Vivo per lei

15/12/2008,07:11 AM

Elena era una mujer que conocí cuando ambos teníamos doce años y estábamos a punto de comenzar la secundaria. La primera vez que la vi fue en su salón de sexto grado. Llevaba una maqueta del sistema digestivo para la exposición de la feria de ciencia del colegio donde estudiábamos.

Desde la primera vez que la vi me enamoré de ella. Me gustaba su piel blanca, su sonrisa amplia y su timidez angelical.

Cuando pasamos a secundaria, por obra del destino terminamos en el mismo salón de clase. Yo quería sentarme cerca de ella, pero mi lentitud y mi total falta de decisión impidieron mi cometido. La primera vez que Elena visitó mi casa, fue ese mismo año, en la secundaria. Ambos fuimos escogidos dentro de un grupo de alumnos para realizar el periódico mural de nuestro querido salón. A mi me importaba poco el periódico, solo pensaba en la manera de impresionarla y estaba feliz de tenerla en mi casa.

Mis buenas artes en los enredos del amor me llevaron a ser su amigo y, a su vez, amigo de su familia. Logré que mis padres se conocieran con los suyos, que sus hermanos simpatizaran conmigo, conseguí su número de teléfono (el de casa, porque para ese entonces nadie tenia celular), su dirección exacta, los lugares que frecuentaba, me hice amigo de sus amigos, me autoproclamé un fan suyo.

Al poco tiempo, su madre, la señora A, nos invitó, a mi familia y a mi, a una reunión en su parroquia. La familia de Elena eran personas de una fe inquebrantable, de unas virtudes que jamás pude imitar y de una calidad humana admirable en medio de una sociedad corrompida como la nuestra. Me hice asistente asiduo a la parroquia. No había sábado en la noche que no fuera participe de las veladas llenas de cantos y sermones que se rendían en la parroquia de la avenida Viru, en el Rimac. Me convertí en un mediano conocedor de la Biblia, asistía a cuanto curso bíblico podía, me involucraba en la obra activa de los jóvenes pujantes de la parroquia y no dejaba de contemplar un solo instante la belleza inspiradora que irradiaba el rostro de Elena.

Reconozco que fui a la iglesia por culpa de Elena. Mis votos religiosos eran inspirados por ella, por el amor platónico que sentía, por esas ganas de concretar a su lado una felicidad ideal, quimérica, la de tener una familia perfecta, con convicciones morales-religiosas y, por qué no, una vida llena de comodidades mundanas.

Cuando terminamos la secundaria nos preparamos juntos para ingresar a la universidad. Elena era muy aplicada. En quinto año, había combinado las obligaciones del colegio con las de una academia de preparación universitaria, sin descuidar su actividad en la parroquia y sin dejar de ser tan linda como siempre. Admiraba mucho su dedicación y, sentía, que yo no hacia lo suficiente para alcanzar ese sueño que abrigaba desde siempre. A veces imaginaba que Elena compartía ese mismo sueño conmigo, que ella en su corazón guardaba dormido el mismo amor que yo sentía por ella. No faltaba algún gesto suyo que alimentara mis esperanzas de alcanzar la felicidad máxima junto a ella, esa felicidad de la que hablaban siempre en el pulpito de la iglesia.

A los pocos meses, ella y yo ingresamos a la universidad. El camino estaba trazado, ya estaba escrito en alguna parte que nuestras vidas iban a seguir unidas hasta la eternidad. Compartimos el primer año de universidad, regresábamos en el mismo bus a casa, nos pasábamos los libros, almorzábamos en la misma cafetería y hacíamos juntos cualquier trámite. Las personas nos proyectaban como una pareja al mediano plazo, dos chicos temerosos de Dios y empeñosos estudiantes, todo lo bueno que una sociedad exige de un joven.

Pasaron los años y nos dimos cuenta que nuestros mundos no eran tan similares. Yo no tenia las cosas tan claras como ella. Perdí el rumbo en alguna parte de la historia, tal vez antes de conocerla, cuando era niño, o tal vez cuando la conocí, no lo sé. Ella siguió haciendo las cosas como siempre las hacia, es decir, bien. Yo dejé de ser el chico bueno y dedicado que mi madre siempre soñó. Me aleje de Elena, de la universidad y, curiosamente, de Dios también. No pude serle fiel a ese amor puro e ideal que sentía por ella. No pude decirle que la amaba, sólo me alejé.

Ahora somos amigos. Han pasado varios años y ya no somos los mismos. Creo que ella perdió esa sonrisa angelical de la que me enamoré. Yo perdí esa capacidad de amar, la de un adolescente enamorado, idealista, que apuesta todo lo que tiene y lo que es, sin desear nada a cambio.

Alguna vez, sentados en una banca de algún parque de esta ciudad, le confesé mi historia, la del chico enamorado de la niña de la maqueta del sistema digestivo. Le pregunté, por curiosidad romántica-literaria, si alguna vez, quien sabe, en un futuro cercano o lejano, ella aceptaría ser mi novia. No lo sé, no soy adivina- me dijo. Tienes razón, tal vez es un poco tarde, pensé.

 

Rodolfo Rodas Oré

 

 

 

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