05:08, 18/06/2009
Hoy es el cumpleaños de don Edmundo, el papá de Sofía. No estoy muy seguro de saludarlo, no sé si me quiere, no me quiere o le da igual. Sofía me pide que vaya y me promete que su padre me tratará con cariño. Yo acepto, una vez más, por amor a ella.
No sé que regalarle. Camino por las calles pensando que seria bueno para un hombre de casi sesenta años, que sólo ve televisión, lee el mismo diario ‘Correo’ todos los días, lleva a su fiel escarabajo al mecánico y hace la siesta religiosamente después del almuerzo. Un hombre bastante predecible, pero a la vez, bastante difícil de sorprender.
Paro en un restaurante y me decido a comprar un regalo provechoso para don Edmundo, para Sofía y para mí. Pido un pollo a la brasa, una ensalada grande y dos litros de gaseosa negra.
Camino hasta la casa de Sofía que no es muy lejos de la pollería. Voy pensando si el egoísmo en este regalo no será mal visto por este señor anticuado, de modales recios y sonrisa triste. Es demasiado tarde, pienso.
Son pocas las veces que he cruzado palabra con mi futuro suegro. Algunas ocasiones me ha visto parado cerca a su puerta, esperando a Sofía, otras me ha visto con ella, cogidos de la mano, sorprendidos por su presencia y disimulando alguna actitud cariñosa.
-¿Quieres jugar básquet? –le dice don Edmundo a Sofía cuando está de buen humor, en alusión a mi metro noventa de estatura.
Toco el timbre y espero que sea Sofía quien me abra la puerta. Me equivoqué.
-Buenas noches don Edmundo –digo.
-Hola, ¿qué tal Sergio? –dice, serio.
No sé si saludarlo por su cumpleaños o preguntar por Sofía.
-Feliz cumpleaños, señor –digo, notoriamente nervioso.
-Gracias. Pasa –dice él.
-Hola mi amor –me rescata Sofía.
-Hola –digo.
-¿Qué has traído? –me pregunta.
-Pensé que podía traer la cena.
-¡OH! Que lindo –dice Sofía.
-Nos salvaste porque mi hija cocina pésimo –dice don Edmundo.
-¡Papá! –grita Sofía. Reímos.
-Me salvaste –susurra Sofía y me guiña el ojo.
Don Edmundo y yo nos sentamos a la mesa, mientras Sofía se esconde en la cocina para desmenuzar el pollo.
-¿Qué tal el trabajo? –me pregunta don Edmundo.
-No trabajo señor –respondo.
-¿Cómo? ¿A qué te dedicas? –pregunta él.
-Soy escritor y estudio leyes.
-¿Escritor?
-Si.
-¿Qué escribes?
-Todavía nada.
-Escritor que no escribe nada. ¡Interesante!
-¡Papá! No lo molestes –grita Sofía desde la cocina.
-Deberías buscarte un trabajo serio –dice mi futuro suegro.
-Si, lo estoy buscando.
-¿Y no encuentras nada?
-Aún no.
-El Perú es una mierda, todo está hasta las patas.
-El mercado laboral es difícil –digo, intentando decir algo inteligente.
-¿Quieres trabajar en un mercado? –me pregunta don Edmundo, sorprendido.
-No, me refiero al mercado laboral.
-¿Dónde queda ese mercado? –pregunta intrigado.
-¡Papá! –grita Sofía.
-Digo que es difícil encontrar trabajo.
-Dices bien, pero no buscas bien, jovencito –me amonesta.
-Debe ser eso –asiento.
-¿Qué tal te va en la universidad?
-Regular.
-¿Cómo que regular?
-A veces bien, a veces mal.
-Pero si no trabajas, sólo estudias, deberías ser primer puesto.
-No soy tan talentoso.
-¡Papá déjalo en paz! –dice Sofía, cargando los platos y repartiéndolos sobre la mesa.
-Pero hija, no trabaja y tampoco estudia.
-Leo libros –me defiendo.
-¿Qué libros?
-Literatura.
-¡Asu! Te vas a morir de hambre.
Miro el pollo que Sofía, tan linda, ha servido sobre la mesa y digo:
-Tal vez, pero hoy no.
Es una noche divertida, espontánea y sincera con mi futuro suegro. Sofía esta feliz de verme bromear con las ocurrencias y enseñanzas de aquel hombre mayor, que pasa sus días leyendo, viendo televisión y arreglando un carro tan antiguo como sus ideas sobre la vida. Yo soy feliz estando ahí, burlando las bromas de mi suegro (o casi suegro, o futuro suegro), esquivando las indirectas y zancadillas de un viejo zorro como él, mirando a Sofía y sonriéndole, diciéndole con la mirada que todo esta bien, que no me siento incómodo, que soy feliz esta noche disfrutando de su compañía y la de su padre. Siento que es una noche especial, como muchas de las noches que me regala Sofía, sólo que esta vez, junto a mi futuro suegro.
02:55, 6/06/2009
Mi habitación está plagada de fotos de Sofía. Una marea alta de recuerdos me invaden al igual que sus regalos. Yo no soy una persona detallista, porque le he prometido una novela que jamás termino, pero sin embargo, ella cumple todas sus promesas y me llena de obsequios y detalles que me hacen amarla más. Siempre llega a casa con algún presente para mi o para mis papás. Siempre llama por teléfono a primera hora para saludarnos por alguna fecha importante, sea cumpleaños, aniversarios y demás. Va a las reuniones familiares con una autoridad que yo he perdido, habla con mis tíos con una confianza que yo nunca he tenido, los llama por teléfono y les muestra un cariño que yo jamás muestro, se hace amiga de mis amigos con esa misma facilidad con la que yo odio a los suyos y me entiende y comprende como ninguna otra mujer en este mundo.
‘Yo me caso con ella’ diría cualquier chico que gozara del amor de Sofía. Pero yo, que no creo en el matrimonio, he llegado a la conclusión inevitable de que si por alguna fuerza maligna tuviera que casarme con alguien, sólo podría ser con ella. Tampoco creo en la paternidad, pero he llegado a la fatal conclusión de que con la única mujer que podría tener un hijo (hija no, porque seria un padre celoso y moriría de pena el día que un tipo como yo se cruzara en el camino de la niña de mis ojos) seria con Sofía. Tampoco creo en el Dios de los católicos, ni de los apostólicos, ni de los romanos, no creo en el amor que propagan las iglesias protestantes, ni en los actos de filantropía interesada de quienes creen estar más cerca a la divinidad por sus obras inconclusas, pero sin embargo, le pido a Sofía que rece al Dios con quien ella conversa todas las noches, para que me haga el milagro de tenerla para siempre, en una casa pequeña, con el lujo necesario que ella se merece, con una biblioteca amplia y una computadora indispensable para seguir escribiendo sobre ella y el amor que me hace sentir. No creo en el capitalismo ni en su manera de individualizar las esperanzas de vida, no creo en su política de empobrecer a los pequeños y enriquecer a los poderosos, no creo en su democracia enjuta e injusta donde sólo el capataz manda, donde el pobre no tiene voz ni voto, donde la ignorancia es la pistola que mata al pueblo, gestándose el más grande genocidio no violento de la historia humana, pero sin embargo, quiero tener poder y dinero para darle todo a Sofía, para que pueda darse los lujos que ella quiera, para que pueda ostentar los más preciados artefactos, las más increíbles joyas, para que conozca los más alucinantes lugares, para que no sufra necesidades y para que siempre duerma entre algodones. Quiero tener el poder económico necesario para vengarme de su familia, sobre todo de su hermana, para que después de una crisis intensa en Europa, Mari regrese derrotada al Perú, y no le quede otra que recurrir a Sofía, es decir, a mi, y yo pueda cobrarme todo le sufrimiento que ella me causa cada vez que llama a su hermana para decirle que tiene que viajar a Paris.
No creo que pueda ser un gran escritor, lo más probable es que tenga que dedicarme a otra cosa para poder vivir bien y en mis ratos libres escribir, publicar y luego comprar mis propias novelas para salvarlas de la humillación de estar meses y años abandonadas en las librerías más impresentables de Lima. Pero sin embargo, Sofía en su inmenso amor me hace creer que puedo ser un gran escritor, me ilusiona con alguna consagración que yo veo lejana e imprecisa, me dice que todo depende de mi, que mi forma de escribir es buena, que tengo un talento para decir las cosas que pocos tienen (yo diría que pocos tienen la capacidad de expresar las estupideces que desenfadadamente puedo decir). La miro con amor y le digo que exagera, que sólo escribo cosas pequeñas, chatas, sin importancia alguna. Pero en el fondo me ilusiona pérfidamente ese optimismo que Sofía muestra por mi, esa otra persona que cree que soy, distinta a la que yo veo frente al espejo.
No creo en el amor por la vida. En mis deseos más profundos duerme la esperanza de morir joven, máximo a los cincuenta años, sin descendencia, sólo, dedicado a escribir y a ganar dinero de mis rentas, pero sin embargo, permitiría que a esa soledad se sumara la presencia de Sofía, disfrutaría mucho de su compañía mientras mi cuerpo agonice en un hospital vencido por alguna enfermedad terminal. Me gustaría que la última persona a la que mis ojos miren sea Sofía, que sus manos me consuelen antes de partir, que rece por mi cogiendo mis manos, mientras los doctores se resignan a dejarme morir, sin el mayor interés, sin las menores ganas de prolongar mi existencia, pero Sofía, incansable y amorosa, siempre a mi lado dándome las fuerzas paras soportar un segundo más, sólo para contemplarla, sólo para fijar más su recuerdo en mi memoria eterna.
No creo en la humanidad, ni en el amor al prójimo, ni en la buena voluntad de las personas. No creo en la filantropía, pues creo en el interés, en la codicia, en la ambición en su mayor esplendor. No confío en las personas, no creo en el mundo, creo en su destrucción, en la extinción de la raza humana, creo en una especie mejor, creo en un mañana sin el hombre. Pero sin embargo, escuchando a Sofía creo en un mañana con ella, creo en la generosidad, en la lealtad, en el compromiso, en la entrega, en el amor incondicional. Veo a su alrededor y me doy cuenta que las personas la quieren con una facilidad que me sorprende. No tiene enemigos, solo amigos. Diría, temerariamente, que hasta Renzo la sigue amando y no le tiene un mínimo de rencor por haber terminado con él para estar conmigo. Fue sincera y se reunió un par de veces con él para decirle que ya no lo amaba, que me amaba a mí, que lo mejor era terminar y que ella haría su vida lejos. La mejor parte fue que yo no tuve que decir nada, sólo la esperaba a la vuelta de la esquina, cobardemente, mientras ella abandonaba al que había sido el amor de su vida, para enredarse con un tipo como yo, que no tiene oficio ni beneficio, que no le puede ofrecer nada, pero que a la vez le ofrece todo, un orate que lo único que sabe es decirle que la ama con esa locura infinita e incurable con la que sólo se ama una vez, sin saber por qué, sin entender para qué.
No creo en las fechas cumbres, no me acuerdo de los aniversarios, no me acuerdo de los cumpleaños porque mamá jamás me pidió que los recordara. Sólo tengo memorizado el mío, aunque a veces también se me olvida. Pero sin embargo, Sofía está pendiente de mi cumpleaños y de todos los cumpleaños de mi familia. Me obsequia su talento en alguna postal o en algún álbum el día de nuestro aniversario y no se molesta cuando yo paso inadvertido ese día, para ella especial, para mí uno más, gracias a mi falta de costumbre mas no a mi falta de amor.
Sofía es mi forma de ver el mundo, es ese optimismo que jamás encontré en un libro de Coelho, es mi esperanza, es mi manera de creer que las cosas tienen un propósito, es mi manera de apostar por algo más, aunque a veces no resulte, es mi fuerza, es mi paz, es la única mujer capaz de romper mis esquemas y proponer algo diferente. En definitiva, Sofía es la mujer que soñé en los brazos de mamá, es la mujercita dibujada al lado mío en mis garabatos del nido, es la chica del poema quince de Neruda, es la andina dulce de junco y capulí de Vallejo, es mi Sofía, mi vida.
02:07, 29/05/2009
Eduardo: Me molesta que hables de tus ex.
Ana: Sólo fue un comentario tonto.
Eduardo: Haré tantos comentarios tontos que te rayaré la cabeza y no podrás dormir.
Ana: Perdóname amor. Soy una engreída y me molesta que no pueda cambiar eso.
Eduardo: Es que realmente no crees que estas actuando mal, sólo quieres cambiar por complacerme.
Ana: Es que te amo mucho, como nunca he amado a nadie.
Eduardo: No parece. Porque siento que jodemos la relación con cada conversación que tenemos.
Ana: No digas eso. ¿Acaso no me amas?
Eduardo: Si te amo. Me importas y por eso me llega que hagas comentarios tontos.
Ana: Tienes razón. Soy una tonta.
Eduardo: No es para tanto.
Ana baja la cabeza y llora. Eduardo la consuela con un abrazo y un beso en la frente.
Sofía: ¿No me puedes perdonar que haya tomado unos tragos con los amigos de mi hermana?
Sergio: No tengo nada que perdonarte, es tu vida. Además no es novedoso para mí verte o escucharte con tragos encima.
Sofía: ¡Eres un patán! ¿Cómo vas a decirme eso? Siempre me sacas en cara todo lo que hago. No tomas en cuenta lo difícil que es para mí vivir tan lejos de ti.
Sergio: Haz lo que quieras con tu vida. No me importa.
Sofía: ¿Ya no te importo? ¿Recién me lo dices?
Sergio: Si tomas no deberías escribirme.
Sofía: Pero tu me escribiste reclamando que no te escribía. ¿Quién te entiende?
Sergio: Si quiero que me escribas, pero no borracha.
Sofía: ¡No me digas borracha! sólo tomé unos vasos de wisky con mi hermana y sus amigos. No tiene nada de malo que me divierta en mis tristes días en Paris.
Sergio: Ya te dije. Haz lo que quieras.
Sofía se queda en silencio. Sergio piensa que está gastando su línea telefónica en vano.
Elvira: Javier necesito un favor.
Javier: Milagro que me escribes. Dime.
Elvira: Mi DNI ha expirado y necesito cobrar un cheque. ¿Crees que puedas ayudarme?
Javier: Anda a mi agencia y te pago el cheque.
Elvira: ¿De verdad?
Javier: Claro. Pero, tú sabes como tienes que pagar el favor.
Elvira: ¿Cómo?
Javier: No te hagas. Sabes de lo que hablo. Nos encontramos en el lugar de siempre.
Elvira: ¡Ay! ¡No cambias! No, contigo ya no pasa nada. Tengo muy malos recuerdos contigo en ese lugar.
Javier: ¿De verdad? Entonces déjame reivindicarme.
Elvira: No. Pero no me niegues el favor pues. De verdad necesito cobrar ese cheque.
Javier: Ya sabes cual es el precio.
Elvira: ¿Estás hablando enserio? No me obligues a buscar a otra persona.
Javier no responde, le duele que Elvira haya dicho que no tiene buenos recuerdos de él. Elvira está en un hotel con su novio, preguntándose cómo va a cobrar su cheque.
Joaquín: Ven a mi casa, yo te pago el taxi.
Alejandra: Ya es muy tarde. Estoy en mi cama a punto de dormir.
Joaquín: No importa, cámbiate y ven a mi casa. Después vamos a un lugar donde podamos estar solos.
Alejandra: ¿A dónde?
Joaquín: A un lugar donde podamos ver televisión, sacarnos los zapatos y conversar echados sin preocuparnos de las formas, el tiempo y el frío.
Alejandra: ¿Quieres ir a un hotel?
Joaquín: Puede ser. ¿Tú quieres?
Alejandra: Si quieres vamos, pero yo sé que no va a pasar nada.
Joaquín: ¿Por qué estas tan segura?
Alejandra: Porque no quiero tener sexo contigo.
Joaquín: De acuerdo, pero toma el taxi y vamos a un hotel. Quiero verte.
Alejandra: Hoy no. Mejor dejémoslo para otro día.
Joaquín: ¿A qué tienes miedo?
Alejandra: A nada, pequeño.
Joaquín: Te espero entonces. Tengo muchas ganas de verte.
Alejandra: Entonces imagínate que estoy ahí, duerme, sueña conmigo y nos vemos otro día.
Alejandra se queda dormida. Joaquín no duerme pensando en ella.
Mamá: Deberías volver a la universidad.
Sergio: No quiero hablar de eso.
Mamá: No haces nada por la vida.
Sergio: Mamá, se supone que soy escritor.
Mamá: ¿Supones? Eres o no eres.
Sergio: No lo sé. ¿Lo soy?
Mamá: Nunca sabes lo que quieres. ¿Cuándo será el día que encamines tu vida?
Sergio: Mi vida tenía un camino, pero el camino me lleva muy lejos.
Mamá: ¿A dónde lleva tu camino?
Sergio: A Paris.
Mamá: ¡Ay! Olvídate de Sofía. No tienes nada que ofrecerle, serías una carga para ella.
Sergio: Pero ya terminé mi novela y voy a publicarla.
Mamá: Cuando la publiques hablamos.
Sergio: ¿No crees en mi, no?
Mamá: Claro que creo en ti, hijo. Pero mejor regresa a la universidad y termina ingeniería.
Francisca: ¿Tienes el teléfono de José o de Luís?
Eduardo: No.
Francisca: ¿Qué pasa? ¿Por qué me contestas así?
Eduardo: ¿Así cómo?
Francisca: Sólo te pido el teléfono de los chicos porque hoy vamos a salir a bailar y quiero confirmar la cita.
Eduardo: No tengo el número de nadie. Busca en la guía telefónica.
Francisca: Eres un grosero. ¡Infeliz!
Eduardo: Espero que te diviertas. Lastima que a mí siempre me niegas una salida.
Francisca: No es verdad.
Eduardo: No me digas nada. Baila todo lo que puedas.
Francisca: No te molestes. Te prometo que pronto saldremos tú y yo.
Eduardo se queda callado. Sabe que no es verdad, que su chica lo ve como un amigo conveniente, sin compromiso, sin amor.
04:10, 23/05/2009
Alguna vez participé de un taller de teatro en la católica. Tenía veinte años, dos sicólogos en mi haber y tres profesiones inconclusas. Jamás pensé hacer teatro, siempre he sido tímido y cohibido. Todas las veces que he necesitado pararme frente a un escenario han sido boicoteadas por mi necesidad de mantenerme en el anonimato, en el silencio del montón, de donde seguramente nunca saldré.
En el taller de teatro que hice con Alejandra Guerra, una actriz no muy conocida pero indiscutiblemente buena, talentosa y divertida, conocí a cuatro chicos no menos talentosos, aficionados al teatro más que yo, asiduos concurrentes a las plazas y centros culturales donde exponen las últimas obras de ese arte tan fascinante como lo es el teatro.
René, un chico no muy alto, gracioso, de cabellos ondulados, publicista, de vestir desalineado, profesor de ingles; Sonia, una chica alta, sicóloga, tímida, de tez morena, linda y de bella sonrisa; Andrea, pequeña, de rasgos árabes, linda, gran actriz, una mujer pensante, muy inteligente; y, Verónica, la más linda de todas, una actriz por mayoría de votos, inteligente, bella, estudiaba lo mismo que yo, ingeniería, pero con mayor éxito.
Verónica me cautivó desde el primer día de clases en el taller de teatro. Tenía una sonrisa increíblemente mágica, capaz de borrar lágrimas o tristezas. Era delgada y de una cabellera larga como la inspiración que provocaban sus ojos. Le encantaba el teatro pero como un pasatiempo. Ella quería ser ingeniera, terminar su carrera y seguir estudiando en el extranjero. Le gustaba viajar, conocía casi todas las ciudades del país, sobretodo la selva donde vivían sus abuelos. Alguna vez viajó a Buenos Aires y se maravilló con el país de Cortazar y Borges. A su regreso me contó que caminando por las calles del centro de BA llegó a un mini mercado llamado Rodo. Se tomó unas cuantas fotos bajo el letrero de aquel lugar y se acordó de su amiguito de teatro que tanto la quiere.
Verónica tenía novio, un chico de la católica que no gusta mucho del teatro. A pesar de tener una novia tan linda como Verónica nunca aparecía en escena, no la iba a recoger a las clases, no la buscaba en las horas de clases en la universidad, dejaba que fuera con nosotros a cuanta obra presentaran en el centro cultural y él ni se aparecía. Por momentos pensaba que la relación entre Verónica y este chico pragmático iba camino al fracaso, pero me equivoqué, porque eran una pareja estable, constituida, casi el matrimonio perfecto. No había manera de que Verónica se fijara en mi, no había forma de cautivarla, de decirle cosas insinuantes porque existía el miedo de que me abofeteara y dejara de quererme.
Un día (como en los cuentos de hadas) este grupo de intrépidos muchachos decidimos salir de paseo a la playa. Yo me opuse desde el primer momento, porque odio la playa, la arena, el sol y tengo un respeto desmedido (colindante con el miedo) al mar, pero como era de esperarse, nadie tomó en cuenta mis alegatos y por mayoría de votos decidieron ir a las playas del sur. Sonia era la más entusiasta con la decisión de ir a la playa, porque desde niña iba al sur con su padre y reencontrarse con el mar la hacia ponerse más bella que nunca. Andrea no era muy entusiasta pero tampoco le molestaba la idea de ir al sur. René estaba feliz de salir con chicas tan lindas. Verónica estaba preocupada por lo que pensaríamos al verla en ropa de baño, porque sospechaba erróneamente que la íbamos a descalificar, cuando en realidad, fue todo lo contrario. René y yo no dejábamos de mirarla, no con lujuria sino con embelesamiento, con admiración, nos convertimos en fanáticos de su figura, en fetichistas que buscaban tomarse una foto a su lado para enmarcarla en el centro nuestra alcoba.
Yo con mi cuerpo decadente, solo me quedaba divertirme y comer mucho arroz con mariscos y cebiche. Nos tomamos muchas fotos. Las chicas morían por tocar el mar con sus cuerpos bellos y delicados. René y yo apostábamos por la broma, la chacota, los comentarios en doble sentido y por comer mientras ellas chapuceaban en el mar. Son pocas las veces que he ido a la playa y no me siento mal por eso, porque de niño mi padrino me obligó a meterme al mar, me levantó y me lanzó a los brazos de las olas y no pude nadar porque mi cuerpo estaba paralizado por el ruido de esa masa enorme de agua salada.
Esta vez seria diferente. Por amor a Verónica dejaré de comer mariscos y me lanzaré al mar y lucharé con él por una supervivencia y a la vez una cuenta pendiente desde cuando era niño. Abandoné a René y fui en busca de Verónica que estaba jugando con las olas. Fui decidido, con ánimos de ganar esta rivalidad entre el mar y yo. Me lancé sin miedos, sin recuerdos ingratos, me sumergí en las aguas saladas del pacífico y me sentí un pez, una ballena, todo un lobo marino esmirriado y famélico.
La aventura duró poco. Mi insolencia fue vapuleada por la grandeza del océano. Me revolcó, me humilló, me sometió a la vergüenza ante los ojos de Verónica que no hacia otra cosa que reírse de mí, de mi desgracia, de mi torpe manera de encarar el mar.
Esa tarde terminé con arena en todos los agujeros de mi cuerpo. Verónica me consolaba con su sonrisa amplia y perfecta. El sol iba cayendo y mi osada incursión al mar pasó a ser recordado con ternura y cariño por parte de mis amigos del teatro, pero sobretodo por Verónica, que no dejaba de acariciar mi cabellera cada vez que alguien se burlaba de mí durante el viaje de regreso a casa.
12:07, 21/05/2009
Hoy viaja Sofía rumbo a Francia. Es un día triste. El sol está deprimido tanto como yo. El día avanza por inercia, sin su andar acostumbrado. Las personas en la calle me miran con lástima, como si supieran que el gran amor de mi vida viaja al otro lado del mundo para nunca más volver. Siento como si alguien hubiera muerto, como si algún pariente al que quiero mucho hubiera dejado de existir. Las canciones en la radio me suenan a réquiem, los payasos me hacen llorar, no me puedo concentrar en el trabajo, no puedo escribir ni una sola línea. Me han cortado la luz eléctrica, mi celular no tiene baterías, mi alma tampoco. No me he bañado, mi cabello está horripilante, mi barba crecida, tengo más sueño que antes, mis ganas de beber alcohol han aumentado considerablemente, no tengo ganas de tirar con nadie, no tengo deseos de leer, abandoné la universidad, no disfruto un almuerzo con mis amigos, tengo miedo y muchas ganas de llorar.
En estas últimas líneas quisiera dejar en claro lo importante que es para mi amar a alguien como Sofía, una mujer que seguro seguirá viviendo en mis ficciones, un nombre al que adopté para siempre, más allá de cualquier persona, de cualquier mujer que ose llamarse así. Sofía apareció en mi vida como en un cuento de hadas, como en esos cuentos a los cuales jamás les doy crédito porque son sosos e infantiles. Pero amar tiene esa parte cándida de un niño que sueña con la perfección de las cosas, con ese mundo ideal, en donde todos somos felices sin saber cómo y creyendo que es para siempre. Sofía es ese amor para siempre, eterno, ese amor que te destruye la razón, la lógica o cualquier pensamiento racional, ese amor que es capaz de convertirte en un psicópata, asesino, alguien dispuesto a vengarse del mundo, pero que también puede hacer de ti el hombre más talentoso, el más dichoso, el elegido para salvar lo que queda de la humanidad. Es un amor que cree en Dios y en cualquier credo que te haga sentir que vale la pena seguir viviendo. Es un amor que te convierte en escritor o en héroe, en una mejor persona o en algo peor de lo que ya eres. Es un amor que no te deja como antes, siempre te cambia, te hace otra persona, te roba varias lágrimas, te regala miles de sonrisas.
No sé si vuelva a ver a Sofía. Lo más seguro es que no. Me queda la satisfacción de haberla amado como jamás ningún hombre la amará, con mis defectos y mis virtudes, con mis carencias y mis fortunas, con todo lo que un hombre puede entregar por amor sin esas etiquetas absurdas de la moral y las buenas costumbres. Yo amé a Sofía con la necesidad de un loco, con la pasión de un orate, como nunca he amado a nadie. Con Sofía alcancé el punto máximo de mi sensibilidad, descubrí las miles de formas de amar, separé el cuerpo del alma pero le entregué ambos a ella, la hice llorar y también lloré, la adoré con cada poro de mi cuerpo y besé cada tejido del suyo, jamás me sentí más feliz de haber conocido a alguien, ya sea en la ficción o en la realidad, Sofía siempre será el amor de mi vida.
Quien sabe, algún día cuando me vuelva a enamorar, sin querer le diré a mi amada: te amo mi Sofía, te amo por siempre. Ella me preguntará: por qué me dices así. Yo responderé: no sé mi amor, sólo me gusta ese nombre.
03:29, 20/05/2009
Cuando se escribe de amor se escribe dependiendo de muchas cosas, de la edad que se tenga, de la experiencia, de si uno es fiel, infiel, fiel retirado, infiel empedernido, puritano, casto, inocente, tonto, engañado, despechado, etc. etc. y las palabras intentan en ese momento ser lo más inherente a la idea, al dolor, a la emoción, a la tristeza, a la ilusión, al desengaño... obviamente nunca lo logran, la palabra, aun cuando sea la más rebuscada o la más sencilla, o sea la conjunción perfecta de sonetos y frases, no podrá transmitir ese sentimiento original y único del que se desangra escribiendo, intentando vanamente sacar de muy dentro toda aquella fuerza emocional que siente en el pecho, sea de felicidad o no... lo que si podrá lograr es inspirar un sentimiento particular en el otro, en el que lee y dice... claro, es así por ejemplo como me sentí, como me siento, como me gustaría sentirme... que feo, no me gustaría sentirme así... y será otro sentir el creado, con una percepción particular del que lee, del que busca sentir, del que busca ser comprendido en su sentir, quizás del que quiere olvidar que siente, o que sólo el siente así...
Lo mismo ocurre con el amor al que aludí al principio. Un par de personas pueden encontrarse en un mismo lugar, en una misma circunstancia, podrán sentirse atraídas la una por la otra, podrán ser novios, casarse, ser felices hasta tener muchos, muchos años juntos, pero nunca sentirán "lo mismo"... eso de decir que "el siente lo mismo que yo" es en realidad una expresión bastante inexacta. No, él no siente lo mismo que tú lo que no quiere decir que no te ame, pues para él amar puede ser otra cosa parecida pero no igual. Qué nos orienta en todo esto... pues quizás algunas decisiones o ideas que en nuestra sociedad adjuntamos a la pareja, al noviazgo, al que sea en serio me refiero... ya habrá tiempo para hablar de lo "informal". Decisiones tales como, invitarla a salir, invitarlo a dar una vuelta, acompañarla a casa, llevarla luego de una cita, pedir ser el novio, pedir la mano, mudarse a vivir juntos, casarse, ser fiel, regalar flores o peluches o cosa parecida en los aniversarios... primero mensuales, luego anuales... esconder el anillo en un postre en una mesa de cena romántica, en una copa de vino en la playa o en el campo... esperar que no se lo trague... el anillo digo.
Esperar que diga que sí.
Pasos que suponemos podrían pasar y que nos dan una idea de que estamos demostrando eso que sentimos y que hemos concordado en llamar amor. Eso que da una idea al otro de que estamos sintiendo algo bonito y quizás pasional por ella, por él... algo tierno, algo sin comparación pero inmensamente único en nosotros, tanto como el ADN... decirle que lo quieres, oír que te ama, pequeños salvavidas en la deriva del desconocimiento que hay entre dos personas, entre sus ideas, entre sus pensamientos tan personales y desconocidos, quizás para él mismo... y que no debemos obstinarnos en conocer para saber más, porque en realidad no hay "más"... es infinito; y sin embargo necesario saber para no sentirse sola estando a su lado.
¿Y si el amor no es lo mismo para ambos casos? ¿Está mal que ella no sepa que no la amas tanto así como para tatuarse su nombre?.... osea los tatuajes no van contigo... ¿acaso esta mal el no animarse a hacer el ridículo una sola vez por decirle que lo amas? quizás no es tu estilo cantar en un karaoke o algo así, ni aunque se esté muriendo porque lo hagas... pero lo amas eh, eso si. Porque la amas tanto que necesitas todos los días por la noche sentir su cuerpo en tus dominios, o es que quieres sexo... ah, no, o... claro que si pero porque la amas... cierto. Y si no quiere... uy.
Quisieras leer un mensaje de texto tan solo un vez en un día cualquiera, como antes... que te ama, sin que sea tu cumpleaños o tu aniversario... últimamente reemplazado por la misma caja de flores a la oficina. O que te diga para reservar el restaurante... ese pues, en el que siempre piden esa comida para dos... MMM, ¿el amor se acaba? o mejor ¿era amor?... ¿te apresuraste a creer porque surgió distinto a lo demás? ¿que es el amor de verdad? es eso que dices sentir y que es mágico, intenso, inmenso, real, que te toma por entero, que te hace ser otro, otra... al menos por un tiempo, cuando poco ya te sorprende... y si quieres sorpresas en el amor, novedades... quizás debiste suscribirte a una revista de actualidad, o conocer cada tres meses "el amor" en otros ojos, en otros cuerpos, en aquellas partes que la persona anterior no tenia, aun sabiendo que la actual puede no ser, y descubriendo que en algún momento la novedad se acaba, pero los pocos q persisten en eso q sienten sin hacer esfuerzo, es porque disfrutan de esa compañía, de esa confianza... pero querer ciegamente una relación, mantenerla con "mucho esfuerzo y tantos años", seguir forzando a que el es, que ella es, mira y si ya me casé que van a decir, y mi bebé no me lo van a dejar ver, y nuestros amigos en comun, y la casa de ella... y en el fondo sabes que hay algo que no tiene o que ya perdió... que, de encontrarlo en otra persona, lo tomarías sin dudar, o dudando un poco... pero lo tomarías, total, nadie lo va a saber, ni ella... y quizás después vuelvas mas cariñosa habiendo dejado de lado ese estrés, pudiendo dedicar todo tu "amor" a quien está contigo incondicionalmente, a quien se preocupa por ti, que se preocupa por tu almuerzo, por tus pies dolidos, por ese dolor de cabeza!... pero, a quien quizás... solo quizás... le pueda estar pasando lo mismo que a ti, solo que duda traicionarte... ¿traición? ¡Pero como hablamos de eso si eso no fue así! fue algo sin importancia, algo de momento, sucedió lo que tenía que suceder, no es traición, no estás enamorada de él, no estas enamorado de ella... ¿te quiere dejar por una cosa fugaz? pero por favor que falta de cariño, donde esta el amor que te profesaba si ante la mas mínima prueba ella desaparece, herida, indignada... ¿y como se enteró? ¿Acaso sus amigotes le fueron con el chisme? por algo no te caen esos amigos, o buscó en tus bolsillos, en tu celular, ¿como pudo desconfiar? no, con celos no se puede vivir... ¿y si también conoció a alguien? ¿se habrá enamorado? creo que estaba buscando como terminar contigo y esperó solo un error, eso fue... o quizás, sólo quizás... le fallaste, y pensaste sólo en ti cuando esa persona ya entendió que no es una, y no le satisface buscar diversiones de ese tipo porque se divierte contigo, porque no le molesta esa manía que tienes al respirar, porque si le molesta no es suficiente para que vayan mal, pero caramba porque tienes que sacrificar todo eso? si a tus patas no les paran bola y tu tienes la suertota de que las mujeres vienen solas, de que los hombres te regalan de todo y hacen cola por ti! porque debes dejar eso de lado si es envidiable... uuugghhhh que maaal, que injustooo... pero si tu sales a pasear con ella casi siempre, llegas temprano, sólo algunas veces tomas unas cervecitas o bueno eso dices... un momento, ¿que te obliga a seguir con él? es que es él, me quiere de verdad, ya tenemos tanto tiempo... cuando la conociste supiste que sería algo importante... y lo es, pero por qué renunciar si eres joven, atractivo, ¡si es natural, casi instintivo!... si ella no lo ha hecho quizás es por otra cosa... será porque, si pues, ¿por qué me ama?
Gracias por compartir esto conmigo.
Se te quiere mucho y no olvides que
a partir de hoy necesitaré leerte.
05:27, 11/05/2009
¡Qué vivan las aventuras! grita Ruperto cuando me despido de la fiesta de Oscar, mi supervisor. Salgo cabizbajo, pensativo, con Ana del brazo, pensando que quizás hubiera sido mejor no ir a la fiesta o que mejor hubiera sido ir solo o que tal vez mejor hubiera sido que vaya ella, pero en ninguno de los casos, los dos juntos.
Nunca he tenido suerte con las mujeres y las fiestas. Es una mala combinación, un dueto distanciado que no logro amistar. Son pocas las veces en las que me ha ido bien en una fiesta, en las que me he divertido y he bebido como un maldito desgraciado. Siempre soy cauteloso y no quedo desmayado en alguna esquina. Casi nunca me liga con una amiga cariñosa y siempre termino yendo solo a casa pensando que mejor hubiera sido ahorrarme el esfuerzo de salir.
Alguna vez una novia terminó declarando su amor platónico a un amigo en una fiesta de la universidad. Otras veces he salido gritando y llorando porque en medio de la borrachera terminábamos hablando de temas incómodos, hirientes, cosas que no se deberían decir, recuerdos que no se deberían evocar, momentos que son mejor dejarlos en el pasado. Otras veces el despecho de alguna novia hizo que me abandonara en medio de la fiesta y que se fuera con algún amigo que tuviera coche.
También he tenido algunas victorias, son pocas, pero son. Algunas veces he terminado con una amiga complaciente, he bailado mucho y gracias al alcohol en mis venas era el centro de alguna reunión intrascendente. Pero debo ser honesto y decir que también he terminado en el rincón de los perdedores, de los que no bailan, de los lornas académicos que llevan su tarea de matemáticas a las fiestas y ninguna chica que se respete quería acercarse a mí.
Las veces que salgo a una reunión con una novia siempre acaban mal. No me gusta que ellas tomen porque siento que las desinhibe demasiado y que sumando al baile y al ambiente festivo terminaran haciendo el ridículo, o peor aún, poniéndome en ridículo. Tal vez las subestimo, quizás debería darles más crédito y confiar en ellas, pero no, siempre hago lo que no debo hacer y es por eso que siempre me equivoco a la hora de decidir si ir a una fiesta o no.
Ana intentó sumarse a mi alegría, a la noche prometedora que advertía las primeras horas en casa de Oscar. Estaban todos los chicos de mi nueva oficina. No faltaba comida, no faltaba trago, no faltaban cigarros, todo parecía propicio y los astros confabulaban para que fuera una gran noche. Ana necesitaba un aliciente, algo que le permita soltarse un poco con mis amigos, tal vez fue difícil para ella estar en un ambiente que no le es familiar (porque estando en ambientes familiares también le cuesta, ¡tonto yo! para no preverlo) entonces distraía sus manos con cigarros mentolados que yo no aguanto, bebía cerveza cada vez que le ofrecía, cuando se le terminaron los cigarros mentolados le pedía a Ruperto otros más serios, de la marca Kent, que seguro son mejores que esos mentolados pero joden más la cabeza y peor aún si los acompañas con vasos de Wisky y Red Bull que le terminaron dando demasiadas alas, tantas, que nos llevaron a casa antes de lo pensado.
Abandoné la fiesta cuando estaba en su mejor momento. Hasta ese entonces se habían ido las personas que fueron por cumplir y se quedaron los chicos que querían pasarla bien, los que deseaban tomar hasta morir, los que esperaban escuchar el hit Hasta las seis de la mañana me vacilo. Ana se puso mal. La cabeza le daba vueltas, sus ojos se le cerraban, su caminar era zigzagueante y no soportaba las vueltas que le daba al momento de bailar salsa. Llévame a casa, decía Ana. No lo hagas Ana, respondía. Me siento mal, replicaba. Por qué tomas si no sabes hacerlo, reprochaba.
Al final de la noche me doy cuenta que no soy un chico nocturno, que las fiestas siempre terminan mal para mi, que mis novias acaban amando a otros chicos porque yo no soy lo suficientemente encantador en una fiesta y otros tienen el talento de encandilar a las mujeres, de seducirlas con un baile exótico y un verbo entrenado en las mil y una noches de juerga romana que la mayoría de mis amigos se han regalado en el transcurso de su vida.
Yo nunca fui un chico tonero y ahora tampoco lo soy. Me gusta beber pero con el fin de conversar entre amigos que no se guardan nada, pero no entre novios y novias porque siempre terminan reprochando el tiempo atrás o envalentonándose y creyéndose inmunes a las cosas del pasado que realmente nos joden, porque saber algunos detalles nos hacen daño, y no porque sean recuerdos malos, sino porque no estuvimos ahí.
Ana no tiene la culpa de ponerse mal, son temas que escapan de nuestras manos, el cuerpo reacciona como quiere, la mente cobra un papel importante en esos casos, seguramente no se sentía cómoda y quería irse. No me molesté, cumplí su pedido, la llevé a casa y así terminó la noche de sábado en casa de Oscar, una noche que prometía un gran final, pero que para mí, siempre queda en promesa.
09:52, 3/04/2009
Cuando era niño me preguntaba quien era la visitante que dormía en los brazos de mi madre. Esa nueva personita que dormía en esos brazos que sólo me pertenecían a mi, esos brazos que me habían arrullado y me habían dado (y me siguen dando) cariño y amor. Ese pequeño bulto con patas, parecido a una ratita de laboratorio, con cabellos lacios, mejillas coloradas y manitas inquietas era mi hermana Sara.
Yo tenía casi tres años cuando Sara nació. Nadie me explicó que mi trono seria usurpado por un ser diminuto que con el tiempo se convertiría en una bella mujer de veintiún años, con galanes por doquier y una vida independiente que yo admiro y valoro.
Recuerdo que mi estado de ánimo cambió a mis escasos tres años. Me sentía abandonado, olvidado por la mujer que me entregaba todo su amor y que ahora me desplazó por darle a esta nueva inquilina toda la atención que antes era para mí.
Paso el tiempo y Sara dejó de ser una usurpadora y se convirtió en una compañía para mis días solitarios de niño triste. Aquellos días en los que mi única compañía era mis muñequitos de plástico: vaqueros, indios, caballos y coches que vivían regados en el suelo, divirtiéndome la existencia y dejando que mi imaginación tuviera la última palabra.
Sara no hablaba pero su sola presencia y movimiento me hacia querer menos a esos plásticos tiesos, sin vida y preguntarme, inocente y cándido, por qué ella sólo movía sus manos y balbuceaba cosas que no entendía y nunca se dirigía a mi, sino, sólo a mamá. Que raros esos bultos pequeños, pensaba.
Sara fue creciendo y con su tamaño y belleza llegaron sus primeras palabras. Ya nos podíamos entender mejor. No puedo asegurar que conversábamos, pero digamos que intercambiábamos monosílabos, gritos, gestos y llantos. Yo comencé a ir al jardín de niños y sospecho que esas mañanas ella me extrañaba. Por las tardes nos montábamos sobre ese coche amarillo que papá nos había regalado en navidad. Sara se burlaba de mis disfraces de zorro, superman y hombre araña con una sonrisa desdentada y angelical. Cuando Sara aprendió a caminar era muy divertido empujarla un poco para que perdiera el poco equilibrio que tenia. Mi malicia de niño triste me permitía regocijarme cuando la veía caer de poto con su carita de: ¿qué paso?
Los días y las noches con esta personita que invadió mi vida sin que yo lo pidiese fueron llenándose de risas y momentos felices. Éramos una familia completa (con el perdón de mi última hermana Marice que también es un amor).
Sara y yo íbamos a todos lados juntos, ella en los brazos de mamá y yo corriendo detrás, entendiendo que con forme iba creciendo también iba perdiendo algunas comodidades.
Debo reconocer que Sara se convirtió en la sensación de la familia. Era muy linda, irradiaba una dulzura que jamás llegué a tener ni en mis primeros días como humano, una belleza apacible, tierna, delicada, capaz de derretir cualquier corazón, metiéndose al bolsillo a cualquier persona que la conociera.
Fuimos creciendo más y más, sin sentir sobre nosotros el peso de los años. Fuimos al mismo colegio, no al mismo grado, pero siempre regresábamos juntos a casa, comiendo canchita o papita rellena de veinte centavos, a veces con mamá, a veces con Aurora (nuestra otra mamá) y otras, como fue casi siempre, sólo ella y yo.
Regresando a casa tuvimos miles de aventuras, desde las peripecias para llegar a nuestro destino, los chicos malos que nos quitaban nuestra canchita o nuestro dinero, sin que yo pudiera defenderla; la vez que me robaron el primer reloj que papá me regaló y que intenté recuperar pero que fue inútil porque era un niño débil y tonto y esos chicos malos me dieron unas cuantas bofetadas mientras Sara, viéndome tirado en el suelo, me estiró su manito diciendo: mejor vamos a casa.
Nunca fui un niño muy comunicativo, por eso nuestras caminatas eran en silencio. Algunas veces ella hacia alguna gracia que me obligaba a reír. Otras veces regresábamos a casa en compañía de ‘el gringo’, ese amigo que saludaba a los policías y que su educación me divertía, porque en mi seriedad de niño triste no entendía la necesidad de saludar a todo el mundo.
Esos años vienen a mi memoria acompañados de algunas lágrimas y otras sonrisas inevitables. Fueron esos tiempos en los que fui un niño triste feliz, porque sólo tenia a Sara a mi lado, esa compañera infatigable que caminaba conmigo todos los días de regreso a casa, esa amiguita que en un principio me robó mi sitial de privilegio en la familia pero que terminó colmando mi existencia de preguntas y me enseñó que la vida tiene altas y bajas y que esas épocas fueron de las altas, y aunque años después, cuando fuimos adolescentes, caímos enfrentados en riñas y peleas tontas que no voy a recordar porque también me harían llorar, pero de pena.
Me quedaré siempre con la imagen de esos dos niños regresando a casa después del colegio, en esos días en los que el pasaje escolar costaba veinte centavos y nosotros preferíamos caminar para poder comprarnos algo que guste a nuestro paladar. Me quedo con esa complicidad de hermanos, con ese cariño puro de la infancia, cuando todo parecía más lento y el mundo nos inspiraba un miedo enorme. Esos niños ya no están más, murieron con el paso de los años y se convirtieron en adultos que ya no viven más juntos, que la vida se encargó de separar tan arbitrariamente como alguna vez los juntó.
Después de muchas turbulencias aprendimos que la mejor manera de amarnos como hermanos era bajo las licencias de la distancia. Ella se fue a vivir su vida, lo que le tocaba vivir, yo me quedé un poco más atrás, esperando a la vida, esperando que ella hiciera su voluntad conmigo. Sara se fue de la casa antes de los veinte, hizo su empresa y vive como mejor se siente y eso me hace feliz, saber que tal vez ya no compartimos el cochecito amarillo de nuestros primeros años pero que al verla una vez por mes, radiante, bella, madura e independiente me hace confiar en la premisa de que no nacimos para vivir juntos por mucho tiempo, porque ella es fuego y yo agua, y es en la distancia donde nos amamos más, donde hemos encontrado ese equilibrio que perdimos entre la adolescencia y la juventud.
-Feliz cumpleaños gordita. ¿Cuántos marzos son? Ya estás enorme –digo.
-Gracias hermano. ¡Te pasaste! Eres el primero en saludarme. Si ya estoy grandota. Nos vemos más tarde. Un abrazo, te quiero mucho –responde.
-Siempre fuimos los primeros en saludarnos. ¿Recuerdas? –digo.
-Si, tienes razón hermanito, siempre fue así. De verdad muchas gracias, me emocionas y sabes que soy una llorona –responde.
-Lo sé, te quiero mucho gordita –digo.
-Yo también boti –responde.
Era la media noche del 24 de marzo, yo estaba en mi habitación escribiendo estas líneas y ella estaba al otro lado de Lima, sola, en su departamento.
02:48, 19/03/2009
Anoche me quedé despierto hasta pasada la media noche. Era una noche especial, jugaba la U, mi equipo de toda la vida, desde cuando era niño y me hice hincha motivado por un amiguito que llevaba puestos unos guantes de arquero con el símbolo de la U.
Todos mis cumpleaños eran adornados con alguna camiseta crema regalada por mi papá. Esos días vestía el uniforme completo, a pesar de no jugar pelota, lo llevaba puesto, orgulloso, sintiendo que la crema era parte de mi piel, de mi pasión por el fútbol.
Nunca fui un jugador talentoso, a lo mucho en mis mejores tiempos diría que fui cumplidor. Me identifico con la U por la raza que tiene en el juego, porque son pocos los jugadores habilidosos que vistieron sus colores, pero todos mostraron garra, entrega, pundonor, juego colectivo, personalidad y presencia deportiva. No hay maricones en la U, esa es la conclusión.
Ayer jugamos por la copa libertadores de América, el torneo más importante de esta parte del planeta. Económica y futbolísticamente hablando, la copa libertadores es uno de los torneos más importantes del mundo (aunque cabe mencionar que no hay nada parecido a un mundial y mucho menos a una liga de campeones en Europa) y después de algunos años, la U volvía a pasear su juego por las distintas canchas de América del Sur y México (este último, juega como invitado debido al poder económico que ostenta)
El partido de anoche fue contra el San Luis de Potosí, un equipo mexicano que ocupa el último lugar del grupo 8 (en el que también participan San Lorenzo de Argentina y Libertad de Paraguay). En el partido de ida, la U había empatado a cero goles en el Monumental de Ate, y, era nuestra hora de la revancha, de nuestra venganza por habernos robado dos puntos de local, los mismos que hoy nos darían una posibilidad más concreta de clasificación a la segunda etapa.
La U siempre me hace vivir el fútbol de manera desenfrenada, eufórica, bullera, escandalosa, primitiva, emocionada y siempre acabo con la garganta destrozada. Grito sin parar, le hablo al televisor con la esperanza de que alguno de mis comentarios infundados llegue a oídos de los once jugadores que corren tras el balón. Me desespero cuando el equipo pierde la pelota, cuando regala la mitad de la cancha y se cuelga de los palos. Sufro cuando las defensas no llegan a los cruces o cuando algún delantero yerra una oportunidad inigualable de gol. Celebro y lloro cuando metemos un gol, sobretodo a los cagones de alianza (cagones con cariño, porque ellos nos dicen gallinas). Salto como un orate cuando nos alzamos con el campeonato, cuando agregamos un titulo más a nuestra vitrina llena de trofeos memorables, desde nuestro sub campeonato en la copa libertadores en el ’72, cuando perdimos contra Independiente de Avellaneda, 2-1, y perdimos la opción al titulo (es el más importante galardón de un club peruano, igualado por Cristal en el ’97 y por Cienciano cuando ganó la copa sudamericana en el 2003).
El partido va cero a cero y la U maneja las acciones. La mejor contratación del año, el Ñol Solano, como le dicen los comentaristas argentinos, a los que odio porque en sus corazones albergan la esperanza de que la U pierda ante San Luis porque horas antes San Lorenzo cayó ante el líder Libertad y con ese resultado peligra la clasificación del equipo gaucho (FOX posee por la eternidad los derechos televisivos de la copa y siempre favorecen a sus compatriotas con sus comentarios).
Recuerdo con dolor las veces que de niño veía los clásicos que por alguna extraña razón terminábamos perdiendo. El trágico 6-3 en matute jamás lo olvidaré, fue la primera vez que derramé lágrimas de dolor. Mi madre asustada, cuando el partido iba 6-2 y la U descontó 6-3 me dijo: ‘mira hijo, no llores, la U ya metió un gol…’. Es verdad, aunque no significa nada, que Alianza, nuestro eterno rival, nos lleva varios clásicos encima, pero también es verdad, que la U gana los clásicos más importantes, esos donde el equipo viene mal y necesita un triunfo revitalizador o esos en los que se disputa un titulo o una clasificación a un torneo internacional, ahí, en esos partidos, donde el estadio revienta, donde el aliento de la mitad del Perú más uno termina por intimidar a cualquiera, es cuando la U logra sus más grandes hazañas, sus más impecables resultados.
Gol de San Luis, un ataque aéreo termina por vencer a Raúl Fernández. Falta mucho para el final del primer tiempo, el equipo está jugando bien, aunque no me gusta que Reynoso, el técnico de la U, sólo haya puesto un volante de marca, Torres, y deje jugar a Calheira que no lo viene haciendo bien porque no es necesario jugar con dos delanteros si perdemos tan rápido el balón en la mitad de la cancha.
El tricampeonato de la U fue la época más feliz de mi vida. Eran los años 1998, 1999 y 2000, estaba en el colegio y era un niño que solo esperaba los fines de semana para jugar al fútbol con mi amigos y hablar de los goles que veíamos por la televisión. Era la época de Oswaldo Piaza, un peladito que llegó como técnico de la U y nos sacó campeón promoviendo varios jóvenes de las canteras (polvorita Carrión, el pompo Cordero, Manuel ‘La Muñeca’ Barreto, entre otros). El campeonato del ’98 lo recuerdo con más cariño, porque fue una definición por Play Off con Cristal. Fui al estadio con mi papá, al partido de ida en el estadio nacional de Lima, el coloso estaba lleno, Cristal no tiene una gran hinchada, por eso el recinto era crema. Ese partido la U lo perdió 2-1. En la vuelta ganamos 2-1 y eso forzó los penales, los tiros de doce pasos, donde sólo los hombres se paran frente al balón y definen con la categoría de un crema. Así fue, la U ganó por la tanda de penales, Eduardo Esidio anotó el quinto penal que nos dio el campeonato, todo fue un loquerío, los fotógrafos rodaban en el pavimento, los jugadores se abrazaban y gritaban, se subían a los arcos, los hinchas se bajaron a la cancha, no quedó ningún celeste vivo. Oswaldo Piaza esperó el gol y salió raudo del estadio, eran días de fin de año, la familia lo esperaba en Buenos Aires.
Gol de Alva, 1-1, centro de Ñol, doble cabezazo en el área (según el tomo dos del libro: dos cabezazos en el área siempre es gol). Todo comienza de nuevo.
Otro pasaje importante en la gloriosa vida de la U fue la vuelta de Chemo. El símbolo crema (antes que se fuera al Cristal) regresó al equipo de sus amores después de muchos años de haber jugado en Europa. En el 2002 sacó a la U campeón, junto a Ángel Cappa como DT y Martín Villalonga como centro delantero. Esa final la disputamos contra Alianza en el estadio Monumental de Ate. Ganamos 1-0 con gol de Villalonga. En el partido de vuelta, los aliancistas cambiaron su fortín por problemas extra deportivos y se fueron como locales al interior del país. Fue empate y con el triunfo en casa nos bastó para llevarnos el titulo.
Gol de San Luis, ¡qué agonía! Sólo faltan 15’ para el final del partido. El drama del fútbol peruano: ‘la pelota parada’, dicen algunos, en realidad, el drama del fútbol diría yo, porque nosotros también convertimos de pelota parada y casi todos los goles de la U son por esa vía. Lo real es que estamos abajo en el marcador, no es justo, la U no merece esta derrota humillante fuera de casa.
Yo seria hincha de la U una y mil veces más. Si volviera a nacer, volvería a ser hincha de la U, eso no se negocia, ese sentimiento no se vende ni se cambia. No existe motivo o razón que me haga alejarme del fútbol. Me animo a decir, con cierta precaución, que ni las mujeres son capaces de quitarnos la palabra fútbol de la mente. Este deporte es la más grande creación del hombre.
Minuto 45’ del segundo tiempo, parece todo perdido. Entra Labarthe a la cancha. Piero Alva corre por el sector izquierdo, imparable, con esa decisión y torpeza que lo caracteriza, guiado por su espíritu y por una pizca de razón. Lucha hasta el final, eso nadie se lo quita a Piero, lanza el centro que Calheira no llega a conectar del todo, pero causa la distracción de la defensa mexicana. El chico que acaba de ingresar, Labarthe, se queda con el balón en el sector derecho del área chica, solo, incomodo para lanzar el puntillazo final, los defensas corren desesperados, el arquero vuela tratando de evitar que el delantero peruano defina, el instante se hace eterno en el área mexicana, la mitad más uno del país espera que este guerrero dispare al arco. Así lo hace. Aniquila de un zapatazo a toda la defensa que busca pararlo y los mete con todo y balón al fondo del arco. Es el 2-2. Matamos en el último minuto, nos vengamos de las miles de veces que nos lapidaron así. Hemos empatado en una plaza difícil y estamos a un paso de la clasificación. Gracias a los ingleses que inventaron el fútbol, gracias a la U por existir y porque hoy, como en todos los años de mi vida, soy más crema que nunca. Señores, ‘Fútbol’ se escribe con U, no lo olviden.
05:52, 2/03/2009
No suelo soñar por las noches. Tal vez mi corta imaginación no me lo permite. Quizás tengo la mente tan pesada que al poner mi cabeza sobre la almohada, mi cerebro termina desenchufándose, desconectándose, por un periodo de ocho horas, o más.
Las pocas veces que concibo un sueño, a la mañana siguiente termino muy agotado, fantaseando, creyendo que lo soñado es real. Comienzo a buscar evidencias de lo que supuestamente he vivido la noche anterior, pero siempre me doy con la ingrata sorpresa, de que nada es real.
Por lo general sueño con musas, con mujeres que pasaron, pasan o pasaran por mi vida, con lugares extraños, personajes diabólicos que me someten a su voluntad, con ángeles y demonios. Alguna vez recuerdo haber comenzado a escribir una novela producto de un sueño con una mujer a la que llamé Ana. Soñé que esta mujer había aparecido en mi vida inducida por un sueño, por una fascinación, pero que a fin de cuentas, esta bella mujer ya no existía, había muerto momentos antes de que la soñara. La novela se perdió cuando formatearon mi computadora.
Anoche estaba cansado, con ganas de tirarme a la cama y perderme en el mundo de los sueños. En la mañana me habían invitado a salir, pero por esas cosas del destino, la salida se truncó. Mejor, pensé, a pesar de que la muchacha que osó cancelarme era muy linda y divertida.
Esta vez soñé con una mujer bellísima, adornada con unos ojos preciosos y una sonrisa encantadora. Me enamoré de ella a primera vista. Su cabellera amarrada, inmóvil, dejaba sobre su frente a unos cuantos cabellos aventureros que flameaban al compás del viento huracanado de un ventilador industrial. Sus movimientos acompañados por la música de moda, desfilaban frente a mis ojos, dejándome la sensación de estar viendo arte, cuando su cintura simulaba el recorrido de un ula-ula. Sus manos me invitaban a bailar con ella, a moverme a su ritmo, pero mis sentidos preferían escanear cada paso que daba, cada movimiento, cada sonrisa, cada mirada esquiva.
No recuerdo como terminé conociéndola. Son esos detalles de los sueños que terminan perdidos en tu memoria. Sólo tengo en mente la música, el baile, su sonrisa y sus ojos. Nos sentamos a la mesa, es por eso que sospecho que estábamos en un antro de Lima. Pedimos unas cervezas y unos cigarrillos. Fumo Lucky, no Hamilton, lo siento, dijo la mujer. Me dio su cajetilla de cigarros Lucky, con la intención de que fuera a buscar esos puchos aceptados por su paladar. Busqué en la barra, con las señoritas que atendían en aquel antro, pero no encontré ningún cigarro de esa marca. Intenté engañarla. Compré Hamilton y los metí en su cajetilla para que pensara que son de la marca que ella quería. Fue imposible y tonto de mi parte, porque jamás me creyó y sólo terminó burlándose de mí.
No habla mucho la mujer de mis sueños. Sólo sonríe, mira y baila, con una destreza, para las tres cosas, que me hacen sentir torpe, tonto. No salgo mucho por las noches, digo, ella suelta una carcajada. Se nota, dice. Digamos que es mi primera vez, digo. No te creo niño, dice. Intento ser encantador, hago bromas estúpidas, trato de quedar como un idiota con la única intención de verla sonreír. La próxima vez iremos al teatro o al cine, le digo. ¡Qué aburrido! ¡No, jamás me lleves a esos lugares! No es mi ambiente, dice ella. Este tampoco es el mío, digo, porque estoy rodeado de humo, de música estruendosa, de oscuridad, como si mi vida ya no fuera lo suficientemente oscura. ¡Vamos a bailar!, digo. ¿Quién cuidará nuestros puchos y cervezas?, pregunta ella. No lo sé, dejemos todo tirado.
Bailamos abrazados, sin el ritmo erótico de antes. Siento algo rico en la punta de mi nariz, me gusta el olor de su cabello, de su cuello. La música duraba más que antes. Una pequeña complicidad con el DJ me permitía disfrutar de su espalda, su cintura y el aroma de su cuerpo abrazado al mío. Que nada me despierte en estos momentos, que el sueño siga su curso, que muchas veces no termina como en la realidad, porque realmente quería darle un beso, buscar sus labios con la necesidad de que los míos también perciban lo que mis manos, una pequeña parte de ella.
No todas las noches, y menos en los sueños, terminan coronadas con un beso ni con caricias avanzadas en lo erótico. No faltaron las ganas, por lo menos de mi parte, pero no quise forzar la voluntad de aquella mujer que me hizo feliz, que me regaló alegría con cada sorbo de cerveza, con cada baile, con cada sonrisa, con cada mirada pícara que yo no podía sostener, porque soy un tonto enamorado, porque no soy un chico de la noche, algo que por alguna extraña razón, saberlo, no me hace tan infeliz.
Cansados de la cerveza, pedimos unos tragos, de nombres raros que no recuerdo. Odio los tragos fuertes. Por eso no podía terminar mi vaso de vodka con hielo, pero ella si, ella podía con todo, con el baile, el trago y conmigo.
Los sueños llegan a su fin porque el sol termina con el encanto de la noche, con el poder de la oscuridad y las tinieblas. Salimos del antro, caminamos por la calle a punto de amanecer. No quiero que esto se termine, le digo, no quiero despertar porque no sé si te vuelva ver. Ya es tarde, todo debe terminar, dice ella, sin mortificarse tanto. No puedo creer que la haya pasado tan bien, solo soñando contigo, digo. Ella sonríe. Ahora sueña que me llevas al teatro, dice. ¿A ese lugar aburrido, donde memorizan un guión tonto que nadie entiende?, pregunto. Ella no deja de reír. ¡Que aburrido!, digo. Pero ese es tu ambiente, ya salimos del mío, dice ella. Me río e intento darle un beso, un único beso que selle un gran final. Ella no me regala sus labios, sino tan solo su mejilla rosada. Ha sido genial salir contigo, dice ella, prométeme que me llamarás. Te lo juro, digo. Adiós, dice y me obsequia un beso en la mejilla. No te vayas, pienso. Ella desaparece perdida en una humareda que sólo me deja su aroma impregnado en la punta de mi nariz.
En los sueños uno puede ser feliz. Tal vez la realidad es lo único que nos queda, pero siempre podemos escapar a ese mundo fantástico, a ese mundo irreal y mágico, donde todo es posible, donde la felicidad depende de una salida, de unos cuantos bailes, de unos cuantos tragos, de las sonrisas perfectas, las miradas precisas y de un final tan simple como un ‘adiós’ y un beso inocente, prometiendo una llamada que no se dará, porque nadie ha logrado llamar a los sueños, ahí está el encanto, ellos vienen solos.
02:17, 18/02/2009
Prendí la televisión y quedé asombrado, embobado, completamente alucinado por la sonrisa gringa de una linda directora de cine, peruana ella, hija ilustre de una familia ilustre, nada menos que los Llosa. Silenciosamente, como generalmente pasa en nuestro país, algún peruano (o algún grupo de peruanos) viaja rumbo a alguna competición, certamen, prueba, torneo, festival, concurso o cualquier evento internacional, saliendo por el Jorge Chávez sin el ‘adiós, buena suerte’ de ningún compatriota, sin las cámaras de ninguna estación televisiva, sin la bulla que podría generar la llegada de Servando y Florentino, Marc Anthony, RBD, o cualquiera de esos artistas mediáticos, marqueteros y mercenarios cuyo talento es abismalmente menor que su propio ego.
Las noticias hablan de un festival de cine en Berlín cuyo mayor premio es el Oso de Oro. Una gringa de apellido Llosa y una hermosa ayacuchana de apellido Solier eran las grandes protagonistas de una victoria imponente, con autoridad, en tierras alemanas, en tierras donde pocos entendían a Magaly Solier que sólo habla español y quechua, esa lengua olvidada y cada vez más extraviada en el tiempo.
La película ganadora del 59° festival de Berlín es La teta asustada, una historia peruana, producida por peruanos y españoles, cuya protagonista es una mujer ayacuchana, testigo de los años miserables del terrorismo, que no era actriz la tarde que Claudia Llosa la conoció, en la plaza de aquel pueblo escondido en los parajes de Ayacucho.
La sonrisa de Claudia y la belleza de Magaly me demostraron que la predestinación existe, que tenemos un camino delineado, inexplicable, loco, indescifrable, mágico, inesperado. Dos mujeres de mundos tan lejanos como la tierra del fuego y el polo norte, dos mujeres que con su belleza y talento lograron que esta vocación cineasta cautivara al mundo, porque el mundo ya disfrutó la película ganadora del Oso de Oro 59°, nosotros los peruanos, aún no.
Sigo viendo los fragmentos de la premiación y me enamoro más de la sonrisa de Claudia Llosa, que sólo tiene 32 años, que es la ganadora más joven de este certamen, que es la ganadora con menos películas en su hoja de vida como directora de cine, porque La teta asustada es su segundo largo metraje, que es la ganadora con la película de menos presupuesto, a penas ochocientos mil dólares (cuando el promedio para la realización de una película es de setenta y cinco millones de dólares), que es la ganadora capaz de descubrir el talento escondido en las alturas de esta sierra tan lejana, esta sierra llena de mitos, de leyendas, de dolores, de historias tristes o sólo melancólicas como el aire que se respira en las alturas.
La teta asustada narra la historia de una mujer que lega el miedo a su hija por medio de la lactancia. El miedo provocado por la violencia sexual sufrida por la población andina en épocas del terrorismo, en épocas donde las mujeres eran victimas de la brutalidad de los terroristas y de los mismos hombres llamados a velar por la seguridad de la población, los miembros del ejército.
Valoro mucho la iniciativa de Claudia Llosa de regresar a lo andino, de buscar en nuestro legado indígena ese guión para la película perfecta. La historia de la película parte de las creencias indígenas de hombres y mujeres que explican a su manera este mundo lleno de violencia y terror. ‘El miedo te roba el alma’, ‘el miedo se pasa por la leche materna’, dice la película, es la forma de entender el daño provocado por una violación, la necesidad de evitar que la descendencia coja ese mal, esa enfermedad llamada miedo, ese terror vivido en el momento más crudo en la vida de una mujer.
Quise llorar de la emoción y de la cólera al escuchar hablar a Magaly Solier en quechua, esa lengua olvidada en las alturas, relegadas por el español, el ingles y, ahora el mandarín. Tal vez hablar quechua nos daría esa identidad que no tenemos, esa autoridad para decir que somos peruanos y que no somos sólo Cusco y Machupicchu. Hablar quechua es una deuda pendiente para mi, porque en Alemania no entendieron nada de lo que dijo Magaly Solier, pero aquí, en su tierra, tampoco (porque Magaly Solier dijo emocionada que hablaría en quechua porque su Perú la estaría viendo, algo que es mentira, porque sólo Lima y una que otra ciudad de la costa la vio, el Perú de donde ella viene no tiene cable, no tiene televisión a colores).
Humillemos de ahora en adelante a las personas que califican de ignorantes las vivencias y las historias indígenas. Defendamos nuestra identidad de peruanos, aquella que es vapuleada cada vez que nos rendimos ante un pequeño artista extranjero, un mediocre novio gringo o una vida lamentable lejos de lo nuestro, lejos de nuestra historia, la que no conocemos y a la que calificamos despectivamente.
El cine peruano esta de moda dicen por ahí, enhorabuena, pero dejemos de hacer películas mediocres, de esas cuyo final desolador siempre es conocido. Profundicemos un poco más, busquemos de donde venimos, no caigamos en el intento de copiar una sociedad ajena a nuestra realidad geográfica e histórica, entendamos de una vez por todas que nuestra fuente de riqueza está en nuestras alturas, esas a las cuales visitamos sólo para tomarnos fotos y hacer un poco de turismo, porque no soportamos la falta de oxigeno, el frío o su agreste relieve. Sigamos el ejemplo de estas dos mujeres y de esta teta asustada que representa más que un premio, más que la pompa de un certamen europeo, significa remover los fundamentos de los llamados a hacer cine, música, teatro, televisión, literatura, periodismo, y demás, representa apostar más por la locura de conocer lo que tenemos y mostrarlo al mundo.
11:40, 3/02/2009
Todos los jueves en la noche voy a celebrar la magia del fútbol. Religiosamente mis amigos de mi ex agencia, San Marcos, y yo, nos reunimos en pantalones cortos, zapatillas rotas y polos raídos, en busca de esa adrenalina que nos hace sentir peloteros profesionales, bastante parecidos a esos Mancos, Chorris, Maestris, Solanos, Focas, Guerreros, y demás inefables vividores del fútbol que le pegan al balón con una destreza que no tenemos, pero que creemos tener, y nos regocijamos celebrando goles que ni nuestras amigas más cariñosas celebran.
Todos los jueves damos rienda suelta a nuestra pasión, el fútbol. Una pasión más fuerte que cualquier cosa, más fuerte que el poder de una falda, más importante que los cumpleaños familiares, que las amigas, que las madres, etcétera. El fútbol nos recuerda la manera arcaica de ver la vida, la forma primitiva, la de dos bandos que buscan perforar una caverna hecha de redes y travesaños, corriendo detrás de un balón, empujándose, barriéndose, golpeándose, lacerando la piel, todo en busca del triunfo, una victoria que nadie reconocerá, pero que no deja de ser la noticia de los próximos siete días.
Ahora que vivo en otra agencia, le pedí a mi amigo Mario que me acompañara a este partido trascendental con la agencia Lima Cargo. Nos reunimos como siempre en la cancha de la calle Cueva, en San Miguel. Pagamos la cancha de gras sintético, nos cambiamos la indumentaria de trabajo por la de peloteros, tomamos algunos vasos de cerveza, los que nos entonaron para el duro encuentro, nos vacilábamos entre nosotros y todo era alegría y risas.
Pelao, Jorge, Joel, Valiente, Paulino, Grillo, Giorgio, Freddy y yo, todos dirigidos por el estratega y serrucho Luís Bri, salimos a la cancha en busca del triunfo moral de ganarle a una agencia enemiga en el campo de juego y desconocida fuera de él.
En la tribuna estaban las chicas de San Marcos, abnegadas, grabando y gritando cada jugada hilarante que salía de nuestros pies. Valgan verdades, porque la sinceridad debe estar ante todo, tengo que hacer una mención a parte para Joel y Jorge, que son unos crack, unos chicos tocados por EL DIEGO, con un talento para llevar el balón como si en sus pies tuvieran un guante. Joel engordó las redes enemigas en un par de ocasiones y Jorge en una. Ambos son geniales en el manejo de la pelota.
El trámite del partido fue el normal. Entramos a la cancha y fue en ese momento que decidí dar un paso al costado porque, sin mi, estaban completos. Me senté al lado de Luís Bri, el estratega, el chico con el grano más grande jamás visto en una frente. Discutíamos el partido, gritábamos como si tuviéramos autorización para hacerlo, como si alguien nos haría caso en medio de tanto barullo. La pelota iba de un lado a otro. La agencia Lima Cargo estaba dispuesta a llevarse la victoria, ya que antes de comenzar el partido, algún optimista, apostó una caja de chelas bien heladas para el ganador. San Marcos se defendía de todas la arremetidas de Lima Cargo. Grillo se hizo figura en pocos minutos. Giorgio se hizo el patrón de la defensa sanmarquina. Pelao se apoderó del medio campo y Valiente sorprendía con sus disparos de media distancia, aunque muchos terminaban en las manos de Mario, el arquero que reforzó Lima Cargo, a pesar de haber sido invitado mío.
Una pelota dividida en el borde del área sanmarquina y Giorgio termina en el gras, regado, producto de una zancadilla, de una entrada algo desleal por parte de un chico algo confundido. Giorgio se puso de pie y continuó el partido.
La pelota se paseaba por la media cancha y Jorge corta una jugada de Lima Cargo, la pelota se aleja de los pies de Jorge pero él no pierde las ganas de ir tras el balón. Otra entrada desleal de este chico confundido corta el partido. Las cosas siguen cero a cero. Continúa el encuentro.
Valiente lleva la pelota por el lado derecho de la cancha. Hace correr el balón para picar. Otra vez el mismo chico confundido levanta en peso al pobre Valiente que sale disparado como papel mojado. Valiente se para, lo mira feo. Le dice algo. Nadie se mete.
Al parecer el chico confundido quiere tener una victima, un sanmarquino que reciba buenamente sus patadas, empujones, zancadillas en nombre del juego fuerte y de que el fútbol es un deporte para hombres. A pesar de la aspereza del juego, no le quito merito a este chico confundido, porque gracias a él, el partido tuvo esa cuota de hombría y brusquedad que se necesita para demostrarnos, tontamente, que somos machos, que tenemos huevos, que somos lo suficientemente capaces de impresionar a Soplín que no dejaba de grabar cada incidencia del encuentro, y a las demás chicas que se habían dado cita a la cancha de la calle Cueva esta noche de jueves futbolero.
Grillo atenaza el esférico. Levanta la mirada rápidamente y ve que Jorge estaba en el área contraria listo para el contragolpe. Grillo suelta rápido el balón y lo manda hasta el pecho de Jorge, quien espera marcado por el chico confundido. La pelota aún no cae, todos estamos a la expectativa de la jugada. Noto que Jorge no se siente a gusto con la marca del chico confundido. Al parecer siente que lo esta golpeando. Jorge no resiste más patadas gratis por parte del chico confundido y está dispuesto a darle su vuelto. Se deja caer sobre él. Pareciera como si la caída fuera en cámara lenta y en cada segundo que pasa Jorge y el chico confundido se reparten codazos y patadas por doquier. En el final de la caída, Jorge termina encima del chico confundido y trata de ponerse de pie antes que él. Lo logra, sin antes propinarle una patada en toda la cara, dejándonos sorprendidos por la jugada.
Los chicos de Lima Cargo saltaron de inmediato. Todos buscaron a Jorge pero nosotros evitamos que lo encuentren. Calmamos la situación. Fue una jugada desleal por parte de ambos, completamente censurable, pero a la vez, completamente genial. Jorge aceptó el juego tonto del chico confundido y lo humilló, delante de todos, al propinarle un golpe en el rostro que, más que generarle un dolor físico, le ocasionó una herida en su orgullo. El chico confundido quiso ser un matón, quiso ser el malo del partido, quiso intimidar con rudeza a los chicos de San Marcos, pero no contó con encontrar a alguien con más calle que él, alguien que ha jugado en pista, que ha paseado su fútbol por los mundialitos del Porvenir, alguien de barrio, de barrio fino.
Obviamente los amigos del chico confundido deseaban cobrar venganza por la afrenta. Uno de ellos, un muchacho de escaso tamaño, fornido, de cabeza rapada, intentó bajar a Pelao, el tipo más tranquilo del partido, un chico de espalda tan grande como su nobleza, pero que no es tonto, que sabe defenderse y tiene con qué. Soplín desde la tribuna grababa, enamorada, cada segundo de la pelea de su novio. Seguro después colgará esa hazaña primitiva en youtube.
El partido futbolísticamente fue una desgracia. Al final ganamos y como era de esperarse Lima Cargo no pagó la caja de chelas bien heladas. Siempre es lamentable razonar a golpes, entrar en la absurda violencia que no lleva a nada, pero no les puedo mentir, esa noche de jueves Jorge y Pelao se ganaron mi respeto y mi admiración. No por las patadas ni los insultos, sino por esa cosa inigualable que te da la calle, ese sabor y esos recursos para salir parado de cualquier situación. Esa noche Jorge y Pelao dejaron en claro que Gaby y Soplín están bien cuidadas, protegidas. Espero que el chico confundido quiera volver a jugar con nosotros un partido de fútbol, aunque estoy seguro que esta vez preferirá que juguemos Luís Bri y yo, mientras que Jorge y Pelao miran desde afuerita no más, sin opción a poder entrar.
03:52, 27/01/2009
Había decidido no escribir más artículos y darle prioridad a la novela que siempre dejo en el tintero. Pero por cosas del destino, inexplicables a veces, aunque en esta ocasión, digamos que la negligencia humana y la irresponsabilidad oceánica me permiten reencontrarme con el blog.
El día de hoy dos discotecas de la concurrida avenida la marina ardieron en llamas (ustedes recordaran mejor que yo lo que pasó con Utopía, en el Jockey Plaza). Estas discotecas eran ‘El Almacén’ y ‘Feeling’, lugares símbolos de la diversión juvenil nocturna. Los peritos dicen, después del siniestro, que el fuego fue culpa de un corto circuito. Yo digo que seguro tienen razón. Pero el desastre nace en el ambiente idóneo de estos dos locales, ideales para el fuego y la destrucción total (hay que ver las imágenes para espantarse del daño material, felizmente sin victimas humanas que lamentar). Ambos recintos estaban construidos de madera, en su interior estaban copados de luces y cables de electricidad, cada rincón tenia mucho material inflamable para generar la combustión ante cualquier chispazo provocado por la diosa fortuna o por algún descuido humano.
Tengo una gran nostalgia por lo ocurrido. A pesar de no haber perdidas humanas, lo cual se agradece a quien se tenga que agradecer, siento que una gran parte de mi historia ha quedado perdida entre esos escombros, entre esos carbones calientes victimas de las flamas insaciables que no dudaron en tirarse todo ‘El Almacén’ abajo.
‘El Almacén’ ha significado para mi, momentos de mucha felicidad. Reuniones con amigos entrañables, celebraciones memorables, personas a las que nunca olvidaré, sentimientos extasiados que generaron el más grande amor que un hombre puede sentir por una mujer. Ese lugar que hoy yace sometido a la calamidad fue un centro de diversión juvenil primordial en la avenida la marina. Los fines de semana (y durante toda la semana) la muchachada limeña de los alrededores (dígase plaza San Miguel, Universidad Católica, San Marcos, Institutos, etc.) concurría sin demora a este centro nocturno para permitirse el desenfreno bien ganado después de una jornada ardua de trabajo o estudio.
Sofía y yo disfrutamos muchos momentos felices en este lugar. Podría decir que nos enamoramos en aquel establecimiento, entre amigos y copas de alcohol, entre esa música estrambótica y el calor infernal que se siente en esas discotecas que carecen del presupuesto suficiente para instalar un decente aire acondicionado. Ese lugar significó nuestro primer encuentro amoroso, bailes interminables, risas por doquier, humo por todas partes, amigos y felicidad extrema. Todas las jornadas, después del evento principal en la universidad Católica, en la temporada de examen de admisión, significaban encuentros interminables en esta discoteca de Pueblo Libre que hoy perdió la vida, ahogada por el humo, pero no el provocado por sus fieles asistentes, sino el humo negligente de ese empresario peruano que expone su vida y la vida de terceros por ahorrar unos cuantos centavos en prevención de siniestros.
Viendo las noticias me doy cuenta que el desastre fue mayúsculo. Quince unidades de bomberos valerosos ayudaron a controlar el fuego. Los vecinos del lugar salen gritando de sus guaridas, denunciando ante las cámaras de televisión lo que ya sabían desde hace tiempo: que no hay seguridad en esa zona de la avenida la marina, a los alrededores de ‘El Almacén’. Los propietarios aclaran que todos los papeles están en regla. Los responsables de la municipalidad pasan inadvertidos, concientes de su mala labor fiscalizadora, aliviados de que el incendio no haya terminado siendo otra Utopía y agradecidos de que nadie denunciará a los propietarios de la discoteca ni a la municipalidad porque no hubo muertos ni heridos que lamentar, por suerte.
Sofía lamentará cuando se entere de esta desgracia en su ex barrio de la avenida la marina. Mis amigos deben estar conmovidos por los gratos momentos vividos ahí. Yo no dejo de pensar que el fuego me ha robado un pedazo de historia, una parte de la novela que no puedo terminar.
Para todas las personas que recuerdan ‘El Almacén’ con cariño y para los que dejaron una parte de su historia carbonizada en aquel lugar, en aquel templo juvenil de la avenida la marina.
02:32, 2/01/2009
Cuando ya me sentía mejor en San Marcos, llegó Eva, la nueva supervisora, la que reemplazaría a Carmen. Eva era una chica de mi edad, con el cabello largo, delgada, vestida con el uniforme del banco a pesar de no tener la obligación de llevarlo puesto. Cuando la conocí no sabía que era la nueva supervisora. Recuerdo que me acerqué, sin presentarme, ella me miró a los ojos y yo sólo le dije hola. Al poco tiempo Eva se convirtió en una amiga, en ese aire nuevo que necesitaba la agencia, Carmen estaba de salida y era ella la nueva responsable de la oficina. Eva era muy inteligente, rápida, sabía su trabajo y tenía un trato especial, sobretodo con los chicos talentosos, adoptándolos como sus hijos, enseñándoles y dándoles algunas responsabilidades extras.
También tuve la suerte de conocer a Jessica, mi madre, una chica que se volvió mi amiga, una líder innata, con un carácter marcado y un talento para enseñar que yo siempre agradecí. Jessica siempre dobleteaba los jueves y los viernes para levantar los niveles de atención en la agencia y para que descansara los sábados. Durante todo ese tiempo me tocó sentarme a su lado y aprender mucho de ella. Era muy divertido jalar a su lado, todos los clientes la conocían y ella se encargaba de presentarme. Era una época de cambios en San Marcos, estaban entrando muchos chicos nuevos, sobretodo en el turno tarde, Jessica nos apoyó mucho en esos tiempos.
Tengo que reconocer que era muy malo en caja. En plaza San Miguel no había aprendido nada, por el poco tiempo que había estado ahí y porque no era una agencia tan exigente a nivel operativo. Chicas como Rosita del Perú, La santa Ludmi y Yuju me apoyaron mucho en esos primeros meses. Pregunta lo que sea muchacho, decía Ludmi, no te olvides de hacer el dedi pag después de un cheq, decía Yuju. Que hubiera sido de mi sin ellas, que cuando no cuadraba buscaban mi diferencia, que cuando algún cliente se me venía encima ellas siempre me defendían, que siempre respondían a mis dudas y siempre cargaban no solo con sus cajas, sino también, conmigo.
Al principio bastante distante, pero no por eso menos cariñoso, mi hermano, mi mentor, mi maestro: Valiente; más conocido en la farándula como José o Pepe, una de las personas que me marcó, no solo como cajero sino como amigo. En un comienzo me trataba con la distancia de un jefe pero sentía que en lo más profundo de su ser me tenía un cierto aprecio. A veces me encerraba en la ante bóveda, sobretodo los días sábados, donde sólo entraban los que más jalaban (por eso yo me quedaba afuera) y me daba la chamba de ordenar todo el archivo de la oficina. Te voy a dar una clase de archivo, con esto tranquilamente puedes ser PP, me decía José. Poco a poco nuestra amistad se fue haciendo más fuerte y se extendió hacia fuera de los temas laborales. Hoy José es casi un funcionario de negocios y toda una promesa en el banco. Admiro de él su liderazgo, su nobleza, su sentido del humor, su talento para los temas laborales, su criterio, su esfuerzo y ganas de aprender. José y Oscar (el hijo de José, aunque este a veces reniegue porque alguna vez Oscar le robó el cambio de turno) fueron una inspiración para mi. Fue algo bueno conocerlos.
Luego de unos meses, sin que Luís y yo cumplamos un año en el banco, y sin haber firmado nuestro segundo contrato, pasamos a ser los más viejos de la agencia. Temas extra laborales y algunos cambios necesarios e innecesarios hicieron que hubiera otro cambio generacional. Un cambio de gerente, Arturo, una nueva supervisora, Paty, la ex pp de la mañana, cajeros nuevos, asesores de ventas nuevos, todo un cambio transformacional, que nos convirtió a Luís y a mi en los más veteranos de la agencia.
Eva depositó más confianza en nosotros, algo que yo siempre agradeceré. Nos dio la tarea de recoger a los chicos nuevos y apoyarlos lo máximo posible. Así fue que conocí a Pelao, el chico fortachón y sensible de la agencia, mi hermano, el hombre que se ganó el cariño de todos a punta de caramelos y lapiceros gigantes. Nos divertía con sus canciones criollas, con su ritmo frenético al momento de bailar, con sus temas interminables sobre coches o cualquier artefacto con cuatro ruedas, con esa bohemia y amor por el vale todo y por los puchos y por Sabina y por la mujer. Junto a José y a Luís, mi gemelo, el chico con quien compartí un aula de capacitación y por el que puse cinco soles para la torta el día de su cumpleaños, sin saber bien su nombre siquiera, el chico que me abrió las puertas de San Marcos cuando no conocía a nadie, nos convertimos en esos amigos inseparables, en esos mosqueteros, en esos caballeros de la mesa redonda, en esos amigos de diversas corrientes, diferentes, pero geniales, dignos de cualquier ¡salud! en cualquier esquina, con cualquier cerveza en la mano.
Pasaron unas semanas y llegaron a la agencia Pecho, Grillo y La flaca, tres chicos geniales, que aportaron un ambiente distinto a la oficina. Pecho llegó con el rotulo de galán de barrio, el chico sexy que paraba con la camisa abierta, mostrando sus dos o tres vellos saltarines, su cadena de fantasía y su reloj timing de utilería. Grillo era el más serio de los tres, al parecer el tenía más frío porque siempre se abotonaba la camisa hasta el cuello, parecía un curita, un hombrecito geniecillo, con aire a Pepe Grillo, ese personaje de fábula que nos distraía de niños. La flaca era la chica linda del grupo, el punto de las bromas por su delgadez, por su silueta cimbreante, espigada, delineada por unas curvas zigzagueantes, por su manerita de caminar y de posar sin lentes ni cámaras. Yo adopté a la flaca. Me divertía sus ocurrencias, sus miedos comprensibles de principiante y admiraba su inteligencia y rapidez por encima de sus otros dos compañeros. Pecho se convirtió en mi amigo, mi confidente, resultó ser un chico noble y sencillo, divertido y galante, atrevido con su avasalladora personalidad y osado para entrar a caja sin saber nada de ella. Grillo era comprometido y empeñoso, inteligente, precavido (por no decir lento), divertido y solidario. Llegué a tener un cariño superlativo por estas tres personas, por estos tres personajes.
Luego llegó la chica que siempre tuvo para mí un NO como respuesta, 18, la chica con el peinado de dibujo animado, de androide en la serie Dragón Ball Z, con esos ojos miel, o claros, no sé, jamás pude verla mucho tiempo a los ojos por miedo a quedar hipnotizado. Me divertía su tono al hablar, su carácter characato, su inteligencia y su manera de vivir, sus experiencias relatadas por ella misma, una mañana que salimos juntos y que conversamos como dos amigos o tal vez como dos conocidos, donde yo hice las veces de entrevistador y ella, a su manera distante y profesional, respondía cada una de mis preguntas con el misterio suficiente para dejarme encantado. Tenía un novio con el que convivía, era muy romántico y a ella le encantaba. Al parecer era muy feliz con él, o al menos, no se sentía sola.
Cada uno de estos chicos (y con el temor de olvidarme de alguno) hicieron de mi estancia en San Marcos la más feliz. San Marcos se convirtió en mi casa gracias a ellos, a la convivencia que llegamos a tener producto del azar y del trabajo. Jamás olvidaré esas chapas, esas bromas a la hora del cuadre, esos saludos a la hora de llegada, esas tomadas de pelo (menos a Pelao por obvias razones) esos rajes que nos permitimos como una manera de rebelarnos contra los jefes y los clientes, esas fotos en los climas laborales, esas sonrisas alcoholizadas en las discos de alguna salida de puros calzoncillos, esos olores que siempre atribuimos a Camote, el chico más pulcro de la oficina, el chico más rápido y hábil de la tarde y con las medias más originales que jamás haya visto. No voy a olvidar a Meli, el pequeño saltamontes, la chica con el ánimo más explosivo y dulce mezclados en un cuerpo delgado y una sonrisa tierna. En fin, no terminaré nunca de agradecer a cada ser humano que tocó mi vida, de una manera tan especial y única, si no, prometiéndoles que siempre los tendré presente en mi mente (y no digo corazón, porque el corazón solo sirve para bombear sangre, no quiero usar ese termino romántico), que siempre guardaré esos momentos felices que viví con ustedes, con ellos, con esas personas que siguen en esa oficina, en esa casa, que ya no es la mía.
Hasta siempre chicos, se les quiere mucho.
08:31, 25/12/2008
Nunca pensé regresar a San Marcos. Desde el año 2002 que ingresé a la universidad y que pasados seis meses la abandoné, me preguntaba si era posible volver en el tiempo y regresar a mi casa, San Marcos.
El año pasado después de mi inesperada incursión en el mundo bancario, descubrí que esa posibilidad de retroceder el tiempo era viable. Por cosas inexplicables del destino regresé a San Marcos, pero no a la universidad, si no, a la agencia de banco de la avenida Colonial.
Mi primera agencia en el banco fue Plaza San Miguel. Era una agencia grande, con lindas chicas, con buena paga, céntrica, me gustaba mucho, sobretodo porque ahí trabajaba Fernanda, una linda chica a la cual perdí el rastro cuando me cambiaron de oficina. A las semanas, después de haberme encariñado con los chicos y chicas de San Miguel (aunque ellos no se hayan encariñado conmigo) me dieron la noticia, fatídica en ese entonces, de que debía partir a mi nueva agencia, San Marcos.
Yo estaba aterrado, con mucho miedo, no quería irme de San Miguel, no quería ver gente nueva, no quería conocer a nadie más, yo quería quedarme trabajando en Plaza, pero ya nada podía hacer.
Recuerdo que el día de mi partida lo único que hice fue cuadrar mi caja, devolver mi efectivo, caminar hacia el módulo de mi gerente, escuchar un par de palabras acostumbradas en este tipo de situaciones (todas falsas, por compromiso) coger mi mochila y sin despedirme, como si no hubiera pasado nadie por ahí, abandonar la agencia como cualquier cliente menor.
A media de la tarde, caminando por el centro comercial de Plaza, me preguntaba cómo llegar a mi nueva agencia. Tomé un par de buses, pregunté por mi nueva oficina a unas cuantas personas del lugar, todo era nuevo para mí, y más aún, porque la municipalidad había comenzado las obras de reparación de las avenidas Colonial y Venezuela. Todas las calles del límite entre Cercado de Lima y el Callao eran un polvorín, nada comparado con la comodidad de Plaza. No quería estar ahí, quería volver a mi agencia que tan feliz me hacia, pero tenia que ser valiente y seguir buscando mi nueva oficina.
En más de una hora llegué a las puertas de mi nueva agencia, San Marcos, llamada así porque está a la espalda de la universidad por la que años atrás transitaba como estudiante. Entré. La primera impresión fue de miedo porque la oficina no era tan grande como Plaza, pero había más clientes, otros tipos de clientes: trabajadores de construcción civil, obreros, policías, gente como uno. Aquí estaba seguro de no encontrar, como me ocurría en Plaza a: cantantes, bailarinas de la farándula, actores, humoristas, futbolistas, y demás. En San Marcos sólo encontraría al Perú profundo, al Perú autentico.
Crucé toda la agencia para poder presentarme ante mi nuevo gerente. Recuerdo que las primeras personas que me dieron la bienvenida fueron la chata Ros y la tía More.
-Algo me decía que hubiera venido en tacos –dijo la chata Ros.
Luego, la gerente, Naty, me dio una calurosa bienvenida y me presentó al resto del equipo. Así conocí a Carmen, la supervisora, una mujer embarazada y tan encantadora como seria; a Valiente, el promotor principal, un chico con cara de amargado, noble, inteligente y buen amigo. Ellos me entretuvieron por unos minutos, me dijeron algunas normas de la agencia como la hora de ingreso y la posible hora de salida, me comentaron del ambiente de la agencia, del tipo de operaciones que se realizan y todo un resumen de las cosas que debía tener en cuenta como nuevo integrante de la plana san marquina.
Dando un vistazo fugaz, encontré a mi amigo Lucho, en la ventanilla uno. Lucho y yo habíamos estudiado juntos en la capacitación para ingresar al banco. Lucho es un chico de barrio, querendón, divertido, inteligente y amante de la bohemia nocturna. Al encontrarlo me sentía menos solo, por lo menos ya tenía un amigo.
Me preguntaron si ya tenía experiencia en caja. Yo respondí que sí. Entonces Carmen me pidió que comenzara a jalar, lo más tranquilo que pueda, porque lo importante era cuadrar al final del día. Así conocí a Rosita, la chica que me ayudó el primer día en San Marcos, a la que tuve distraída con tantas preguntas primariosas que no podía evitar, por los nervios y por el miedo de estar en una agencia nueva, sin conocer a nadie que me pueda ayudar.
La tarde duró poco. No hice muchas operaciones y cuadré ante la mirada incrédula de mis supervisores. Lucho me preguntó si tuve alguna dificultad, yo le dije que todo bien. Valiente me pidió mi lonchera con el efectivo correctamente cuadrado y yo, habiendo cumplido mis tareas, decidí conocer mi nueva casa. La ante bóveda estaba en el segundo piso, junto a los baños y el comedor. Unos economatos azules abrían paso en el pasaje rumbo al cuarto del servidor y al del pequeño lavabo, propiedad de la señora Alicia, una mujer dulce y amorosa que nos atendía como si fuéramos sus sobrinitos. Todo tenía el formato del banco, predominaban los colores blanco y azul, había unas pizarras plagadas de fotos de algunos chicos que había conocido esa misma tarde y de otros que me faltaban por conocer. Todo era distinto a Plaza, me costó el cambio, siempre me cuestan los cambios, pero algo me decía que no la iba a pasar tan mal.
En el lugar de citas, que hacia las veces de baño, conocí a Emmanuel, un chico huraño, parco, con una sonrisa poco frecuente, que me preguntó donde vivía. En San Borja, respondí. Ahí también vive tu gerente, me dijo. Nunca pude hacerme amigo de este chico grandulón. Pocos meses después se fue de la agencia, por motivos personales.
Efectivamente mi gerente vivía cerca de mi casa, así que aprovechaba esa coincidencia para viajar gratis todas las noches de regreso. Naty era una mujer muy amable, con modales refinados, de conversación directa y de silencios prolongados. Emmanuel y yo la acompañábamos en el taxi de regreso. Gracias chicos por acompañarme, decía Naty. Nunca me dejó pagar parte del taxi, a pesar de que se lo insinué varias veces, siempre amable, me decía que no me preocupase, que ella siempre viajaba en taxi, y que era un favor nuestro el hecho de acompañarla. Pocos meses después Naty ascendió a otra área del banco y se fue después de una gran fiesta de despedida en su honor. Tal vez nunca le agradecí la calidez con la que me recibió en mi primer día en San Marcos, pero guardo en mi memoria lindos recuerdos de esa mujer refinada y delicada que terminó llorando de alegría y tristeza el día de su despedida.
Algunas veces Carmen, que también vivía en San Borja, me daba un aventón hasta mi casa. Un lindo gesto de Carmen, que no era mi amiga, que sólo era mi jefa, una supervisora intachable, rígida, sin pelos en la lengua. Alguna vez recuerdo que me quiso afeitar la barbilla porque le parecía repugnante mi bozo incipiente. En otras oportunidades me reprochó la manera de ir vestido, las camisas que usaba, el largo de mi cabellera, el tamaño de mis uñas y cualquier detalle que yo ignoraba o simplemente no prestaba atención porque me parecían menores. Carmen era una mujer muy retadora, nos obligaba a mejorar cada día, a jalar más, a mostrar calidad en nuestra atención a los clientes, a vender, a cuadrar rápido, a no cometer errores esperanzados en que ella los podía solucionar. Carmen fue una gran influencia para mí, para mi desempeño posterior, para mis pequeñas victorias, porque me enseñó a conocer un ambiente de trabajo, los cuales me parecían ajenos, porque siempre había estado metido en mi casa o en la universidad. San Marcos se había convertido en mi primer trabajo, en el primer lugar donde tenia que demostrar en qué era bueno, no por una nota vigesimal, si no, por un nombre, por un prestigio y, en el menor de los casos, por un sueldo.
Carmen poco después se fue de la oficina por dos razones: la primera y la más importante, porque iba a ser mamá, de una bebe llamada Sofía (un nombre que me pareció bello desde la primera vez que nos dijo que llamaría así a su primogénita) y, en segundo lugar, porque había ascendido a gerente y le dieron su propia agencia.
Con el paso de los días San Marcos se había convertido en mi segundo hogar, a pesar de que al principio quería regresar a San Miguel, a pesar de que había pasado por mi mente la loca idea de rogarle a mi antiguo gerente para que me diera la oportunidad de volver. Los chicos de San Marcos me acogieron con cierto cariño, unos más que otros (El maestrito Oscar, mi madre Jessica, mi pata Lucho, mi hermana la Ñoña, La tía More, la chata Ros, Rosita del Perú, La santa Ludmi, Yuju, todos estos chicos en una primera etapa) pero sentí, poco a poco, que había muchas cosas por hacer en ese lugar, muchas cosas por aprender y quien diría, alguna vez, muchos milagros que experimentar.
Rodolfo Rodas Oré
12:11, 15/12/2008
Elena era una mujer que conocí cuando ambos teníamos doce años y estábamos a punto de comenzar la secundaria. La primera vez que la vi fue en su salón de sexto grado. Llevaba una maqueta del sistema digestivo para la exposición de la feria de ciencia del colegio donde estudiábamos.
Desde la primera vez que la vi me enamoré de ella. Me gustaba su piel blanca, su sonrisa amplia y su timidez angelical.
Cuando pasamos a secundaria, por obra del destino terminamos en el mismo salón de clase. Yo quería sentarme cerca de ella, pero mi lentitud y mi total falta de decisión impidieron mi cometido. La primera vez que Elena visitó mi casa, fue ese mismo año, en la secundaria. Ambos fuimos escogidos dentro de un grupo de alumnos para realizar el periódico mural de nuestro querido salón. A mi me importaba poco el periódico, solo pensaba en la manera de impresionarla y estaba feliz de tenerla en mi casa.
Mis buenas artes en los enredos del amor me llevaron a ser su amigo y, a su vez, amigo de su familia. Logré que mis padres se conocieran con los suyos, que sus hermanos simpatizaran conmigo, conseguí su número de teléfono (el de casa, porque para ese entonces nadie tenia celular), su dirección exacta, los lugares que frecuentaba, me hice amigo de sus amigos, me autoproclamé un fan suyo.
Al poco tiempo, su madre, la señora A, nos invitó, a mi familia y a mi, a una reunión en su parroquia. La familia de Elena eran personas de una fe inquebrantable, de unas virtudes que jamás pude imitar y de una calidad humana admirable en medio de una sociedad corrompida como la nuestra. Me hice asistente asiduo a la parroquia. No había sábado en la noche que no fuera participe de las veladas llenas de cantos y sermones que se rendían en la parroquia de la avenida Viru, en el Rimac. Me convertí en un mediano conocedor de la Biblia, asistía a cuanto curso bíblico podía, me involucraba en la obra activa de los jóvenes pujantes de la parroquia y no dejaba de contemplar un solo instante la belleza inspiradora que irradiaba el rostro de Elena.
Reconozco que fui a la iglesia por culpa de Elena. Mis votos religiosos eran inspirados por ella, por el amor platónico que sentía, por esas ganas de concretar a su lado una felicidad ideal, quimérica, la de tener una familia perfecta, con convicciones morales-religiosas y, por qué no, una vida llena de comodidades mundanas.
Cuando terminamos la secundaria nos preparamos juntos para ingresar a la universidad. Elena era muy aplicada. En quinto año, había combinado las obligaciones del colegio con las de una academia de preparación universitaria, sin descuidar su actividad en la parroquia y sin dejar de ser tan linda como siempre. Admiraba mucho su dedicación y, sentía, que yo no hacia lo suficiente para alcanzar ese sueño que abrigaba desde siempre. A veces imaginaba que Elena compartía ese mismo sueño conmigo, que ella en su corazón guardaba dormido el mismo amor que yo sentía por ella. No faltaba algún gesto suyo que alimentara mis esperanzas de alcanzar la felicidad máxima junto a ella, esa felicidad de la que hablaban siempre en el pulpito de la iglesia.
A los pocos meses, ella y yo ingresamos a la universidad. El camino estaba trazado, ya estaba escrito en alguna parte que nuestras vidas iban a seguir unidas hasta la eternidad. Compartimos el primer año de universidad, regresábamos en el mismo bus a casa, nos pasábamos los libros, almorzábamos en la misma cafetería y hacíamos juntos cualquier trámite. Las personas nos proyectaban como una pareja al mediano plazo, dos chicos temerosos de Dios y empeñosos estudiantes, todo lo bueno que una sociedad exige de un joven.
Pasaron los años y nos dimos cuenta que nuestros mundos no eran tan similares. Yo no tenia las cosas tan claras como ella. Perdí el rumbo en alguna parte de la historia, tal vez antes de conocerla, cuando era niño, o tal vez cuando la conocí, no lo sé. Ella siguió haciendo las cosas como siempre las hacia, es decir, bien. Yo dejé de ser el chico bueno y dedicado que mi madre siempre soñó. Me aleje de Elena, de la universidad y, curiosamente, de Dios también. No pude serle fiel a ese amor puro e ideal que sentía por ella. No pude decirle que la amaba, sólo me alejé.
Ahora somos amigos. Han pasado varios años y ya no somos los mismos. Creo que ella perdió esa sonrisa angelical de la que me enamoré. Yo perdí esa capacidad de amar, la de un adolescente enamorado, idealista, que apuesta todo lo que tiene y lo que es, sin desear nada a cambio.
Alguna vez, sentados en una banca de algún parque de esta ciudad, le confesé mi historia, la del chico enamorado de la niña de la maqueta del sistema digestivo. Le pregunté, por curiosidad romántica-literaria, si alguna vez, quien sabe, en un futuro cercano o lejano, ella aceptaría ser mi novia. No lo sé, no soy adivina- me dijo. Tienes razón, tal vez es un poco tarde, pensé.
Rodolfo Rodas Oré
12:11, 15/12/2008
Mi padre y yo no conversamos mucho. Tal vez es una costumbre que estamos empecinados en no cambiar. Tal vez él no tiene nada que decirme. Tal vez yo tampoco.
Mi padre llegó a esta ciudad cuando tenía la edad que yo tengo ahora, veintitrés años. Entró a la policía y quizá ahí aprendió a decir lo necesario y a escatimar palabras. Ingresó a la universidad porque se cansó de ser un simple cabo. Estudió contabilidad y terminó su carrera el año en que conoció a mi mamá.
Mis padres se casaron a los nueve meses de conocerse, según ellos, sin ninguna prisa evidente. Mi papá tenía la idea de no encargar ningún bebe a la cigüeña porque quería sacar el titulo de contador y tenía que invertir todo su dinero en esa empresa. Pasaron algunos meses y mi padre se dio cuenta de que no pudo cumplir su promesa, mi madre ya estaba esperándome.
Pasaron los nueve meses de rigor y con ellos llegamos el titulo de contador y yo.
Cuando cumplí los tres años mi padre logró hacerse oficial de la policía nacional, dando un examen de admisión, ocupando el primer lugar. Yo no sabia nada, por eso no lo felicité. A los pocos meses lo destacaron a Huancayo. Yo no iba ni a la escuela primaria, así que no me quedó más remedio que ir con él.
Cuando regresamos de Huancayo se hizo presidente de la cooperativa de todas las cooperativas. Nunca entendí mucho de esas cosas, a penas tenía seis años, por eso tampoco lo felicité.
Cuando cumplí los diez años mi padre ascendió a mayor. Le hicieron una gran fiesta en casa, celebrando tan loable rango. Estuvo tan borracho esa noche que tampoco lo pude felicitar.
Cuando cumplí dieciséis años mi padre ascendió a comandante. Yo estaba preparándome para postular a la universidad. A los pocos meses ingresé y recuerdo de ese momento las palabras más felices de mi padre hacia mí: hijo, tienes un gran futuro. Él era un comandante y yo un cachimbo san marquino.
El año pasado mi padre comenzó a enseñar en una universidad privada, algo que me gustaría hacer, dirigirme a un aula que espera escuchar algo interesante, es un gran reto. Admiraba su respeto por los horarios y su dedicación, cuando lo veía salir los días sábados a las cuatro de la mañana, rumbo a Huacho, donde eran las clases.
Este año mi padre ascendió a coronel. Fue un examen arduo y la espera de los resultados fue eterna y angustiosa. Mi padre se había preparado por muchos años para lograr esta meta, ser coronel. Había estudiado cada día, cada semana, cada mes por casi cinco años. Se levantaba a las cuatro de la mañana para correr a la computadora y leer todas esas leyes enredadas que no llego a entender para qué sirve. Salía a caminar en las noches con su libro en mano y una linterna que iluminaba su lectura y sus pasos. Se privaba de algunos lujos, de algunas salidas, de algunos viajes, que bien merecido se lo tenía, pero que prefería no hacer, para no perder el tiempo en otra cosa que no sea estudiar. Todos estos sacrificios, a sus casi cincuenta y cinco años, lo hacia sin descuidar sus labores en el trabajo y sufriendo los embates de las desventuras de un hijo inefable como yo.
Ahora, mi padre recuerda con cariño y nostalgia, sus épocas de cabo, parado a media noche en la embajada norte americana, con su fusil y su silla, detrás del muro de concreto que hacia las veces de trinchera.
Mi padre no habla mucho, pero en todos estos años que vivo con él me ha enseñado algunas cosas, a parte de las matemáticas y el ajedrez: me ha enseñado qué pastilla comprar para evitar el embarazo de una chica, me ha enseñado que la universidad no es para mí, me ha enseñado que lo mejor es ganar mi propio dinero, me ha enseñado a montar bicicleta, me ha enseñado lo que es un preservativo, me ha enseñado a conducir (digamos que más fueron clases teóricas, pero vale la intención), me ha enseñado que patinar es peligroso, me ha enseñado que el silencio y las pocas palabras a veces vienen bien.
Son pocas las conversaciones con mi padre, pero su vida es un ejemplo de perseverancia que no logro captar del todo. Nunca esperó una felicitación mía ni de nadie, nunca esperó que aplaudieran sus disertaciones ni que lo levantaran en hombros por cada uno de sus logros. En las reuniones en su honor, en casa de algún tío, siempre mantiene el perfil bajo, la miraba risueña y esa sonrisa imperturbable que indica que siempre estará pensado en el siguiente paso, en la siguiente meta.
Mi padre es un inagotable batallador, un incansable guerrero, con un talento innato para la vida y para las grandes pruebas. Jamás se deprime ante una barrera, nunca da su brazo a torcer en busca de un sueño. Siempre esta leyendo, siempre esta pensando, siempre busca la manera de ver hacia delante, sin esperar que la vida lo premie, sin esperar nada más que su mejor esfuerzo.
Tal vez mi padre no sea el hombre perfecto, de seguro no lo es. Pero sus talentos y virtudes logran sobresalir más que sus taras o sus defectos.
Aquella noche, cuando nos enteramos que ya era coronel, lo esperé hasta muy tarde, pasada la media noche, le di un abrazo por todos esos abrazos que me ahorré años atrás y lo felicité por haber conseguido su sueño de ser coronel. Estoy seguro que jamás se sentirá tan orgulloso de mí como yo lo estoy de él, pensé.
-Te admiro mucho papá –le dije.
-Gracias hijo.
-Y ahora, ¿Qué viene? –pregunté.
-No lo sé, ya es muy tarde, mañana pensaré –dijo mi padre, me dio un beso y se fue a dormir.
Rodolfo Rodas Oré
12:06, 8/12/2008
Eva es mi jefa en la agencia donde trabajo y mi amiga, eso creo, fuera de ella. Llegó a trabajar conmigo hace un poco más de un año. Se enamoró de un chico algo huraño pero noble y, a los pocos meses, nos dio la feliz noticia de su embarazo.
Eva es muy inteligente y rápida en su labor diaria. Soluciona los problemas de la agencia con un criterio muy certero, el cual envidio, y tiene una facilidad para entablar amistad y confianza con los chicos y chicas que comprenden su trabajo.
Hay algunos días en los que me considero su amigo y otros días que no tanto. No soy tan hábil como ella y, seguro, eso la defrauda. No tengo su criterio certero y por eso su confianza va decreciendo de manera exponencial. No tengo su experiencia y tampoco su talento pero, sin embargo, me dio la oportunidad de trabajar a su lado.
El primer sábado del último mes del año, Eva, organizó la fiesta de bienvenida para su bebe. Invitó a toda la agencia, pero no todos pudieron ir, lo cual fue algo bueno, porque no había tantas sillas para todos.
Llegué a las ocho de la noche al departamento de Eva, en el tercer piso de un edificio recién construido en la avenida la marina en San Miguel. Me recibió Emmanuel, el novio de Eva, y me guió, muy cordial, por los pasillos de ese edificio nuevo y acogedor. Entré al departamento y encontré a Franco, el popular Pe, que estaba acompañado de su novia, Anie, linda y encantadora, con los que pasé un largo rato entretenido esperando a los demás invitados.
Al poco rato llegó Eva, que había salido a comprar algunos detalles para la fiesta. Estaba más linda que los días en la agencia. El embarazo les da a las mujeres un aire angelical, una sonrisa iluminada, una mirada tierna y feliz. Verla, me hace dudar de mi idea férrea de jamás ser padre, de nunca contemplar en ninguna mujer ese milagro de dar vida.
Muchas veces Eva nos sorprende con algún grito de dolor risueño cuando es asaltada por algún movimiento, involuntario y distraído, de aquel bebe que ella lleva en su vientre. Trata, sin obtener resultado alguno, de trasmitirnos esa sensación de felicidad al llevar en su vientre a un nuevo ser, minúsculo e indefenso, pero capaz de provocar los sentimientos más puros y espontáneos, esos que no son muy comunes en nuestra precaria condición humana. Me quedo perplejo, alunado, tratando de imaginar a Sofía esperando un hijo mío, inspirándome la ternura de darle todo mi amor, toda mi devoción en esa dulce espera, cumpliendo sus antojos, mimándola con esa barriga prominente (la misma que hoy luce Eva) y mirando a Sofía, llorando de dicha y agradecimiento, por ser tan generosa al darme la oportunidad de ser papá.
Existen tantas cosas detrás del milagro del alumbramiento. Es increíble que un acto tan manoseado, tan vilipendiado y ligero como el sexo sea capaz de darnos algo tan puro y tan mágico como la posibilidad de traer un bebe a este mundo. Jugamos, bromeamos y satirizamos el sexo, pero al final de todo, somos producto de eso.
Los invitados iban llegando uno a uno. Eva se alegraba con el cariño de cada persona que estaba presente. El bebe, al que responderá al nombre de André, seguramente también estaba sonriendo, si es que sabe hacerlo, al sentir a su mamá tan feliz.
Los animadores de la fiesta comenzaron su repertorio. Nos sacaban a bailar, a cantar, nos ponían en ridículo, todo con tal de robarle una risotada a la futura madre. Eva comía y reía, era feliz viendo como sus amigos se sometían a las pruebas más simplonas y divertidas que la imaginación afiebrada de ese dúo de la animación podía perpetrar contra nosotros.
Llegó el momento de los regalos. Eva y Emmanuel debían adivinar qué era lo que había en tantos paquetes envueltos.
-Aquí hay ropita –decía Emmanuel. Fue lo único que dijo en toda la noche.
Todos los regalos eran prendas diminutas, retazos de tela en forma de cuerpos pigmeos, liliputienses, que causaban los suspiros de todos los invitados. Es increíble que esos seres tan pequeños, con el tiempo, se conviertan en hombres y mujeres como nosotros. Son ángeles, dice mi mamá.
La noche pasó como un suspiro. El repertorio o las fuerzas de ese dúo de animación se esfumaron. Para terminar, esta pareja que nos había alegrado la noche se despidió muy cariñosamente, con besos y abrazos, y dejando en cada una de nuestras manos, una propaganda de su trabajo. Animación Sana Infantil, decía el panfleto. Mi amigo Samir me mira, travieso y cómplice, y dice:
-Tigre, para cuando quieras ser papá.
-Gracias. Pero todavía no –dije.
Todavía no, por lo menos hasta que Sofía vuelva conmigo, pensé.
12:34, 1/12/2008
Como alguna vez lo dije: Mis sábados son poco emocionantes. Me levanto temprano después de una larga faena de viernes y voy camino, una vez más, a mi centro de trabajo, ese antro azulado, ese mercadillo financiero donde todas las semanas me pierdo en medio de papeles, billetes, ordenes y vistos.
He dormido poco la noche anterior y, es por esa razón, que subo al bus y me entrego a los brazos de Morfeo y dejo que el colectivo me lleve más allá de mi destino, más allá de mi rutina, como si me dejara secuestrar, adrede, por el sueño y por ese par de individuos desaliñados que gritan, cobran y aceleran, presos de su propio camino.
Finalmente llegué a San Marcos, mi agencia de banco, el lugar donde sigo siendo feliz, aunque ya no tanto, pero al que religiosamente regalo horas y más horas de mi lánguida existencia. El día estaba frío, a pesar de estar comenzando el verano, el sol brilla por su ausencia. Los clientes acudieron sin demora, los papeles inundaron mi escritorio, las ordenes y los vistos iban tan rápido como el dinero en las manos de los cajeros, mientras que yo, abrumado, sin fuerzas, queriendo escapar, dejo que mis horas fluyan y la mañana se extinga.
A la salida, Soplin y yo escapamos completamente vencidos por el cansancio y por la monotonía. Fuimos a imprimir un libro de Blanchard, un economista norteamericano, para mi último examen de economía en la facultad de ingeniería. Caminamos por los bordes de la universidad San Marcos, por esas calles recién construidas. Conversamos de todo, con esa facilidad y espontaneidad que solo te puedes permitir con una amiga como Soplin. Entramos a una tienda y dejamos el libro. Una chica de estatura promedio, labios gruesos, mirada esquiva y cabellera sumamente larga (tan larga que no la quisiera tener cerca en épocas de calor) nos invitó a regresar en una hora para recoger el libro y las fotocopias.
-OK. Gracias – dije.
Salimos de las fotocopiadoras y decidimos ir rumbo a la casa de Soplin. El sol se había apoderado del cielo así como las gotas de sudor habían invadido mi cara. Las calles estaban desoladas, algunos coches zigzagueaban por aquellas pistas recién asfaltadas. Entramos a una bodega, pedimos un par de gaseosas para continuar nuestro camino. Todo parecía muy tranquilo, sosegado, como cualquier sábado.
Mientras cruzábamos la pista usada como desvío debido a las obras en la avenida Universitaria, a pocas cuadras de llegar a nuestro destino, distraídos, ensimismados en nuestra conversación, abrumados por el calor y por el cansancio, nos dimos cuenta, sin querer, que una sombra sospechosa y sorpresiva, a la cual no alcanzamos a percibir del todo, nos embosca por la espalda, con alevosía, con ventaja y premeditación, sin remordimiento y sin piedad, arranchándome el celular que colgaba, ostentoso y coqueto, de mi cintura.
-¿Qué te ha quitado? –grita Soplin, asustada.
Yo quedé impávido, arrobado, pensando que, una vez más, demuestro que soy muy lento y bobalicón para esta ciudad tan desenfrenada. No sabía qué hacer. Sólo atinaba a ver cómo mi celular se alejaba en las manos de aquel facineroso, de aquel ladronzuelo, que iba corriendo al lugar donde cambiaria mi celular por unos cuantos pesos o, lo que sería menos malo y más inteligente, por unos cuantos quetes.
-¡Corre! –vuelve a gritar Soplin.
Despertado por el grito de Soplin, recuerdo, que ese celular tiene un gran significado para mí. En primer lugar: es post pago, y si ese truhán se lleva mi celular, yo seguiré pagando como un idiota la línea que otro usará. En segundo lugar, pero no menos importante, es que ese adminículo guardaba un contenido sentimental muy grande, un recuerdo de Sofía, el gran amor de mi vida.
Sin encontrar otra reacción o por simple inercia (la de siempre hacer lo que Soplin dice) salgo eyectado, embalado, mismo campeón de atletismo, en busca de mi celular hurtado, pensando que no dejaré que otro use mi línea (la que sufro pagar cada fin de mes, porque no es poca cosa) y que me roben los recuerdos de Sofía.
Corrí como hace años no lo hacía. Boté mi mochila, tiré mi botella de gaseosa, enterré mis zapatos en el polvo, me desajusté la corbata y me desaliñé como cualquier orate, en cada tranco gigantesco que mis piernas delgadas y enclenques daban.
No lo voy a alcanzar, pensé.
El ladronzuelo me llevaba ventaja, la cual se iba acortando gracias a mis piernas de bailarina, delgadas y largas. La avenida nos quedó corta para tan trajinada carrera. Doblamos la esquina de la calle Orbegoso, en el Cercado de Lima, cruzamos parques, tiendas, quioscos, pisamos caca de perro (o de quién sabe qué) mientras a lo lejos escuchaba el grito de los vecinos que nos alentaban, al ladrón y a mi, pensando que estábamos en alguna competición benéfica o en alguna olimpiada escolar.
En medio de mi maratónica persecución, unos valerosos emisarios del bienestar urbano, unos ángeles de la paz, unos guardianes del bien y el orden me rescataron en sus bicicletas y me regalaron la captura de mi agresor. Uno de los serenos aguerridos se lanzó de su bicicleta y cayó, certero, sobre la espalda de aquel muchacho de mal vivir y el segundo efectivo lo sometió contra el suelo y gracias a ellos recuperé mi celular.
-Agárralo fuerte carajo –grito el primer sereno.
-¡Ayúdanos pues! –gritó el segundo mirándome.
Yo, asustado por las arremetidas del delincuente, lo cogí del brazo con todas las fuerzas que me quedaban.
-Ya pues jefe, perdón, tengo una hija que mantener –dijo el ladrón.
-Llama a la policía. Rápido carajo –gritó el primer sereno.
El segundo sereno sacó su radio y dio parte a la policía, mientras su compañero y yo éramos victimas de la fuerza descomunal de aquel malhechor. Parecíamos dos pedazos de tela colgados de sus brazos.
Luego de unos minutos, con una coordinación que no le reconocía a la policía, llegaron dos efectivos policiales y redujeron, ahora sí como se debe, al delincuente que pugnaba por zafarse en medio de suplicas y empujones.
-Ya, ya, sube mierda –dijo el policía.
Cuando el agresor estaba en el patrullero, me doy cuenta que Soplin estaba detrás mío, cargando todas las cosas que había dejado regadas en la pista.
-¿Estás bien? –preguntó Soplin.
-Si, ¿y tú?
-Yo sí. ¿Lo atraparon, te devolvió tu celular?
-Si, aquí lo tengo –dije.
-Señores tienen que acompañarnos –dijo uno de los policías.
-Sáquenle la mierda a ese huevón – gritó, indignada, Soplin.
Subimos al patrullero. Yo no tenia fuerzas para decir algo contra el malhechor. Aquel desafortunado hombre se deshacía en disculpas y Soplin lo callaba, sin remordimiento, pagándole el susto que nos propinó minutos antes.
Llegamos a la comisaría Palomino, entramos aturdidos por los gritos del muchacho, quien se llamaba Joan (bueno, así declaró en la ficha que le hicieron llenar) mientras Soplin llamaba a sus amigos para contarles lo que le había pasado y yo buscaba el teléfono de papá para que me diga qué hacer.
-Alo. Papá, estoy en la comisaría –dije.
-¿Qué has hecho? –pregunta mi padre, desconfiado.
Siempre mi padre piensa lo peor de mí, pienso.
El policía de turno me pide que narre los hechos, algo que me gusta hacer al detalle, misma historia literaria. Joan no paraba de pedirme disculpas y Soplin no dejaba de callarlo y recordarle lo mal que se había portado.
-Calla mierda, encima que nos haces trabajar, ¡te quejas! –grito, rudo, el policía.
Luego encontré a uno de los serenos que me ayudaron en la persecución. Le ofrecí una simbólica propina por darme esa ayuda tan valiosa. El otro sereno, me pidió que redacte una carta de felicitación y que la envíe a la municipalidad de Lima para su próxima condecoración. Yo acepte, gustoso.
-La vida no vale un celular –dijo el sereno-. La próxima vez no vaya detrás del choro.
La tarde fue larga. Esos trámites policiales duran mucho y ponen en una situación peligrosa a la victima. Me pidieron mis datos personales frente a mi agresor. Me abandonaron en un ambiente cerrado con Joan, y este aprovechó para conminarme a quitar la denuncia.
-A la pregunta, conteste: ¿se rectifica en su denuncia? –preguntó el efectivo.
-Ya pues jefe. Tengo una niña. ¡Sea conciente pues! –suplicó Joan.
-No. Mantengo mi denuncia –respondí, con el poco valor que me quedaba.
A los pocos minutos la familia de Joan se hizo presente en la comisaría. Una señora gorda de ojos claros y cabellos rizados me pedía un minuto para hablar conmigo. No me conmoví.
Soplin se encontró en la puerta de la comisaría con su amiga Lucia, una linda y dulce chica que trabaja en otra agencia de banco y que vivía en uno de esos condominios cerca de ahí.
A la salida de la comisaría fui a la casa de Lucia, para recoger a Soplin, y nos quedamos esperando que la familia de Joan me dejara huir del lugar sin miedo a represalias. Lucia nos tranquilizaba con su presencia.
A la media hora, salimos en busca de un taxi. Fuimos a recoger mi libro de Blanchard y después nos dirigimos a Plaza San Miguel, en nuestro afán de despistar al enemigo.
No sé si Joan merecía que lo disculpase. Tampoco sé si saldrá libre o si ya está libre. Solo sé que Soplin y yo ya no caminaremos más por esas calles soleadas del cercado de Lima, exhibiendo mi celular y conversando distraídamente. Solo sé que por unos minutos fui el hombre que jamás logro ser y que perseguí al desalmado que me quería robar mi línea de crédito y mis recuerdos de Sofía.
Una vez más Soplin me ayudó a sacar esa valentía que no solo se necesita en una agencia de banco, sino también, en las calles de esta ciudad.
09:15, 23/11/2008
Un día 21 de un mes y un año que no quiero recordar, a media noche, con lágrimas en los ojos, Sofía viajó a Paris. Fue un viaje inevitable, de esos que no tienen retorno conocido. Su familia sólo compró el pasaje de ida, pero no el de vuelta, un acto de generosidad y prepotencia tan grande como el dolor que me causa recordar ese momento.
Sofía y yo nos alejamos el último mes antes de su partida. Sabía que el dolor de verla partir me haría mucho daño, causaría muchos estragos en mi vida ligera y disipada. Me portaba mal con ella, no contestaba sus mensajes, no sucumbía a sus pedidos de vernos y conversar, a pesar de saber que se sentía sola, que me amaba y que deseaba pasar su último mes en Lima conmigo. Yo me comporté como el canalla que soy y no accedí a sus suplicas de felicidad, por egoísmo, por protegerme del dolor que me causaba ver como pasaban los días y que aquel 22 de ese mes nefasto, Sofía, ya estaría conmigo.
Dios o el destino (que para este caso viene a ser lo mismo) cruzaron nuevamente nuestras vidas. Encuentros no programados nos hicieron concertar en lugares tan cálidos como mi casa, el parque donde vivo y uno que otro restaurante al que frecuentábamos. En el fondo de mi corazón había una pequeña esperanza de que todo fuera una broma y que ese infausto 21 nunca llegaría.
El último fin de semana Sofía salió con mi familia (la cual también llora su partida) a una fiesta por el cumpleaños de mi tío Edwin, hermano de papá. Yo no pude ir a la reunión familiar por cuestiones laborales, pero me gustó que Sofía fuera aceptada sin importar mi presencia. Me encantaba saber que Sofía se había ganado el amor de mi familia y que todos querían hablar conmigo para concertar la fecha de la boda, ignorando, que ella viajaría en pocos días.
Sofía y yo ya no éramos novios, pero alcanzamos un nivel superior de complicidad, de amor, de valoración. Un nivel difícil de acceder, difícil de alcanzar con una persona, pero con Sofía era muy sencillo, su maravilloso ser hacía las cosas más fáciles.
Amo a Sofía y me duele saber que ya no está, pienso.
Entonces ella, buscando aliviar mi dolor, me invita a su fiesta de despedida en la universidad y me cuenta que mi madre ha organizado otra pequeña reunión, en mi casa, un día antes de su partida.
El último sábado de Sofía en Lima fuimos a parar en las lagunas de la Molina, un lugar lejos de la ciudad, lejos de todo, en la casa de Inés, una amiga de la universidad que prestó su lindo y lujoso hogar para hacerle una gran despedida a su amiga. Yo sentía que no sería bien recibido en ese lugar, muchos amigos de Sofía me veían como un impresentable, pero ella me pidió que la acompañara, porque sería su última reunión en Lima y porque quería tenerme cerca un día tan especial como ese. Yo accedí, por amor a ella, pero sabiendo que podía pasarla mal.
Cuando llegamos a la casa de Inés todo era alegría y algarabía por la presencia de Sofía. Yo pasé desapercibido y eso me alegró. Manu y Deni, amigos de la facultad, me hacían la estancia más sencilla en casa de Inés. Manu y yo nos enfrascamos en una conversación genial y en un toma y toma de pisco y cervezas que nos alegraron más de la cuenta. Sofía estaba esplendida sorteando saludos y abrazos entre todos sus invitados. Me sentí parte de su felicidad, de esa sonrisa que dibujaban sus labios. Fue una noche feliz.
A la mañana siguiente Sofía y yo fuimos a despedir a mis tíos y primos que habían llegado desde muy lejos para el cumpleaños de mi querido tío Edwin. Todos se despidieron de Sofía con mucho cariño. Fue una mañana triste, después de una noche feliz.
Después de ese fin de semana Sofía desapareció. El día 20 de aquel mes nefasto, muy de noche, Sofía llegó a mi casa llena de regalos para todos. Mi hermana Soledad había llegado de visita y hasta mi padre estaba muy conmovido por los detalles de Sofía.
Faltaban menos de veinticuatro horas para su partida, pero Sofía tenía las fuerzas para llenarnos de felicidad, tenía el espíritu para comportarse como si jamás fuera a irse, como si fuera una hija más, invadía la cocina, paseaba por las habitaciones, conversaba sobre algún programa de televisión, prendía el stereo, hacia bromas, salía a comprar, todo con una paz y alegría que no todos podíamos imitar.
Era su última noche en Lima, Sofía y yo no queríamos que terminase, no queríamos que se fueran las horas, indiferentes a nuestro dolor, como si el mañana fuera el mismo, como si el tiempo no supiera de la pena que nos embarga y cruelmente avanzara hacia el amanecer sin que podamos evitarlo. Las horas pasan, es lo único que saben hacer.
Mis padres y mis hermanas abatidas por el sueño se fueron a sus habitaciones. Sofía y yo nos quedamos prolongando nuestra felicidad, evitando dormir y desperdiciar esos minutos que nos hacían sentir la presencia del uno y del otro. Luchábamos contra el dolor y contra el sueño, nos cogimos las manos, nos abrazamos como nunca lo habíamos hecho, algunas lágrimas se escaparon de las comisuras de nuestros ojos, mirábamos la ventana y la noche impávida nos observaba llorar, cruel y despiadada, mientras nuestras mentes entendían que ya nada se podía hacer.
De repente, la fortaleza de Sofía me rescató. Comenzamos a reír de sus mohines, de sus ocurrencias, me abrazaba y me decía que me amaba, que volvería, que esto sería pasajero. Yo le creí, le supliqué que volviera, le pedí que no se convirtiera en un títere de su hermana y de su madre y que regresara para ser feliz conmigo. Por un momento me creí capaz de hacerla feliz, después de toda la maldad que perpetré contra ella, me sentí con las fuerzas de amarla y de convertirme en ese hombre que jamás logro ser.
Siendo casi las cuatro de la mañana, ella se acuesta en sobre mi cama y yo acomodo a su lado un sofá-cama. Ella se echa cerca de la orilla y yo busco su mirada. Nuestros cuerpos estaban muy cansados y no faltaba mucho para colapsar. Otras lágrimas se arrojaban como kamikaze de nuestros ojos. Le estiré mi mano derecha, ella la cogió con fuerza. No pudimos más, nuestros ojos luchaban por mantenerse abiertos, pero fracasamos en el intento.
Así nos quedamos dormidos, como muchas noches felices a su lado, con un mañana juntos, un mañana que hoy se nos niega.
En el fondo de mi corazón me pregunto si alguna vez volveré a ver a Sofía, si existirá la justicia y, entonces, ella encontrará el gran amor de su vida en un país tan lejano como Francia. Me pregunto si pude haber hecho algo más para evitar su partida. Me pregunto si soy un canalla irrecuperable que cometió la peor atrocidad de su existencia al fijarse en un ser tan maravilloso como Sofía. Me pregunto si en los brazos de Sofía alguna vez fui bueno. Me pregunto si Sofía sintió mi amor, si en verdad se dio cuenta que rescató lo mejor de mí, si es que aquello existe, y que de alguna manera me hizo un ser humano distinto.
Definitivamente no soy el mismo después de amar a Sofía. Su bondad, su ternura, su delicadeza, su humildad, su sencillez, su dulzura, su gracia, su belleza, su generosidad, su alegría, su altruismo, su inteligencia, su carisma, su don de gente, su melancolía, su soledad, su entrega, su diligencia, su amor por la vida, su valentía, su fortaleza, su perdón, su calidez, su sinceridad, su lealtad y su grandiosa capacidad de hacerme feliz, han dejado una huella imborrable en mi alma y corazón.
No sé responder si esta maravillosa historia tiene un punto final en aquel fatídico 21 de aquel mes nefasto, probablemente sí, pero quiero albergar la esperanza, la ilusión esquiva, de que esa gran novela tendrá un final feliz, signifique lo que eso signifique.
Cuando le declaré mi amor a Sofía, aquel 6 de abril de hace algunos años, le dije, lleno de amor, lo siguiente: Puedo ser feliz viéndote y comiendo papas fritas.
Digamos que ahora soy medianamente feliz, porque ya no puedo verte.
Te amo por siempre, Sofía.