encerrado en una agencia lejos de casa, de los amigos o de algún lugar más acogedor. Ese día nos propusimos rebelarnos contra la mediocridad.

Todos pusimos de nuestra parte. Las chicas de la mañana nos dejaron todos sus papeles cuadrados, así que solo faltaba cuadrar los papeles de la tarde. Soplin se encargó de la bóveda y de todo el efectivo. Los chicos del turno tarde la ayudaron a realizar los detalles de los paquetes de efectivo y las cajas con todos los picos de cada una de las ventanillas. Las señoras de plataforma cuadraron sus valorados y nos dieron el acta firmada y sacramentada. Hice la valija, con toda la documentación y la puse en la caja buzón, que es el lugar de donde la recogen para llevarla a la oficina principal, en jirón Lampa. Todo caminaba de maravilla y ningún error asechaba el final de fiesta.

Cuando Alberto, el gerente, bajó para apoyarnos con el cuadre final, con mucho orgullo pudimos decir que todo estaba hecho. Soplin y yo nos dimos un abrazo y los chicos saltaban de alegría al ver el reto cumplido. Nos tomamos fotos, hasta con el reloj, fiel testigo de nuestro triunfo. Eran las 7 y 30 y estábamos a punto de salir de la agencia. Era reparadora la brisa que se podía sentir a esa hora, fuera de la agencia. Alberto no tuvo otra salida más que felicitarnos a todos por nuestro gran trabajo y reconocer que no lo hicimos nada mal.

Sin embargo, cabe resaltar que mi labor fue meramente decorativa. La única persona que se puso la agencia sobre sus hombros fue Soplin. Al final del día, descubrí, que entre los dos había un solo supervisor, y ese era la que tenía el uniforme puesto. Gracias a Soplin y a los chicos, ese día obtuvimos nuestra primera gran victoria. Pues bien, la guerra no terminaba, ya que al día siguiente, al regreso de las jefas, nos preguntaron por algunas cosas incumplidas o mal hechas. Soplin y yo nos miramos, resignados al ver que aún teníamos fallas que corregir, pero con la alegría de saber que el día anterior, ella fue mi gran heroína y yo su fiel teniente.  

 

Para todos los chicos de la agencia San Marcos, gracias por el apoyo y el cariño. Los quiero mucho.

 

 

 

 

 

 

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La canción portada

2/07/2008, 12:58 AM

Los años cincuenta fueron muy importantes para Latinoamérica. Eran años en los que Estados Unidos buscaba tener mayor injerencia política en los países latinos, a desmedro de la unión Soviética. Nuevas, y no modernas, formas de pensamiento buscaban su espacio en América. Países como Nicaragua, Cuba y posteriormente otros, intentaban desligarse de un sistema capitalista que empobrece al más débil y enriquece aún más al poderoso. La revolución fue una de las formas de quitarse el yugo en Latinoamérica. Mientras Estados Unidos y la unión Soviética perdían su tiempo con la guerra fría, en América surgían nuevas formas de trascender al hombre y por ende a la sociedad misma. Nueva música, nueva literatura, nueva identidad, fue lo que dejaron los años posteriores a la mitad del siglo veinte. Personajes como Miguel Ángel Asturias (Guatemala), Alejo Carpentier (Cuba), Jorge Luís Borges (Argentina), Gabriel García Márquez (Colombia), Mario Vargas Llosa (Perú), Julio Cortazar (Bélgica, pero reconocido como argentino) formaron, en literatura, el movimiento Boom Latinoamericano, que estableció una identidad latina, frente a las imponentes corrientes europeas. También Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Vicente Feliú, Sara González y el gran Pablo Milanes, entre otros, contribuyeron con su música a la revolución de las mentes y de las ideas, algo que va más allá de las guerras.

El gran Pablo Milanes nació en la ciudad de Bayamo, Cuba. Es uno de los más grandes exponentes de la música latinoamericana. Su vida esta plagada de arte, en particular, de música. Tiene una decena de discos en su hoja de vida y miles de historias fascinantes como la que narraré a continuación.

Pablo es un hombre que le escribe al amor y a la revolución, porque el amor es una forma de rebelarse contra algo, una manera de cambiar el mundo. Pablo habla de amor en cada una de sus canciones y esta es una de tantas historias de amor.

 

Cuando una compañía de música peruana viajó a Cuba, invitados por Fidel Castro, algunos años después de la victoria de la revolución y de la toma del poder por parte de la guerrilla cubana, liderada por el mismo Fidel, contra el gobierno de Fulgencio Batista, una mujer llamada Yolanda Cortés inspiró esta novela mágica de la que aún sigo sorprendido. Yolanda era una mujer bellísima, a la que le gustaba bailar y cantar. Era toda una actriz y su bohemia la había llevado al país más convulsionado de América, después de la presión por parte de los Estados Unidos por recuperar el espacio geopolítico que representa Cuba. Yolanda jamás había salido del Perú, pero era una mujer aventurera. No sabía mucho de la problemática en la isla, pero era una mujer que entendía que el mundo no caminaba derecho, sino, cojeaba de un pie. No comprendía muy bien que era el capitalismo, pero veía en las calles personas más necesitadas que ella misma y se preguntaba por qué. Seguramente Yolanda no hablaba de política ni conocía a políticos, pero sentía que la música y el arte en general eran una forma de trascender en el hombre y por ende evitar que esa casta dirigencial se siga reproduciendo. No sabia de movimientos políticos, ni de izquierdas ni de derechas, ni de comunismo ni capitalismo, ni de conservadores ni liberales, solo hablaba el idioma del arte y de la conciencia humana.

En su estadía en Cuba aprendió mucho de música trova. Era la época, comienzos de los años setenta, en que la nueva música estaba surgiendo con mucha fuerza en la isla y en toda América. Yolanda participó en varias presentaciones musicales y estuvo involucrada con muchos cantautores cubanos, de los cuales aprendió una manera diferente de ver la realidad.

Pablo Milanes, cantautor cubano, que comenzaba a hacerse notar en las esferas de la música trova conoció a Yolanda en una presentación en el teatro municipal de la Habana, al cual siempre acudía no solo él, sino, hasta el mismo Fidel Castro.

Yolanda y Pablo se hicieron muy amigos y hasta compartieron escenario. Pablo vio en Yolanda a una mujer inteligente y muy sensible para el arte y la música en particular. Las sesiones en el teatro municipal eran maravillosas, llenas de música y aplausos. La historia cultural en Cuba estaba siendo escrita por esta nueva generación de artistas adelantados que pretendían ir más allá de lo permitido.

Pablo deseaba lanzar un nuevo disco y siempre conversaba con Yolanda, a la salida del teatro, sobre cómo titular la canción portada. Esas sesiones eran largas y reparadoras. Yolanda y Pablo tenían una química especial, algo que no se encuentra a la vuelta de la esquina. Sentados sobre las butacas de la última fila del teatro municipal, con el telón caído y las luces tenues, eran largas las horas de tertulia, buscando el título a la canción portada del disco de Pablo y sobre cualquier otro tema que involucrara a la feliz pareja. No eran novios, ni amantes siquiera, eran amigos y se amaban así. Pablo sabía en el fondo, que no había escrito la canción portada de su nuevo disco y por eso le decía a Yolanda que era inútil la búsqueda del titulo de la canción porque no existía tal canción. En todas las historias de amor, por más variantes que el amor tenga, siempre termina siendo amor. Amor entre familia, amor entre pareja, amor entre amigos, amor entre amantes, siempre amor. Como en todas las historias de amor, siempre hay una noche diferente, una de esas donde la inspiración esta al tope. Una de aquellas noches en las que involuntariamente, y sin más talento que el de saber escribir, las palabras caen sobre un papel arrugado y plasman como obra de magia, una canción o un poema o una historia única y maravillosa. Yolanda y Pablo, mientras conversaban y se divertían recordando las funciones interminables sobre las tablas del teatro municipal, comenzaban a sentir la presencia de ese papel arrugado, plasmado de la canción maravillosa que solo una vez en la historia alguien tiene la oportunidad de escribir. Pablo se quedó callado, mirando fijamente a Yolanda, que siempre bella, congeló su sonrisa para dejarse llevar por la inspiración. No sabían que estaba pasando entre ellos, pero Pablo solamente escribía sobre ese papel arrugado las líneas que decían que esto no podía ser no más que una canción, sino que fuera una declaración de amor, romántica, sin reparar en formas tales, que ponga freno a lo que sentía a raudales. Lo bello del arte es que existe por si solo, y no necesita del hombre.

Yolanda viajó a Estados Unidos después de unos meses por motivos económicos, los cuales son siempre los principales enemigos del arte. Dejó la compañía de música y decidió buscar un puesto dentro de ese sistema capitalista que termina absorbiendo a todos. Pablo comenzó a realizar giras por toda América, llevando su música e invitando a muchos a conocer el amor por medio de sus canciones. En 1982 lanzó el disco ‘Yo me quedo’, el mismo que le prometió a Yolanda terminar después de su partida. La canción portada del disco se llamó ‘Yolanda’, y si mal no recuerdo, esta historia termina así:

 

Yolanda

(Pablo Milanés)

Esto no puede ser no más que una canción;
quisiera fuera una declaración de amor,
romántica, sin reparar en formas tales
que pongan freno a lo que siento ahora a raudales.
Te amo,
te amo,
eternamente, te amo.

Si me faltaras, no voy a morirme;
si he de morir, quiero que sea contigo.
Mi soledad se siente acompañada,
por eso a veces sé que necesito
tu mano,
tu mano,
eternamente, tu mano.

Cuando te vi sabía que era cierto
este temor de hallarme descubierto.
Tú me desnudas con siete razones,
me abres el pecho siempre que me colmas
de amores,
de amores,
eternamente, de amores.

Si alguna vez me siento derrotado,
renuncio a ver el sol cada mañana;
rezando el credo que me has enseñado,
miro tu cara y digo en la ventana:
Yolanda,
Yolanda,
eternamente, Yolanda.

 

Rodolfo Rodas Oré

 

   

 

 

 

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Neruda, yo también confieso que he vivido

30/06/2008, 09:21 AM

Cuando era pequeño, siempre soñaba con tener un amor ideal, un gran amor. Siempre estuve enamorado, de una u otra mujer, de una compañera de la escuela, de mi profesora de inglés, de mi vecina o de alguna prima que de vez en cuando solía frecuentar mi casa por temporadas largas de verano. Conversando con un amigo, descubrí que el amor tiene la maravillosa habilidad de confundir la ficción con la realidad. Una genuina historia de amor, puede tener matices de ficción y ser una novela real, o, tener matices de realidad y ser una completa ficción.

La persona que haya conversado alguna vez conmigo, conoce mi postura sobre el amor (el amor entre hombre y mujer, el amor sexual) y lo que creo de él: un truco astuto para lograr que la tierra se poblara y conservar la especie. Pero el romanticismo es algo que conmueve y, escuchar la historia más sincera y espontánea de los labios de un amigo me dieron el aliento para escribirla en estas líneas. Quiero dejar en claro que mi personaje de Sergio Morelli desaparece de escena y deja en su lugar a Palao, un chico brasileño, amante de los deportes solitarios y de los libros de Coelho. Ésta es una verdadera historia de amor, no tengo nada más que decir.

Palao es un chico diferente, porque a pesar de ser brasileño, no le gusta el fútbol. Silvia es una mujer de selva, brasileña, vive en Acre, una provincia en la frontera con Perú. Ellos se conocieron en la universidad Católica de Río. Eran muy amigos, gracias a Susana, una ex novia de Palao.

Susana y Palao tuvieron un año y medio juntos. Eran muy felices hasta que ella viajo a Sao Paulo por motivos familiares. Ante el dolor de Palao por la partida de Susana, Silvia, fue el cayado que necesitaba para salir de ese vacío inmenso llamado soledad.

Al poco tiempo de la partida de Susana, Palao y Silvia fortalecieron su lazo de amistad. Salían al cine, iban a la universidad juntos y almorzaban en la misma cafetería todos los días. Palao siempre la acompañaba a casa y se hacían interminables las despedidas en el umbral de la puerta. También salían a bailar. Silvia era una eximia bailarina, y aunque Palao no lo hacía tan bien, ella adoraba el esfuerzo de su compañero de danza. Silvia también compartía la afición desmesurada que Palao sentía por los libros de Coelho y por la música trova. Pasaban horas hablando de las novelas que habían leído y compartían todos los libros mientras escuchaban la música de Silvio Rodríguez.

Cuando pasaron más de seis meses después de la partida de Susana, Palao sentía que comenzaba a enamorarse de Silvia. Silvia tenía más pudor por la reacción de su amiga Susana, pero no podía negar que sus sentimientos correspondían la fiebre que Palao sentía por ella.

Una noche de sábado, esas que nunca se olvidan, Silvia y Palao decidieron ir a bailar, como amigos, y pasar un fin de semana como los que habían venido pasando juntos. Silvia estaba hermosa, tenía una silueta espectacular y una luz diferente, un aura especial, un encanto donado por algún Ada madrina, el mismo que le concedió a cenicienta el día del baile con su príncipe azul. Palao, tan común y corriente como siempre, encantador por naturaleza, quedó sometido por los atributos de su compañera de baile y no paró de sonreír toda la noche. Fue una noche mágica. Bailaron. La discoteca estaba atiborrada de gente, pero ellos no sentían la presencia de nadie más. Palao sentía entre sus manos la cintura delgada de Silvia. Silvia sentía en su olfato el perfume perfecto de Palao. Ambos estaban extasiados a más no poder. Esa noche sería la más maravillosa de sus vidas.

Una nueva semana comenzaba y una nueva pareja salía a la luz. Los amigos en común de Silvia y Palao estaban separados por un tema evidente: la amistad cercana con Susana. Palao y Silvia sabían de la reacción del mundo, pero lo de ambos era tan fuerte que podía lidiar con toda la mala voluntad del universo. Al poco tiempo la gente se cansó de hablar y ellos fueron consolidando su relación hasta convertirse en una pareja estable y ejemplar. Siempre estaban juntos, más tiempo que el que invertían cuando todavía eran amigos. No dejaban de salir un solo sábado, porque ese día tenía un sentido especial para ellos. Seguían comiendo en la misma cafetería, pero ahora entraban de la mano. Seguían yendo a la universidad en el mismo colectivo, pero ahora ella se apoyaba sobre su hombro mientras él dormía rendido con el aroma de su cabello. Las horas eran cada vez más interminables hablando de literatura y escuchando a Pablo Milanes. Los momentos de amor fueron muchos y los tiempos escasos. La felicidad entre Silvia y Palao creció, como crecieron las flores en los jardines de la universidad. Los besos bajo el umbral de la puerta de Silvia se perdían en suspiros fríos y astillados de silencio. Las miradas del mundo fueron cada vez más inexistentes y la sonrisa de uno y del otro se fue convirtiendo en la única razón de existir. La gloria fue tocada por las manos de dos jóvenes amantes, confusos, entregados y soñadores, como lo eran Silvia y Palao. Tal vez el universo no confabulaba a su favor, por eso Coelho no tenía razón, porque confundió el mundo exterior con el universo del amor entre dos seres que lo viven día a día. Los padres de Silvia no daban nada por este amor juvenil insensato, torpe. Los amigos de la universidad juzgaban como seres perfectos ajenos al pecado y a las tentaciones del amor. El hombre suele ser muy ambicioso sobre lo que puede llegar a ser, y así lo entendían Silvia y Palao. Ellos seguían enamorándose más con la música de Pablo y dejaban el odio para los perfectos, para los que entienden todo. Palao y Silvia solo sabían hablar de amor, un idioma difícil de aprender.

Viajaron juntos por la selva de Brasil. Fugaron de sus casas más de una vez. Fueron contra el mundo que no los aceptaba. Durmieron bajo la luz de la luna muchas veces, porque el amor es valiente, corajudo. Los brazos de Palao eran el remanso de Silvia y los labios de ella sostenían la fuerza de él. Nunca pensaban en separarse, nunca imaginaban estar lejos, ambos eran algo así como el amor de mi vida.

Luego de unos meses, Silvia tuvo que regresar a Acre por problemas de salud de su padre, quien cayó enfermo. Palao no era bien recibido en casa de Silvia. Los padres nunca recuerdan el amor juvenil. Hasta hoy, luego de algunos años, Palao habla por teléfono con Silvia todos los sábados bordeando la media noche. Se besan a la distancia y recuerdan con amor su día sagrado, el día en que fueron felices, solo una vez en la vida, después de bailar, leer literatura y escuchar a Pablo Milanes.

 

 

 

 

 

 

 

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Mi gran amiga Martha

6/06/2008, 12:01 AM

Durante toda mi secundaria siempre fui un alumno promedio. Estudiaba en un colegio particular del cono más grande de Lima y no me iba mal. Tenía muchos amigos con los cuales viajaba mucho y me divertía. Tenía otros compañeros para los cuales pasaba inadvertido o simplemente no existía. Tenía algunos conocidos con los que casualmente compartía algunas reuniones bohemias, llenas de baile coqueto y trago motivador. Eran esas reuniones en las cuales terminabas estimando a todo el mundo, todo gracias al alcohol excesivo en nuestras venas. Tenía otro grupo de amigos, el de los estudiosos, el de los genios, el de los matemáticos con futuro, los próximos científicos de la nación, con los que aprendía mucha ciencia, mucha filosofía, que hoy por hoy no me sirve.  

Entre todos mis grupos de amigos siempre resaltó el conformado por chicos sanos y responsables. Ni ratones de bibliotecas ni relajados sin remedio. Alumnos promedios, que tenían cada cosa en su lugar, la diversión y el estudio, la primera los fines de semana y el segundo de lunes a viernes. Me gustaba pasar el tiempo con Martha, una de mis mejores amigas de toda la vida, con la que puedo hablar de cualquier tema sin que note rubor en sus mejillas o tenga sobre mi cabeza la espada de Damocles para degollarme. Martha estudió conmigo toda la secundaria y era mucho mejor estudiante que yo. Es una mujer inteligente, guapa e interesante. Siempre tenía la costumbre de hacer reuniones en su casa, sobretodo sus cumpleaños, todos los fines de enero, siempre era inevitable terminar bailando en su casa. No recuerdo mejores fiestas que las que pasé en su casa. Diversión sana, coqueta, divertida y emocionante. Cada año, en su cumpleaños, algo nuevo pasaba, algo quedaba como anécdota para el resto del año. Cuando Martha cumplió quince años, hizo una gran fiesta en un local céntrico del distrito (el distrito más grande de Lima, del Perú y porque no, de Sudamérica). Recuerdo con cariño el momento en el que salí a bailar con ella, ese verano del 2000 había crecido enormemente y no sabía cómo ocultar mis extremidades. Martha, que se desarrollo normalmente, pasó todo el baile mirando hacia el techo para sonreírme un poco y aminorar mi bochorno. Martha es una gran dibujante y siempre me salvaba la vida con sus dibujos a la hora del recreo, antes de la clase de literatura, donde la maestra revisaba cada detalle de nuestros cuadernos. Martha siempre sacaba veintes en presentación de cuadernos, yo un decoroso once.

Martha tiene unos padres geniales a los cuales estimo mucho y aunque no los veo desde hace mucho tiempo, siempre recuerdo con cariño. Sobre todo a su padre, que siempre me motivó a estudiar ingeniería, como él, ingeniero de una prestigiosa universidad nacional, sin saber que mis redes neuronales eran insuficientes para tan grande reto.

A pesar de haber terminado la época de la escuela, Martha y yo nos seguimos viendo a pesar de las distancias y la escasez de tiempo. Ella ya no vive en el mismo distrito populoso de Lima, yo tampoco, pero siempre buscamos la manera de estar en contacto. Hoy por hoy, Martha y yo, estamos a punto de ser padrinos del primogénito de uno de nuestros amigos de esa época maravillosa de la escuela. La verdad no estoy seguro de que mi amigo desee tener como padrino a un impresentable como yo, pero estoy seguro que el puesto de madrina esta muy bien ganado por una mujer capaz de dar sentido a la palabra amistad. Creo sinceramente que mi futuro compadre tuvo un solo acierto al momento de escoger a los padrinos de su primer hijo, y el acierto fue Martha, que siempre me recuerda, sin muchos resultados, que debemos visitar al que será, si la locura del padre perdura, mi futuro ahijado. Gracias Martha por esa diligencia generosa y por ser la única que lucha por dignificar nuestra imagen como padrinos. Gracias por todos tus consejos, por escucharme siempre y por ser mi gran amiga.

 

 

 

 

 

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La casa Limpia

17/05/2008, 10:51 PM

Mis padres y yo nunca nos llevamos bien. Cuando era un adolescente y estudiaba en el colegio, las cosas eran más fáciles para los tres. Era un chico relativamente estudioso, generalmente no me desaprobaban en algún curso y muy de vez en cuando recibía uno que otro reconocimiento. Mis padres fueron muy felices conmigo cuando ingresé a la universidad, a penas acabando el colegio, porque veían muy compleja la posibilidad de acceder a una universidad pública, por el descomunal número de postulantes. La felicidad les duró menos de un año, porque a finales del mismo, decidí dejar la universidad. Postulé a varias universidades y a distintas carreras. Sólo pude ingresar a una universidad privada y a una carrera que no me gustaba. Desaprobaba muchos cursos y eso fue mellando la relación con mis padres, que pagaban y pagaban, incansables, las boletas de esa universidad prestigiosa, mientras yo no encontraba mi verdadera vocación.

Por lo demás, mis padres y yo, no hemos tenido mayores altercados ni diferencias. Minucias, cosas sin importancia, eran las que provocaban nuestros distanciamientos. El mayor problema era mi desorientación a nivel académico y mi flojera crónica, algo de lo cual mis padres no entienden a quién heredé.   

Este fin de semana mis padres y la última de mis hermanas viajaron a Trujillo, una ciudad muy bella, donde viven mis tíos por parte de papá y algunos amigos que yo sólo conozco por nombres. El fin de semana será largo, debido a la visita de algunos presidentes de algunos países vecinos, seguramente para conocer Machu Picchu y conversar de sus esposas, en definitiva, nada trascendental, nada que genere un verdadero cambio en la situación socio-cultural de los pueblos de esta parte del continente.

La casa estaba sola, abandonada a mi suerte, bajo mi deficiente supervisión. En un principio, me sentía feliz por la soledad que tanto necesitaba, por ese espacio que ahora abarcaría toda la casa, que no es tan grande, pero lo suficiente para mi desorden, mi desaseo y mi flojera crónica.

Como la vida no es completamente bella, hace algunas semanas comencé a trabajar en una entidad financiera, y, para colmo de males, tenía que someter mis días libres a la voluntad de esta empresa que poco a poco se apropiaba de mi vida. Todo sea por el dinero extra, que no le viene mal a nadie, en estos tiempos de necesidades y gastos.

En esta entidad financiera conocí a muchos chicos de mi edad, pero mejor encaminados y más maduros que yo. José, Luís, Rosita, Liliana y Gabriela, son los chicos que fueron conmigo a sacrificar nuestro fin de semana largo. Los conozco poco tiempo, pero los quiero mucho, porque hacen menos insoportable el hecho de trabajar. Los días en la oficina son divertidos, alegres y risueños, gracias a estos chicos.

Conversando con José, el más serio del grupo, nos convencimos de que la mejor manera de desquitarnos de tanto trabajo era haciendo una reunión a la salida de la oficina. Yo, nada egoísta y por el contrario, muy generoso, ofrezco mi casa para dicha reunión, para lo cual José aceptó encantado. No pasaron ni cinco minutos, para que los demás chicos estuviesen invitados a la reunión en mi casa a la salida de la oficina.

Dieron las ocho de la noche y todos recordaron la invitación hecha por José. Yo, por más arrepentido o por más emocionado que estuviese, nada podía hacer contra el plan maquinado por José. Tomamos un taxi y por el camino hacíamos paradas abasteciéndonos de comida y bebida, infaltables, en una reunión social de jóvenes despechados y cansados del trabajo. A pesar que yo muy despechado o molesto con la vida no debía estar, ya que mis demás amigos trabajaban y estudiaban a la vez, en cambio yo, a las justas y trabajaba.

Llegamos a mi casa a eso de las diez de la noche. El portero del edificio me miró con cara de pocos amigos, como diciéndome que correría a contarle todo a mi mamá cuando ella estuviese de regreso. Subimos por el ascensor y el ambiente estaba poniéndose cada vez mejor. Entramos a mi casa y nos pusimos cómodos, abrimos las bebidas, servimos la comida y fuimos felices después de un día agitado en la oficina. Luís encendió el primer cigarro sin importar que el sensor de humo estuviese sobre su cabeza, es más, diría que nunca se dio cuenta de ese detalle. José jugaba con el equipo buscando la mejor música y ejerciendo su vocación de DJ frustrado. Rosita, encantadora como siempre, ordenaba los platos para poder comer con comodidad. Liliana preparaba los tragos y Gabriela, con su carita de osito de peluche, caminaba de la cocina a la sala, incansablemente. Yo trataba de ordenar mi desorden de soltero puerco, de hombre de mal vivir, que no deja ni una sola cosa en su sitio, sino que todo lo usa y nada repara. Los platos en la cocina estaban rodeados de moscas glotonas que hacían guaridas entre las ollas recubiertas con alimentos de tres o cuatro días. En mi habitación había desaparecido el piso porque todo estaba regado sobre él. En mi baño tenía un espejo manchado con las gotitas secas que quedan después de cada baño con agua caliente, el lavabo tenía varias capas de jabón resecado por los días de invierno crudo que se viven en Lima, y la tina, inundada y con el desagüe atorado. Un asco, mi casa era un asco. El polvo se paseaba por cada rincón. La pantalla del televisor tenía nombres escritos con el dedo, donde el polvo hacia las veces de tinta. Los cojines de los muebles eran de un color crema oscura, pero no debido al diseño o a la decoración, sino simplemente al hecho de que siempre los arrastro por el suelo cuando quiero leer recostado sobre el parquet. Mi madre es la única capaz de combatir mi desorden y mi caos natural. Siempre peleamos por mi desidia, por mi negligencia al hacer las cosas domésticas, pero al final declina en su llamado de atención y sólo trata de hacerme la guerra con su limpieza y su orden.

Si mi madre viera este cuadro se caería de espaldas, pienso. Tengo la casa completamente sucia, completamente invadida por personas que ella no conoce, completamente llena de moscas, gusanos, arañas y demás eslabones de la cadena alimenticia animal. Mis amigos se burlan de mi desorden, pero no ayudan a limpiar.

Terminada la reunión, todos se fueron y dejaron la casa peor de lo que estaba. El desorden se multiplicó y la suciedad, por lo menos en la cocina y en la sala-comedor, también. Yo estaba cansado, muerto, después de haber trabajado todo el día y haber terminado haciendo esta reunión relámpago. No voy a mover un solo dedo más. Me voy a dormir, dije.

A la mañana siguiente, la luz del nuevo amanecer develó la verdadera magnitud de los daños. Fui capaz de asombrarme de la manera salvaje en la que comemos, bebemos y compartimos nuestros momentos en grupo. Es en esa mañana cuando entendí el refrán: dos son compañía, pero tres son multitud y seis el Apocalipsis. Con una mano en mi cabeza y la otra entre mis piernas, acomodándome el pantalón, mientras bostezaba, síntomas de un sueño que no ha terminado, camino por las ruinas de lo que queda de mi casa y me propongo levantarla en hombros, como Hiroshima se levantó después de la segunda guerra mundial. Corrí a bañarme para que el sueño no me ganara y comencé a limpiar con todo el amor que nunca le di a mi propia casa. Tomé cada rincón, cada adorno, cada mueble de mi casa y le di el cuidado que nunca habían reconocido de mis manos. No sé si lo hice por miedo a que mis padres se defraudaran nuevamente de mí. No sé si lo hice por miedo a un castigo. No sé si lo hice porque me harté de la basura, del mal olor o del desorden. Lo único que sé, es que mis padres, al llegar a casa, cansados y felices de su viaje de placer, encontraran un lugar limpio donde descansar y disfrutar ese momento del retorno al hogar, donde todo comienza. Lo único que sé, es que por más sucio y desordenado que este un lugar, siempre se puede limpiar y ordenar. Sólo hace falta un poco de ganas, empeño y voluntad para hacer las cosas. Lo único que sé, es que la convivencia con los seres que uno ama, en especial con los padres, puede llegar a ser como una casa inmunda, sucia y desordenada, pero siempre habrá una mañana en la que se puede limpiar y ordenar.      

 

 

 

 

 

 

 

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La mujer de mi vida

13/05/2008, 07:29 AM

Todo comenzó un 27 de junio de 1985, cuando al medio día conocí a mi madre. Pesé 3.8 kilos y medí casi 50 centímetros. Soy el primogénito de la mujer que me permitió vivir y por consiguiente el hijo que más dolor causó al momento del alumbramiento. Mis primeros días al lado de mi madre fueron de mucha angustia. Nací con un diámetro cerebral fuera de los límites normales y eso hizo que me internaran por tres semanas debido a una supuesta hidrocefalia. Mi madre prácticamente no salió del hospital, porque entre revisiones y revisiones terminé quedándome en el sanatorio donde nací. La mujer de mi vida sufrió mucho esas tres semanas ya que su primer hijo estaba a punto de morir producto de una mal formación al momento de nacer. Después de muchos estudios y análisis, descubrieron que mi mal no era más que algunos centímetros fuera de lo normal, centímetros que provocarían que mi apodo de grande sea: ‘cabezón’. Antes del primer año me enfermé muchas veces y varias de esas terminé hospitalizado. A pesar de tener una cabeza bastante grande en comparación con los bebes de mi edad y de haber nacido pesando casi cuatro kilos, tenía problemas respiratorios y alérgicos. De alguna manera fui el aprendizaje de mi madre, fui el experimento, el manual de uso de una mujer novata en temas de maternidad. Aprendí a caminar casi al año y dejé el biberón al año y medio. Mi madre dice que era un bebe inteligente y entendía que lo mejor era tomar la leche en taza. Miraba mucha televisión, y gracias a mi buena memoria, podía acordarme de los comerciales más llamativos, haciendo que, en el momento que estaba en brazos de mi madre fuera de casa, hiciera las veces de niño genio al señalar los anuncios publicitarios, los mismos que veía por televisión. La gente extraña pensaba que había aprendido a leer con tan solo dos años, pero era mentira, lo que me hacía diferente era mi buena memoria.

Mi madre me llevaba al colegio todos los días. En la temporada que vivimos en Huancayo era la que siempre me preparaba una lonchera llena de manzanas y de leche fresca. Todos mis amigos de preescolar se burlaban de mi fascinación por la manzana. Todos los días manzana, o cualquiera de sus derivados. En Lima, mi madre cruzaba todos los días, esa larga avenida en el distrito de San Martín de Porras, llamada la avenida Perú, para recogerme del colegio San Antonio donde cursaba el primer grado de primaria. Eran días felices, donde mi madre me había inculcado el amor por el estudio y sólo me dejaba descansar hasta las tres de la tarde, hora en la que comenzaba mis tareas escolares. Gracias a mi madre siempre fui un alumno promedio. Mi madre me enseñó a respetar a mis compañeros de clase y a siempre guardar silencio cuando una persona mayor está hablando, como es el caso del profesor en su hora de clase. Mi madre siempre me incentivó el amor a Dios y a todo lo divino. Mi madre siempre me enseño a no mentir, aunque terminé siendo un mentiroso. Mi madre me ayudaba en mis composiciones, en mis trabajos de arte, en mis cuestionarios de ingles, en mis preguntas de lenguaje. Mi madre siempre odió las matemáticas, y las sigue odiando. Mi madre me enseñó a decir gracias. Mi madre me enseñó a pedir disculpas. Mi madre me acompañó a todas mis reuniones de padres de familia. Mi madre me vio jugar todos los campeonatos de fútbol que viví con emoción. Mi madre siempre estuvo ahí durante toda mi niñez, toda mi pubertad y toda mi adolescencia. Mi madre me cambiaba los paños fríos cuando tenía fiebre. Mi madre preparaba los mejores alimentos para cuando mis amigos iban a casa a jugar o a estudiar un rato. Mi madre le abrió las puertas a mi primera novia y la trató como hubiese querido que la tratasen a ella cuando vivió lo mismo. Mi madre estuvo conmigo cuando dejé la universidad por un caso de fuerza mayor: el no poder pasar los cursos. Mi madre siempre discrepa conmigo, pero por lo menos me escucha. Mi madre siempre llora, pero lo hace por mí. Mi madre jugaba conmigo a las cartas en los viajes a ICA, donde fui muy feliz. Mi madre es mi cómplice, mi consejera, la primera mujer que leyó un poema mío, la primera que me dio su aliento, la primera que me dio su amor, la primera que me dio de comer, la primera que me dio un beso, la primera que me alivió el dolor, la primera que me curó las heridas, la primera que me dio todo lo que un ser humano necesita para no morir sin valores. Mi madre ahora es mi amiga. Seguimos amándonos como antes, seguimos peleándonos como antes, seguimos pensando como antes, seguimos creciendo como antes. Y es verdad, que una vez escuche la frase que dice: uno aprende a ser hijo cuando es adulto. Pues yo digo que uno nunca aprende a ser hijo, porque nunca nada es suficiente para dar gracias y lograr hacer feliz a una madre.

Gracias mamá. Te amo.    

 

Rodolfo Rodas Oré

 

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El derecho a no nacer

5/05/2008, 09:38 PM

La primera vez que pisé una clínica acompañado de una mujer, que no era mi madre, fue con Elvira. Ella y yo éramos una eventual pareja y nos dimos cita en aquel sanatorio con la consigna de hacernos una prueba de embarazo. Un momento de placer y descuido nos hizo dudar de la posibilidad indeseada de ser padres. Caminamos por los pasillos de la clínica buscando el laboratorio que ella ya conocía. Era la primera vez para mí, pero no para Elvira, que ya había pasado por esta clase de sustos. Luego de perdernos por los rincones del sanatorio, encontramos el laboratorio y pedimos la orden del médico de turno. Pasamos por caja para cancelar la factura del examen médico. Elvira estaba nerviosa por el pinchazo que iba a sufrir. Yo estaba tranquilo, porque una paz indescriptible me permitía pensar en cada paso que daba y apoyar a Elvira, quien era la que llevaría la peor parte. Las mujeres, en un eventual embarazo, sufren lo peor de todo. Después de la noche de placer y emociones fuertes, vienen los nueve meses de gestación, los cuales, enteramente los lleva la mujer. Engordar veinte kilos, sufrir trastornos sicológicos, perder su independencia, porque durante los nueve meses todo lo que haga o deje de hacer afectaran al ser que lleva dentro, sufrir los malestares físicos, las nauseas, los vómitos, los dolores de espalda, la sorprendente hinchazón de sus glándulas mamarias y de toda parte del cuerpo que pueda aumentar de tamaño, como sus piernas, pies y caderas. La mujer pasa por la penuria del periodo menstrual, la insoportable menopausia, las peores enfermedades cancerigenas y, en líneas generales, al parecer Dios se ensañó con ellas. Nosotros sólo hacemos la parte divertida de todo. Somos meros acompañantes, no nos involucramos. En plena sala de parto, mientras la mujer lucha entre la vida y la muerte, nosotros estamos parados con nuestra camarita de video. Somos unos desalmados. Pero en fin, Dios hizo las cosas así, por eso creo fervientemente en que él es hombre y occidental.

Mientras Elvira y yo esperábamos nuestro turno para la prueba, un silencio nos invadió. Me preguntaba qué sería de mi si el resultado de la prueba fuera positivo. Qué sería de mi si el médico me dijera que dentro de nueve meses sería papá. Muy aparte del choque económico que eso traería consigo, quería pensar en qué tal padre podría llegar a ser. Me preguntaba si era justo someter a un ser humano a la inseguridad de este mundo, al individualismo que se vive hoy en día, a la miseria, al hambre, a la injusticia social, al dolor, a la impunidad, a la mala educación, a la mentira, a falta de ideales, a la marginación, a la indiferencia, al odio, a la desesperanza, al distorsionado concepto de Dios, a la falta de ética y de tolerancia. Es justo que por una noche de sexo y placer, corramos el riesgo de traer un ser humano al mundo y enfrentarlo con toda esta barbarie. El sexo es lo más instintivo que nos queda de nuestra naturaleza animal, y fue un error de Dios basar la reproducción en un instinto y no en la inteligencia, que te puede dar una verdadera libertad de decisión. Debería existir otra forma de reproducirnos y cancelar al sexo como una vía para poblar la tierra. Pero lamentablemente este es el mundo que mis padres me obligaron a vivir y mis abuelos a ellos y así por los siglos pasados hasta ahora. Elvira sigue nerviosa por el pinchazo y por los resultados del examen.

Entramos al laboratorio. Elvira se sentó junto al técnico que le sacaría la muestra de sangre para hacer la prueba. Odio las agujas y me culpo por someterla a este sufrimiento. Hace algunas noches nuestros cuerpos disfrutaban el uno del otro y ahora, temerosos, enfrentábamos el mundo tal y como es. La aguja penetraba el brazo izquierdo de Elvira. Su rostro de dolor, junto con el mío, era evidente. El médico nos tildó de exagerados, pero para mi no lo era. Ese galeno, acostumbrado a pinchar a las personas, me trataba como uno más en su record, pero para mí este momento era importante y crucial.

Salimos del laboratorio y nos fuimos a sentar a la sala de espera. Bien dicen que la espera desespera, pero no teníamos otra opción. Caminaba por el pasillo mientras Elvira me pedía que me sentara a su lado. Con cada minuto que pasaba, sentía que esa tranquilidad que me había estado acompañando hasta ahora se iba diluyendo. Elvira tenía el brazo recogido, con un algodón en la articulación de su brazo izquierdo. Debíamos esperar una hora.

Con forme los segundos pasaban como si fueran los pasos acostumbrados en una procesión de octubre, yo seguía pensando en la posibilidad de ser padre. Qué de bueno podía legar yo, en otro ser humano. Qué de bueno podía inculcar a un ser débil e indefenso. Todas mis frustraciones, mis taras, mis falencias, mis miserias, mis melancolías, mis miedos, mis traumas y demás, serian heredados por un ser humano que vendría al mundo como una hoja en blanco, donde yo comenzaría a escribir sus primeras líneas. 

Mirando el reloj, me sentía desfallecer al pensar en la responsabilidad de cargar con un SER sobre mis hombros. Velar por su bienestar y hacerlo feliz, hasta que él entienda, por sus propios medios, lo que es la felicidad. Pensé, que si Elvira resultaba embarazada, la mejor opción era el aborto, una práctica ilegal en un país como el nuestro donde lo que está al margen siempre termina colándose entre lo que esta permitido. El aborto debería ser legalizado en este país de lo ilegal. Seguramente, si fuera algo bajo la ley, sería evitado con más esfuerzo. Aunque para mi, el aborto es legal desde cualquier punto de vista ético y moral, si es que lo que entiendo por moral es lo que no entienden, en una sociedad primitiva y obsoleta como la nuestra. Pensaba en la manera cómo pedirle a Elvira, una mujer de mente abierta y de vanguardia, que abortara en nombre del bien de la humanidad y de ese niño que utópicamente crecía en su vientre. Para qué traer un niño más al mundo habiendo tantos que se mueren de hambre. Para qué aumentar la población de un mundo sobre poblado, donde pronto el alimento será escaso y el agua el factor de lucha entre los pueblos. Para qué aumentar la pobreza, el hambre y la miseria. No, Elvira tendría que entender que el traer un SER más al mundo era una locura.

Faltaban pocos minutos para que el médico nos entregara los resultados del examen de sangre. Caminos rumbo al consultorio. Un ambiente de tensión se vivía entre nosotros. Elvira tocó la puerta del doctor y una voz nos ordenó a pasar. Nos sentamos, nos cogimos de la mano. El galeno abrió el sobre con la respuesta a todas nuestras dudas. El resultado fue: negativo. La paz volvió a nuestras almas y una sonrisa se dibujó en nuestros labios. El médico cumplió con darnos las indicaciones de cómo cuidarnos para evitar este tipo de sustos. Elvira y yo nos miramos, nos pusimos en pie, salimos caminando del consultorio y de la clínica. Nos dimos un último beso en la mejilla y no nos volvimos a ver más. Ese susto jamás lo volveré a pasar.  

 

 

 

 

 

 

 

 

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Abrazos gratis

30/04/2008, 11:08 PM

Abrazar es una experiencia inolvidable. Hace algunos años, unos amigos y yo tomamos un bus rumbo a Miraflores, con una sola consigna, abrazar a todo el mundo. La idea partió de Mónica, una ex enamorada que tuve en mi época de bohemia extrema. La idea del evento era grabar los abrazos con gente extraña y experimentar la reacción de las personas al recibir un abrazo de alguien completamente ajeno a ellos.

Mónica y yo no nos veíamos desde hacia buen tiempo y no se nos ocurrió mejor idea que reencontrarnos comprometidos con una locura como ésta. Juan Man, un extranjero de un país lejano, le enseñó a Mónica que un abrazo puede cambiarle el día a cualquiera, y que sería bueno hacerlo siempre, sin temor a los comentarios y como una terapia para contrarrestar los males del día a día. Mónica, al ver mi parecido físico con este personaje: un hombre de cabello largo, delgado y con anteojos, me propuso la idea de realizar la locura de Abrazos Gratis en Lima, o, para ser más exactos, en Miraflores.

Mónica se preocupó por hacer los carteles donde dijera: Abrazos Gratis para los que entendían castellano y Free Hugs para los que entendían inglés. Yo preparé la cámara de video y las cintas donde grabaríamos todos los acontecimientos. Mónica llamaría a todos sus amigos del teatro y yo a mis amigos del colegio. Mónica, después de la grabación, se encargaría de editar el video y yo me haría responsable de colgar el video final en Internet. Mónica tomaría las fotos que quedarían como evidencias de nuestra locura detrás de cámaras y yo me esforzaría por posar bien para todo momento inmortalizado por esa lente digital. En definitiva, Mónica y yo fuimos los organizadores del evento Free Hugs en el Perú, aunque claro, hubieron otros equipos que hicieron el mismo trabajo pero en diferentes zonas de Lima.

Abrazar a una persona que no conoces es una experiencia grata y acogedora. Había personas que nos decían la necesidad que tenían de un abrazo y que nosotros caíamos en el momento perfecto. Al comienzo era extraña la sensación de pararte en medio de un parque e intentar abrazar a personas que pasaban raudos por aquel lugar sin importarle lo que uno está haciendo. Pero el fin era generoso, el fin era darles una sonrisa inesperada a esas personas ajenas, a esas personas sin rostros para nuestro día cotidiano, pero con vidas tan sufridas como la nuestra. Parar un minuto y mirar a nuestro alrededor y encontrar la paz en los brazos de otro ser humano, son las cosas que le dan un sentido distinto y una alegría extrema a nuestro corazón.

La vergüenza y el pudor se hacen de lado cuando tienes la necesidad de darle un sentido a tu vida y entregar parte de lo que tienes a este mundo que, si bien no hace más que dejar que vivas en él, pide tácitamente un poco de ese amor que sólo tú puedes dar.

Para Mónica y mis amigos entrañables. ¡Que vivan los abrazos! Anímate a dar uno, hoy, mañana y siempre.

 

 

 

 

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Mis amigos inseparables

15/04/2008, 01:28 PM
Todo empezó una mañana como cualquiera, de verano. Mis amigos y yo tomamos el bus rumbo a Conchan, para el examen de manejo. José y Antonio son mis amigos desde la época de colegio, hace ya cinco años, y ahora vamos rumbo a sacar nuestra licencia de conducir. José es muy divertido, gracioso y siempre tiene una anécdota que contar. Antonio es más loco, desenfrenado, bohemio, pero muy estudioso y destacado en lo que hace.
Vamos en el bus mirando el pobre paisaje del sur de Lima y pensando cómo será el examen de manejo. Yo, particularmente, no me he preparado a consciencia y tengo miedo del examen escrito. José y Antonio se burlan de mi, porque ellos si son más precavidos y estudiaron mucho. Sin embargo, en los tres existía la duda y el miedo por el examen práctico.
El sol era insoportable. Marzo es el peor mes del año porque es el mes con más calor. Para la gente que gusta de los días de playa, cae muy bien un día como este, pero para mi es inhumano. José lleva puestos los lentes ahumados que le regalé en su cumpleaños y Antonio viste una camisa hawaiana, muy colorida y precisa para la ocasión. Yo, poco inteligente y desprovisto de todo concepto de comodidad, luzco un jeans negro y una camisa, que a pesar de ser manga corta, es pegajosa y sintética. Me odio por venir así, pero era demasiado tarde, estábamos en camino a la gloria, rumbo a conseguir lo que todo hombre aspira, el brevete, el permiso de conducir, la licencia de manejo, el carné que te dice que eres un chofer con todas las de la ley y tienes la oportunidad de movilizarte en coche y, mejor aún, si es acompañado de alguna chica linda, en fin, no hay nada que un hombre con brevete no pueda hacer.
Presentía que en el bus encontraría a muchos jóvenes como nosotros que van en busca de ese sueño, el brevete. Miraba a todos lados y veía cómo los chicos mirábamos pasmados al conductor, tratando de captar las maniobras básicas del arte de conducir. Ese personaje grasoso, desaseado, de uñas largas y negras, de peinado tieso, como si toneladas de laca hubieran caído sobre esa cabeza cubierta de algo más que sólo cabello. Ese personaje se había convertido en nuestro ídolo, en nuestro mentor y guía. Todos nos veíamos manejando cualquier vehículo a las velocidades que este conductor nos hacia sentir en cada cambio, en cada giro de timón, en cada freno, en cada grito que lanzaba a sus colegas. El manejar un coche te envalentona, te hace sentir más hombre y más ganador. Eso buscábamos mis amigos y yo, sentirnos hombres ganadores.   
Llegamos al centro de exámenes de manejo y el bus prácticamente se quedó vacío. Una caravana de hombres sobreexcitados nos acorralaron con el afán de convertirse en nuestros guías para esta hazaña. Nosotros, muy seguros de nuestras capacidades, rechazamos cualquier tipo de ayuda.
Caminamos hacia la puerta de entrada, con nuestros papeles en cada mano. Un hombre hostil nos dio la bienvenida y nos permitió entrar a punta de gritos. No nos amilanamos y seguimos con la frente en alto en busca del siguiente paso. Hicimos una larga cola para sacar una fotocopia de nuestro documento de identidad y nuestro examen médico. La copia estaba treinta centavos, un robo. Corrimos a la ventanilla donde nos darían un formulario que tenía que ser llenado con letra imprenta. Con el único lapicero que teníamos en nuestro poder, apoyados de la pared, llenamos con mucho cuidado cada dato que nos solicitaba el formulario. Hicimos, nuevamente, una larga cola para entregar el formulario completamente lleno y sin enmendaduras, a la señorita de uniforme que tampoco era muy amable que digamos. La cola estaba llena de hombres de todas las edades, de todas las clases sociales y de todos los distritos de la gran Lima. No había mujeres. Algunos, por nuestra desaliñada apariencia, dábamos al ambiente un aire a reclusorio, a penal de alta seguridad, donde se puede encontrar a los criminales más avezados. El sudor mezclado con el polvo del lugar hacía de nuestros rostros una especie de vasija de barro. Odio el calor, odio el verano.
Entramos juntos al examen escrito. José y Antonio salieron a los diez minutos de comenzada la prueba. Aprobaron. Yo, como era de esperarse, me demoré todo el tiempo permitido. También aprobé. Caminamos rumbo al salón donde nos inscribirían para el examen práctico, la parte más difícil del examen. Estábamos nerviosos, aunque ellos no dejaban de burlarse de mí, por haberme demorado tanto en el examen escrito. Me gusta la manera como estos momentos me hacen recodar la época de colegio, cuando salíamos de los exámenes bimestrales y, parados en medio del patio, esperábamos a los más lentos en el examen de matemáticas, mi materia favorita. Era divertida la competencia sana que se proponía en el salón de clases. Era divertida la manera cómo peleábamos por un punto más en el examen, por el halago del profesor de turno, por el reconocimiento público, por la mejor nota o el mejor cuaderno. De esa burla sana era victima nuevamente, ahora en el examen de manejo.
Por casualidades del destino entramos los tres a dar nuestro examen práctico de manejo. Estábamos nerviosos, pero teníamos que saber manejarlo. A José le dieron un coche rojo, a Antonio uno azul y a mi uno blanco. Yo entré primero al circuito, como guía. Intenté ir despacio para que el jurado no piense que soy un conductor temerario que se cree dueño de las pistas. La primera parte del circuito era una trocha. Fui lo más lento que pude, aunque eso provocó que mis demás compañeros se amontonaran en la entrada del camino. Sentía las ‘puteadas’ de todos ellos, porque gracias a mi lentitud, comenzaban mal el examen. Traté de serenarme, de no ponerme nervioso. Entre al camino llano, intenté aumentar la velocidad pero no quería desesperarme. Miré al frente y encontré el primer semáforo en rojo. Paré. Algo en el asiento me incomodaba, entonces, aprovechando el semáforo en rojo comencé a mover el asiento para colocar mejor mis piernas. No me di cuenta, hasta que el instructor grito el color de mi coche y me exigió que siga la marcha, pues el semáforo ya había cambiado a verde hace un buen rato. Me quería morir. Señores, el semáforo en verde es para avanzar, dijo el juez con una voz alterada. No puedo cometer ningún error más, pensé. El siguiente obstáculo era el ovalo. Bajé la velocidad y traté de no pegarme mucho a los bordes para evitar pisar la línea amarilla. Todo un pelotón enfurecido me seguía los pasos. Mi primer pare, una señal importante pero muy olvidada por los conductores de hoy en día. Me demoré los ocho segundos que alguna vez un instructor de manejo me aconsejó, pero creo que fueron demasiado. El juez me volvió a llamar la atención con un grito. Completamente desmoralizado, entré a la prueba de estacionamiento en diagonal. La prueba de fuego era colocar el coche a casi cuarenta y cinco grados sin pisar los botones que estaban pegados en la pista. Como era de esperarse, con toda la presión sobre mi, volví a cometer una falta, al pisar los botones amarillos antes de entrar al carril que me correspondía. Me odié a mi mismo. Puse retroceso y di marcha sobre mis pasos fallidos y volví a pisar el bendito botón. Continué la marcha, sin más fuerzas que las del mismo coche que prácticamente se manejaba solo. Ahora tocaba lo más complicado, el estacionamiento en paralelo. Traté de concentrarme y relajarme un poco, después de las bestialidades que había cometido. No lo logré, pero a pesar de eso, esto fue lo único que hice bien en mi examen.
Salimos del circuito y todos me querían matar. Les había malogrado el examen. Los instructores habían puesto de guía al más incapaz del pelotón. Me sentí mal, frustrado y decepcionado. Quería desaparecer del lugar y no sentir las miradas lacerantes de todos los postulantes, sobre todo, las de mis dos queridos amigos.  
Ese día como era lógico a ninguno de los tres nos dieron el brevete, pero ni José ni Antonio me reprocharon la manera tan tonta como afronté el examen. Me mostraron su apoyo, tan solo con su silencio, tan solo con el simple hecho de dejar las cosas tal y como estaban. Ese día fueron pocos los postulantes que salieron con el brevete en sus manos, pero fueron muchos los que aprendieron que no hay primera sin segunda. Mis amigos y yo regresamos por el mismo camino que nos había traído hasta aquí. Esperamos el mismo bus y nos fuimos con las mismas ilusiones de algún día portar un brevete. Esa mañana no me fui con una licencia de conducir, pero si me fui con dos amigos que una vez más marcaron en mi corazón una muestra de amor, entrega y compañerismo. Son momentos como éste los que forjan a los verdaderos amigos, a los que siempre están ahí, por cualquier motivo, por cualquier razón, con la única recompensa de seguir creciendo juntos y seguir viviendo momentos como los de aquella mañana de verano insufrible, pero feliz.
Para mis verdaderos amigos, los quiero mucho.
 
 
 
 
 
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Las primeras veces

10/04/2008, 04:34 PM
La primera vez que declaré mi amor a una mujer fue cuando tenía 18 años. Estaba en mi segundo año de universidad. Ella estudiaba conmigo, aunque no la misma especialidad. Era una mujer muy estudiosa, dedicada y perseverante. Mi declaración ocurrió en el estacionamiento de un centro comercial muy concurrido. Mis rodillas temblaban, mientras ella y yo estábamos parados en medio de coches feos y bonitos, a la salida del cine. Fuimos a ver Troya, una película donde trabajaba Brad Pitt, un hombre bello y atlético. Corrí el riesgo, llevándola a ver esta película, de que en el momento de mi declaración me dijera que no, ilusionada o aturdida aún por la perfección física de este actor norteamericano. Me preguntó si es que estaba seguro de mi petición. Yo respondí que sí. Ella aceptó. Nos abrazamos, sólo nos abrazamos, y cogidos de la mano, caminamos hacia el paradero de la avenida principal para tomar nuestro bus. Nuestro primer beso fue al día siguiente, en medio de amigos y sorprendidos que no esperaban nuestra unión.
Con esta bella mujer terminé mi relación año y medio después. Me enamoré de una persona algunos años mayor que yo, que conocí en las graderías de un teatro. Esta segunda mujer era muy contraria a la primera, muy diferente. Era una mujer con una complejidad interior muy marcada, a tal punto, que ese mundo de encuentros y desencuentros del cual ella provenía, dibujaban sobre su aura un tono gris, triste y taciturno. Me enamoré mucho de ella. Sus locuras me marcaron y me hicieron muy feliz. Esta segunda mujer sólo estuvo en mi vida por cinco meses. Ahora no sé mucho de ella. Seguramente seguirá yendo al mismo teatro donde la conocí. No lo sé.
La tercera mujer en mi vida no duró más que una semana. La conocí en una discoteca en el centro de la ciudad y salimos un par de veces. Estudiaba idiomas en un centro de estudios norteamericano y tenía una vida bastante vertiginosa. Vivía muy rápido para mi lentitud, es por eso que no duramos más que siete días.
La cuarta mujer que formó parte de mi existencia, también la conocí en la universidad. Estudiaba lo mismo que yo, derecho, y aunque cuando la conocí ella tenía novio, eso no fue impedimento para que termináramos juntos casi un año. Era una mujer muy bella y bastante querida en mi casa. Mi madre hoy en día la extraña mucho y por eso algunas veces buscan la manera de encontrarse en algún café y conversar un poco. Con esta cuarta mujer viví el amor más intenso, apasionado, loco y peligroso. Éramos personas muy parecidas emocionalmente y eso hacia que la relación paseara por una montaña rusa, donde algunos días estábamos en la cima y otros en la sima. Un viaje inesperado e inoportuno terminó con nuestra relación. Tiempo después me enteré que regresó al Perú, acompañada de su madre y su novio, seguramente para algunos preparativos de la boda. 
La quinta mujer que hizo las veces de mi compañera sentimental, fue una mujer muy guapa, modelo, de veinte años y que estudiaba comunicaciones en una universidad privada. Tenía unos ojos preciosos y le gustaba mucho el mundo del arte. Ese fue nuestro nexo. Algunas veces la acompañé a sus desfiles interminables, a sus maratónicas compras en los centros comerciales, a sus extenuantes sesiones de belleza en algún spá y a sus largas e insufribles sesiones de fotos. Aprendí mucho junto a esta mujer, sobre cómo combinar colores, cómo peinarse, cómo acentuar los rasgos faciales, cómo aumentar, con algún efecto visual, el tamaño de los ojos, de los labios o de cualquier otra parte del rostro. Fue muy divertido y feliz haberla conocido.
Hoy en día estoy solo, sin pareja sentimental, sin compañera incondicional. Decidí que era lo mejor para las mujeres mantenerme lejos de ellas. No soy buen amante y mucho menos un buen compañero. Prefiero dar rienda suelta a mi soledad y esperar que los días pasen sobre mí. Pero, no puedo más que agradecer a estos seres maravillosos que de alguna u otra manera me enseñaron el amor y todas sus formas. A la primera mujer porque me enseñó la magia de un beso y el concepto de perseverancia y entrega total. A la segunda mujer porque me enseñó a ser rebelde contra la vida misma y a luchar por lo diferente. A la tercera mujer porque me enseñó a pensar mejor las cosas antes de tomar decisiones apresuradas. A la cuarta mujer porque me enseñó a despojarme de prejuicios y amar sin tregua, sin miedos y sin pudor. Y a la quinta mujer porque me enseñó el concepto de belleza espiritual como algo más que la frivolidad del exterior, y también, el amor a la vida misma, compleja, pero bella.
 
 
 
 
 
 
 
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Feliz cumpleaños, Mamá

2/04/2008, 10:18 PM
Para el cumpleaños de mi madre, este año, todo fue distinto. Mi hermana mayor y mi madre viajaron a Ica, lugar donde la mujer que me dio la vida nació hace exactamente cincuenta años. Salieron un día antes del día festivo central para hacerse de todos los arreglos correspondientes para el gran día. Soledad, mi madre, y Doris, mi hermana, hoy por hoy se llevan mucho mejor que la última vez que pasamos algún cumpleaños familiar juntos. Desde que Doris se fue de la casa, mi madre siempre ha tenido comentarios desagradables y, a su vez comprensibles, para con ella. Su partida es una herida que mi madre esta aprendiendo a curar, sola.
Yo, los días previos al cumpleaños de mamá, tenía muchas cosas por hacer en el trabajo, y es por ese motivo que mi padre y yo pensamos viajar el mismo día del cumpleaños de mamá, por la tarde, para llegar sin preámbulos a la fiesta.
Sofía, que se ha convertido en más que una novia para mí, sino también, en una amiga íntima de mi madre, también quería estar presente en tan memorable celebración: los cincuenta años de Soledad Echevarria.
Sofía, el mismo día del cumpleaños, tenía mucho trabajo recargado, al igual que yo, pero con la diferencia de que ella no podía apoyarse en ningún compañero de trabajo, ningún amigo amable que hiciera las veces de salvador, de héroe, y asumiera el trabajo de Sofía para que ella pudiera salir temprano y pudiéramos viajar, junto a mi padre, rumbo a Ica.
Mi padre, que no espera ni a su sombra, se fue en el bus de las cuatro de la tarde. Yo no me sorprendí, todo lo contrario, estaba seguro que se iría antes y nos dejaría, a Sofía y a mí, solos en este viaje corto de cuatro horas. Bajé al primer piso para despedirlo y prometerle que llegaría temprano, justo para la fiesta, junto a Sofía. Mi padre me recalcó que tenía previsto una serie de sorpresas para mi madre y que sería ideal que yo estuviese ahí en esos momentos. En realidad me dijo que había contratado sólo una hora de video y que esperaba que siquiera saliera los últimos quince minutos. Yo le di mi palabra de hacer lo posible. Sólo faltaba que Sofía hiciera su aparición y salíamos raudos rumbo a la agencia de viajes.
El día estaba claro, caluroso como cualquier día de febrero. Las horas pasaban con cierta lentitud, ya que el día sería largo. Después de mucho tiempo volvía a Ica, la ciudad donde nació mi madre y donde vive mi abuela, una mujer de casi ochenta años que se alegra mucho cuando tiene a su familia reunida.
Subí nuevamente al departamento, ahora vacío y algo triste. Prendí la televisión para distraer al tiempo y hacerlo más llevadero. Estaban dando un partido de fútbol peruano, la U contra Sport Ancash. Mi equipo estaba ganando y con este resultado permanecíamos en la punta del campeonato. De repente, mientras vivo con júbilo el triunfo de la U, escucho el sonido de mi celular anunciando una llamada. Era Sofía.
-Amor estoy saliendo de mi trabajo más temprano. Mi jefa se compadeció de mí y me dejó huir –dijo Sofía, con voz tenue, como si estuviera hablando cerca de su jefa.   
-OK, te espero en mi casa entonces. No te demores –dije.
El morbo subió a mi cabeza y esperaba con ansias la llegada de Sofía. Por momentos recordaba las recomendaciones de papá, de llegar temprano a la fiesta, de tomar el bus lo más puntual posible, de no perder el tiempo y tratar de apurar a Sofía, que casi siempre se toma su tiempo para todo. Pero una sensación excitante motivaba mi mente a planear un encuentro furtivo antes de viajar. Aprovechar la casa abandonada y hacer las locuras que cualquier adolescente primarioso quisiera hacer en ausencia de los padres. Bien dice el dicho: a falta de gatos, los ratones hacen la fiesta. Sofía y yo éramos unos ratones ávidos de queso fresco, de travesuras nuevas, de locuras que hicieran que nuestra relación reviviera de las cenizas en las que se estaba sumiendo. 
Sofía llegó minutos después, agitada y abrumada por el calor de la tarde. Traía puesto su traje de trabajo y una mochila guerrera donde llevaba todo lo necesario para el viaje. Me encanta el orden de Sofía, que todo lo puede meter en un bolso del tamaño de una bolsa de pan. La beso apasionadamente, con la clara intención de hacer el amor en plena sala. Ella, como toda mujer capaz de ser prudente en esos momentos donde la sangre recorre las venas a mil por hora, trata de parar mis intenciones y alegar que estamos con el tiempo contado para nuestro tan esperado viaje. Aquí hay un ratón que tiene mentalidad o complejo de gato, pienso.
Salimos de mi casa rumbo a la agencia. El taxista, un hombre joven de rostro adusto, nos llevó por sólo cinco soles, lo cual yo agradecí. Compramos los boletos y subimos raudos al bus que nos llevaría a celebrar los cincuenta años de mi madre. Nos sentamos en la primera mitad del bus, al lado derecho del conductor. El ambiente estaba cargado por la cantidad de gente que estaba hacinada esperando llegar a su destino. Los vendedores y los acomodadores paseaban por el pasadizo angosto del bus y los tropiezos eran causa de malos entendidos y discusiones entre los pasajeros. Sofía y yo, educadamente, evitábamos cualquier altercado. Sólo queríamos estar abrazados, esperando que el bus comience su recorrido. Una vez que el bus emprendió la marcha, todos, como arte de magia, sofocaron el desorden y el caos y un silencio reparador se apoderó del bus. Sofía y yo escuchábamos música, yo leía un libro, ella dormía un poco, yo acomodaba las maletas, ella miraba por la ventana, yo miraba la televisión del bus, ella leía mi libro, yo miraba a la ventana, ella se acostaba en mi hombro, yo dormía un poco, ella miraba la televisión. Teníamos un espacio reducido entre nosotros dos. Ella al lado mío, yo al lado suyo. Sentíamos el calor que brotaba de nuestros poros, de nuestro agitado día buscando hacer que este viaje se cumpla y se haga realidad. Sabíamos que mi madre y toda mi familia nos esperaba con muchas ansias. Nosotros no queríamos defraudarlos, a pesar de nuestros problemas, a pesar de saber que cada vez pasábamos a ser más gatos que ratones, a pesar de saber que lo nuestro pendía de un hilo, Sofía y yo disfrutamos ese momento, viajando, como si ese espacio fuera a ser nuestro toda la vida.   
Amas realmente a una mujer cuando puedes contemplarla dormir. A mi, me encanta ver cómo Sofía duerme y la amo más por eso. Producto del cansancio, Sofía deja que su cuerpo sea poseído por una fuerza suprema, por un velo oscuro que nubla sus ojos y los llena de espacios vacíos, de sueños, de figuras que resplandecen en su rostro afable, delicado y cálido. Encogida, con los brazos haciendo las veces de almohada y sus piernas recogidas sobre las mías. Yo la acaricio con mi naturaleza torpe, pero con toda la delicadeza que me puede inspirar ver un ángel entre mis brazos, en medio de una carretera desconocida, a la mitad de un viaje fantástico, tal vez el último viaje juntos, quizás la última vez que la tenga entre mis brazos.
Serán cuatro horas lejos de todo, ni aquí ni allá, ni en la ciudad ni en el campo, ni en el cielo ni en el infierno, sino, en el limbo, en algún lugar entre dos puntos, en un paréntesis donde podemos contemplar lo que no podemos ver más allá del punto. El silencio de la gente hacinada que duerme esperando llegar a su destino, me recuerda que nuestra meta no es el viaje, sino, llegar al lugar donde todo pasará con la rapidez con que el tiempo castiga a las ciudades. Yo no quiero llegar, quiero seguir contemplando a la mujer que amo y que seguramente ya no amaré más. Jamás olvidaré este viaje sin destino, sin futuro, pero con final.
 
El cumpleaños de mi madre fue muy emotivo y alegre. Mi papá llevó a unos cantantes de música ranchera, los populares Mariachis, e hicimos la fiesta más divertida que podamos haber imaginado. Mi madre estaba muy contenta, Sofía también. Yo era dichoso viendo a las mujeres más bellas del mundo disfrutando de un momento tan feliz. Las amo a las dos. Gracias mamá, gracias Sofía.    
 
 
 
 
 
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La silla Vacía

2/04/2008, 01:48 AM
Yo, Sergio Morelli, tuve un sueño. Un sueño distinto, raro, especial. Soñé que estaba sentado en una silla, en la azotea de mi casa de tres pisos, una casa a las afueras de la ciudad. Era un día nublado, triste, frío, el sol no asomaba su mirada y por la calle aún los vecinos no comenzaban su habitual recorrido matutino. Tenía puesto un buzo holgado y una zapatillas bastante cómodas. Todo era silencio. Me preguntaba que hacia en esta silla, sentado en la azotea de mi casa de tres pisos, no entendía muy bien como había llegado hasta este lugar. Tal vez si fuera de noche, hubiera subido a contemplar románticamente las estrellas del firmamento, que valgan verdades, en Lima es un espectáculo muy pobre. Sin embargo, era de mañana, muy temprano para estar en la azotea de mi casa de tres pisos, en lugar de estar durmiendo. A lo lejos, llegué a divisar que se aproximaba alguien de estatura promedio y contextura gruesa, era un hombre. Yo permanecía inmóvil, sentado en la silla en la azotea de mi casa de tres pisos, una silla de madera, que crujía al menor movimiento. Tenía cierta curiosidad por saber quien era, así que no dejaba de mirar a todos lados, entre la neblina. Desorbitado, absorto y confundido por el momento, me di cuenta que esta persona se iba aproximando más y más. La neblina no me dejaba distinguir quien era, sin embargo, luego de unos minutos, mirando intensamente tratando de descubrir a este personaje que se acercaba a mi, me di cuenta de quien se trataba, era mi padre, Arturo Morelli, que me seguía desde hace mucho rato, queriendo hablar conmigo.
Mi estado permanecía inmóvil, aunque más relajado al descubrir quien era la persona que me seguía. Lejos de mi se escuchaba una canción hermosa, como el sonido de una catarata que cae sobre las piedras y fluye siguiendo su camino. Mi padre me alcanzó y una sonrisa se dibujó en mi rostro, feliz de tenerlo cerca a mí. No suelo soñar mucho con mi padre, en general, no suelo soñar mucho. Sin embargo, mi padre contrario a la emoción que yo sentía al verlo, de un momento a otro, comenzó a insultarme y se abalanzó sobre mi queriéndome ahogar, golpear y hacerme daño. No entendí su reacción, no sabía que lo motivaba a golpearme. Era una mañana triste, pensé que tenerlo en mi sueño me traería algo inolvidable, algo hermoso. La relación con mi padre nunca fue buena, yo lo quiero mucho, pero nunca hemos tenido la oportunidad de acercarnos, de ser amigos. Por eso no sueño con mi padre, porque lo siento distante.
Yo ya no era un niño de cinco ni diez años. Era un adulto, un hombre capaz de defenderse, y así lo hice. Sin entender el por qué se su ataque, luché contra él y no dejé que me hiciera nada malo. Forcejeamos por un buen rato. Yo, aturdido por el momento, esquivaba cada ataque furibundo que mi padre intentaba propinarme.
Comencé a dar gritos preguntándole por qué me agredía, qué había hecho ahora que lo tenía tan furioso. Mi padre sólo seguía su ofensiva contra mí y su violencia se desataba cada vez más.
Unos instantes después, mirándolo a los ojos, entendí lo que mi padre buscaba, mi atención. Quería hablar conmigo, pero no encontraba la manera correcta de hacérmelo saber. Su impotencia de no encontrar soluciones ni respuestas positivas de mi parte lo frustraban mucho, y, no encontraba otro camino para desahogar su frustración que atacándome.
Logré sacármelo de encima con un gran impulso. Cogí su mano y la acerqué a mi rostro. Le dije con voz arrulladora que lo amaba, y comenzamos a platicar, punto por punto, algunas cosas que siempre me habían incomodado y que seguro, a él también. Sentí que su agresividad bajo paulatinamente, pero aún seguía un poco exaltado.
Unos instantes después, comencé a narrarle todo lo que guardaba en mi corazón. Durante toda mi vida nuestra comunicación había sido nula. Mi padre era una persona con poca facilidad de palabra, cariñoso en sus momentos de euforia, pero muy fiscalizador en su tarea como padre. De niño, eran pocos los momentos en los que compartíamos cosas juntos, jugábamos juntos, o simplemente pasábamos el tiempo haciendo nada. Mi padre siempre fue una persona responsable y trabajadora. Nada le fue fácil en la vida, y todo ameritaba de él su mayor esfuerzo y lucha constante.
El tiempo pasa Sergio, y las cosas que no hicimos antes quedaron ahí, en el recuerdo de las cosas inconclusas, en el baúl de los ‘no lo hice’, lejos de cualquier enmienda o corrección. Gracias a Dios la vida continua, y el tiempo nos da más de su riqueza para hacer en el presente lo que jamás nos atrevimos hacer en el pasado.
El éxito o fracaso de nuestras vidas como familia, como hermanos, como padres e hijos, como parejas, sólo depende de nosotros. Olvidemos lo pasado que no tiene remedio ni reparo, pero pensemos en el presente para hacer un mejor futuro.
Durante este sueño le reclamé muchas cosas a mi padre. Sentía que él se alejaba y quedarían nuevamente inconclusas las cosas que deseaba que supiera. Lo cogí fuerte del brazo. No lo deje ir. Él quizás no quería escuchar, pero lo forcé. Papá te amo, y quiero que salgamos adelante. Busquemos la ayuda que necesitamos, seamos amigos y confiemos mutuamente todo lo que nos pasa. La vida es ahora, no cuando tenía seis años y jugaba solo, con muñecos de plástico y disfraces raídos, en lugar de jugar contigo. No cuando me compraste una bicicleta, pero sólo una vez salimos a pasear juntos. La vida es hoy, no cuando anotaba un gol en las canchas del colegio y cada vez que te buscaba entre el público ya te habías ido. La vida somos Arturo y Sergio Morelli juntos. Seamos felices, tú, mamá, mi hermano y yo.
 
 
 
 
 
 
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¿Somos una universidad iconoclasta?

2/04/2008, 01:38 AM

Según el diccionario, iconoclasta significa: ‘secta de herejes destructores de imágenes santas y que van contra todo culto rendido a dichas imágenes’. Jesús dijo: ‘yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre, sino por mi’ (Juan 14:6)

El hecho de rendir culto a imágenes debería ser un tema analizado con pinzas por parte de la iglesia católica. Conversando con amigos católicos fervientes y entregados, descubro que ellos ven ese hecho como un simple ‘reconocimiento’ a la vida de personajes que alcanzaron la santidad por una vida consagrada a Dios. Pero ¿qué dice la palabra de Dios? Si sabemos (o mejor dicho creemos) que Dios nos dio la vida, nos dio el mundo en el que estamos, nos dio la libertad y la capacidad de elegir, nos permitió amar y ser amado, nos concedió el perdón de nuestros pecados, nos dio la familia que tenemos, nos dio la casa que compramos, nos permitió tener hijos, nos dio la oportunidad de estudiar, trabajar y progresar, si creemos que Dios simplemente ‘nos ama’, ¿cómo quisiera él que fuera nuestro culto, exclusivo para su gloria o inclusivo para todo aquel que fue bueno en vida?.

La pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) no está al margen de la manera ambigua en que los católicos llevamos nuestra fe. Por eso, siendo un alumno de esta casa de estudios no puedo evitar hacerme estas preguntas: ¿será Dios celoso, cuando rendimos culto a imágenes?, ¿será Dios una religión o una forma de vida?, ¿será de Dios preocuparse por el manejo de una universidad privada y de uno de los centros comerciales más importantes del país?, ¿la iglesia sigue a Dios o basa su existencia haciendo respetar ‘testamentos’ dejados por hombres filántropos? (como es el caso de Don José de la Riva-Agüero).

Particularmente nunca sentí la presencia de Dios estando parado frente a una imagen. Tampoco paso mi vida destruyéndolas, a pesar de que muchas estampitas han pasado por mis manos. Decir que somos una universidad iconoclasta no es la palabra exacta para calificarnos por querer respetar nuestra autonomía y por no llevar una vida cristiana más abnegada de lo que el común de católicos llevan. Pero, iconoclasta, es la etiqueta que debemos de llevar en nuestra frente por el simple hecho de llamarnos Pontificia Universidad Católica del Perú.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Una Noche en el Fin del Mundo

2/04/2008, 12:59 AM

Sofía y yo nos preparamos para ir al cumpleaños de Sue, una amiga de Sofía con quien estudia leyes en la universidad. Tenía el tanque de gasolina lleno y estaba seguro de no necesitar más combustible, pero Sofía decía que la casa de Sue estaba muy lejos y que posiblemente necesitaríamos cargar el tanque de gasolina durante el camino. No tomé en cuenta las recomendaciones de Sofía y consideré, como siempre, que la razón estaba conmigo y que llegaríamos sin problemas a la casa de Sue.

Hoy, como pocas mañanas, he salido a correr para recuperar el físico que alguna vez tuve. Me he trazado una rutina estricta de ejercicios y caminatas para poder formar parte, algún día, de la selección de atletismo de la facultad de leyes. Nunca fui un deportista destacado, pero Sofía cree conveniente que haga ejercicios y fortalezca mi cuerpo flácido. Generalmente, por amor, asiento a todo lo que Sofía, siempre tierna, me sugiere y aconseja. Por ella empecé a salir a correr en las mañanas y por ella intentaré formar parte de la selección de atletismo. Quiero escucharla gritar mi nombre en alguna competencia. Que me consuele en las derrotas (algo que ocurrirá con frecuencia) y que me haga el amor en las victorias.

Salimos de casa de Sofía rumbo a la de Sue. Sofía estaba linda como siempre, tenía puesto un polo ceñido color rosa, unos jeans apretados que le quedaban muy bien y una cabellera llena de rizos alborotados y rebeldes que me encantan. La miro y una sonrisa se dibuja en su rostro fino y dulce. Manejé con prolijidad y muy tranquilo, sin que nada nos apurara. La noche estaba casi sobre nosotros y pensé que sería bueno comer algo antes de seguir con el viaje.

-         Vamos a comer algo primero, antes de llegar a la casa de Sue –dije.

-         No tengo hambre –dijo Sofía- acabo de comer con papá y estoy satisfecha.

-         De acuerdo –dije con cara de hambre.

No te importa que tenga hambre –pensé.

Deberíamos comer algo y no esperar que Sue haya preparado algo suculento para los visitantes en el día de su onomástico.

Entré a la avenida Universitaria, en el cruce con Bolívar. El semáforo me indicaba que debía seguir y Sofía abría su cartera en busca que un cepillo y un espejo diminuto que sólo puede entrar en esa cartera tan pequeña. La miré de reojo y me encanta su belleza, su fascinación por lo estético, por lo elegante, por no dejar nada fuera de la perfección que una mujer siempre quiere mostrar. Sofía es hermosa y sabe como acentuar su belleza con esos químicos que, a mi parecer, no necesita.

La avenida Universitaria es muy larga y habíamos entrado en una zona peligrosa. Sofía no se inmutaba, sólo se peinaba. Las personas que veía por ese lugar estaban paradas en las esquinas, con unas ropas anchas y bermudas llenas de bolsillos, zapatillas blancas con pasadores desamarrados, gorras con el ala hacia atrás y las manos siempre en los bolsillos, como ocultando lo que llevan entre sus dedos.

- Ojala que ningún semáforo nos pare –dije.

- No creo, tú tranquilo –dijo Sofía y pasó su mano izquierda sobre mi nuca.

Las casas por aquí son una reliquia histórica de material noble resquebrajado por el paso del tiempo. Las paredes figuran pintadas con iniciales de las pandillas de la zona, graffities coloridos y papeles que anuncian la presentación de algún grupo chicha famoso.

Sofía llamó mi atención.

-         ¿Cómo me veo?

-         Hermosa, como siempre –dije.

-         ¿De verdad te gusto mucho? –preguntó.

-         Si, mucho –respondí. Un semáforo me obligó a detenerme.

-         ¿No me quisieras llevar a otro lado? –dijo ella.

Mirándola a los ojos, sospeché su animo coqueto y travieso. Su mirada delata una complicidad y demanda una respuesta insinuante.

-         Te llevaría a un lugar donde podría contemplarte al natural, robarte todo el disfraz que tienes encima y descubrir tu belleza interna, la que más me gusta, y hacerte el amor con locura –dije pasando mi mano por su pierna izquierda.

-         Ummm! Que rico! –dijo ella coqueta.

Nos dimos un beso fugaz porque el semáforo volvió a verde y debía continuar la marcha.

El camino parecía interminable. Sofía me decía que continuara por la avenida principal, que ella me indicaría cuando debía entrar en alguna calle alterna.

La avenida Universitaria es larguísima –pensé y encendí la radio para cantar un poco.

A Sofía le gusta mucho cantar y tiene una linda voz que me arrulla y me pierde en lo más aparatado de este mundo, un lugar donde sólo me puede llevar su voz y las caricias de sus manos.

-         Entra por aquí amor –dijo Sofía.

-         Oka! –dije y me apresuré en poner la direccional derecha y en girar el timón antes de pasarme del lugar indicado.

Bajo la velocidad y escucho las indicaciones de Sofía. Fácilmente llegamos al destino sin necesitar recargar el tanque de gasolina (una vez más, tenía razón). Sofía baja del coche y se dirige a una puerta de fierro que sólo es alumbrada por una luz tenue y amarilla. La calle es desolada, como si sólo existiera la casa de Sue. No se escucha ningún ruido de niños, ni de mascotas chúcaras.

-         Tengo miedo de dejar el coche aquí –digo.

-         No te preocupes. Mira, ahí hay un seguridad que estará mirando el coche –dice ella.

Giré la cabeza en busca del hombre que me garantizará la seguridad de mi coche, viejo, pero mío. Era un tipo jorobado, muy abrigado, con botas y una chalina que cubría su rostro. El hombre tocó un silbato como avisando a los maleantes que un coche viejo estaba listo para ser desmantelado.

No sé como pude llegar a un lugar que no figura en los mapas de la ciudad, un lugar inhóspito, desolado, lejano, muy, muy lejano, a las afueras de Lima. Entramos a la casa. Tenía buen diseño y lindos acabados. La familia de Sue parecía tener buen gusto por la decoración más no por la ubicación.

-         Sue debería mudarse –digo.

-         Si, debería –dice Sofía.

Unos amigos de Sofía nos dan la bienvenida. Me alegra que Sofía tenga tantos amigos. Nos sentamos juntos en el sofá grande. Era la primera vez que yo iba a una reunión con los amigos de Sofía y todos ellos me preguntaban cosas de nuestra relación: ¿Cómo empezó todo?, ¿qué me gustó de ella?, ¿qué pensé la primera vez que la vi?, ¿cómo le dije para que sea mi pareja?; en fin, todas esas preguntas incomodas que sólo a la gente morbosa le gusta saber.

Las cervezas fueron llegando. El papá de Sue se preocupó de que no faltara la bebida. Sue, como buena anfitriona, dio el play de honor. La noche avanzaba, la música se hizo presente y el baile también. No me sentí muy cómodo porque todas las conversaciones de la noche fueron de temas ajenos a mi. Después de una apoteósica bienvenida terminé relegado, sentado en el sillón grande, mientras Sofía y sus amigos cuchichiaban de los últimos chismes del grupo. Los famosos ‘te acuerdas que...’ no se hicieron esperar y la noche parecía interminable.

Sofía me sacó a bailar un par de veces. Yo encantado de bailar con ella porque me gusta como lo hace conmigo. El alcohol se apoderó de nuestras mentes y ya no éramos totalmente concientes de lo que hacíamos. Selene, la mayor del grupo, me quito de las manos de Sofía para bailar conmigo. Sofía no puso resistencia. Por un momento me sentí bien porque me volvieron a tomar en cuenta después de haberme marginado durante toda la conversación. Selene bailaba con destreza, muy sensual y rítmica. Sue, sin quedarse atrás, se acercó y comenzó a moverse con nosotros. Mis ojos buscaban a Sofía mientras ella se divertía bailando con un muchacho de lentes, de estatura media y hombros anchos. No podía creerlo: ¿por qué me había abandonado a mi suerte?, ¿por qué bailaba con ese tipo?. No lo entendía. Sue seguía moviéndose con más intensidad. Traté de no perder el control, de mantener la calma y no dejar que la situación se agravase. De repente, mientras el baile continuaba y la música no dejaba de taladrar mis oídos, sentí las caricias de unas manos extrañas. Sue recorría mi espalda de arriba abajo. Me di la vuelta, dando la espalda a Selene y tratando de evitar esos toqueteos que me ponían nervioso. Sue me miraba a la los ojos, sin dejar de tocarme. Miré a mi alrededor y Sofía no estaba. No dejé de bailar, pero fue grave error. Me sentí burlado y victima de mujeres que por primera vez veía. No lo podía creer. ¿Dónde estaba Sofía, la mujer con la que había llegado a la fiesta?, ¿dónde estaba la mujer que me había traído al fin del mundo por el cumpleaños de su amiga?. Esa mujer, que tan linda había empezado la noche, estaba bailando con ese impresentable muchacho de hombros anchos, sin importarle que yo, su pareja, fuera victima de una falta de respeto.

Luego de unas horas decidí que era hora de irnos. Sofía ahora estaba a mi lado, sentada y algo distraída producto del alcohol.

-         Vámonos Sofía –dije.

-         Pero es muy tarde y es peligroso a esta hora –dijo ella.

-         No me importa, igual con o sin ti, yo me voy –dije algo disgustado.

-         Oka! Vamos entonces –dijo ella.

Salimos de la casa despidiéndonos sólo de Laura, la única persona que me había tratado con cariño durante la noche.

-         Cuídate Laura. Un gusto bailar contigo –le dije.

-         Chao Sergio, chao Sofía. Nos vemos –dijo Laura con una sonrisa.

Subimos al coche, que felizmente estaba intacto. Sofía se puso el cinturón de seguridad y tiró su cartera en el asiento posterior. Yo encendí el motor y lo puse en marcha.

-         Es increíble lo que me haz hecho pasar hoy, Sofía –dije alterado. Jamás pensé que me hicieras pasar una noche tan desagradable como ésta y menos con tus amigos. Estoy sumamente decepcionado de ti –continué diciendo.

De un momento a otro, giré la mirada sin dejar de hablar y vi a Sofía, linda como siempre, recostada sobre la ventana del coche. Estaba durmiendo. Miré el reloj y eran las cuatro de la mañana. Prendí la radio y una voz familiar daba las noticias de la madrugada. Todo era tranquilo, silencioso. Me dieron ganas de dormir. Me estacioné en las puertas de un hotel de la avenida Universitaria. Tomé a Sofía entre mis brazos y en la puerta de la habitación, mirando sus ojos dormidos, dije: No importa Sofía, esta vez, digamos que fue el alcohol.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un Último Viaje

2/04/2008, 12:20 AM

Mi nombre es Sergio Morelli, tengo 21 años de edad y creo en Dios. Mi padre es Arturo Morelli, tiene 52 años y sospecho que también cree en Dios. Mi madre, Soledad Echevarria, tiene 50 años y toda una vida acompañada de Dios.

Mi padre, mi madre y yo, vivimos juntos hace 21 años, los mismos que tengo yo. Ellos se conocieron un par de años antes y se enamoraron de la manera más romántica y digna de cualquier historia de telenovela.

Hoy en día, después de varios años de estar viviendo juntos, nos sentamos a la mesa redonda del comedor central de nuestra casa, con la motivación de terminar con todo lo que estamos viviendo hasta ahora, con las ganas de mandar todo a la mierda porque no nos entendemos y creemos que muerto el problema, adiós la tristeza. Mi hermana menor, Sara Morelli, a sus 19 años, se fue de casa con un muchacho que, según mi madre, tiene buenos sentimientos pero no es un buen prospecto.

Mi madre se soba los ojos como evitando llorar, mi padre en silencio me mira y quiere sonreír. Yo, incrédulo, porque por primera vez en mi vida no sé que decir ni como actuar. Todos sentados a la mesa, unos llorando, otros riendo, yo pensando. Nuestra casa es pequeña pero linda. Nos hemos mudado recién hace un par de meses. Tenemos muebles, piso, lámparas, puertas y ventanas nuevas, pero sólo una lucecita lúgubre ilumina este momento.

Nos cayó la noche. Mi madre se puso de pie y caminó rumbo a su dormitorio. Mi padre, de igual manera, cogió su libro favorito del estante de caoba y se sentó a leer sobre el mueble nuevo de la sala. Yo, sentado, jugaba con una cuchara pequeña puesta sobre la mesa. Se escuchan los sollozos de mi madre encerrada en su dormitorio. Se siente la indiferencia de mi padre leyendo un libro que nunca leeré.

La noche esta sobre nosotros y con ella toda su penumbra. La lúgubre lámpara ya no nos puede iluminar más, estamos perdidos en el dolor y en la incertidumbre de un mañana desolador. No puedo ir al dormitorio a consolar a mi madre. No puedo quitarle el libro de las manos a mi padre y pedirle que no sea indiferente, que mire a su alrededor y que haga algo. Me levanto de la mesa. Llevo puestos unos jeans, una camisa amarilla, la única que me gusta de las camisas que tengo, unos zapatos negros sin lustrar, mis lentes de marco grueso y mi peinado chúcaro. Camino por toda la casa, miro a mi padre que no se inmuta. Sigo mi trayecto y paso por la puerta de mi madre que sigue llorando. Entro a mi dormitorio, comienzo a escribir porque es lo único que me hace feliz.

No hay futuro, pienso.

Es mejor terminar con todo esto, sigo escribiendo. Mi letra es horrenda y grande. No cae ninguna lágrima mientras escribo estas líneas, no puedo llorar. Saco mi cabeza por la ventana de mi cuarto, miro el coche de papá y se me ocurre una idea para terminar con todo esto.

Maquino un siniestro final, mi salida de este mundo al cual jamás pedí entrar. Me perdí en mis temores, en mis miedos y complejos. Pensé en mis fracasos, en mis caídas, en mis errores, en el dolor que le causé a tanta gente a la cual nunca pedí perdón. Falta poco para terminar de escribir y se va aclarando la oportunidad de acabar con todo este sistema de cosas insufribles. Miro la noche por mi ventana, escucho los coches de gente feliz que pasea por las calles de San Borja. Recuerdo cuando era niño y también era feliz. La nostalgia se apodera de mi pero aun no puedo llorar. Recuerdo, cuando de niño, mi padre me sacaba a montar bicicleta, a jugar pelota o a pasear en el Nissan Sunny marrón que teníamos en ese tiempo. Fueron pocos momentos entre papá y yo pero los recuerdo con cariño. Lástima que jamás seré padre y no podré darle esos recuerdos a ningún ser humano. Termino de escribir. Salgo de mi habitación y busco las llaves del Kia guinda. Salgo de la casa con las llaves y el dolor de mi partida entre las manos. Siento el sollozo de mi madre y la indiferencia de mi padre por última vez. Miro mi casa, pequeña pero linda. Miro la fotografía de la familia feliz que alguna vez fuimos. Miro la noche y su tristeza. Cierro la puerta y a nadie le importó mi fuga. Bajo por el ascensor. Camino sin saludar al portero que siempre me anima con una sonrisa. Entro al coche guinda y nada me persuade de renunciar a mi partida. Pienso que nadie sospecha a donde voy, que nadie se imagina en donde terminará mi viaje. Enciendo el motor, piso embriague y hago los cambios para sacar el coche lo más sigilosamente posible. El portero me observa salir sin su sonrisa acostumbrada, por el contrario, su rostro expresa una tristeza que presagia, de alguna manera, el mundo que veré a partir de ahora. Giro mi mirada hacia el portero y le hago un ademán de adiós. Raudo, escapo al mundo del cual jamás volveré y una avalancha de recuerdos me enciman como ráfagas de escenas vividas, de sueños inalcanzados, de alegrías efímeras y tristezas eternas. Dios, nunca fui feliz aquí y ahora me voy contigo, pienso. Acelero con más furia, sabiendo que no hay marcha atrás. Corro y recuerdo los consejos de mi padre cuando me enseñó a conducir, hace ya varios años atrás. No importa, pienso. Quiero morir y acabar con esto, quiero terminar mi existencia y ver que me depara el más allá, si no me gusta, puedo volver a escapar. Haré uso de la libertad que Dios me dio, la misma que me da esa luz verde del semáforo para seguir con mi carrera imparable hacia la muerte, un mundo mejor que éste. Gracias por estos 21 años de momentos felices y más infelices, adiós a todas las personas que me amaron y que por mi culpa me terminaron odiando, adiós a mis padres que deben seguir como los dejé, como siempre. Ahora una luz roja me impide el paso, pero esta vez nada me puede parar, ni Dios. Un coche me enviste, más dolor, pero ahora físico. Escucho un ruido estruendoso y la noche se hizo eterna. Adiós.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Amor Incondicional

2/04/2008, 12:18 AM

Luego de una noche sin dormir. Donde los pensamientos se apoderaron de mi mente y mis ojos divagaban mirando el techo. Desperté muy temprano en la mañana sin poder levantarme de la cama. La bulla de mis padres y hermanas corría por toda la casa. Como la mayor parte del tiempo, Soledad Echevarria, mi madre, está en la cocina preparando el almuerzo. Ella es una mujer entregada al hogar, sin que eso signifique que lo disfrute. Siempre con su carácter duro, radical y huelguista, pero sin la chispa revolucionaria para cambiar las cosas. Nos ama con todas sus fuerzas, es lo que siempre dice. Amanece, anochece y vuelve otra vez. En las mañanas, sola, pasa las horas echada sobre la cama viendo televisión y pensando en sus días en este mundo, lejos de la familia que la vio nacer y crecer, lejos de la cuidad donde paso su niñez y donde seguramente fue feliz. Preocupada por el dolor ajeno, pero ajena a su propio dolor. Fría, considerada, gruñona, bondadosa, justa y a la vez agradecida, ella es mi madre, te amo mamá.

En la sala se encuentra Arturo Morelli, mi padre, indiferente como siempre lee su periódico junto a una maquinita (una grabadora, esas de última generación) donde graba lo que su memoria ya no puede recordar. Lejos de nosotros, a miles de kilómetros, en un mundo donde sólo él habita y entiende, ahí vive mi padre, estudiando, leyendo, apostando a la vida siempre, aprovechando oportunidades, emprendedor, ganador, todo un luchador. Gracias a él yo puedo estudiar en la mejor universidad del país. Incondicional para las metas académicas, los diplomas y las medallas. Parco, despistado y poco considerado, es el calificativo que mi madre le da al final de cada día.

El día esta frío y triste. El sol no se atreve a salir desde hace ya varios días. En la calle se escucha el ladrido de los perros y la campañilla del pepenador que realiza su ronda matutina. Ensimismado en el silencio de mi alma y de mi habitación. Fuera de toda perturbación y sumergido en la más profunda concentración, soy ajeno a lo que pasa a mi alrededor. No me importa nada. Hay una pesadez en mi cuello que no me deja levantarme de la cama.

Ojala fuera de noche, pienso.

Abro mis ojos, los vuelvo a cerrar. Volteo mi cuerpo boca abajo. Siento mi respiración sobre la almohada. De repente, el sonido de los maderos de mi vieja cama me libera del sueño. Ya son casi las diez de la mañana. ¡Dios! Hoy no quiero levantarme.

Rosario Morelli, mi hermana de apenas once años, sigue con los gritos y alaridos.

-¡Despierten a Rodrigo! Papá dile a tu hijo que se levante –dice Rosario, con autoridad y algo enojada.

No estoy dormido y escucho, sin hacer ruido, todo lo que se dice fuera de mi habitación.

Al poco rato mamá necesita algunos ingredientes para el platillo que está preparando con cierto entusiasmo.  

-Arturo vamos al mercado para hacer unas compras para terminar con el almuerzo. Será algo rápido, no tengo tiempo que perder –dice mi madre, seria, sin dudar.

Papá, con cierto desgano, deja su periódico junto a la mesita de lámpara y restregándose los ojos, responde:

-Ya voy.

Primero, papá va a su recamara para guardar su grabadora de mano. Él es una persona muy cuidadosa, y no permite que nosotros encontremos sus cosas abandonadas en cualquier lugar.

Entre gruñidos y respiros agitados, abre la puerta de mi habitación y con voz fuerte y tensa dice:

–Levántate ¡ya! Para que limpies el patio trasero y ayudes a tu hermana con sus tareas.

El mensaje fue directo y conciso. Sentí la orden en medio de mi frente, como estaca clavada en el centro de mi rebeldía. Me pareció impositivo, tan castrense que me sentí, de momento a otro, con una cólera que no me dejaba pensar con naturalidad.

Me saqué las sábanas de encima. Fastidiado, me moví sobre la cama de un lado a otro pensando que hacer, que decir, contra quien arremeter. Llamé de un solo grito a mi hermana. Rosario, que aún seguía indecisa entre hacer sus tareas o seguir jugando y causando alboroto, se acercó con su rostro angelical y travieso, el cual aún recuerdo con cariño y nostalgia. La dulzura de su mirada y el entusiasmo de sus pasos, saltando de un lado a otro, cargaban entre sus manos un cuaderno celeste y una pregunta entre líneas. Con voz baja, casi como un susurro, para evitar que alguien me escuche, le dije:

–Yo no soy tu profesor particular, así que a mí me pides bonito las cosas.

Rosario, enterró su carita por debajo de su mirada, de sus lindos ojos marrones cayeron algunas lágrimas, la sonrisa que siempre la acompañaba ya no estaba. Una niña de once años victima de mi locura, de una rabieta sin sentido. Se asustó, y para cuando me di cuenta ya no estaba. Salió corriendo con pasos acelerados de mi habitación rumbo al comedor donde seguramente le aguardaban más dudas e inquietudes sobre sus cursos.

Yo me levanté de la cama y fui tras ella. Salí de mi habitación un poco aturdido por el bochorno del que recién se levanta. Me senté a su lado en una silla pequeña para tener a Rosario más cerca. Empecé a mirar a todos lados. Sentía como la ira aún estaba en mi corazón, queriendo salir y destruir lo que estuviera a su paso, es realmente increíble como las palabras de mi padre habían aturdido tanto mi mente. Ellos se habían ido al mercado. Yo estaba solo con Rosario, sentados en el comedor con los cuadernos primariosos dispersos por toda la mesa. Mi hermana era la victima. Empecé a gritarle y a ponerla nerviosa. Le preguntaba rápidamente y sin tiempo para que piense los teoremas matemáticos que exponían en sus libros. Mis palabras fueron ofensivas y dañaban su autoestima. En el fondo sabía que lo que estaba haciendo no era correcto, pero no me detuve. Nada me importaba, sólo deseaba desatar mi cólera.

De un momento a otro, entre tantas palabras lacerantes que le dije, Rosario, se puso a llorar.

Sentí que debía calmarla. Lo intenté, pero de pronto, dos pensamientos abordaron mi mente, primero, que mis padres estaban a punto de llegar en cualquier momento, y, al ver llorar a mi hermana, buscarían en mi al único culpable, en segundo lugar, pensé, que la personita que tenía frente a mí, era mi hermanita, la cual adoraba. Sin embargo, esa mañana sombría, Rosario estaba llorando de frustración por mis constantes humillaciones.

Como temía, de repente la puerta principal empezó a sonar. Alguien metía la llave por las cerraduras y empujaba la puerta. Eran mis padres, agitados, cargando las bolsas del mercado. Al entrar a la sala, dejaron las bolsas sobre la alfombra y vieron los ojos de Rosario, ya calmados, pero con vestigios de haber derramado algunas lágrimas. Mi madre corrió a los brazos de Rosario para ver que pasaba. Me preguntó que le había hecho, que había sucedido. Yo, sin saber que hacer ni que decir, balbuceaba cosas sin sentido, como una persona que no sabe como ocultar su culpa. Mi padre venía detrás con las bolsas más pesadas, llenas de frutas y abarrotes. Al observar la escena, cargado de ira y conmovido al ver a su querida hija en ese estado de tristeza y llanto, acurrucada en los brazos de su madre, lastimada, con los ojos cargados de melancolía, me miró y no dudó en decirme:

–Que basura eres.

Yo sentí que la frase fue demasiado dura para lo que estaba pasando. Pensé que la culpa de todo la tenía él por haberme ordenado de la manera más mandona y autoritaria. Soy el hijo de la casa, el mantenido, el que sólo estudia y no aporta nada al hogar, pero, decir un buenos días hijo, o talvez, un hijo levántate, necesitamos tu ayuda, hubiera permitido que yo me sienta mejor y con deseos de obedecer, de comportarme como un buen hijo, diligente y comprometido con su familia. 

Comencé a llorar y a reírme como un orate. Gritaba, fuera de mis cabales, que todo lo que era se lo debía a él, mi padre. Le preguntaba qué se sentía tener a un hijo como yo, fracasado, desobediente, orate, frustrado y triste, pero mi padre, sólo atinó a caminar hacia su cuarto y cerrar la puerta.

Todo quedó en silencio.

Después de acompañar a Rosario a su habitación y tranquilizarla, Soledad, fue detrás de mí.

Yo seguía llorando y sintiendo por dentro mucho dolor por las palabras de mi padre. Arturo Morelli no me golpea, es más, jamás ha levantado su puño contra mí, pero tiene una facilidad de hacer sentir mal a las personas con tan sólo decirles una palabra. No sé si lo piensa mucho o si entrena animosamente para eso, pero duele lo que dice cuando esta enfadado, duele mucho. Yo le tengo un gran respeto y admiración. Quizá por eso me hiere tanto su agresividad contra mí. Sé que tuve la culpa, que no debí ensañarme con Rosario, que ella no tenía la culpa de nada, que mis frustraciones o mis arranques de cólera sólo se deben a mis desordenes mentales y necesito ayuda.

Mamá empezó a consolarme, pero no me ayudaban mucho sus palabras. La cólera se seguía apoderando de mí. Es increíble la fuerza negativa que puedes cargar en esos instantes de ira. Me fui a mi cuarto, cerré la puerta con llave y empecé a llorar con más fuerza. Boté todo lo que estaba sobre mi cama y gritaba en silencio que odio a todo el mundo.

De un momento a otro, en medio de mis gritos internos, siento que alguien abre mi puerta de una manera presurosa, por un momento pensé que era mi padre, pero dentro mío pensaba que seria casi imposible. Dejé de mirar la puerta y me perdí entre mis sábanas. Era mi madre que seguramente estaba preocupada y quería solucionar las cosas de una vez. Me hacia miles de preguntas para poder dar con el problema que me aquejaba. Por su mente pasaban todo tipo de ideas, desde la universidad, mi vida sexual, mi orientación sexual o algún tema de niño del cual ella no hubiera estado enterada. Yo negaba sólo con la cabeza, no la quería ver. Le decía que la odiaba, que me había cansado de todo, que quería mandar todo a la mierda. Soledad aumentaba su preocupación y me pidió que la acompañe al dormitorio de mi padre para poder solucionar las cosas. Me decía que no era sano que viviera con ese rencor, con esa rabia, que a fin de cuentas terminaría por destruirme. Ante la insistencia de Soledad accedí a acompañarla al cuarto donde estaba mi padre. Mi actitud mostraba un cierto reparo, mis piernas iban una tras otra rumbo a la habitación principal. Mi padre estaba echado sobre la cama, viendo la televisión. Al sentarnos a su lado parecía no inmutarse por nuestra presencia hasta el momento en que Soledad le dijo que queríamos conversar con él.

Esta conversación con mi padre me hizo sentir muy bien. Pocas veces en mi vida había sentido de manera flagrante que mis padres me amaban de una manera increíble. Sentí que por mucho tiempo había sido un egoísta que no tuvo en cuenta lo que sus padres habían pasado, pero que sin embargo, me sentía lo suficientemente capaz como para pensar que podía hacer de juez y condenarlos a ser culpables de toda la frustración que tenia en mi corazón. Lloré mucho esa mañana, y mis padres juntos, conmigo. Ahora los amo más, pero por sobre todas las cosas los entiendo y admiro. Sé que ellos siempre buscarán lo mejor para mi, que son seres humanos con defectos como los tiene todo el mundo, pero sé también que a partir de ahora sólo me concentrare en sus virtudes. Gracias a Dios crecí en esta familia, que a pesar de las dificultades siempre ha logrado salir adelante. Siento que necesito ayuda, que en mi mente hay muchas cosas que debo borrar, y me di cuenta que el resultado de mi vida sólo depende de lo que yo haga, no de mis padres. Estoy seguro de contar con el apoyo de ellos, pero por sobre todas las cosas, con su amor incondicional.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

escrito por Rodolfo Rodas Oré en: | (1) Comentarios | enviar por email