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Espacio donde comparto mis articulos, historias, anecdotas y todo lo que mi imaginacion pueda crear.
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El Taxista - Rodolfo Rodas Oré
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Era fin de semana después de un reencuentro con Silvia. Fuimos a tomar un café y a conversar un rato. Hacia mucho tiempo que no salía con ella y sin embargo nuestra complicidad y confianza no habían disminuido. Terminamos nuestro encuentro muy pasada la media noche. Como todo un caballero me ofrecí a llevarla a su casa. Fue un acto de amistad y agradecimiento por la buena charla. Subimos a un taxi y nos dirigimos a San Miguel.
Sentía, durante todo el camino a su casa, que ella quería prolongar la noche, quería seguir conversando y exponiendo nuestras vidas todo este tiempo de ausencia. Yo me sentía físicamente destruido, aniquilado, fulminado, ya era muy tarde y lo mejor era entregarme a los brazos de Morfeo. Bajamos en la puerta de su casa, nos despedimos, nos dimos un fuerte abrazo y prometimos volver a concertar un encuentro como éste.
Caminé hacia la avenida en busca de otro taxi que me lleve a San Borja. No fue tan difícil. Un auto amarillo se orilló y yo me acerqué a preguntarle cuánto me costaba una carrera hasta mi casa.
-Buenas maestro, ¿Cuánto hasta San Borja Norte? –pregunté.
-Ocho soles –respondió ese hombre de aspecto provinciano acriollado que pareciera haber pasado su vida siempre llena de problemas.
-Vamos –dije, aunque el señor taxista no me inspiraba mucha confianza a primera vista.
Subí al coche y José (porque ese es el nombre del taxista y porque siempre hay un José en Lima) pone primera y avanza.
-¿Qué hora es joven? –preguntó José.
-Las dos de la mañana -dije.
-¡Asu! Ya es tarde. Con usted hago una de mis últimas carreras, porque mañana tengo un matrimonio.
-Pues entonces debería ir a descansar.
-Si. Se casa mi cuñada y yo seré el chofer.
-Felicidades para su cuñada –dije, sólo por cortesía.
-Mi cuñada es una mierda –respondió José y me dejó sorprendido-. Yo lo hago por mi esposa, porque mi cuñada me odia y yo la odio.
-Pues si la odia, no debería ir a la boda –dije.
-Es que yo soy el chofer y lo hago por mi esposa.
-Entonces debería cobrarle por el paseo.
-¿Sino? Soy un huevón. Todo lo que hago por mi señora.
-Debería ir a descansar y mañana cobrarle a su cuñada el paseito.
-Tiene razón joven, porque yo tengo que sacar billete para pagar este carro alquilado y mañana perderé toda la tarde paseando a esa bruja.
-¿Y a dónde la va a llevar a pasear a su cuñada?
-No sé. Donde me diga ella o su esposo.
-Llévelos a San Isidro, al Parque el Olivar (el lugar donde esperábamos Sofía y yo el comienzo de una obra de teatro, el lugar donde comenzó nuestra historia de amor) –sugerí, recordando con nostalgia a Sofía.
-Si puede ser. Es bonito por ahí –dijo José.
-¿Y se casan por civil o por religioso?
-Se casan por las huevas. Si su esposo ya la conoce. Tienen tres hijos. Ya han hecho de todo –dijo pícaro, José, y yo celebro su buen humor con una risotada.
-Entonces ¿Por qué se casan? –pregunté.
-Por monos, por las huevas.
-Seguro como un nuevo acto de amor –sugerí y José hizo un mohín de fastidio.
-Si, por amor –dijo burlonamente.
-¿Por qué tanto odio maestro?
-Ella me odia a mi joven, yo la odio porque ella me odia.
-¿Por qué lo odia?
-Porque la rescaté a su hermana, que ahora es mi señora, cuando tenía catorce años y yo tenía veintiuno.
-¿La rescató? –pregunté sorprendido.
-Si, la rescaté –dijo el taxista, orgulloso.
-No será que la raptó maestro –pregunté.
-Claro, eso, la rapté –aclaró José.
-Entiendo, usted sacó de su casa a su señora cuando ella tenía catorce años y usted veintiuno.
-Si joven. Por eso mi cuñada me odia. Yo no le he hecho nada a esa bruja, yo solo rescaté…
-La raptó –corregí.
-… si, eso… la rapté a mi señora cuando era jovencita, la hice mi mujer y después regresamos cuando todo estaba consumado. Regresamos como marido y mujer.
-Entiendo.
-Yo hablé con el dueño de todas las hijas, o sea, con el papá, nos metimos unas chelas y conversamos de mi situación. Le dije que yo era bien chamba y que ella ya era mi mujer y que yo le iba a responder como hombre. El señor, entre trago y trago, me dio su bendición y le dijo a mi cuñada que no se meta, que él daba su permiso.
-¡Ah bueno! Con el permiso del padre ya es otra cosa.
-Claro pues joven, yo la…
-Rapté.
-… eso, si eso… pero después regresamos como pareja.
-¿Y por qué se la llevó tan jovencita?
-Porque estaba bien rica la chibola, y hasta ahora, mi señora se conserva, es grandota, tiene de todo. Si la Mariella Zannetti está veinte puntos, mi mujer estará en diecisiete o dieciocho. Mi señora es un mujerón.
-¡OH, felicitaciones maestro! –dije.
-Gracias joven. Pues la verdad que sí, todos mis amigos me preguntan por mi señora y me dicen que está buena, claro, con mucho respeto porque sino me cruzo y eso termina en golpe.
-Como tiene que ser, no se le puede faltar el respeto a su señora.
-Claro pues joven.
-Pero converse con su cuñada y dígale que ya eso pasó hace mucho tiempo y que las cosas no salieron mal, que usted ahora tiene una familia con su hermana y que le respondió como el hombre que es.
-Gracias joven, pues sí, eso le digo, pero igual esa bruja me odia.
-Bueno es cosa de ella entonces.
-Seguro lo que pasó es que cuando era joven y me llevé a su hermana me gustaba mucho la pelota. Yo era bueno joven, pude haber llegado a la selección nacional.
-¿En serio?
-Si joven, era pericotero, tenía un quiebre de la patada. Mi viejo, que en paz descanse, era otro pendejo con la pelota, por él me inicié en el fútbol, me llevaba a jugar a todos los equipos, pero cuando me casé ya tuve que dejar el juego por el taxi, porque también me gustan los carros joven, y entonces la pelota quedó en el pasado.
-¿Y ya no juega ahora?
-Sí, si juego, con mis cachorros, que también me sacaron lo pelotero.
-¿Cuántos hijos tiene?
-Cinco, la primera es mujercita y el resto varoncitos.
-¿Y quiénes juegan como usted?
-El mayor de los hombres, ese huevón juega que da miedo, lo voy a llevar a probarlo a Alianza, el club de mis amores.
-No me diga ¿usted es aliancista?
-Si le digo joven, por mis venas corre sangre azul.
-Aunque se vaya a segunda división –dije burlón.
-No joven, Alianza no se va, y si se va, regresa, pero yo siempre seguiré siendo grone.
-Entiendo –dije, y noté que habíamos llegado a la puerta de mi casa.
-Así es pues joven. Yo vivo en San Juan, he jugado con varios chicos que ahora están en la profesional, yo les he enseñado todo lo que sé y ahora ellos la rompen en la profesional. ¿Usted conoce a Micky Fernández del Cristal? Yo he jugado con ese negro en mi barrio. Ese negro es sano, tranquilo, tiene su señora y ahora vive en Zarate.
-Mire usted, ha jugado con el gran Micky Fernández.
-Claro pues joven. En mi barrio somos peloteros.
-Yo también he vivido en San Juan.
-Entonces usted debe mover su pelota también joven.
-No, la verdad no mucho, me gusta, pero soy limitado.
-Bueno, con eso se nace pues joven.
-Es verdad.
-Bueno joven un gustazo, pero tengo que seguir levantando gente para poder ir a la boda de mi cuñada y para poder pagar el alquiler del carro.
-OK. Gracias por todo, mucha suerte con su cuñada y felicidades en su familia –dije.
-Gracias joven, cuídese.
Bajé del taxi, caminé hacia mi puerta y escuché como el coche partió con una velocidad exagerada en busca de otro pasajero, para salvar la noche y para mañana celebrar el matrimonio de la cuñada que odia, por culpa de esas rencillas familiares que, tal vez, unas cuantas chelas pueden hacer olvidar.
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Publicado: 02:00, 17/11/2008 |
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Un sábado diferente - Rodolfo Rodas Oré
Los sábados por la mañana siempre son iguales. La mayoría de veces la paso durmiendo porque la noche anterior me quedé leyendo hasta tarde. Otras veces me quedo viendo televisión hasta el medio día. En todos los casos jamás me quito el pijama y nunca me baño. Mi madre siempre sufre conmigo para desbaratar esa costumbre tan desidiosa y crónica de tirarme al abandono, en lugar de aprovechar el día y salirlo a buscar.
Lo que siempre busco, a costa de la desesperación de mi madre, es prender la computadora para navegar un poco y bajar películas, canciones o ver videos por youtube. Me encanta ver entrevistas a escritores famosos, o recordar esos episodios de mi vida que quedaron grabados en la red, allá por los años de felicidad que ya quedaron atrás.
Mi cuerpo a media mañana se acuerda de pedirme alimento. Así que corro a la cocina, saltándome los gritos de papá, que al verme con el pijama, me recuerda que él siempre está bañado y bien vestido, listo para salir, aunque nunca salga. Como algo y regreso a mi guarida para seguir navegando o escribiendo o simplemente pensando.
Este sábado, a desmedro mío, salió el sol en mi día íntimo. No ese astro amarillo que calienta desmesuradamente cada punto por el que camino, sino, esa emoción interior que es como un sol que irradia de felicidad todo tu interior y te hace sentir mejor ser humano. Navegando como siempre, perdido en mi rutina semanal, veo que una ventanita aflora en mi pantalla. Una luz anaranjada parpadeante me avisa que tengo un mensaje o una invitación para conversar con algún ser humano ocioso que, al igual que yo, tiene el sábado más aburrido de la historia.
Cuatro amigos de toda la vida, se dieron cita, por iniciativa del destino, en este espacio virtual, que exactamente no se sabe donde queda. Esta maravilla de la tecnología, que te permite acercarte a las personas que la distancia se propone separar. A miles de kilómetros, Normita, la chica alegre de mi escuela. La divertida, la hilarante, la que siempre tenia un lindo gesto, una linda frase, conmovedora y emotiva, como la que tuvo para mi el último cumpleaños que pasé en la escuela. Ahora, lejos de todos, Normita vive en Vermont, al norte de los Estados Unidos. En un lugar que, según me cuenta, es maravilloso y diferente, lleno de nieve y de zonas verdes dependiendo de la estación. Un lugar frío, pero con un sol resplandeciente los días de verano. Un lugar bello para ver nacer a su primer bebe, que según me cuenta será niña, pero que en el fondo tengo la sensación de que será varón, o gay, como me dijo ella, genial, el día que le pregunté por el sexo de su bebe.
No tan lejos, pero tampoco tan cerca, Martha, la amiga que está presente en alguna de estas historias que cuento de vez en cuando. Esa persona que llegó a ser mi confidente, la que sin reparos me dice que soy un imbecil, esa es mi amiga Martha, toda una administradora de empresas, bilingüe, con proyectos fascinantes de vida y con un trujillano que la atormenta desde hace algunos meses hasta hoy.
Luis, mi compañero de mil batallas, sanas todas, porque el pecado no convive con él. Recuerdos inolvidables, de viajes y paseos, de desencuentros por amor, de guerrillas académicas, de fanatismos religiosos y de locura por el fútbol. Todo un personaje en mi vida, pero no por aparecer en mis historias publicadas, sino, por ser parte de esa infancia feliz en la casita de madera, jugando play station o simplemente haciendo nada.
Y finalmente mi amigo Marco Antonio, nombre histórico, y es que en la historia quedará escrito que fue el primer hombre de la promoción en ser papá. Benjamín, el hijo de Marco Antonio, un lindo bebe de año y medio, que por fatalidades de la vida, corre el riesgo de tenerme como padrino; porque la verdad es que soy un fracaso como para asumir una responsabilidad tan grande, pero felizmente cuento con Martha, que será la madrina y la persona que hará menos penosa nuestra labor como segundos papás. De todas formas, gracias querido Marco Antonio por pensar en mi como padrino de tu primogénito.
La conversación fue infantil, desordenada, una especie de cotorreo que buscaba poner al día a Luís que, sumergido en su mundo espiritual, no sabia que Norma estaba embarazada y que ya tenia más de cinco meses.
-Parece que Luís está recontra atrasado en las noticias –dice Martha
-Si, así parece –dice Normita.
-Normita esta embarazada –digo.
-¿Enserio? Felicidades amiga, no sabia nada –dice Luís.
-Ya tengo cinco meses y una semana –dice Normita.
Marco Antonio salió con la genialidad de contar sus planes de visitar Rusia. Nos sacó del cuadro, porque estábamos tan afanados con el tema del bebe de Normita. También, mi futuro compadre, nos sorprendió con sus conocimientos sobre alumbramiento. No paraba de dar consejos a Normita, sobre ese momento tan crucial en su vida.
-Me voy a Rusia –dice Marco Antonio.
-¿A Rusia? –dice Normita.
-Tienes que tener cuidado con el cordón umbilical de tu bebe, se le puede enredar el en cuello –dice Marco Antonio.
-Mejor que nazca por cesárea –digo.
-No, yo quiero que mi hijo nazca en forma natural, en mi casa, con la familia de Herid –dice Normita.
Martha jugaba con la idea de ser mamá y con la ilusión de que ese milagro ocurriera con su actual novio, el famoso trujillano.
-Martha ya nos estamos quedando –digo.
-Si pues, no puede ser –dice Martha.
-Pero tienen que ver bien con quien tienen un hijo. Tienen que ver el tipo de sangre –dice Marco Antonio.
-¡UY! Entonces mi trujillano no pasa –dice Martha.
Todos ponemos ‘jajaja’.
Fue increíble lo bien que la pasamos, sentados cada uno en el lugar que le toco estar, lejos de todos y a la vez tan cerca.
-Espero que regreses pronto Normita, tu mereces estar aquí con todos los que te queremos –digo.
-Espero que así sea –dice Normita.
-Si, para que tu bebe, si es varón, salga a jugar pelota con mi Benjamín –dice Marco Antonio.
-Si, seria genial. Y yo me comprometo a llevarlos al parque para que se haga realidad ese partidito de fútbol –digo.
-Y si sale mujercita, igual aquí las tías la vamos a llevar a todos los sitios nice de Lima, para que sea una chica regia –dice Martha.
Me emociona recordar que Normita fue mi pareja de promoción en la última fiesta que significo el final de cinco años de secundaria. Mi papá me llevó en el coche a buscarla. Yo estaba con mi terno azul, ese que tuve que regalar hace poco porque ya no me quedaba, y una orquídea fucsia, porque ese era el color del vestido de Normita. Su mamá nos tomó algunas fotos y horas después nos dio el alcance en el colegio, donde fue la fiesta de promoción. Fue una linda noche, triste y emotiva. Todos terminaron llorando, incluso Normita, pero menos yo, porque me hice el fuerte y jugué al hombre serio y maduro que supera las etapas fácilmente.
Con Marco Antonio y Luís, recuerdo la vez que viajamos a Huancayo y a Huaraz, representado al colegio en unas tontas olimpiadas de matemáticas. Rescato el gran viaje que hicimos, lo momentos compartidos, la convivencia, cosas que siempre atesoro en mi corazón: como la vez que vomité sobre el equipaje de Marco Antonio, porque no soporté la altura de Huaraz, algo irónico, con mi metro noventa de estatura; o la vez que nos quedamos con Luís hasta muy tarde, pasada la media noche, y despertamos al profesor con nuestros ruidos escandalosos que trataban de llamar la atención de Elena, la niña por la que nos enfrentábamos a duelo. No captamos la atención de Elena, pero si llamamos la atención de ese profesor, que nos castigó a penas salió el sol.
Lejos de volver a vivir esos momentos maravillosos con estas grandes personas, me conformo y disfruto mucho haber despertado este sábado y haber tenido la felicidad de encontrar a estos grandes amigos de la vida, que hoy están lejos de mi, pero que van por el mundo buscando su felicidad, sumando vivencias, sueños, y dándose el tiempo para retroceder un segundo, a ese pasado feliz que nos unió, a esa infancia alegre y divertida, a esos recuerdos de historias en el aula, viajes, fiestas, y demás, que nos hicieron lo que somos ahora.
Gracias amigos míos por regalarme un sábado distinto, espero conocer pronto al bebe de Normita, que más allá de que sea varón o mujercita, llenará de alegría la vida de todos nosotros.
Hasta el próximo sábado.
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Publicado: 01:00, 22/09/2008 |
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El poder de una falda - Rodolfo Rodas Oré
Jaimito y Betito son dos niños de diez años. Ambos van a la escuela Virgen Maria, un santuario de futuros varones. Jaimito y Betito son grandes amigos. Se conocieron el año pasado, cuando Betito defendió con uñas y dientes la lonchera de Jaimito, que iba a caer en manos de El Gordito, un chico repitente, mucho mayor que ellos.
Betito, junto a su padre, pasaba por casa de Jaimito para recogerlo e ir juntos al colegio. Jaimito sacaba mejores notas que Betito, pero, sin embargo, este último era más atlético y deportista que el primero. Betito era amante de los cochecitos de juguete. Jaimito adoraba los libros que le compraba su mamá. Betito proyectaba ser un varoncito rudo, noble, encantador, fuerte, todo un espartano con rasgos muy masculinos. Jaimito parecía más intelectual, cuadriculado, entregado a los juegos de ajedrez o damas chinas, débil, todo un ateniense delicado.
Cuando no estaban juntos, era porque estaban cada uno en su casa. Los dos amaban jugar pelota en horas de recreo. Betito siempre defendía a Jaimito cuando alguien quería abusar de él. Jaimito siempre sacaba de apuros a Betito, cuando algún chico mosca quería aprovecharse de la inocencia e ingenuidad de Betito.
Un día, porque en toda historia siempre existe ‘un día’, llegó a la escuela Virgen Maria, de visita, una congregación de niñas del colegio San José. Jaimito y Betito fueron a la bienvenida y saludaron con besito en el cachete a todas las niñas visitadoras (que no se entienda por visitadoras lo que alguna vez entendió Vargas Llosa)
Entre toda la multitud de niñas ajenas al día cotidiano de Jaimito y Betito, apareció una mujercita de piel blanca y de sonrisa graciosa, la cual, cautivó la mirada de estos dos amiguitos. Jaimito, como buen poeta (o remedo de poeta) trató de acercarse a ella. Por su parte, Betito, galante y encantador, buscó la manera de acompañar a Jaimito y también mostrar sus credenciales a la linda niña que llegaba de visita. Por un momento Jaimito y Betito olvidaron el partido de fútbol de la hora de recreo y fueron juntos a dar la bienvenida a Angelita, la niña de sonrisa graciosa.
Angelita era muy dulce. Tenia una mirada muy particular, algunos entendidos en la animación tres ‘D’ dirían, que los ojos de Angelita son muy parecidos a los ojos del gato con botas en la película Shrek. Jaimito y Betito cayeron rendidos a esos indiscutibles encantos.
Los primeros amores, y más sin son a primera vista, son inolvidables para un niño. Cortazar decía que sus primeros poemas, esos que su madre jamás creyó que él pudiera escribir, eran dedicados a ese amor de niño que solo pueden terminar en la muerte misma. Así lo asumían Jaimito y Betito, que a sus escasos diez años, ya pensaban como Cortazar.
La fuerte amistad de Jaimito y Betito se fue diluyendo con el paso de las horas, en ese día largo y alegre, todos acompañados del sol y de juegos de gymkhana. Jaimito y Betito sacaron sus mejores argumentos para robarle una sonrisa graciosa a Angelita, que veía con sus lindos ojos, los denodados esfuerzos de estos dos caballeritos, hidalgos, porque eso sí, la batalla fue de hombrecito a hombrecito, limpia por parte de Jaimito y aguerrida por parte de Betito.
Angelita disimulaba su relativo interés por esta contienda bizantina, de dos niños como ella que, buscaban mostrarle sus talentos. La pasaba bien. Y si bien es cierto que las niñas crecen más rápido que los niños, digamos que este caso, no niega esta afirmación; porque Jaimito y Betito estaban frente a una mujercita agrandada que se divertía mucho con las ocurrencias de estos dos bisoños concursantes a su amor y suspiraba secretamente por la linda sensación de sentirse deseada en este agradable día de sol.
El premio máximo al que aspiraban estos dos galanes primariosos, era un piquito en los labios rosados de Angelita. Solo uno de esos besos inocentes, llenos de dudas y pudores, de bochornos y sonrisas nerviosas. Para ello, Betito le mostraba su fuerza, levantando alguna piedra pesada, de esas que sobran en el colegio; Jaimito paseaba con su libro de poemas nerudianos, el mismo que le regaló mamá, el día de su cumpleaños, con la esperanza de que Jaimito sea el escritor de la familia. Betito habla sobre su colección de carritos de carrera, clásicos y modernos, invitándola a su casa para conocerlos y jugar juntos haciendo carreritas. Jaimito le sugiere visitar algún cine, claro, acompañados de mamá, porque ellos no pueden salir solos. Él, como caballerito que es, se compromete en ir a recogerla y acompañarla a su casa a las horas que ella ordene. Betito busca pelea a quien ose molestar a Angelita, claro, menos con Jaimito, que si bien es su rival, sabe que no puede sacar ventaja de su fuerza natural.
Entre poemas primariosos de Neruda, carritos de carrera, invitaciones al cine y peleas en busca del honor de niños, se acabó el día para este triangulo amoroso de carrusel. El sol se fue y, con él, toda la fantasía del primer amor. Ninguno de los dos le pidió el teléfono a Angelita, y por ende, nunca más la volvieron a ver. Jaimito y Betito sellaron la rivalidad al día siguiente, con un buen partido de fútbol a la hora de recreo.
Hoy, el amor por una mujercita chocó contra el amor entre amiguitos; esta vez fue un empate, pero tenemos que tener muy claro señores, que el poder de una falda es más peligroso de lo que pensamos.
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Publicado: 09:56, 14/09/2008 |
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Contigo Aprendí (Armando Manzanero)
CONTIGO APRENDI
Que existen nuevas y mejores emociones
Contigo aprendí
A conocer un mundo nuevo de ilusiones
Aprendí
Que la semana tiene más de siete días
A ser mayores mi contadas alegrías
Y a ser dichoso, yo contigo aprendí
Contigo aprendí
A ver la luz del otro lado de la luna
Contigo aprendí
Que tu presencia no la cambio por ninguna
Aprendí
Que puede un beso ser más dulce y más profundo
Que puedo irme mañana mismo de este mundo
Las cosas buenas ya contigo las viví
Y contigo aprendí
Que yo nací el día en que te conocí
La letra de esta canción es genial. Puede ser la simple excusa para volverse a enamorar. Cántenla! |
Publicado: 12:54, 1/09/2008 |
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Mujeres - Rodolfo Rodas Oré
Cuando un amigo ama a una mujer, lo mejor es que esa mujer este a miles de kilómetros de ti. Durante todo este verano han pasado cientos de días de sol y playa, tantos, que necesito un invierno urgentemente. Muchas veces, ese invierno puede estar sobre la cabeza de alguien más, por ejemplo, tu hermano, tu amigo, tu pata.
Mi pregunta es simple: ¿puede más una mujer que un amigo? La respuesta es simple también, SI. La mujer puede con todo y contra todo. Tiene las armas suficientes para devastar la paz del alma y llenar de ruido el silencio de tu corazón. Una mujer alcanza los niveles insospechados de perturbación y desorden, al grado de estropear la amistad, el aprecio o el cariño de dos hermanos. Estoy seguro que la Biblia obvia que Caín y Abel se pelearon por una mujer. Tuvo que ser una mujer la que provocara la muerte de Abel, porque Caín no estaba loco para matarlo en vano.
Marco Antonio, ese militar romano de los libros de historia universal, entrenado para la guerra y para la venganza, perdió la noción del tiempo y del espacio tras conocer a Cleopatra, su reina y la reina de Egipto. El mágico Lennon priorizó el amor de Yoko Ono, por sobre la música y su grupo, los Beatles.
Maria Magdalena, la mujer que le quitó el sueño a Jesús y le dio esa esencia de hombre completo, capaz de amar a una mujer, con las válidas emociones de cualquier mortal.
Y así, podemos dar más y más ejemplos que demuestran que estamos sometidos al yugo de las mujeres. Para nosotros, el amor representa una mujer en todas sus formas. La mujer es un abrazo, es un beso, es el simple hecho de sentirnos protectores, es la capacidad de hacer reír, de causar expectativa, de causar dolor, es el simple hecho de escuchar palabras de amor o tímidamente decir alguna frase cursi. La mujer nos hace sentir vivos, y no solo por la necesidad de sexo, si no, porque no podemos ser hombres sin ellas.
Es sensato permanecer lejos de la mujer que cautiva las noches y hace más felices los días de tu amigo, de tu mejor amigo. Pero es deshonesto, escapar a esas emociones de felicidad provocadas por cada momento cerca de esa misma mujer, causante de ese disparate llamado amor. Tal vez lo mejor sería huir de la ciudad y manejar un coche hasta chocar contra la muralla de la consolación, y permitirte llorar a solas la agonía de tener que hacer lo correcto mas no lo que realmente quieres.
Necesitamos conocer si realmente tenemos las agallas de romper el valor de la amistad por el amor de una mujer causante de tantos estragos. ¿Vale la pena perder todo por ellas? Es aterradora la respuesta, pero la verdad es que SI.
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Publicado: 02:52, 20/08/2008 |
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San Marcos - Rodolfo Rodas Oré
San Marcos, más que una universidad, es una agencia de banco. Cuando mis padres me demandaron por vagancia y descuido, me vi obligado a buscar un trabajo, y, por cosas inexplicables de la vida, terminé trabajando en esta agencia, San Marcos. Comencé como promotor de servicio, más comúnmente conocido como cajero de ventanilla. Al comienzo era muy divertido, algo nuevo que quería dominar, me sentía un experto del dinero y, por primera vez, entendía algunas operaciones que mi papá hacia en alguna ventanilla de algún banco.
Los meses fueron pasando y por cosas inexplicables de la vida, ascendí a promotor principal. Sin llegar a ser el eximio cajero de aquel banco, de un momento a otro, salí de caja y me mandaron a confirmar cartas, programar bóveda, firmar cheques, papeles y formatos que no sé bien donde terminaban. Era un puesto aún más nuevo que el anterior y me costó mucho asumir esta nueva responsabilidad.
Los primeros días como promotor principal fueron un caos. Mis jefas me miraban con incredulidad al ver que ellas habían sido las culpables de haberme dado ese puesto dentro de la agencia. Mis compañeros de trabajo y amigos, me miraban con pena y tristeza al ver que no atinaba una sola cosa. Era un blooper total. Lo único que faltaba era que me cayera caminando o mi cabeza tropezara con el techo. Mi orgullo estaba por los suelos, mi dignidad y prestigio se había ido por el inodoro y las pocas fuerzas que me quedaban se diluían en los correteos por evitar que la bóveda se pase.
Para las personas de afuera, ver el puesto de supervisor tiene solo el glamour del prestigio o la rimbombancia del nombre. Asumir el puesto y ocuparte de la infinidad de cosas que cada día quedan pendientes dentro de esta agencia es una tarea heroica y sumamente estresante.
¡Renuncio! Era la palabra que casi todos los días pugnaba por salir de mi boca. Mis jefas todos los días recaían en la frustración de contar conmigo y ver que no podía asumir el puesto. Seguramente no podían reprochar mi entrega y esfuerzo, pero sí mi lentitud, mi falta de criterio y mi desorden.
Pasaron los días y mis jefas, resignadas, decidieron que era un buen momento para abandonar todo y dejar que me hundiera solo, mismo Titanic, en las profundidades de los reclamos de clientes siempre insatisfechos, correos inquisidores que solo preguntan ¿Por qué?, inoportunas auditorias gerenciales y promotores sindicalistas y golpistas.
Un día antes de la jornada de distracción y goce que mis lindas jefas se procurarían regalar, y sin mayores preámbulos, me dieron las instrucciones necesarias para asumir con insospechado éxito un día a cargo de la agencia. La posibilidad de que esas instrucciones y sugerencias dadas por mis jefas, se convirtieran en tareas incumplidas y reclamos justificados, era casi un hecho. Fue tan así, que no se esmeraron mucho en sus indicaciones y procuraron tan solo por un día olvidarse del trabajo y sobretodo de mí. Lo bueno fue que no me dejaron solo, sino junto a mi amiga, colega y camarada Soplin, la única de los dos que sabe hacer bien las cosas.
Yo soy el brazo izquierdo de Soplin, pero sin embargo el día que asumimos el cargo de la agencia, ella fue con el uniforme acostumbrado y yo, por el contrario, lucí la única camisa raída de siempre y la corbata conocida que me acompaña desde mis frustradas entrevistas de trabajo. Programamos bóveda, procurando que no se me pase. Soplin conversó con las chicas del turno mañana y con las señoras de plataforma. Yo solo escuchaba las directivas que daba. No tenia autoridad moral para agregar algo más, solo admiraba la seriedad de Soplin y miraba mi reloj calculando los minutos para abrir la agencia. Abrimos los correos de las jefas, recordamos en algo las instrucciones y comenzamos a plasmarlas en la realidad. Todo comenzaba más tranquilo de lo acostumbrado. El público no se daba cita en la agencia a pesar de que siempre el salón de espera está repleto de parroquianos. Es increíble pensar de dónde sale tanta gente a pesar que todas las calles están destruidas, gracias a la afiebrada manía de un alcalde por romper pistas y construir puentes. Los alrededores de la agencia San Marcos es un polvorín. Pierdo el tiempo esmerándome en dejar mis zapatos relucientes, si a penas bajo del bus, una capa de arena y barro acarician mi calzado de cuero trujillano.
Soplin organiza todo y yo la sigo fielmente. Hago caso a cada acotación que me da y trato de no equivocarme. Ambos sabemos que es nuestra prueba de fuego. La oportunidad de demostrarle a Alberto, nuestro gerente, que no somos un par de incompetentes que solo hacen mal su trabajo, sobretodo yo. Rebajamos los libros, mandamos las transferencias al exterior, mandamos por correo las letras pendientes, confirmamos las cartas en tiempo record, programamos bóveda sin dejar que se nos pase, atendemos los reclamos, contestamos las llamadas, ponemos los vistos buenos, respondemos los correos, confirmamos más cartas, ordenamos los archivos, hacemos el movimiento del día anterior, firmamos los cargos, volvemos a programar bóveda, recogemos los cheques, y vuelve otra vez.
Los chicos de ambos turnos nos ayudaron mucho. Las chicas del turno mañana, con su rapidez y experiencia nos hicieron más sencillo el trabajo de supervisión, aunque, son algo intolerantes y reclamonas, hicieron un gran trabajo. Los chicos del turno tarde también pusieron muchas ganas en sacar las cosas adelante. Soplin habló con ellos, y respondieron bien, aunque, lentos y algo disipados para el trabajo, dieron lo mejor y gracias a su entrega pudimos lograr lo impensado. Cuando el último de los clientes salió a las 6 y 45 de la tarde de nuestra oficina, nos planteamos el reto de irnos a las 7 y 30 de la noche. Este reto significó para nosotros, rebelarnos contra nuestras constantes salidas a las 10 de la noche. Fue decir NO a las horas extras sin pago adicional. NO al tiempo muerto encerrado en una agencia lejos de casa, de los amigos o de algún lugar más acogedor. Ese día nos propusimos rebelarnos contra la mediocridad.
Todos pusimos de nuestra parte. Las chicas de la mañana nos dejaron todos sus papeles cuadrados, así que solo faltaba cuadrar los papeles de la tarde. Soplin se encargó de la bóveda y de todo el efectivo. Los chicos del turno tarde la ayudaron a realizar los detalles de los paquetes de efectivo y las cajas con todos los picos de cada una de las ventanillas. Las señoras de plataforma cuadraron sus valorados y nos dieron el acta firmada y sacramentada. Hice la valija, con toda la documentación y la puse en la caja buzón, que es el lugar de donde la recogen para llevarla a la oficina principal, en jirón Lampa. Todo caminaba de maravilla y ningún error asechaba el final de fiesta.
Cuando Alberto, el gerente, bajó para apoyarnos con el cuadre final, con mucho orgullo pudimos decir que todo estaba hecho. Soplin y yo nos dimos un abrazo y los chicos saltaban de alegría al ver el reto cumplido. Nos tomamos fotos, hasta con el reloj, fiel testigo de nuestro triunfo. Eran las 7 y 30 y estábamos a punto de salir de la agencia. Era reparadora la brisa que se podía sentir a esa hora, fuera de la agencia. Alberto no tuvo otra salida más que felicitarnos a todos por nuestro gran trabajo y reconocer que no lo hicimos nada mal.
Sin embargo, cabe resaltar que mi labor fue meramente decorativa. La única persona que se puso la agencia sobre sus hombros fue Soplin. Al final del día, descubrí, que entre los dos había un solo supervisor, y ese era la que tenía el uniforme puesto. Gracias a Soplin y a los chicos, ese día obtuvimos nuestra primera gran victoria. Pues bien, la guerra no terminaba, ya que al día siguiente, al regreso de las jefas, nos preguntaron por algunas cosas incumplidas o mal hechas. Soplin y yo nos miramos, resignados al ver que aún teníamos fallas que corregir, pero con la alegría de saber que el día anterior, ella fue mi gran heroína y yo su fiel teniente.
Para todos los chicos de la agencia San Marcos, gracias por el apoyo y el cariño. Los quiero mucho. |
Publicado: 03:15, 19/08/2008 |
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La canción portada - Rodolfo Rodas Oré
Los años cincuenta fueron muy importantes para Latinoamérica. Eran años en los que Estados Unidos buscaba tener mayor injerencia política en los países latinos, a desmedro de la unión Soviética. Nuevas, y no modernas, formas de pensamiento buscaban su espacio en América. Países como Nicaragua, Cuba y posteriormente otros, intentaban desligarse de un sistema capitalista que empobrece al más débil y enriquece aún más al poderoso. La revolución fue una de las formas de quitarse el yugo en Latinoamérica. Mientras Estados Unidos y la unión Soviética perdían su tiempo con la guerra fría, en América surgían nuevas formas de trascender al hombre y por ende a la sociedad misma. Nueva música, nueva literatura, nueva identidad, fue lo que dejaron los años posteriores a la mitad del siglo veinte. Personajes como Miguel Ángel Asturias (Guatemala), Alejo Carpentier (Cuba), Jorge Luís Borges (Argentina), Gabriel García Márquez (Colombia), Mario Vargas Llosa (Perú), Julio Cortazar (Bélgica, pero reconocido como argentino) formaron, en literatura, el movimiento Boom Latinoamericano, que estableció una identidad latina, frente a las imponentes corrientes europeas. También Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Vicente Feliú, Sara González y el gran Pablo Milanes, entre otros, contribuyeron con su música a la revolución de las mentes y de las ideas, algo que va más allá de las guerras.
El gran Pablo Milanes nació en la ciudad de Bayamo, Cuba. Es uno de los más grandes exponentes de la música latinoamericana. Su vida esta plagada de arte, en particular, de música. Tiene una decena de discos en su hoja de vida y miles de historias fascinantes como la que narraré a continuación.
Pablo es un hombre que le escribe al amor y a la revolución, porque el amor es una forma de rebelarse contra algo, una manera de cambiar el mundo. Pablo habla de amor en cada una de sus canciones y esta es una de tantas historias de amor.
Cuando una compañía de música peruana viajó a Cuba, invitados por Fidel Castro, algunos años después de la victoria de la revolución y de la toma del poder por parte de la guerrilla cubana, liderada por el mismo Fidel, contra el gobierno de Fulgencio Batista, una mujer llamada Yolanda Cortés inspiró esta novela mágica de la que aún sigo sorprendido. Yolanda era una mujer bellísima, a la que le gustaba bailar y cantar. Era toda una actriz y su bohemia la había llevado al país más convulsionado de América, después de la presión por parte de los Estados Unidos por recuperar el espacio geopolítico que representa Cuba. Yolanda jamás había salido del Perú, pero era una mujer aventurera. No sabía mucho de la problemática en la isla, pero era una mujer que entendía que el mundo no caminaba derecho, sino, cojeaba de un pie. No comprendía muy bien que era el capitalismo, pero veía en las calles personas más necesitadas que ella misma y se preguntaba por qué. Seguramente Yolanda no hablaba de política ni conocía a políticos, pero sentía que la música y el arte en general eran una forma de trascender en el hombre y por ende evitar que esa casta dirigencial se siga reproduciendo. No sabia de movimientos políticos, ni de izquierdas ni de derechas, ni de comunismo ni capitalismo, ni de conservadores ni liberales, solo hablaba el idioma del arte y de la conciencia humana.
En su estadía en Cuba aprendió mucho de música trova. Era la época, comienzos de los años setenta, en que la nueva música estaba surgiendo con mucha fuerza en la isla y en toda América. Yolanda participó en varias presentaciones musicales y estuvo involucrada con muchos cantautores cubanos, de los cuales aprendió una manera diferente de ver la realidad.
Pablo Milanes, cantautor cubano, que comenzaba a hacerse notar en las esferas de la música trova conoció a Yolanda en una presentación en el teatro municipal de la Habana, al cual siempre acudía no solo él, sino, hasta el mismo Fidel Castro.
Yolanda y Pablo se hicieron muy amigos y hasta compartieron escenario. Pablo vio en Yolanda a una mujer inteligente y muy sensible para el arte y la música en particular. Las sesiones en el teatro municipal eran maravillosas, llenas de música y aplausos. La historia cultural en Cuba estaba siendo escrita por esta nueva generación de artistas adelantados que pretendían ir más allá de lo permitido.
Pablo deseaba lanzar un nuevo disco y siempre conversaba con Yolanda, a la salida del teatro, sobre cómo titular la canción portada. Esas sesiones eran largas y reparadoras. Yolanda y Pablo tenían una química especial, algo que no se encuentra a la vuelta de la esquina. Sentados sobre las butacas de la última fila del teatro municipal, con el telón caído y las luces tenues, eran largas las horas de tertulia, buscando el título a la canción portada del disco de Pablo y sobre cualquier otro tema que involucrara a la feliz pareja. No eran novios, ni amantes siquiera, eran amigos y se amaban así. Pablo sabía en el fondo, que no había escrito la canción portada de su nuevo disco y por eso le decía a Yolanda que era inútil la búsqueda del titulo de la canción porque no existía tal canción. En todas las historias de amor, por más variantes que el amor tenga, siempre termina siendo amor. Amor entre familia, amor entre pareja, amor entre amigos, amor entre amantes, siempre amor. Como en todas las historias de amor, siempre hay una noche diferente, una de esas donde la inspiración esta al tope. Una de aquellas noches en las que involuntariamente, y sin más talento que el de saber escribir, las palabras caen sobre un papel arrugado y plasman como obra de magia, una canción o un poema o una historia única y maravillosa. Yolanda y Pablo, mientras conversaban y se divertían recordando las funciones interminables sobre las tablas del teatro municipal, comenzaban a sentir la presencia de ese papel arrugado, plasmado de la canción maravillosa que solo una vez en la historia alguien tiene la oportunidad de escribir. Pablo se quedó callado, mirando fijamente a Yolanda, que siempre bella, congeló su sonrisa para dejarse llevar por la inspiración. No sabían que estaba pasando entre ellos, pero Pablo solamente escribía sobre ese papel arrugado las líneas que decían que esto no podía ser no más que una canción, sino que fuera una declaración de amor, romántica, sin reparar en formas tales, que ponga freno a lo que sentía a raudales. Lo bello del arte es que existe por si solo, y no necesita del hombre.
Yolanda viajó a Estados Unidos después de unos meses por motivos económicos, los cuales son siempre los principales enemigos del arte. Dejó la compañía de música y decidió buscar un puesto dentro de ese sistema capitalista que termina absorbiendo a todos. Pablo comenzó a realizar giras por toda América, llevando su música e invitando a muchos a conocer el amor por medio de sus canciones. En 1982 lanzó el disco ‘Yo me quedo’, el mismo que le prometió a Yolanda terminar después de su partida. La canción portada del disco se llamó ‘Yolanda’, y si mal no recuerdo, esta historia termina así:
Yolanda
Esto no puede ser no más que una canción;
quisiera fuera una declaración de amor,
romántica, sin reparar en formas tales
que pongan freno a lo que siento ahora a raudales.
Te amo,
te amo,
eternamente, te amo.
Si me faltaras, no voy a morirme;
si he de morir, quiero que sea contigo.
Mi soledad se siente acompañada,
por eso a veces sé que necesito
tu mano,
tu mano,
eternamente, tu mano.
Cuando te vi sabía que era cierto
este temor de hallarme descubierto.
Tú me desnudas con siete razones,
me abres el pecho siempre que me colmas
de amores,
de amores,
eternamente, de amores.
Si alguna vez me siento derrotado,
renuncio a ver el sol cada mañana;
rezando el credo que me has enseñado,
miro tu cara y digo en la ventana:
Yolanda,
Yolanda,
eternamente, Yolanda.
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Publicado: 05:58, 2/07/2008 |
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Neruda, yo también confieso que he vivido - Rodolfo Rodas Oré
Cuando era pequeño, siempre soñaba con tener un amor ideal, un gran amor. Siempre estuve enamorado, de una u otra mujer, de una compañera de la escuela, de mi profesora de ingles, de mi vecina o de alguna prima que de vez en cuando solía frecuentar mi casa por temporadas largas de verano. Conversando con un amigo, descubrí que el amor tiene la maravillosa habilidad de confundir la ficción con la realidad. Una genuina historia de amor, puede tener matices de ficción y ser una novela real, o, tener matices de realidad y ser una completa ficción.
La persona que haya conversado alguna vez conmigo, conoce mi postura sobre el amor (el amor entre hombre y mujer, el amor sexual) y lo que creo de él: un truco astuto para lograr que la tierra se poblara y conservar la especie. Pero el romanticismo es algo que conmueve y, escuchar la historia más sincera y espontánea de los labios de un amigo me dieron el aliento para escribirla en estas líneas. Quiero dejar en claro que mi personaje de Sergio Morelli desaparece de escena y deja en su lugar a Palao, un chico brasileño, amante de los deportes solitarios y de los libros de Coelho. Ésta es una verdadera historia de amor, no tengo nada más que decir.
Palao es un chico diferente, porque a pesar de ser brasileño, no le gusta el fútbol. Silvia es una mujer de selva, brasileña, vive en Acre, una provincia en la frontera con Perú. Ellos se conocieron en la universidad Católica de Río. Eran muy amigos, gracias a Susana, una ex novia de Palao.
Susana y Palao tuvieron un año y medio juntos. Eran muy felices hasta que ella viajo a Sao Paulo por motivos familiares. Ante el dolor de Palao por la partida de Susana, Silvia, fue el cayado que necesitaba para salir de ese vacío inmenso llamado soledad.
Al poco tiempo de la partida de Susana, Palao y Silvia fortalecieron su lazo de amistad. Salían al cine, iban a la universidad juntos y almorzaban en la misma cafetería todos los días. Palao siempre la acompañaba a casa y se hacían interminables las despedidas en el umbral de la puerta. También salían a bailar. Silvia era una eximia bailarina, y aunque Palao no lo hacia tan bien, ella adoraba el esfuerzo de su compañero de danza. Silvia también compartía la afición desmesurada que Palao sentía por los libros de Coelho y por la música trova. Pasaban horas hablando de las novelas que habían leído y compartían todos los libros mientras escuchaban la música de Silvio Rodríguez.
Cuando pasaron más de seis meses después de la partida de Susana, Palao sentía que comenzaba a enamorarse de Silvia. Silvia tenia más pudor por la reacción de su amiga Susana, pero no podía negar que sus sentimientos correspondían la fiebre que Palao sentía por ella.
Una noche de sábado, esas que nunca se olvidan, Silvia y Palao decidieron ir a bailar, como amigos, y pasar un fin de semana como los que habían venido pasando juntos. Silvia estaba hermosa, tenia una silueta espectacular y una luz diferente, un aura especial, un encanto donado por algún Ada madrina, el mismo que le concedió a cenicienta el día del baile con su príncipe azul. Palao, tan común y corriente como siempre, encantador por naturaleza, quedó sometido por los atributos de su compañera de baile y no paró de sonreír toda la noche. Fue una noche mágica. Bailaron. La discoteca estaba atiborrada de gente, pero ellos no sentían la presencia de nadie más. Palao sentía entre sus manos la cintura delgada de Silvia. Silvia sentía en su olfato el perfume perfecto de Palao. Ambos estaban extasiados a más no poder. Esa noche sería la más maravillosa de sus vidas.
Una nueva semana comenzaba y una nueva pareja salía a la luz. Los amigos en común de Silvia y Palao estaban separados por un tema evidente: la amistad cercana con Susana. Palao y Silvia sabían de la reacción del mundo, pero lo de ambos era tan fuerte que podía lidiar con toda la mala voluntad del universo. Al poco tiempo la gente se cansó de hablar y ellos fueron consolidando su relación hasta convertirse en una pareja estable y ejemplar. Siempre estaban juntos, más tiempo que el que invertían cuando todavía eran amigos. No dejaban de salir un solo sábado, porque ese día tenía un sentido especial para ellos. Seguían comiendo en la misma cafetería, pero ahora entraban de la mano. Seguían yendo a la universidad en el mismo colectivo, pero ahora ella se apoyaba sobre su hombro mientras él dormía rendido con el aroma de su cabello. Las horas eran cada vez más interminables hablando de literatura y escuchando a Pablo Milanes. Los momentos de amor fueron muchos y los tiempos escasos. La felicidad entre Silvia y Palao creció, como crecieron las flores en los jardines de la universidad. Los besos bajo el umbral de la puerta de Silvia se perdian en suspiros frios y astillados de silencio. Las miradas del mundo fueron cada vez más inexistentes y la sonrisa de uno y del otro se fue convirtiendo en la única razón de existir. La gloria fue tocada por las manos de dos jóvenes amantes, confusos, entregados y soñadores, como lo eran Silvia y Palao. Tal vez el universo no confabulaba a su favor, por eso Coelho no tenía razón, porque confundió el mundo exterior con el universo del amor entre dos seres que lo viven día a día. Los padres de Silvia no daban nada por este amor juvenil insensato, torpe. Los amigos de la universidad juzgaban como seres perfectos ajenos al pecado y a las tentaciones del amor. El hombre suele ser muy ambicioso sobre lo que puede llegar a ser, y así lo entendían Silvia y Palao. Ellos seguían enamorándose más con la música de Pablo y dejaban el odio para los perfectos, para los que entienden todo. Palao y Silvia solo sabían hablar de amor, un idioma difícil de aprender.
Viajaron juntos por la selva de Brasil. Fugaron de sus casas más de una vez. Fueron contra el mundo que no los aceptaba. Durmieron bajo la luz de la luna muchas veces, porque el amor es valiente, corajudo. Los brazos de Palao eran el remanso de Silvia y los labios de ella sostenían la fuerza de él. Nunca pensaban en separarse, nunca imaginaban estar lejos, ambos eran algo así como el amor de mi vida.
Luego de unos meses, Silvia tuvo que regresar a Acre por problemas de salud de su padre, quien cayó enfermo. Palao no era bien recibido en casa de Silvia. Los padres nunca recuerdan el amor juvenil. Hasta hoy, luego de algunos años, Palao habla por teléfono con Silvia todos los sábados bordeando la media noche. Se besan a la distancia y recuerdan con amor su día sagrado, el día en que fueron felices, solo una vez en la vida, después de bailar, leer literatura y escuchar a Pablo Milanes.
Palao, gracias por recordarme que el amor real existe. La verdad lo extraño mucho. Un abrazo. |
Publicado: 02:21, 30/06/2008 |
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Mi gran amiga Martha - Rodolfo Rodas Oré
Durante toda mi secundaria siempre fui un alumno promedio. Estudiaba en un colegio particular del cono más grande de Lima y no me iba mal. Tenía muchos amigos con los cuales viajaba mucho y me divertía. Tenía otros compañeros para los cuales pasaba inadvertido o simplemente no existía. Tenía algunos conocidos con los que casualmente compartía algunas reuniones bohemias, llenas de baile coqueto y trago motivador. Eran esas reuniones en las cuales terminabas estimando a todo el mundo, todo gracias al alcohol excesivo en nuestras venas. Tenía otro grupo de amigos, el de los estudiosos, el de los genios, el de los matemáticos con futuro, los próximos científicos de la nación, con los que aprendía mucha ciencia, mucha filosofía, que hoy por hoy no me sirve.
Entre todos mis grupos de amigos siempre resaltó el conformado por chicos sanos y responsables. Ni ratones de bibliotecas ni relajados sin remedio. Alumnos promedios, que tenían cada cosa en su lugar, la diversión y el estudio, la primera los fines de semana y el segundo de lunes a viernes. Me gustaba pasar el tiempo con Martha, una de mis mejores amigas de toda la vida, con la que puedo hablar de cualquier tema sin que note rubor en sus mejillas o tenga sobre mi cabeza la espada de Damocles para degollarme. Martha estudió conmigo toda la secundaria y era mucho mejor estudiante que yo. Es una mujer inteligente, guapa e interesante. Siempre tenía la costumbre de hacer reuniones en su casa, sobretodo sus cumpleaños, todos los fines de enero, siempre era inevitable terminar bailando en su casa. No recuerdo mejores fiestas que las que pasé en su casa. Diversión sana, coqueta, divertida y emocionante. Cada año, en su cumpleaños, algo nuevo pasaba, algo quedaba como anécdota para el resto del año. Cuando Martha cumplió quince años, hizo una gran fiesta en un local céntrico del distrito (el distrito más grande de Lima, del Perú y porque no, de Sudamérica). Recuerdo con cariño el momento en el que salí a bailar con ella, ese verano del 2000 había crecido enormemente y no sabía como ocultar mis extremidades. Martha, que se desarrollo normalmente, pasó todo el baile mirando hacia el techo para sonreírme un poco y aminorar mi bochorno. Martha es una gran dibujante y siempre me salvaba la vida con sus dibujos a la hora del recreo, antes de la clase de literatura, donde la maestra revisaba cada detalle de nuestros cuadernos. Martha siempre sacaba veintes en presentación de cuadernos, yo un decoroso once.
Martha tiene unos padres geniales a los cuales estimo mucho y aunque no los veo desde hace mucho tiempo, siempre recuerdo con cariño. Sobretodo a su padre, que siempre me motivó a estudiar ingeniería, como él, ingeniero de una prestigiosa universidad nacional, sin saber que mis redes neuronales eran insuficientes para tan grande reto.
A pesar de haber terminado la época de la escuela, Martha y yo nos seguimos viendo a pesar de las distancias y la escasez de tiempo. Ella ya no vive en el mismo distrito populoso de Lima, yo tampoco, pero siempre buscamos la manera de estar en contacto. Hoy por hoy, Martha y yo, estamos a punto de ser padrinos del primogénito de uno de nuestros amigos de esa época maravillosa de la escuela. La verdad no estoy seguro de que mi amigo desee tener como padrino a un impresentable como yo, pero estoy seguro que el puesto de madrina esta muy bien ganado por una mujer capaz de dar sentido a la palabra amistad. Creo sinceramente que mi futuro compadre tuvo un solo acierto al momento de escoger a los padrinos de su primer hijo, y el acierto fue Martha, que siempre me recuerda, sin muchos resultados, que debemos visitar al que será, si la locura del padre perdura, mi futuro ahijado. Gracias Martha por esa diligencia generosa y por ser la única que lucha por dignificar nuestra imagen como padrinos. Gracias por todos tus consejos, por escucharme siempre y por ser mi gran amiga. |
Publicado: 05:01, 6/06/2008 |
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La casa Limpia - Rodolfo Rodas Oré
Mis padres y yo nunca nos llevamos bien. Cuando era un adolescente y estudiaba en el colegio, las cosas eran más fáciles para los tres. Era un chico relativamente estudioso, generalmente no me desaprobaban en algún curso y muy de vez en cuando recibía uno que otro reconocimiento. Mis padres fueron muy felices conmigo cuando ingresé a la universidad, a penas acabando el colegio, porque veían muy compleja la posibilidad de acceder a una universidad pública, por el descomunal número de postulantes. La felicidad les duró menos de un año, porque a finales del mismo, decidí dejar la universidad. Postulé a varias universidades y a distintas carreras. Sólo pude ingresar a una universidad privada y a una carrera que no me gustaba. Desaprobaba muchos cursos y eso fue mellando la relación con mis padres, que pagaban y pagaban, incansables, las boletas de esa universidad prestigiosa, mientras yo no encontraba mi verdadera vocación.
Por lo demás, mis padres y yo, no hemos tenido mayores altercados ni diferencias. Minucias, cosas sin importancia, eran las que provocaban nuestros distanciamientos. El mayor problema era mi desorientación a nivel académico y mi flojera crónica, algo de lo cual mis padres no entienden a quién heredé.
Este fin de semana mis padres y la última de mis hermanas viajaron a Trujillo, una ciudad muy bella, donde viven mis tíos por parte de papá y algunos amigos que yo sólo conozco por nombres. El fin de semana será largo, debido a la visita de algunos presidentes de algunos países vecinos, seguramente para conocer Machu Picchu y conversar de sus esposas, en definitiva, nada trascendental, nada que genere un verdadero cambio en la situación socio-cultural de los pueblos de esta parte del continente.
La casa estaba sola, abandonada a mi suerte, bajo mi deficiente supervisión. En un principio, me sentía feliz por la soledad que tanto necesitaba, por ese espacio que ahora abarcaría toda la casa, que no es tan grande, pero lo suficiente para mi desorden, mi desaseo y mi flojera crónica.
Como la vida no es completamente bella, hace algunas semanas comencé a trabajar en una entidad financiera, y, para colmo de males, tenía que someter mis días libres a la voluntad de esta empresa que poco a poco se apropiaba de mi vida. Todo sea por el dinero extra, que no le viene mal a nadie, en estos tiempos de necesidades y gastos.
En esta entidad financiera conocí a muchos chicos de mi edad, pero mejor encaminados y más maduros que yo. José, Luís, Rosita, Liliana y Gabriela, son los chicos que fueron conmigo a sacrificar nuestro fin de semana largo. Los conozco poco tiempo, pero los quiero mucho, porque hacen menos insoportable el hecho de trabajar. Los días en la oficina son divertidos, alegres y risueños, gracias a estos chicos.
Conversando con José, el más serio del grupo, nos convencimos de que la mejor manera de desquitarnos de tanto trabajo era haciendo una reunión a la salida de la oficina. Yo, nada egoísta y por el contrario, muy generoso, ofrezco mi casa para dicha reunión, para lo cual José aceptó encantado. No pasaron ni cinco minutos, para que los demás chicos estuviesen invitados a la reunión en mi casa a la salida de la oficina.
Dieron las ocho de la noche y todos recordaron la invitación hecha por José. Yo, por más arrepentido o por más emocionado que estuviese, nada podía hacer contra el plan maquinado por José. Tomamos un taxi y por el camino hacíamos paradas abasteciéndonos de comida y bebida, infaltables, en una reunión social de jóvenes despechados y cansados del trabajo. A pesar que yo muy despechado o molesto con la vida no debía estar, ya que mis demás amigos trabajaban y estudiaban a la vez, en cambio yo, a las justas y trabajaba.
Llegamos a mi casa a eso de las diez de la noche. El portero del edificio me miró con cara de pocos amigos, como diciéndome que correría a contarle todo a mi mamá cuando ella estuviese de regreso. Subimos por el ascensor y el ambiente estaba poniéndose cada vez mejor. Entramos a mi casa y nos pusimos cómodos, abrimos las bebidas, servimos la comida y fuimos felices después de un día agitado en la oficina. Luís encendió el primer cigarro sin importar que el sensor de humo estuviese sobre su cabeza, es más, diría que nunca se dio cuenta de ese detalle. José jugaba con el equipo buscando la mejor música y ejerciendo su vocación de DJ frustrado. Rosita, encantadora como siempre, ordenaba los platos para poder comer con comodidad. Liliana preparaba los tragos y Gabriela, con su carita de osito de peluche, caminaba de la cocina a la sala, incansablemente. Yo trataba de ordenar mi desorden de soltero puerco, de hombre de mal vivir, que no deja ni una sola cosa en su sitio, sino que todo lo usa y nada repara. Los platos en la cocina estaban rodeados de moscas glotonas que hacían guaridas entre las ollas recubiertas con alimentos de tres o cuatro días. En mi habitación había desaparecido el piso porque todo estaba regado sobre él. En mi baño tenía un espejo manchado con las gotitas secas que quedan después de cada baño con agua caliente, el lavabo tenía varias capas de jabón resecado por los días de invierno crudo que se viven en Lima, y la tina, inundada y con el desagüe atorado. Un asco, mi casa era un asco. El polvo se paseaba por cada rincón. La pantalla del televisor tenía nombres escritos con el dedo, donde el polvo hacia las veces de tinta. Los cojines de los muebles eran de un color crema oscura, pero no debido al diseño o a la decoración, sino simplemente al hecho de que siempre los arrastro por el suelo cuando quiero leer recostado sobre el parquet. Mi madre es la única capaz de combatir mi desorden y mi caos natural. Siempre peleamos por mi desidia, por mi negligencia al hacer las cosas domésticas, pero al final declina en su llamado de atención y sólo trata de hacerme la guerra con su limpieza y su orden.
Si mi madre viera este cuadro se caería de espaldas, pienso. Tengo la casa completamente sucia, completamente invadida por personas que ella no conoce, completamente llena de moscas, gusanos, arañas y demás eslabones de la cadena alimenticia animal. Mis amigos se burlan de mi desorden, pero no ayudan a limpiar.
Terminada la reunión, todos se fueron y dejaron la casa peor de lo que estaba. El desorden se multiplicó y la suciedad, por lo menos en la cocina y en la sala-comedor, también. Yo estaba cansado, muerto, después de haber trabajado todo el día y haber terminado haciendo esta reunión relámpago. No voy a mover un solo dedo más. Me voy a dormir, dije.
A la mañana siguiente, la luz del nuevo amanecer develó la verdadera magnitud de los daños. Fui capaz de asombrarme de la manera salvaje en la que comemos, bebemos y compartimos nuestros momentos en grupo. Es en esa mañana cuando entendí el refrán: dos son compañía, pero tres son multitud y seis el Apocalipsis. Con una mano en mi cabeza y la otra entre mis piernas, acomodándome el pantalón, mientras bostezaba, síntomas de un sueño que no ha terminado, camino por las ruinas de lo que queda de mi casa y me propongo levantarla en hombros, como Hiroshima se levantó después de la segunda guerra mundial. Corrí a bañarme para que el sueño no me ganara y comencé a limpiar con todo el amor que nunca le di a mi propia casa. Tomé cada rincón, cada adorno, cada mueble de mi casa y le di el cuidado que nunca habían reconocido de mis manos. No sé si lo hice por miedo a que mis padres se defraudaran nuevamente de mí. No sé si lo hice por miedo a un castigo. No sé si lo hice porque me harté de la basura, del mal olor o del desorden. Lo único que sé, es que mis padres, al llegar a casa, cansados y felices de su viaje de placer, encontraran un lugar limpio donde descansar y disfrutar ese momento del retorno al hogar, donde todo comienza. Lo único que sé, es que por más sucio y desordenado que este un lugar, siempre se puede limpiar y ordenar. Sólo hace falta un poco de ganas, empeño y voluntad para hacer las cosas. Lo único que sé, es que la convivencia con los seres que uno ama, en especial con los padres, puede llegar a ser como una casa inmunda, sucia y desordenada, pero siempre habrá una mañana en la que se puede limpiar y ordenar. |
Publicado: 03:51, 18/05/2008 |
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Noche Mágica (Poesía o algo parecido) - Rodolfo Rodas Oré
Concibo miserable mi vida
esperando migajas de ti,
frotando mis manos y
viendo tu retrato.
Por montones, mis emociones
atadas descansan sobre mi,
mi corazón explota, resignado
ante un destino escrito.
Gracias por la quimera,
por la noche mágica,
por no esconder tu retrato,
por aumentar mi fuego.
Al final, como siempre,
terminaste elegante,
glamorosa estaca sobre mi
quejumbroso corazón inconforme.
Clavaste, la única esperanza que tu sembraste.
Gracias, ahora dormiré en paz. |
Publicado: 01:29, 13/05/2008 |
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La hormiga y el elefante (Poesía o algo parecido) - Rodolfo Rodas Oré
Acaso mira alguna vez el grande al pequeño.
Nunca lo ve, a veces lo pisa.
Pero acaso mira alguna vez el pequeño al grande.
No sólo lo mira, sino lo siente,
lo sufre, lo lamenta.
¿Puede la hormiga pisar al elefante?
No lo dudo,
pero dudo de la naturaleza,
de lo que me rodea.
Y aunque sé que algún día
el sol se teñirá color hormiga,
también sé que es lejano,
difícil, muy luchado.
Pero la única ley es la justicia.
La hormiga pisará al elefante,
de eso, no tengo duda. |
Publicado: 01:24, 13/05/2008 |
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Dieciocho (Poesía o algo parecido) - Rodolfo Rodas Oré
Te amo sin una razón lógica para amarte,
sin sentido, sin motivo, ni premeditación.
Te amo porque no creo que pueda ser de otra manera,
en la distancia, al lado mío, donde quiera que estés.
Te amo más allá de lo físico y hasta de lo espiritual,
más allá del tiempo y el espacio.
Te amo dieciocho veces al día,
Dieciocho, treinta y seis, setenta y dos.
Te amo como a la simple inercia de respirar, de vivir.
Te amo porque soy mejor persona contigo,
porque no sé como ser sin ti.
Te amo cuando toco tus manos, tu rostro,
tus cabellos, tu nariz, tu cuello, tus labios con mis labios.
Te amo indiferente, frió y calculador.
Te amo a mi manera simple y compleja,
simple y mediocre, simple y única.
Te amo con un suspiro solitario,
con una llamada telepática.
Te amo porque no te tengo ahora.
Te amo porque te tengo siempre.
Te amo porque dudas, porque me preguntas si te amo.
Te amo con mis rodillas temblorosas
y mis peinados estrafalarios, mis chistes estúpidos.
Te amo porque me haces menos miserable.
Te amo y aunque tal vez no sé que es el amor,
no importa, día a día aprendo contigo. |
Publicado: 01:18, 13/05/2008 |
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La mujer de mi vida - Rodolfo Rodas Oré
Todo comenzó un 27 de junio de 1985, cuando al medio día conocí a mi madre. Pesé 3.8 kilos y medí casi 50 centímetros. Soy el primogénito de la mujer que me permitió vivir y por consiguiente el hijo que más dolor causó al momento del alumbramiento. Mis primeros días al lado de mi madre fueron de mucha angustia. Nací con un diámetro cerebral fuera de los límites normales y eso hizo que me internaran por tres semanas debido a una supuesta hidrocefalia. Mi madre prácticamente no salió del hospital, porque entre revisiones y revisiones terminé quedándome en el sanatorio donde nací. La mujer de mi vida sufrió mucho esas tres semanas ya que su primer hijo estaba a punto de morir producto de una mal formación al momento de nacer. Después de muchos estudios y análisis, descubrieron que mi mal no era más que algunos centímetros fuera de lo normal, centímetros que provocarían que mi apodo de grande sea: ‘cabezón’. Antes del primer año me enfermé muchas veces y varias de esas terminé hospitalizado. A pesar de tener una cabeza bastante grande en comparación con los bebes de mi edad y de haber nacido pesando casi cuatro kilos, tenía problemas respiratorios y alérgicos. De alguna manera fui el aprendizaje de mi madre, fui el experimento, el manual de uso de una mujer novata en temas de maternidad. Aprendí a caminar casi al año y dejé el biberón al año y medio. Mi madre dice que era un bebe inteligente y entendía que lo mejor era tomar la leche en taza. Miraba mucha televisión, y gracias a mi buena memoria, podía acordarme de los comerciales más llamativos, haciendo que, en el momento que estaba en brazos de mi madre fuera de casa, hiciera las veces de niño genio al señalar los anuncios publicitarios, los mismos que veía por televisión. La gente extraña pensaba que había aprendido a leer con tan solo dos años, pero era mentira, lo que me hacía diferente era mi buena memoria.
Mi madre me llevaba al colegio todos los días. En la temporada que vivimos en Huancayo era la que siempre me preparaba una lonchera llena de manzanas y de leche fresca. Todos mis amigos de preescolar se burlaban de mi fascinación por la manzana. Todos los días manzana, o cualquiera de sus derivados. En Lima, mi madre cruzaba todos los días, esa larga avenida en el distrito de San Martín de Porras, llamada la avenida Perú, para recogerme del colegio San Antonio donde cursaba el primer grado de primaria. Eran días felices, donde mi madre me había inculcado el amor por el estudio y sólo me dejaba descansar hasta las tres de la tarde, hora en la que comenzaba mis tareas escolares. Gracias a mi madre siempre fui un alumno promedio. Mi madre me enseñó a respetar a mis compañeros de clase y a siempre guardar silencio cuando una persona mayor está hablando, como es el caso del profesor en su hora de clase. Mi madre siempre me incentivó el amor a Dios y a todo lo divino. Mi madre siempre me enseño a no mentir, aunque terminé siendo un mentiroso. Mi madre me ayudaba en mis composiciones, en mis trabajos de arte, en mis cuestionarios de ingles, en mis preguntas de lenguaje. Mi madre siempre odió las matemáticas, y las sigue odiando. Mi madre me enseñó a decir gracias. Mi madre me enseñó a pedir disculpas. Mi madre me acompañó a todas mis reuniones de padres de familia. Mi madre me vio jugar todos los campeonatos de fútbol que viví con emoción. Mi madre siempre estuvo ahí durante toda mi niñez, toda mi pubertad y toda mi adolescencia. Mi madre me cambiaba los paños fríos cuando tenía fiebre. Mi madre preparaba los mejores alimentos para cuando mis amigos iban a casa a jugar o a estudiar un rato. Mi madre le abrió las puertas a mi primera novia y la trató como hubiese querido que la tratasen a ella cuando vivió lo mismo. Mi madre estuvo conmigo cuando dejé la universidad por un caso de fuerza mayor: el no poder pasar los cursos. Mi madre siempre discrepa conmigo, pero por lo menos me escucha. Mi madre siempre llora, pero lo hace por mí. Mi madre jugaba conmigo a las cartas en los viajes a ICA, donde fui muy feliz. Mi madre es mi cómplice, mi consejera, la primera mujer que leyó un poema mío, la primera que me dio su aliento, la primera que me dio su amor, la primera que me dio de comer, la primera que me dio un beso, la primera que me alivió el dolor, la primera que me curó las heridas, la primera que me dio todo lo que un ser humano necesita para no morir sin valores. Mi madre ahora es mi amiga. Seguimos amándonos como antes, seguimos peleándonos como antes, seguimos pensando como antes, seguimos creciendo como antes. Y es verdad, que una vez escuche la frase que dice: uno aprende a ser hijo cuando es adulto. Pues yo digo que uno nunca aprende a ser hijo, porque nunca nada es suficiente para dar gracias y lograr hacer feliz a una madre.
Gracias mamá. Te amo. |
Publicado: 12:29, 13/05/2008 |
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El derecho a no nacer - Rodolfo Rodas Oré
La primera vez que pisé una clínica acompañado de una mujer, que no era mi madre, fue con Elvira. Ella y yo éramos una eventual pareja y nos dimos cita en aquel sanatorio con la consigna de hacernos una prueba de embarazo. Un momento de placer y descuido nos hizo dudar de la posibilidad indeseada de ser padres. Caminamos por los pasillos de la clínica buscando el laboratorio que ella ya conocía. Era la primera vez para mí, pero no para Elvira, que ya había pasado por esta clase de sustos. Luego de perdernos por los rincones del sanatorio, encontramos el laboratorio y pedimos la orden del médico de turno. Pasamos por caja para cancelar la factura del examen médico. Elvira estaba nerviosa por el pinchazo que iba a sufrir. Yo estaba tranquilo, porque una paz indescriptible me permitía pensar en cada paso que daba y apoyar a Elvira, quien era la que llevaría la peor parte. Las mujeres, en un eventual embarazo, sufren lo peor de todo. Después de la noche de placer y emociones fuertes, vienen los nueve meses de gestación, los cuales, enteramente los lleva la mujer. Engordar veinte kilos, sufrir trastornos sicológicos, perder su independencia, porque durante los nueve meses todo lo que haga o deje de hacer afectaran al ser que lleva dentro, sufrir los malestares físicos, las nauseas, los vómitos, los dolores de espalda, la sorprendente hinchazón de sus glándulas mamarias y de toda parte del cuerpo que pueda aumentar de tamaño, como sus piernas, pies y caderas. La mujer pasa por la penuria del periodo menstrual, la insoportable menopausia, las peores enfermedades cancerigenas y, en líneas generales, al parecer Dios se ensañó con ellas. Nosotros sólo hacemos la parte divertida de todo. Somos meros acompañantes, no nos involucramos. En plena sala de parto, mientras la mujer lucha entre la vida y la muerte, nosotros estamos parados con nuestra camarita de video. Somos unos desalmados. Pero en fin, Dios hizo las cosas así, por eso creo fervientemente en que él es hombre y occidental.
Mientras Elvira y yo esperábamos nuestro turno para la prueba, un silencio nos invadió. Me preguntaba qué sería de mi si el resultado de la prueba fuera positivo. Qué sería de mi si el médico me dijera que dentro de nueve meses sería papá. Muy aparte del choque económico que eso traería consigo, quería pensar en qué tal padre podría llegar a ser. Me preguntaba si era justo someter a un ser humano a la inseguridad de este mundo, al individualismo que se vive hoy en día, a la miseria, al hambre, a la injusticia social, al dolor, a la impunidad, a la mala educación, a la mentira, a falta de ideales, a la marginación, a la indiferencia, al odio, a la desesperanza, al distorsionado concepto de Dios, a la falta de ética y de tolerancia. Es justo que por una noche de sexo y placer, corramos el riesgo de traer un ser humano al mundo y enfrentarlo con toda esta barbarie. El sexo es lo más instintivo que nos queda de nuestra naturaleza animal, y fue un error de Dios basar la reproducción en un instinto y no en la inteligencia, que te puede dar una verdadera libertad de decisión. Debería existir otra forma de reproducirnos y cancelar al sexo como una vía para poblar la tierra. Pero lamentablemente este es el mundo que mis padres me obligaron a vivir y mis abuelos a ellos y así por los siglos pasados hasta ahora. Elvira sigue nerviosa por el pinchazo y por los resultados del examen.
Entramos al laboratorio. Elvira se sentó junto al técnico que le sacaría la muestra de sangre para hacer la prueba. Odio las agujas y me culpo por someterla a este sufrimiento. Hace algunas noches nuestros cuerpos disfrutaban el uno del otro y ahora, temerosos, enfrentábamos el mundo tal y como es. La aguja penetraba el brazo izquierdo de Elvira. Su rostro de dolor, junto con el mío, era evidente. El médico nos tildó de exagerados, pero para mi no lo era. Ese galeno, acostumbrado a pinchar a las personas, me trataba como uno más en su record, pero para mí este momento era importante y crucial.
Salimos del laboratorio y nos fuimos a se | | |