Feliz cumpleaños, Mamá

2/04/2008, 10:18 PM
Para el cumpleaños de mi madre, este año, todo fue distinto. Mi hermana mayor y mi madre viajaron a Ica, lugar donde la mujer que me dio la vida nació hace exactamente cincuenta años. Salieron un día antes del día festivo central para hacerse de todos los arreglos correspondientes para el gran día. Soledad, mi madre, y Doris, mi hermana, hoy por hoy se llevan mucho mejor que la última vez que pasamos algún cumpleaños familiar juntos. Desde que Doris se fue de la casa, mi madre siempre ha tenido comentarios desagradables y, a su vez comprensibles, para con ella. Su partida es una herida que mi madre esta aprendiendo a curar, sola.
Yo, los días previos al cumpleaños de mamá, tenía muchas cosas por hacer en el trabajo, y es por ese motivo que mi padre y yo pensamos viajar el mismo día del cumpleaños de mamá, por la tarde, para llegar sin preámbulos a la fiesta.
Sofía, que se ha convertido en más que una novia para mí, sino también, en una amiga íntima de mi madre, también quería estar presente en tan memorable celebración: los cincuenta años de Soledad Echevarria.
Sofía, el mismo día del cumpleaños, tenía mucho trabajo recargado, al igual que yo, pero con la diferencia de que ella no podía apoyarse en ningún compañero de trabajo, ningún amigo amable que hiciera las veces de salvador, de héroe, y asumiera el trabajo de Sofía para que ella pudiera salir temprano y pudiéramos viajar, junto a mi padre, rumbo a Ica.
Mi padre, que no espera ni a su sombra, se fue en el bus de las cuatro de la tarde. Yo no me sorprendí, todo lo contrario, estaba seguro que se iría antes y nos dejaría, a Sofía y a mí, solos en este viaje corto de cuatro horas. Bajé al primer piso para despedirlo y prometerle que llegaría temprano, justo para la fiesta, junto a Sofía. Mi padre me recalcó que tenía previsto una serie de sorpresas para mi madre y que sería ideal que yo estuviese ahí en esos momentos. En realidad me dijo que había contratado sólo una hora de video y que esperaba que siquiera saliera los últimos quince minutos. Yo le di mi palabra de hacer lo posible. Sólo faltaba que Sofía hiciera su aparición y salíamos raudos rumbo a la agencia de viajes.
El día estaba claro, caluroso como cualquier día de febrero. Las horas pasaban con cierta lentitud, ya que el día sería largo. Después de mucho tiempo volvía a Ica, la ciudad donde nació mi madre y donde vive mi abuela, una mujer de casi ochenta años que se alegra mucho cuando tiene a su familia reunida.
Subí nuevamente al departamento, ahora vacío y algo triste. Prendí la televisión para distraer al tiempo y hacerlo más llevadero. Estaban dando un partido de fútbol peruano, la U contra Sport Ancash. Mi equipo estaba ganando y con este resultado permanecíamos en la punta del campeonato. De repente, mientras vivo con júbilo el triunfo de la U, escucho el sonido de mi celular anunciando una llamada. Era Sofía.
-Amor estoy saliendo de mi trabajo más temprano. Mi jefa se compadeció de mí y me dejó huir –dijo Sofía, con voz tenue, como si estuviera hablando cerca de su jefa.   
-OK, te espero en mi casa entonces. No te demores –dije.
El morbo subió a mi cabeza y esperaba con ansias la llegada de Sofía. Por momentos recordaba las recomendaciones de papá, de llegar temprano a la fiesta, de tomar el bus lo más puntual posible, de no perder el tiempo y tratar de apurar a Sofía, que casi siempre se toma su tiempo para todo. Pero una sensación excitante motivaba mi mente a planear un encuentro furtivo antes de viajar. Aprovechar la casa abandonada y hacer las locuras que cualquier adolescente primarioso quisiera hacer en ausencia de los padres. Bien dice el dicho: a falta de gatos, los ratones hacen la fiesta. Sofía y yo éramos unos ratones ávidos de queso fresco, de travesuras nuevas, de locuras que hicieran que nuestra relación reviviera de las cenizas en las que se estaba sumiendo. 
Sofía llegó minutos después, agitada y abrumada por el calor de la tarde. Traía puesto su traje de trabajo y una mochila guerrera donde llevaba todo lo necesario para el viaje. Me encanta el orden de Sofía, que todo lo puede meter en un bolso del tamaño de una bolsa de pan. La beso apasionadamente, con la clara intención de hacer el amor en plena sala. Ella, como toda mujer capaz de ser prudente en esos momentos donde la sangre recorre las venas a mil por hora, trata de parar mis intenciones y alegar que estamos con el tiempo contado para nuestro tan esperado viaje. Aquí hay un ratón que tiene mentalidad o complejo de gato, pienso.
Salimos de mi casa rumbo a la agencia. El taxista, un hombre joven de rostro adusto, nos llevó por sólo cinco soles, lo cual yo agradecí. Compramos los boletos y subimos raudos al bus que nos llevaría a celebrar los cincuenta años de mi madre. Nos sentamos en la primera mitad del bus, al lado derecho del conductor. El ambiente estaba cargado por la cantidad de gente que estaba hacinada esperando llegar a su destino. Los vendedores y los acomodadores paseaban por el pasadizo angosto del bus y los tropiezos eran causa de malos entendidos y discusiones entre los pasajeros. Sofía y yo, educadamente, evitábamos cualquier altercado. Sólo queríamos estar abrazados, esperando que el bus comience su recorrido. Una vez que el bus emprendió la marcha, todos, como arte de magia, sofocaron el desorden y el caos y un silencio reparador se apoderó del bus. Sofía y yo escuchábamos música, yo leía un libro, ella dormía un poco, yo acomodaba las maletas, ella miraba por la ventana, yo miraba la televisión del bus, ella leía mi libro, yo miraba a la ventana, ella se acostaba en mi hombro, yo dormía un poco, ella miraba la televisión. Teníamos un espacio reducido entre nosotros dos. Ella al lado mío, yo al lado suyo. Sentíamos el calor que brotaba de nuestros poros, de nuestro agitado día buscando hacer que este viaje se cumpla y se haga realidad. Sabíamos que mi madre y toda mi familia nos esperaba con muchas ansias. Nosotros no queríamos defraudarlos, a pesar de nuestros problemas, a pesar de saber que cada vez pasábamos a ser más gatos que ratones, a pesar de saber que lo nuestro pendía de un hilo, Sofía y yo disfrutamos ese momento, viajando, como si ese espacio fuera a ser nuestro toda la vida.   
Amas realmente a una mujer cuando puedes contemplarla dormir. A mi, me encanta ver cómo Sofía duerme y la amo más por eso. Producto del cansancio, Sofía deja que su cuerpo sea poseído por una fuerza suprema, por un velo oscuro que nubla sus ojos y los llena de espacios vacíos, de sueños, de figuras que resplandecen en su rostro afable, delicado y cálido. Encogida, con los brazos haciendo las veces de almohada y sus piernas recogidas sobre las mías. Yo la acaricio con mi naturaleza torpe, pero con toda la delicadeza que me puede inspirar ver un ángel entre mis brazos, en medio de una carretera desconocida, a la mitad de un viaje fantástico, tal vez el último viaje juntos, quizás la última vez que la tenga entre mis brazos.
Serán cuatro horas lejos de todo, ni aquí ni allá, ni en la ciudad ni en el campo, ni en el cielo ni en el infierno, sino, en el limbo, en algún lugar entre dos puntos, en un paréntesis donde podemos contemplar lo que no podemos ver más allá del punto. El silencio de la gente hacinada que duerme esperando llegar a su destino, me recuerda que nuestra meta no es el viaje, sino, llegar al lugar donde todo pasará con la rapidez con que el tiempo castiga a las ciudades. Yo no quiero llegar, quiero seguir contemplando a la mujer que amo y que seguramente ya no amaré más. Jamás olvidaré este viaje sin destino, sin futuro, pero con final.
 
El cumpleaños de mi madre fue muy emotivo y alegre. Mi papá llevó a unos cantantes de música ranchera, los populares Mariachis, e hicimos la fiesta más divertida que podamos haber imaginado. Mi madre estaba muy contenta, Sofía también. Yo era dichoso viendo a las mujeres más bellas del mundo disfrutando de un momento tan feliz. Las amo a las dos. Gracias mamá, gracias Sofía.    
 
 
 
 
 
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La silla Vacía

2/04/2008, 01:48 AM
Yo, Sergio Morelli, tuve un sueño. Un sueño distinto, raro, especial. Soñé que estaba sentado en una silla, en la azotea de mi casa de tres pisos, una casa a las afueras de la ciudad. Era un día nublado, triste, frío, el sol no asomaba su mirada y por la calle aún los vecinos no comenzaban su habitual recorrido matutino. Tenía puesto un buzo holgado y una zapatillas bastante cómodas. Todo era silencio. Me preguntaba que hacia en esta silla, sentado en la azotea de mi casa de tres pisos, no entendía muy bien como había llegado hasta este lugar. Tal vez si fuera de noche, hubiera subido a contemplar románticamente las estrellas del firmamento, que valgan verdades, en Lima es un espectáculo muy pobre. Sin embargo, era de mañana, muy temprano para estar en la azotea de mi casa de tres pisos, en lugar de estar durmiendo. A lo lejos, llegué a divisar que se aproximaba alguien de estatura promedio y contextura gruesa, era un hombre. Yo permanecía inmóvil, sentado en la silla en la azotea de mi casa de tres pisos, una silla de madera, que crujía al menor movimiento. Tenía cierta curiosidad por saber quien era, así que no dejaba de mirar a todos lados, entre la neblina. Desorbitado, absorto y confundido por el momento, me di cuenta que esta persona se iba aproximando más y más. La neblina no me dejaba distinguir quien era, sin embargo, luego de unos minutos, mirando intensamente tratando de descubrir a este personaje que se acercaba a mi, me di cuenta de quien se trataba, era mi padre, Arturo Morelli, que me seguía desde hace mucho rato, queriendo hablar conmigo.
Mi estado permanecía inmóvil, aunque más relajado al descubrir quien era la persona que me seguía. Lejos de mi se escuchaba una canción hermosa, como el sonido de una catarata que cae sobre las piedras y fluye siguiendo su camino. Mi padre me alcanzó y una sonrisa se dibujó en mi rostro, feliz de tenerlo cerca a mí. No suelo soñar mucho con mi padre, en general, no suelo soñar mucho. Sin embargo, mi padre contrario a la emoción que yo sentía al verlo, de un momento a otro, comenzó a insultarme y se abalanzó sobre mi queriéndome ahogar, golpear y hacerme daño. No entendí su reacción, no sabía que lo motivaba a golpearme. Era una mañana triste, pensé que tenerlo en mi sueño me traería algo inolvidable, algo hermoso. La relación con mi padre nunca fue buena, yo lo quiero mucho, pero nunca hemos tenido la oportunidad de acercarnos, de ser amigos. Por eso no sueño con mi padre, porque lo siento distante.
Yo ya no era un niño de cinco ni diez años. Era un adulto, un hombre capaz de defenderse, y así lo hice. Sin entender el por qué se su ataque, luché contra él y no dejé que me hiciera nada malo. Forcejeamos por un buen rato. Yo, aturdido por el momento, esquivaba cada ataque furibundo que mi padre intentaba propinarme.
Comencé a dar gritos preguntándole por qué me agredía, qué había hecho ahora que lo tenía tan furioso. Mi padre sólo seguía su ofensiva contra mí y su violencia se desataba cada vez más.
Unos instantes después, mirándolo a los ojos, entendí lo que mi padre buscaba, mi atención. Quería hablar conmigo, pero no encontraba la manera correcta de hacérmelo saber. Su impotencia de no encontrar soluciones ni respuestas positivas de mi parte lo frustraban mucho, y, no encontraba otro camino para desahogar su frustración que atacándome.
Logré sacármelo de encima con un gran impulso. Cogí su mano y la acerqué a mi rostro. Le dije con voz arrulladora que lo amaba, y comenzamos a platicar, punto por punto, algunas cosas que siempre me habían incomodado y que seguro, a él también. Sentí que su agresividad bajo paulatinamente, pero aún seguía un poco exaltado.
Unos instantes después, comencé a narrarle todo lo que guardaba en mi corazón. Durante toda mi vida nuestra comunicación había sido nula. Mi padre era una persona con poca facilidad de palabra, cariñoso en sus momentos de euforia, pero muy fiscalizador en su tarea como padre. De niño, eran pocos los momentos en los que compartíamos cosas juntos, jugábamos juntos, o simplemente pasábamos el tiempo haciendo nada. Mi padre siempre fue una persona responsable y trabajadora. Nada le fue fácil en la vida, y todo ameritaba de él su mayor esfuerzo y lucha constante.
El tiempo pasa Sergio, y las cosas que no hicimos antes quedaron ahí, en el recuerdo de las cosas inconclusas, en el baúl de los ‘no lo hice’, lejos de cualquier enmienda o corrección. Gracias a Dios la vida continua, y el tiempo nos da más de su riqueza para hacer en el presente lo que jamás nos atrevimos hacer en el pasado.
El éxito o fracaso de nuestras vidas como familia, como hermanos, como padres e hijos, como parejas, sólo depende de nosotros. Olvidemos lo pasado que no tiene remedio ni reparo, pero pensemos en el presente para hacer un mejor futuro.
Durante este sueño le reclamé muchas cosas a mi padre. Sentía que él se alejaba y quedarían nuevamente inconclusas las cosas que deseaba que supiera. Lo cogí fuerte del brazo. No lo deje ir. Él quizás no quería escuchar, pero lo forcé. Papá te amo, y quiero que salgamos adelante. Busquemos la ayuda que necesitamos, seamos amigos y confiemos mutuamente todo lo que nos pasa. La vida es ahora, no cuando tenía seis años y jugaba solo, con muñecos de plástico y disfraces raídos, en lugar de jugar contigo. No cuando me compraste una bicicleta, pero sólo una vez salimos a pasear juntos. La vida es hoy, no cuando anotaba un gol en las canchas del colegio y cada vez que te buscaba entre el público ya te habías ido. La vida somos Arturo y Sergio Morelli juntos. Seamos felices, tú, mamá, mi hermano y yo.
 
 
 
 
 
 
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¿Somos una universidad iconoclasta?

2/04/2008, 01:38 AM

Según el diccionario, iconoclasta significa: ‘secta de herejes destructores de imágenes santas y que van contra todo culto rendido a dichas imágenes’. Jesús dijo: ‘yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre, sino por mi’ (Juan 14:6)

El hecho de rendir culto a imágenes debería ser un tema analizado con pinzas por parte de la iglesia católica. Conversando con amigos católicos fervientes y entregados, descubro que ellos ven ese hecho como un simple ‘reconocimiento’ a la vida de personajes que alcanzaron la santidad por una vida consagrada a Dios. Pero ¿qué dice la palabra de Dios? Si sabemos (o mejor dicho creemos) que Dios nos dio la vida, nos dio el mundo en el que estamos, nos dio la libertad y la capacidad de elegir, nos permitió amar y ser amado, nos concedió el perdón de nuestros pecados, nos dio la familia que tenemos, nos dio la casa que compramos, nos permitió tener hijos, nos dio la oportunidad de estudiar, trabajar y progresar, si creemos que Dios simplemente ‘nos ama’, ¿cómo quisiera él que fuera nuestro culto, exclusivo para su gloria o inclusivo para todo aquel que fue bueno en vida?.

La pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) no está al margen de la manera ambigua en que los católicos llevamos nuestra fe. Por eso, siendo un alumno de esta casa de estudios no puedo evitar hacerme estas preguntas: ¿será Dios celoso, cuando rendimos culto a imágenes?, ¿será Dios una religión o una forma de vida?, ¿será de Dios preocuparse por el manejo de una universidad privada y de uno de los centros comerciales más importantes del país?, ¿la iglesia sigue a Dios o basa su existencia haciendo respetar ‘testamentos’ dejados por hombres filántropos? (como es el caso de Don José de la Riva-Agüero).

Particularmente nunca sentí la presencia de Dios estando parado frente a una imagen. Tampoco paso mi vida destruyéndolas, a pesar de que muchas estampitas han pasado por mis manos. Decir que somos una universidad iconoclasta no es la palabra exacta para calificarnos por querer respetar nuestra autonomía y por no llevar una vida cristiana más abnegada de lo que el común de católicos llevan. Pero, iconoclasta, es la etiqueta que debemos de llevar en nuestra frente por el simple hecho de llamarnos Pontificia Universidad Católica del Perú.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Una Noche en el Fin del Mundo

2/04/2008, 12:59 AM

Sofía y yo nos preparamos para ir al cumpleaños de Sue, una amiga de Sofía con quien estudia leyes en la universidad. Tenía el tanque de gasolina lleno y estaba seguro de no necesitar más combustible, pero Sofía decía que la casa de Sue estaba muy lejos y que posiblemente necesitaríamos cargar el tanque de gasolina durante el camino. No tomé en cuenta las recomendaciones de Sofía y consideré, como siempre, que la razón estaba conmigo y que llegaríamos sin problemas a la casa de Sue.

Hoy, como pocas mañanas, he salido a correr para recuperar el físico que alguna vez tuve. Me he trazado una rutina estricta de ejercicios y caminatas para poder formar parte, algún día, de la selección de atletismo de la facultad de leyes. Nunca fui un deportista destacado, pero Sofía cree conveniente que haga ejercicios y fortalezca mi cuerpo flácido. Generalmente, por amor, asiento a todo lo que Sofía, siempre tierna, me sugiere y aconseja. Por ella empecé a salir a correr en las mañanas y por ella intentaré formar parte de la selección de atletismo. Quiero escucharla gritar mi nombre en alguna competencia. Que me consuele en las derrotas (algo que ocurrirá con frecuencia) y que me haga el amor en las victorias.

Salimos de casa de Sofía rumbo a la de Sue. Sofía estaba linda como siempre, tenía puesto un polo ceñido color rosa, unos jeans apretados que le quedaban muy bien y una cabellera llena de rizos alborotados y rebeldes que me encantan. La miro y una sonrisa se dibuja en su rostro fino y dulce. Manejé con prolijidad y muy tranquilo, sin que nada nos apurara. La noche estaba casi sobre nosotros y pensé que sería bueno comer algo antes de seguir con el viaje.

-         Vamos a comer algo primero, antes de llegar a la casa de Sue –dije.

-         No tengo hambre –dijo Sofía- acabo de comer con papá y estoy satisfecha.

-         De acuerdo –dije con cara de hambre.

No te importa que tenga hambre –pensé.

Deberíamos comer algo y no esperar que Sue haya preparado algo suculento para los visitantes en el día de su onomástico.

Entré a la avenida Universitaria, en el cruce con Bolívar. El semáforo me indicaba que debía seguir y Sofía abría su cartera en busca que un cepillo y un espejo diminuto que sólo puede entrar en esa cartera tan pequeña. La miré de reojo y me encanta su belleza, su fascinación por lo estético, por lo elegante, por no dejar nada fuera de la perfección que una mujer siempre quiere mostrar. Sofía es hermosa y sabe como acentuar su belleza con esos químicos que, a mi parecer, no necesita.

La avenida Universitaria es muy larga y habíamos entrado en una zona peligrosa. Sofía no se inmutaba, sólo se peinaba. Las personas que veía por ese lugar estaban paradas en las esquinas, con unas ropas anchas y bermudas llenas de bolsillos, zapatillas blancas con pasadores desamarrados, gorras con el ala hacia atrás y las manos siempre en los bolsillos, como ocultando lo que llevan entre sus dedos.

- Ojala que ningún semáforo nos pare –dije.

- No creo, tú tranquilo –dijo Sofía y pasó su mano izquierda sobre mi nuca.

Las casas por aquí son una reliquia histórica de material noble resquebrajado por el paso del tiempo. Las paredes figuran pintadas con iniciales de las pandillas de la zona, graffities coloridos y papeles que anuncian la presentación de algún grupo chicha famoso.

Sofía llamó mi atención.

-         ¿Cómo me veo?

-         Hermosa, como siempre –dije.

-         ¿De verdad te gusto mucho? –preguntó.

-         Si, mucho –respondí. Un semáforo me obligó a detenerme.

-         ¿No me quisieras llevar a otro lado? –dijo ella.

Mirándola a los ojos, sospeché su animo coqueto y travieso. Su mirada delata una complicidad y demanda una respuesta insinuante.

-         Te llevaría a un lugar donde podría contemplarte al natural, robarte todo el disfraz que tienes encima y descubrir tu belleza interna, la que más me gusta, y hacerte el amor con locura –dije pasando mi mano por su pierna izquierda.

-         Ummm! Que rico! –dijo ella coqueta.

Nos dimos un beso fugaz porque el semáforo volvió a verde y debía continuar la marcha.

El camino parecía interminable. Sofía me decía que continuara por la avenida principal, que ella me indicaría cuando debía entrar en alguna calle alterna.

La avenida Universitaria es larguísima –pensé y encendí la radio para cantar un poco.

A Sofía le gusta mucho cantar y tiene una linda voz que me arrulla y me pierde en lo más aparatado de este mundo, un lugar donde sólo me puede llevar su voz y las caricias de sus manos.

-         Entra por aquí amor –dijo Sofía.

-         Oka! –dije y me apresuré en poner la direccional derecha y en girar el timón antes de pasarme del lugar indicado.

Bajo la velocidad y escucho las indicaciones de Sofía. Fácilmente llegamos al destino sin necesitar recargar el tanque de gasolina (una vez más, tenía razón). Sofía baja del coche y se dirige a una puerta de fierro que sólo es alumbrada por una luz tenue y amarilla. La calle es desolada, como si sólo existiera la casa de Sue. No se escucha ningún ruido de niños, ni de mascotas chúcaras.

-         Tengo miedo de dejar el coche aquí –digo.

-         No te preocupes. Mira, ahí hay un seguridad que estará mirando el coche –dice ella.

Giré la cabeza en busca del hombre que me garantizará la seguridad de mi coche, viejo, pero mío. Era un tipo jorobado, muy abrigado, con botas y una chalina que cubría su rostro. El hombre tocó un silbato como avisando a los maleantes que un coche viejo estaba listo para ser desmantelado.

No sé como pude llegar a un lugar que no figura en los mapas de la ciudad, un lugar inhóspito, desolado, lejano, muy, muy lejano, a las afueras de Lima. Entramos a la casa. Tenía buen diseño y lindos acabados. La familia de Sue parecía tener buen gusto por la decoración más no por la ubicación.

-         Sue debería mudarse –digo.

-         Si, debería –dice Sofía.

Unos amigos de Sofía nos dan la bienvenida. Me alegra que Sofía tenga tantos amigos. Nos sentamos juntos en el sofá grande. Era la primera vez que yo iba a una reunión con los amigos de Sofía y todos ellos me preguntaban cosas de nuestra relación: ¿Cómo empezó todo?, ¿qué me gustó de ella?, ¿qué pensé la primera vez que la vi?, ¿cómo le dije para que sea mi pareja?; en fin, todas esas preguntas incomodas que sólo a la gente morbosa le gusta saber.

Las cervezas fueron llegando. El papá de Sue se preocupó de que no faltara la bebida. Sue, como buena anfitriona, dio el play de honor. La noche avanzaba, la música se hizo presente y el baile también. No me sentí muy cómodo porque todas las conversaciones de la noche fueron de temas ajenos a mi. Después de una apoteósica bienvenida terminé relegado, sentado en el sillón grande, mientras Sofía y sus amigos cuchichiaban de los últimos chismes del grupo. Los famosos ‘te acuerdas que...’ no se hicieron esperar y la noche parecía interminable.

Sofía me sacó a bailar un par de veces. Yo encantado de bailar con ella porque me gusta como lo hace conmigo. El alcohol se apoderó de nuestras mentes y ya no éramos totalmente concientes de lo que hacíamos. Selene, la mayor del grupo, me quito de las manos de Sofía para bailar conmigo. Sofía no puso resistencia. Por un momento me sentí bien porque me volvieron a tomar en cuenta después de haberme marginado durante toda la conversación. Selene bailaba con destreza, muy sensual y rítmica. Sue, sin quedarse atrás, se acercó y comenzó a moverse con nosotros. Mis ojos buscaban a Sofía mientras ella se divertía bailando con un muchacho de lentes, de estatura media y hombros anchos. No podía creerlo: ¿por qué me había abandonado a mi suerte?, ¿por qué bailaba con ese tipo?. No lo entendía. Sue seguía moviéndose con más intensidad. Traté de no perder el control, de mantener la calma y no dejar que la situación se agravase. De repente, mientras el baile continuaba y la música no dejaba de taladrar mis oídos, sentí las caricias de unas manos extrañas. Sue recorría mi espalda de arriba abajo. Me di la vuelta, dando la espalda a Selene y tratando de evitar esos toqueteos que me ponían nervioso. Sue me miraba a la los ojos, sin dejar de tocarme. Miré a mi alrededor y Sofía no estaba. No dejé de bailar, pero fue grave error. Me sentí burlado y victima de mujeres que por primera vez veía. No lo podía creer. ¿Dónde estaba Sofía, la mujer con la que había llegado a la fiesta?, ¿dónde estaba la mujer que me había traído al fin del mundo por el cumpleaños de su amiga?. Esa mujer, que tan linda había empezado la noche, estaba bailando con ese impresentable muchacho de hombros anchos, sin importarle que yo, su pareja, fuera victima de una falta de respeto.

Luego de unas horas decidí que era hora de irnos. Sofía ahora estaba a mi lado, sentada y algo distraída producto del alcohol.

-         Vámonos Sofía –dije.

-         Pero es muy tarde y es peligroso a esta hora –dijo ella.

-         No me importa, igual con o sin ti, yo me voy –dije algo disgustado.

-         Oka! Vamos entonces –dijo ella.

Salimos de la casa despidiéndonos sólo de Laura, la única persona que me había tratado con cariño durante la noche.

-         Cuídate Laura. Un gusto bailar contigo –le dije.

-         Chao Sergio, chao Sofía. Nos vemos –dijo Laura con una sonrisa.

Subimos al coche, que felizmente estaba intacto. Sofía se puso el cinturón de seguridad y tiró su cartera en el asiento posterior. Yo encendí el motor y lo puse en marcha.

-         Es increíble lo que me haz hecho pasar hoy, Sofía –dije alterado. Jamás pensé que me hicieras pasar una noche tan desagradable como ésta y menos con tus amigos. Estoy sumamente decepcionado de ti –continué diciendo.

De un momento a otro, giré la mirada sin dejar de hablar y vi a Sofía, linda como siempre, recostada sobre la ventana del coche. Estaba durmiendo. Miré el reloj y eran las cuatro de la mañana. Prendí la radio y una voz familiar daba las noticias de la madrugada. Todo era tranquilo, silencioso. Me dieron ganas de dormir. Me estacioné en las puertas de un hotel de la avenida Universitaria. Tomé a Sofía entre mis brazos y en la puerta de la habitación, mirando sus ojos dormidos, dije: No importa Sofía, esta vez, digamos que fue el alcohol.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un Último Viaje

2/04/2008, 12:20 AM

Mi nombre es Sergio Morelli, tengo 21 años de edad y creo en Dios. Mi padre es Arturo Morelli, tiene 52 años y sospecho que también cree en Dios. Mi madre, Soledad Echevarria, tiene 50 años y toda una vida acompañada de Dios.

Mi padre, mi madre y yo, vivimos juntos hace 21 años, los mismos que tengo yo. Ellos se conocieron un par de años antes y se enamoraron de la manera más romántica y digna de cualquier historia de telenovela.

Hoy en día, después de varios años de estar viviendo juntos, nos sentamos a la mesa redonda del comedor central de nuestra casa, con la motivación de terminar con todo lo que estamos viviendo hasta ahora, con las ganas de mandar todo a la mierda porque no nos entendemos y creemos que muerto el problema, adiós la tristeza. Mi hermana menor, Sara Morelli, a sus 19 años, se fue de casa con un muchacho que, según mi madre, tiene buenos sentimientos pero no es un buen prospecto.

Mi madre se soba los ojos como evitando llorar, mi padre en silencio me mira y quiere sonreír. Yo, incrédulo, porque por primera vez en mi vida no sé que decir ni como actuar. Todos sentados a la mesa, unos llorando, otros riendo, yo pensando. Nuestra casa es pequeña pero linda. Nos hemos mudado recién hace un par de meses. Tenemos muebles, piso, lámparas, puertas y ventanas nuevas, pero sólo una lucecita lúgubre ilumina este momento.

Nos cayó la noche. Mi madre se puso de pie y caminó rumbo a su dormitorio. Mi padre, de igual manera, cogió su libro favorito del estante de caoba y se sentó a leer sobre el mueble nuevo de la sala. Yo, sentado, jugaba con una cuchara pequeña puesta sobre la mesa. Se escuchan los sollozos de mi madre encerrada en su dormitorio. Se siente la indiferencia de mi padre leyendo un libro que nunca leeré.

La noche esta sobre nosotros y con ella toda su penumbra. La lúgubre lámpara ya no nos puede iluminar más, estamos perdidos en el dolor y en la incertidumbre de un mañana desolador. No puedo ir al dormitorio a consolar a mi madre. No puedo quitarle el libro de las manos a mi padre y pedirle que no sea indiferente, que mire a su alrededor y que haga algo. Me levanto de la mesa. Llevo puestos unos jeans, una camisa amarilla, la única que me gusta de las camisas que tengo, unos zapatos negros sin lustrar, mis lentes de marco grueso y mi peinado chúcaro. Camino por toda la casa, miro a mi padre que no se inmuta. Sigo mi trayecto y paso por la puerta de mi madre que sigue llorando. Entro a mi dormitorio, comienzo a escribir porque es lo único que me hace feliz.

No hay futuro, pienso.

Es mejor terminar con todo esto, sigo escribiendo. Mi letra es horrenda y grande. No cae ninguna lágrima mientras escribo estas líneas, no puedo llorar. Saco mi cabeza por la ventana de mi cuarto, miro el coche de papá y se me ocurre una idea para terminar con todo esto.

Maquino un siniestro final, mi salida de este mundo al cual jamás pedí entrar. Me perdí en mis temores, en mis miedos y complejos. Pensé en mis fracasos, en mis caídas, en mis errores, en el dolor que le causé a tanta gente a la cual nunca pedí perdón. Falta poco para terminar de escribir y se va aclarando la oportunidad de acabar con todo este sistema de cosas insufribles. Miro la noche por mi ventana, escucho los coches de gente feliz que pasea por las calles de San Borja. Recuerdo cuando era niño y también era feliz. La nostalgia se apodera de mi pero aun no puedo llorar. Recuerdo, cuando de niño, mi padre me sacaba a montar bicicleta, a jugar pelota o a pasear en el Nissan Sunny marrón que teníamos en ese tiempo. Fueron pocos momentos entre papá y yo pero los recuerdo con cariño. Lástima que jamás seré padre y no podré darle esos recuerdos a ningún ser humano. Termino de escribir. Salgo de mi habitación y busco las llaves del Kia guinda. Salgo de la casa con las llaves y el dolor de mi partida entre las manos. Siento el sollozo de mi madre y la indiferencia de mi padre por última vez. Miro mi casa, pequeña pero linda. Miro la fotografía de la familia feliz que alguna vez fuimos. Miro la noche y su tristeza. Cierro la puerta y a nadie le importó mi fuga. Bajo por el ascensor. Camino sin saludar al portero que siempre me anima con una sonrisa. Entro al coche guinda y nada me persuade de renunciar a mi partida. Pienso que nadie sospecha a donde voy, que nadie se imagina en donde terminará mi viaje. Enciendo el motor, piso embriague y hago los cambios para sacar el coche lo más sigilosamente posible. El portero me observa salir sin su sonrisa acostumbrada, por el contrario, su rostro expresa una tristeza que presagia, de alguna manera, el mundo que veré a partir de ahora. Giro mi mirada hacia el portero y le hago un ademán de adiós. Raudo, escapo al mundo del cual jamás volveré y una avalancha de recuerdos me enciman como ráfagas de escenas vividas, de sueños inalcanzados, de alegrías efímeras y tristezas eternas. Dios, nunca fui feliz aquí y ahora me voy contigo, pienso. Acelero con más furia, sabiendo que no hay marcha atrás. Corro y recuerdo los consejos de mi padre cuando me enseñó a conducir, hace ya varios años atrás. No importa, pienso. Quiero morir y acabar con esto, quiero terminar mi existencia y ver que me depara el más allá, si no me gusta, puedo volver a escapar. Haré uso de la libertad que Dios me dio, la misma que me da esa luz verde del semáforo para seguir con mi carrera imparable hacia la muerte, un mundo mejor que éste. Gracias por estos 21 años de momentos felices y más infelices, adiós a todas las personas que me amaron y que por mi culpa me terminaron odiando, adiós a mis padres que deben seguir como los dejé, como siempre. Ahora una luz roja me impide el paso, pero esta vez nada me puede parar, ni Dios. Un coche me enviste, más dolor, pero ahora físico. Escucho un ruido estruendoso y la noche se hizo eterna. Adiós.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Amor Incondicional

2/04/2008, 12:18 AM

Luego de una noche sin dormir. Donde los pensamientos se apoderaron de mi mente y mis ojos divagaban mirando el techo. Desperté muy temprano en la mañana sin poder levantarme de la cama. La bulla de mis padres y hermanas corría por toda la casa. Como la mayor parte del tiempo, Soledad Echevarria, mi madre, está en la cocina preparando el almuerzo. Ella es una mujer entregada al hogar, sin que eso signifique que lo disfrute. Siempre con su carácter duro, radical y huelguista, pero sin la chispa revolucionaria para cambiar las cosas. Nos ama con todas sus fuerzas, es lo que siempre dice. Amanece, anochece y vuelve otra vez. En las mañanas, sola, pasa las horas echada sobre la cama viendo televisión y pensando en sus días en este mundo, lejos de la familia que la vio nacer y crecer, lejos de la cuidad donde paso su niñez y donde seguramente fue feliz. Preocupada por el dolor ajeno, pero ajena a su propio dolor. Fría, considerada, gruñona, bondadosa, justa y a la vez agradecida, ella es mi madre, te amo mamá.

En la sala se encuentra Arturo Morelli, mi padre, indiferente como siempre lee su periódico junto a una maquinita (una grabadora, esas de última generación) donde graba lo que su memoria ya no puede recordar. Lejos de nosotros, a miles de kilómetros, en un mundo donde sólo él habita y entiende, ahí vive mi padre, estudiando, leyendo, apostando a la vida siempre, aprovechando oportunidades, emprendedor, ganador, todo un luchador. Gracias a él yo puedo estudiar en la mejor universidad del país. Incondicional para las metas académicas, los diplomas y las medallas. Parco, despistado y poco considerado, es el calificativo que mi madre le da al final de cada día.

El día esta frío y triste. El sol no se atreve a salir desde hace ya varios días. En la calle se escucha el ladrido de los perros y la campañilla del pepenador que realiza su ronda matutina. Ensimismado en el silencio de mi alma y de mi habitación. Fuera de toda perturbación y sumergido en la más profunda concentración, soy ajeno a lo que pasa a mi alrededor. No me importa nada. Hay una pesadez en mi cuello que no me deja levantarme de la cama.

Ojala fuera de noche, pienso.

Abro mis ojos, los vuelvo a cerrar. Volteo mi cuerpo boca abajo. Siento mi respiración sobre la almohada. De repente, el sonido de los maderos de mi vieja cama me libera del sueño. Ya son casi las diez de la mañana. ¡Dios! Hoy no quiero levantarme.

Rosario Morelli, mi hermana de apenas once años, sigue con los gritos y alaridos.

-¡Despierten a Rodrigo! Papá dile a tu hijo que se levante –dice Rosario, con autoridad y algo enojada.

No estoy dormido y escucho, sin hacer ruido, todo lo que se dice fuera de mi habitación.

Al poco rato mamá necesita algunos ingredientes para el platillo que está preparando con cierto entusiasmo.  

-Arturo vamos al mercado para hacer unas compras para terminar con el almuerzo. Será algo rápido, no tengo tiempo que perder –dice mi madre, seria, sin dudar.

Papá, con cierto desgano, deja su periódico junto a la mesita de lámpara y restregándose los ojos, responde:

-Ya voy.

Primero, papá va a su recamara para guardar su grabadora de mano. Él es una persona muy cuidadosa, y no permite que nosotros encontremos sus cosas abandonadas en cualquier lugar.

Entre gruñidos y respiros agitados, abre la puerta de mi habitación y con voz fuerte y tensa dice:

–Levántate ¡ya! Para que limpies el patio trasero y ayudes a tu hermana con sus tareas.

El mensaje fue directo y conciso. Sentí la orden en medio de mi frente, como estaca clavada en el centro de mi rebeldía. Me pareció impositivo, tan castrense que me sentí, de momento a otro, con una cólera que no me dejaba pensar con naturalidad.

Me saqué las sábanas de encima. Fastidiado, me moví sobre la cama de un lado a otro pensando que hacer, que decir, contra quien arremeter. Llamé de un solo grito a mi hermana. Rosario, que aún seguía indecisa entre hacer sus tareas o seguir jugando y causando alboroto, se acercó con su rostro angelical y travieso, el cual aún recuerdo con cariño y nostalgia. La dulzura de su mirada y el entusiasmo de sus pasos, saltando de un lado a otro, cargaban entre sus manos un cuaderno celeste y una pregunta entre líneas. Con voz baja, casi como un susurro, para evitar que alguien me escuche, le dije:

–Yo no soy tu profesor particular, así que a mí me pides bonito las cosas.

Rosario, enterró su carita por debajo de su mirada, de sus lindos ojos marrones cayeron algunas lágrimas, la sonrisa que siempre la acompañaba ya no estaba. Una niña de once años victima de mi locura, de una rabieta sin sentido. Se asustó, y para cuando me di cuenta ya no estaba. Salió corriendo con pasos acelerados de mi habitación rumbo al comedor donde seguramente le aguardaban más dudas e inquietudes sobre sus cursos.

Yo me levanté de la cama y fui tras ella. Salí de mi habitación un poco aturdido por el bochorno del que recién se levanta. Me senté a su lado en una silla pequeña para tener a Rosario más cerca. Empecé a mirar a todos lados. Sentía como la ira aún estaba en mi corazón, queriendo salir y destruir lo que estuviera a su paso, es realmente increíble como las palabras de mi padre habían aturdido tanto mi mente. Ellos se habían ido al mercado. Yo estaba solo con Rosario, sentados en el comedor con los cuadernos primariosos dispersos por toda la mesa. Mi hermana era la victima. Empecé a gritarle y a ponerla nerviosa. Le preguntaba rápidamente y sin tiempo para que piense los teoremas matemáticos que exponían en sus libros. Mis palabras fueron ofensivas y dañaban su autoestima. En el fondo sabía que lo que estaba haciendo no era correcto, pero no me detuve. Nada me importaba, sólo deseaba desatar mi cólera.

De un momento a otro, entre tantas palabras lacerantes que le dije, Rosario, se puso a llorar.

Sentí que debía calmarla. Lo intenté, pero de pronto, dos pensamientos abordaron mi mente, primero, que mis padres estaban a punto de llegar en cualquier momento, y, al ver llorar a mi hermana, buscarían en mi al único culpable, en segundo lugar, pensé, que la personita que tenía frente a mí, era mi hermanita, la cual adoraba. Sin embargo, esa mañana sombría, Rosario estaba llorando de frustración por mis constantes humillaciones.

Como temía, de repente la puerta principal empezó a sonar. Alguien metía la llave por las cerraduras y empujaba la puerta. Eran mis padres, agitados, cargando las bolsas del mercado. Al entrar a la sala, dejaron las bolsas sobre la alfombra y vieron los ojos de Rosario, ya calmados, pero con vestigios de haber derramado algunas lágrimas. Mi madre corrió a los brazos de Rosario para ver que pasaba. Me preguntó que le había hecho, que había sucedido. Yo, sin saber que hacer ni que decir, balbuceaba cosas sin sentido, como una persona que no sabe como ocultar su culpa. Mi padre venía detrás con las bolsas más pesadas, llenas de frutas y abarrotes. Al observar la escena, cargado de ira y conmovido al ver a su querida hija en ese estado de tristeza y llanto, acurrucada en los brazos de su madre, lastimada, con los ojos cargados de melancolía, me miró y no dudó en decirme:

–Que basura eres.

Yo sentí que la frase fue demasiado dura para lo que estaba pasando. Pensé que la culpa de todo la tenía él por haberme ordenado de la manera más mandona y autoritaria. Soy el hijo de la casa, el mantenido, el que sólo estudia y no aporta nada al hogar, pero, decir un buenos días hijo, o talvez, un hijo levántate, necesitamos tu ayuda, hubiera permitido que yo me sienta mejor y con deseos de obedecer, de comportarme como un buen hijo, diligente y comprometido con su familia. 

Comencé a llorar y a reírme como un orate. Gritaba, fuera de mis cabales, que todo lo que era se lo debía a él, mi padre. Le preguntaba qué se sentía tener a un hijo como yo, fracasado, desobediente, orate, frustrado y triste, pero mi padre, sólo atinó a caminar hacia su cuarto y cerrar la puerta.

Todo quedó en silencio.

Después de acompañar a Rosario a su habitación y tranquilizarla, Soledad, fue detrás de mí.

Yo seguía llorando y sintiendo por dentro mucho dolor por las palabras de mi padre. Arturo Morelli no me golpea, es más, jamás ha levantado su puño contra mí, pero tiene una facilidad de hacer sentir mal a las personas con tan sólo decirles una palabra. No sé si lo piensa mucho o si entrena animosamente para eso, pero duele lo que dice cuando esta enfadado, duele mucho. Yo le tengo un gran respeto y admiración. Quizá por eso me hiere tanto su agresividad contra mí. Sé que tuve la culpa, que no debí ensañarme con Rosario, que ella no tenía la culpa de nada, que mis frustraciones o mis arranques de cólera sólo se deben a mis desordenes mentales y necesito ayuda.

Mamá empezó a consolarme, pero no me ayudaban mucho sus palabras. La cólera se seguía apoderando de mí. Es increíble la fuerza negativa que puedes cargar en esos instantes de ira. Me fui a mi cuarto, cerré la puerta con llave y empecé a llorar con más fuerza. Boté todo lo que estaba sobre mi cama y gritaba en silencio que odio a todo el mundo.

De un momento a otro, en medio de mis gritos internos, siento que alguien abre mi puerta de una manera presurosa, por un momento pensé que era mi padre, pero dentro mío pensaba que seria casi imposible. Dejé de mirar la puerta y me perdí entre mis sábanas. Era mi madre que seguramente estaba preocupada y quería solucionar las cosas de una vez. Me hacia miles de preguntas para poder dar con el problema que me aquejaba. Por su mente pasaban todo tipo de ideas, desde la universidad, mi vida sexual, mi orientación sexual o algún tema de niño del cual ella no hubiera estado enterada. Yo negaba sólo con la cabeza, no la quería ver. Le decía que la odiaba, que me había cansado de todo, que quería mandar todo a la mierda. Soledad aumentaba su preocupación y me pidió que la acompañe al dormitorio de mi padre para poder solucionar las cosas. Me decía que no era sano que viviera con ese rencor, con esa rabia, que a fin de cuentas terminaría por destruirme. Ante la insistencia de Soledad accedí a acompañarla al cuarto donde estaba mi padre. Mi actitud mostraba un cierto reparo, mis piernas iban una tras otra rumbo a la habitación principal. Mi padre estaba echado sobre la cama, viendo la televisión. Al sentarnos a su lado parecía no inmutarse por nuestra presencia hasta el momento en que Soledad le dijo que queríamos conversar con él.

Esta conversación con mi padre me hizo sentir muy bien. Pocas veces en mi vida había sentido de manera flagrante que mis padres me amaban de una manera increíble. Sentí que por mucho tiempo había sido un egoísta que no tuvo en cuenta lo que sus padres habían pasado, pero que sin embargo, me sentía lo suficientemente capaz como para pensar que podía hacer de juez y condenarlos a ser culpables de toda la frustración que tenia en mi corazón. Lloré mucho esa mañana, y mis padres juntos, conmigo. Ahora los amo más, pero por sobre todas las cosas los entiendo y admiro. Sé que ellos siempre buscarán lo mejor para mi, que son seres humanos con defectos como los tiene todo el mundo, pero sé también que a partir de ahora sólo me concentrare en sus virtudes. Gracias a Dios crecí en esta familia, que a pesar de las dificultades siempre ha logrado salir adelante. Siento que necesito ayuda, que en mi mente hay muchas cosas que debo borrar, y me di cuenta que el resultado de mi vida sólo depende de lo que yo haga, no de mis padres. Estoy seguro de contar con el apoyo de ellos, pero por sobre todas las cosas, con su amor incondicional.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

escrito por Rodolfo Rodas Oré en: | (1) Comentarios | enviar por email