
DIA 22
Un día 21 de un mes y un año que no quiero recordar, a media noche, con lágrimas en los ojos, Sofía viajó a Paris. Fue un viaje inevitable, de esos que no tienen retorno conocido. Su familia sólo compró el pasaje de ida, pero no el de vuelta, un acto de generosidad y prepotencia tan grande como el dolor que me causa recordar ese momento.
Sofía y yo nos alejamos el último mes antes de su partida. Sabía que el dolor de verla partir me haría mucho daño, causaría muchos estragos en mi vida ligera y disipada. Me portaba mal con ella, no contestaba sus mensajes, no sucumbía a sus pedidos de vernos y conversar, a pesar de saber que se sentía sola, que me amaba y que deseaba pasar su último mes en Lima conmigo. Yo me comporté como el canalla que soy y no accedí a sus suplicas de felicidad, por egoísmo, por protegerme del dolor que me causaba ver como pasaban los días y que aquel 22 de ese mes nefasto, Sofía, ya estaría conmigo.
Dios o el destino (que para este caso viene a ser lo mismo) cruzaron nuevamente nuestras vidas. Encuentros no programados nos hicieron concertar en lugares tan cálidos como mi casa, el parque donde vivo y uno que otro restaurante al que frecuentábamos. En el fondo de mi corazón había una pequeña esperanza de que todo fuera una broma y que ese infausto 21 nunca llegaría.
El último fin de semana Sofía salió con mi familia (la cual también llora su partida) a una fiesta por el cumpleaños de mi tío Edwin, hermano de papá. Yo no pude ir a la reunión familiar por cuestiones laborales, pero me gustó que Sofía fuera aceptada sin importar mi presencia. Me encantaba saber que Sofía se había ganado el amor de mi familia y que todos querían hablar conmigo para concertar la fecha de la boda, ignorando, que ella viajaría en pocos días.
Sofía y yo ya no éramos novios, pero alcanzamos un nivel superior de complicidad, de amor, de valoración. Un nivel difícil de acceder, difícil de alcanzar con una persona, pero con Sofía era muy sencillo, su maravilloso ser hacía las cosas más fáciles.
Amo a Sofía y me duele saber que ya no está, pienso.
Entonces ella, buscando aliviar mi dolor, me invita a su fiesta de despedida en la universidad y me cuenta que mi madre ha organizado otra pequeña reunión, en mi casa, un día antes de su partida.
El último sábado de Sofía en Lima fuimos a parar en las lagunas de
Cuando llegamos a la casa de Inés todo era alegría y algarabía por la presencia de Sofía. Yo pasé desapercibido y eso me alegró. Manu y Deni, amigos de la facultad, me hacían la estancia más sencilla en casa de Inés. Manu y yo nos enfrascamos en una conversación genial y en un toma y toma de pisco y cervezas que nos alegraron más de la cuenta. Sofía estaba esplendida sorteando saludos y abrazos entre todos sus invitados. Me sentí parte de su felicidad, de esa sonrisa que dibujaban sus labios. Fue una noche feliz.
A la mañana siguiente Sofía y yo fuimos a despedir a mis tíos y primos que habían llegado desde muy lejos para el cumpleaños de mi querido tío Edwin. Todos se despidieron de Sofía con mucho cariño. Fue una mañana triste, después de una noche feliz.
Después de ese fin de semana Sofía desapareció. El día 20 de aquel mes nefasto, muy de noche, Sofía llegó a mi casa llena de regalos para todos. Mi hermana Soledad había llegado de visita y hasta mi padre estaba muy conmovido por los detalles de Sofía.
Faltaban menos de veinticuatro horas para su partida, pero Sofía tenía las fuerzas para llenarnos de felicidad, tenía el espíritu para comportarse como si jamás fuera a irse, como si fuera una hija más, invadía la cocina, paseaba por las habitaciones, conversaba sobre algún programa de televisión, prendía el stereo, hacia bromas, salía a comprar, todo con una paz y alegría que no todos podíamos imitar.
Era su última noche en Lima, Sofía y yo no queríamos que terminase, no queríamos que se fueran las horas, indiferentes a nuestro dolor, como si el mañana fuera el mismo, como si el tiempo no supiera de la pena que nos embarga y cruelmente avanzara hacia el amanecer sin que podamos evitarlo. Las horas pasan, es lo único que saben hacer.
Mis padres y mis hermanas abatidas por el sueño se fueron a sus habitaciones. Sofía y yo nos quedamos prolongando nuestra felicidad, evitando dormir y desperdiciar esos minutos que nos hacían sentir la presencia del uno y del otro. Luchábamos contra el dolor y contra el sueño, nos cogimos las manos, nos abrazamos como nunca lo habíamos hecho, algunas lágrimas se escaparon de las comisuras de nuestros ojos, mirábamos la ventana y la noche impávida nos observaba llorar, cruel y despiadada, mientras nuestras mentes entendían que ya nada se podía hacer.
De repente, la fortaleza de Sofía me rescató. Comenzamos a reír de sus mohines, de sus ocurrencias, me abrazaba y me decía que me amaba, que volvería, que esto sería pasajero. Yo le creí, le supliqué que volviera, le pedí que no se convirtiera en un títere de su hermana y de su madre y que regresara para ser feliz conmigo. Por un momento me creí capaz de hacerla feliz, después de toda la maldad que perpetré contra ella, me sentí con las fuerzas de amarla y de convertirme en ese hombre que jamás logro ser.
Siendo casi las cuatro de la mañana, ella se acuesta en sobre mi cama y yo acomodo a su lado un sofá-cama. Ella se echa cerca de la orilla y yo busco su mirada. Nuestros cuerpos estaban muy cansados y no faltaba mucho para colapsar. Otras lágrimas se arrojaban como kamikaze de nuestros ojos. Le estiré mi mano derecha, ella la cogió con fuerza. No pudimos más, nuestros ojos luchaban por mantenerse abiertos, pero fracasamos en el intento.
Así nos quedamos dormidos, como muchas noches felices a su lado, con un mañana juntos, un mañana que hoy se nos niega.
En el fondo de mi corazón me pregunto si alguna vez volveré a ver a Sofía, si existirá la justicia y, entonces, ella encontrará el gran amor de su vida en un país tan lejano como Francia. Me pregunto si pude haber hecho algo más para evitar su partida. Me pregunto si soy un canalla irrecuperable que cometió la peor atrocidad de su existencia al fijarse en un ser tan maravilloso como Sofía. Me pregunto si en los brazos de Sofía alguna vez fui bueno. Me pregunto si Sofía sintió mi amor, si en verdad se dio cuenta que rescató lo mejor de mí, si es que aquello existe, y que de alguna manera me hizo un ser humano distinto.
Definitivamente no soy el mismo después de amar a Sofía. Su bondad, su ternura, su delicadeza, su humildad, su sencillez, su dulzura, su gracia, su belleza, su generosidad, su alegría, su altruismo, su inteligencia, su carisma, su don de gente, su melancolía, su soledad, su entrega, su diligencia, su amor por la vida, su valentía, su fortaleza, su perdón, su calidez, su sinceridad, su lealtad y su grandiosa capacidad de hacerme feliz, han dejado una huella imborrable en mi alma y corazón.
No sé responder si esta maravillosa historia tiene un punto final en aquel fatídico 21 de aquel mes nefasto, probablemente sí, pero quiero albergar la esperanza, la ilusión esquiva, de que esa gran novela tendrá un final feliz, signifique lo que eso signifique.
Cuando le declaré mi amor a Sofía, aquel 6 de abril de hace algunos años, le dije, lleno de amor, lo siguiente: Puedo ser feliz viéndote y comiendo papas fritas.
Digamos que ahora soy medianamente feliz, porque ya no puedo verte.
Te amo por siempre, Sofía.
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De todos los dias mas felices de mi vida, recuerdo que empezaron una madrugada de abril y fueron contigo.
Tienes mi corazon en tus manos por siempre.
Sofia
