
San Marcos
San Marcos, más que una universidad, es una agencia de banco. Cuando mis padres me demandaron por vagancia y descuido, me vi obligado a buscar un trabajo, y, por cosas inexplicables de la vida, terminé trabajando en esta agencia, San Marcos. Comencé como promotor de servicio, más comúnmente conocido como cajero de ventanilla. Al comienzo era muy divertido, algo nuevo que quería dominar, me sentía un experto del dinero y, por primera vez, entendía algunas operaciones que mi papá hacia en alguna ventanilla de algún banco.
Los meses fueron pasando y por cosas inexplicables de la vida, ascendí a promotor principal. Sin llegar a ser el eximio cajero de aquel banco, de un momento a otro, salí de caja y me mandaron a confirmar cartas, programar bóveda, firmar cheques, papeles y formatos que no sé bien donde terminaban. Era un puesto aún más nuevo que el anterior y me costó mucho asumir esta nueva responsabilidad.
Los primeros días como promotor principal fueron un caos. Mis jefas me miraban con incredulidad al ver que ellas habían sido las culpables de haberme dado ese puesto dentro de la agencia. Mis compañeros de trabajo y amigos, me miraban con pena y tristeza al ver que no atinaba una sola cosa. Era un blooper total. Lo único que faltaba era que me cayera caminando o mi cabeza tropezara con el techo. Mi orgullo estaba por los suelos, mi dignidad y prestigio se había ido por el inodoro y las pocas fuerzas que me quedaban se diluían en los correteos por evitar que la bóveda se pase.
Para las personas de afuera, ver el puesto de supervisor tiene solo el glamour del prestigio o la rimbombancia del nombre. Asumir el puesto y ocuparte de la infinidad de cosas que cada día quedan pendientes dentro de esta agencia es una tarea heroica y sumamente estresante.
¡Renuncio! Era la palabra que casi todos los días pugnaba por salir de mi boca. Mis jefas todos los días recaían en la frustración de contar conmigo y ver que no podía asumir el puesto. Seguramente no podían reprochar mi entrega y esfuerzo, pero sí mi lentitud, mi falta de criterio y mi desorden.
Pasaron los días y mis jefas, resignadas, decidieron que era un buen momento para abandonar todo y dejar que me hundiera solo, mismo Titanic, en las profundidades de los reclamos de clientes siempre insatisfechos, correos inquisidores que solo preguntan ¿Por qué?, inoportunas auditorias gerenciales y promotores sindicalistas y golpistas.
Un día antes de la jornada de distracción y goce que mis lindas jefas se procurarían regalar, y sin mayores preámbulos, me dieron las instrucciones necesarias para asumir con insospechado éxito un día a cargo de la agencia. La posibilidad de que esas instrucciones y sugerencias dadas por mis jefas, se convirtieran en tareas incumplidas y reclamos justificados, era casi un hecho. Fue tan así, que no se esmeraron mucho en sus indicaciones y procuraron tan solo por un día olvidarse del trabajo y sobretodo de mí. Lo bueno fue que no me dejaron solo, sino junto a mi amiga, colega y camarada Soplin, la única de los dos que sabe hacer bien las cosas.
Yo soy el brazo izquierdo de Soplin, pero sin embargo el día que asumimos el cargo de la agencia, ella fue con el uniforme acostumbrado y yo, por el contrario, lucí la única camisa raída de siempre y la corbata conocida que me acompaña desde mis frustradas entrevistas de trabajo. Programamos bóveda, procurando que no se me pase. Soplin conversó con las chicas del turno mañana y con las señoras de plataforma. Yo solo escuchaba las directivas que daba. No tenia autoridad moral para agregar algo más, solo admiraba la seriedad de Soplin y miraba mi reloj calculando los minutos para abrir la agencia. Abrimos los correos de las jefas, recordamos en algo las instrucciones y comenzamos a plasmarlas en la realidad. Todo comenzaba más tranquilo de lo acostumbrado. El público no se daba cita en la agencia a pesar de que siempre el salón de espera está repleto de parroquianos. Es increíble pensar de dónde sale tanta gente a pesar que todas las calles están destruidas, gracias a la afiebrada manía de un alcalde por romper pistas y construir puentes. Los alrededores de la agencia San Marcos es un polvorín. Pierdo el tiempo esmerándome en dejar mis zapatos relucientes, si a penas bajo del bus, una capa de arena y barro acarician mi calzado de cuero trujillano.
Soplin organiza todo y yo la sigo fielmente. Hago caso a cada acotación que me da y trato de no equivocarme. Ambos sabemos que es nuestra prueba de fuego. La oportunidad de demostrarle a Alberto, nuestro gerente, que no somos un par de incompetentes que solo hacen mal su trabajo, sobretodo yo. Rebajamos los libros, mandamos las transferencias al exterior, mandamos por correo las letras pendientes, confirmamos las cartas en tiempo record, programamos bóveda sin dejar que se nos pase, atendemos los reclamos, contestamos las llamadas, ponemos los vistos buenos, respondemos los correos, confirmamos más cartas, ordenamos los archivos, hacemos el movimiento del día anterior, firmamos los cargos, volvemos a programar bóveda, recogemos los cheques, y vuelve otra vez.
Los chicos de ambos turnos nos ayudaron mucho. Las chicas del turno mañana, con su rapidez y experiencia nos hicieron más sencillo el trabajo de supervisión, aunque, son algo intolerantes y reclamonas, hicieron un gran trabajo. Los chicos del turno tarde también pusieron muchas ganas en sacar las cosas adelante. Soplin habló con ellos, y respondieron bien, aunque, lentos y algo disipados para el trabajo, dieron lo mejor y gracias a su entrega pudimos lograr lo impensado. Cuando el último de los clientes salió a las 6 y 45 de la tarde de nuestra oficina, nos planteamos el reto de irnos a las 7 y 30 de la noche. Este reto significó para nosotros, rebelarnos contra nuestras constantes salidas a las 10 de la noche. Fue decir NO a las horas extras sin pago adicional. NO al tiempo muerto encerrado en una agencia lejos de casa, de los amigos o de algún lugar más acogedor. Ese día nos propusimos rebelarnos contra la mediocridad.
Todos pusimos de nuestra parte. Las chicas de la mañana nos dejaron todos sus papeles cuadrados, así que solo faltaba cuadrar los papeles de la tarde. Soplin se encargó de la bóveda y de todo el efectivo. Los chicos del turno tarde la ayudaron a realizar los detalles de los paquetes de efectivo y las cajas con todos los picos de cada una de las ventanillas. Las señoras de plataforma cuadraron sus valorados y nos dieron el acta firmada y sacramentada. Hice la valija, con toda la documentación y la puse en la caja buzón, que es el lugar de donde la recogen para llevarla a la oficina principal, en jirón Lampa. Todo caminaba de maravilla y ningún error asechaba el final de fiesta.
Cuando Alberto, el gerente, bajó para apoyarnos con el cuadre final, con mucho orgullo pudimos decir que todo estaba hecho. Soplin y yo nos dimos un abrazo y los chicos saltaban de alegría al ver el reto cumplido. Nos tomamos fotos, hasta con el reloj, fiel testigo de nuestro triunfo. Eran las 7 y 30 y estábamos a punto de salir de la agencia. Era reparadora la brisa que se podía sentir a esa hora, fuera de la agencia. Alberto no tuvo otra salida más que felicitarnos a todos por nuestro gran trabajo y reconocer que no lo hicimos nada mal.
Sin embargo, cabe resaltar que mi labor fue meramente decorativa. La única persona que se puso la agencia sobre sus hombros fue Soplin. Al final del día, descubrí, que entre los dos había un solo supervisor, y ese era la que tenía el uniforme puesto. Gracias a Soplin y a los chicos, ese día obtuvimos nuestra primera gran victoria. Pues bien, la guerra no terminaba, ya que al día siguiente, al regreso de las jefas, nos preguntaron por algunas cosas incumplidas o mal hechas. Soplin y yo nos miramos, resignados al ver que aún teníamos fallas que corregir, pero con la alegría de saber que el día anterior, ella fue mi gran heroína y yo su fiel teniente.
Para todos los chicos de la agencia San Marcos, gracias por el apoyo y el cariño. Los quiero mucho.
Los años cincuenta fueron muy importantes para Latinoamérica. Eran años en los que Estados Unidos buscaba tener mayor injerencia política en los países latinos, a desmedro de la unión Soviética. Nuevas, y no modernas, formas de pensamiento buscaban su espacio en América. Países como Nicaragua, Cuba y posteriormente otros, intentaban desligarse de un sistema capitalista que empobrece al más débil y enriquece aún más al poderoso. La revolución fue una de las formas de quitarse el yugo en Latinoamérica. Mientras Estados Unidos y la unión Soviética perdían su tiempo con la guerra fría, en América surgían nuevas formas de trascender al hombre y por ende a la sociedad misma. Nueva música, nueva literatura, nueva identidad, fue lo que dejaron los años posteriores a la mitad del siglo veinte. Personajes como Miguel Ángel Asturias (Guatemala), Alejo Carpentier (Cuba), Jorge Luís Borges (Argentina), Gabriel García Márquez (Colombia), Mario Vargas Llosa (Perú), Julio Cortazar (Bélgica, pero reconocido como argentino) formaron, en literatura, el movimiento Boom Latinoamericano, que estableció una identidad latina, frente a las imponentes corrientes europeas. También Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Vicente Feliú, Sara González y el gran Pablo Milanes, entre otros, contribuyeron con su música a la revolución de las mentes y de las ideas, algo que va más allá de las guerras. 

Mis padres y yo nunca nos llevamos bien. Cuando era un adolescente y estudiaba en el colegio, las cosas eran más fáciles para los tres. Era un chico relativamente estudioso, generalmente no me desaprobaban en algún curso y muy de vez en cuando recibía uno que otro reconocimiento. Mis padres fueron muy felices conmigo cuando ingresé a la universidad, a penas acabando el colegio, porque veían muy compleja la posibilidad de acceder a una universidad pública, por el descomunal número de postulantes. La felicidad les duró menos de un año, porque a finales del mismo, decidí dejar la universidad. Postulé a varias universidades y a distintas carreras. Sólo pude ingresar a una universidad privada y a una carrera que no me gustaba. Desaprobaba muchos cursos y eso fue mellando la relación con mis padres, que pagaban y pagaban, incansables, las boletas de esa universidad prestigiosa, mientras yo no encontraba mi verdadera vocación.
Todo comenzó un 27 de junio de 1985, cuando al medio día conocí a mi madre. Pesé 3.8 kilos y medí casi
La primera vez que pisé una clínica acompañado de una mujer, que no era mi madre, fue con Elvira. Ella y yo éramos una eventual pareja y nos dimos cita en aquel sanatorio con la consigna de hacernos una prueba de embarazo. Un momento de placer y descuido nos hizo dudar de la posibilidad indeseada de ser padres. Caminamos por los pasillos de la clínica buscando el laboratorio que ella ya conocía. Era la primera vez para mí, pero no para Elvira, que ya había pasado por esta clase de sustos. Luego de perdernos por los rincones del sanatorio, encontramos el laboratorio y pedimos la orden del médico de turno. Pasamos por caja para cancelar la factura del examen médico. Elvira estaba nerviosa por el pinchazo que iba a sufrir. Yo estaba tranquilo, porque una paz indescriptible me permitía pensar en cada paso que daba y apoyar a Elvira, quien era la que llevaría la peor parte. Las mujeres, en un eventual embarazo, sufren lo peor de todo. Después de la noche de placer y emociones fuertes, vienen los nueve meses de gestación, los cuales, enteramente los lleva la mujer. Engordar veinte kilos, sufrir trastornos sicológicos, perder su independencia, porque durante los nueve meses todo lo que haga o deje de hacer afectaran al ser que lleva dentro, sufrir los malestares físicos, las nauseas, los vómitos, los dolores de espalda, la sorprendente hinchazón de sus glándulas mamarias y de toda parte del cuerpo que pueda aumentar de tamaño, como sus piernas, pies y caderas. La mujer pasa por la penuria del periodo menstrual, la insoportable menopausia, las peores enfermedades cancerigenas y, en líneas generales, al parecer Dios se ensañó con ellas. Nosotros sólo hacemos la parte divertida de todo. Somos meros acompañantes, no nos involucramos. En plena sala de parto, mientras la mujer lucha entre la vida y la muerte, nosotros estamos parados con nuestra camarita de video. Somos unos desalmados. Pero en fin, Dios hizo las cosas así, por eso creo fervientemente en que él es hombre y occidental.
Abrazar es una experiencia inolvidable. Hace algunos años, unos amigos y yo tomamos un bus rumbo a Miraflores, con una sola consigna, abrazar a todo el mundo. La idea partió de Mónica, una ex enamorada que tuve en mi época de bohemia extrema. La idea del evento era grabar los abrazos con gente extraña y experimentar la reacción de las personas al recibir un abrazo de alguien completamente ajeno a ellos.
Todo empezó una mañana como cualquiera, de verano. Mis amigos y yo tomamos el bus rumbo a Conchan, para el examen de manejo. José y Antonio son mis amigos desde la época de colegio, hace ya cinco años, y ahora vamos rumbo a sacar nuestra licencia de conducir. José es muy divertido, gracioso y siempre tiene una anécdota que contar. Antonio es más loco, desenfrenado, bohemio, pero muy estudioso y destacado en lo que hace.
La primera vez que declaré mi amor a una mujer fue cuando tenía 18 años. Estaba en mi segundo año de universidad. Ella estudiaba conmigo, aunque no la misma especialidad. Era una mujer muy estudiosa, dedicada y perseverante. Mi declaración ocurrió en el estacionamiento de un centro comercial muy concurrido. Mis rodillas temblaban, mientras ella y yo estábamos parados en medio de coches feos y bonitos, a la salida del cine. Fuimos a ver Troya, una película donde trabajaba Brad Pitt, un hombre bello y atlético. Corrí el riesgo, llevándola a ver esta película, de que en el momento de mi declaración me dijera que no, ilusionada o aturdida aún por la perfección física de este actor norteamericano. Me preguntó si es que estaba seguro de mi petición. Yo respondí que sí. Ella aceptó. Nos abrazamos, sólo nos abrazamos, y cogidos de la mano, caminamos hacia el paradero de la avenida principal para tomar nuestro bus. Nuestro primer beso fue al día siguiente, en medio de amigos y sorprendidos que no esperaban nuestra unión.
Para el cumpleaños de mi madre, este año, todo fue distinto. Mi hermana mayor y mi madre viajaron a Ica, lugar donde la mujer que me dio la vida nació hace exactamente cincuenta años. Salieron un día antes del día festivo central para hacerse de todos los arreglos correspondientes para el gran día. Soledad, mi madre, y Doris, mi hermana, hoy por hoy se llevan mucho mejor que la última vez que pasamos algún cumpleaños familiar juntos. Desde que Doris se fue de la casa, mi madre siempre ha tenido comentarios desagradables y, a su vez comprensibles, para con ella. Su partida es una herida que mi madre esta aprendiendo a curar, sola.
Yo, Sergio Morelli, tuve un sueño. Un sueño distinto, raro, especial. Soñé que estaba sentado en una silla, en la azotea de mi casa de tres pisos, una casa a las afueras de la ciudad. Era un día nublado, triste, frío, el sol no asomaba su mirada y por la calle aún los vecinos no comenzaban su habitual recorrido matutino. Tenía puesto un buzo holgado y una zapatillas bastante cómodas. Todo era silencio. Me preguntaba que hacia en esta silla, sentado en la azotea de mi casa de tres pisos, no entendía muy bien como había llegado hasta este lugar. Tal vez si fuera de noche, hubiera subido a contemplar románticamente las estrellas del firmamento, que valgan verdades, en Lima es un espectáculo muy pobre. Sin embargo, era de mañana, muy temprano para estar en la azotea de mi casa de tres pisos, en lugar de estar durmiendo. A lo lejos, llegué a divisar que se aproximaba alguien de estatura promedio y contextura gruesa, era un hombre. Yo permanecía inmóvil, sentado en la silla en la azotea de mi casa de tres pisos, una silla de madera, que crujía al menor movimiento. Tenía cierta curiosidad por saber quien era, así que no dejaba de mirar a todos lados, entre la neblina. Desorbitado, absorto y confundido por el momento, me di cuenta que esta persona se iba aproximando más y más. La neblina no me dejaba distinguir quien era, sin embargo, luego de unos minutos, mirando intensamente tratando de descubrir a este personaje que se acercaba a mi, me di cuenta de quien se trataba, era mi padre, Arturo Morelli, que me seguía desde hace mucho rato, queriendo hablar conmigo.
Mi nombre es Sergio Morelli, tengo 21 años de edad y creo en Dios. Mi padre es Arturo Morelli, tiene 52 años y sospecho que también cree en Dios. Mi madre, Soledad Echevarria, tiene 50 años y toda una vida acompañada de Dios.
Luego de una noche sin dormir. Donde los pensamientos se apoderaron de mi mente y mis ojos divagaban mirando el techo. Desperté muy temprano en la mañana sin poder levantarme de la cama. La bulla de mis padres y hermanas corría por toda la casa. Como la mayor parte del tiempo, Soledad Echevarria, mi madre, está en la cocina preparando el almuerzo. Ella es una mujer entregada al hogar, sin que eso signifique que lo disfrute. Siempre con su carácter duro, radical y huelguista, pero sin la chispa revolucionaria para cambiar las cosas. Nos ama con todas sus fuerzas, es lo que siempre dice. Amanece, anochece y vuelve otra vez. En las mañanas, sola, pasa las horas echada sobre la cama viendo televisión y pensando en sus días en este mundo, lejos de la familia que la vio nacer y crecer, lejos de la cuidad donde paso su niñez y donde seguramente fue feliz. Preocupada por el dolor ajeno, pero ajena a su propio dolor. Fría, considerada, gruñona, bondadosa, justa y a la vez agradecida, ella es mi madre, te amo mamá.