Cuando miro tu foto en mi memoria

30/01/2010, 07:28 AM

(Samuel Feinberg plays Scriabin Sonata No. 4, Op. 30)

Cuando miro tú foto en mi memoria pienso que estoy arruinado. Pienso que nada vale, que todo se derrumba, que todo se despinta como una pintura manchada con agua. Mientras veo tu foto en mi memoria, me acuerdo de la clase de persona que soy, de mis ratos alegres y felices, de mis noches ajenas y solitarias, de mis días contigo, si, esos en los que manchaba las sábanas con corazones blancos de amor, todos dedicados a tu nombre. Cuando miro tu foto en mi memoria sospecho que ya no soy el mismo, que aquella mañana de noviembre perdí la vida y algo más, imagino que los días de noviembre son eternos y melancólicos, que sus horas pasan con una paciencia irritante que me destruye el alma. Mientras veo tu foto en mi memoria, me alegra saber que aún no te he perdido, que aún sigues viva en mi mente, en ese espacio negro al fondo de mi conciencia, donde habitas las veinticuatro horas, los siete días, los doce meses y mi corta existencia. Cuando miro tu foto en mi memoria, me alegro de no tenerte cerca, de esperar que ese dolor de tu ausencia acabe conmigo, que le ponga fin a una corta existencia inútil, que ese sufrimiento me haga merecedor de tus recuerdos, olvidos y sueños.

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El Llanto de un Cocodrilo

7/01/2010, 06:32 AM

El Llanto de un Cocodrilo es la historia de amor de un joven limeño, Sergio Morelli, quien lleva una vida desorientada y sin sentido, llena de conflictos internos, sociales, familiares y académicos. Hasta que conoce a Sofía, la mujer de su vida, con la que lucha para ordenar su existencia, huyendo del viaje a Paris que ella está obligada a hacer por culpa de su hermana arpía, quien vive allá hace muchos años. El Llanto de un Cocodrilo son miles de anécdotas de una pareja como muchas, que descubren el amor en cada día que amanecen juntos, hasta el inevitable final de las historias de amor: el dolor y la amargura.

 

Link de Descarga de la novela:

http://www.scribd.com/doc/24696537/El-Llanto-de-Un-Cocodrilo

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Feliz 2010

1/01/2010, 10:04 PM

El año pasado fue un fin de año bastante malo. Mis constantes debacles emocionales no me permitían disfrutar tan importante suceso. Recuerdo que pase el año encerrado en el Kia 97 y mensajeando a mi amiga Martha que estaba a las afueras de Lima, en un campamento con amigos de la universidad. Supuestamente estaba en una reunión familiar en el club de Yurimaguas, cuando en verdad debía haber estado con la chica que era mi novia, amiga cariñosa o compañera complaciente de aquel momento, pero mi ánimo taciturno me obligó a vivir la media noche encerrada en el coche esperando que me diera una muerte rosa.

Este año fue diferente. Si bien es cierto que en un principio había quedado con los chicos de promoción para pasar juntos las últimas horas del 2009, en realidad la pasé lejos de San Juan, al otro lado de la ciudad, en San Martin de Porres, mi ex barrio de niño triste que corría por la avenida Perú, hace más de quince años. La reunión era en casa de mis primos Lili y Vladimir, a quienes aprecio mucho porque tienen una forma cariñosa de tratarme, sobretodo Lili, quien es muy dulce y demuestra sus afectos con abrazos y palabras cariñosas. Ellos tienen un hijo, Vladimir Junior, quien curiosamente terminó encariñado conmigo, y digo esto con la convicción de que los niños no son mi fuerte, porque no los soporto y ellos no me soportan más de quince minutos. Vladimir Junior estuvo en mis brazos y jugando conmigo antes de dormir, cosa rara, porque generalmente terminan llorando y pidiendo a gritos a sus padres. Lo bueno fue que esa relación repentina de cariño con un niño de dos o tres años no motivó en mis padres la ternura de abuelos en potencia, ni lanzaron indirectas cuando me vieron con el bebe en brazos, sobretodo mi madre, la más emocionada con el tema. Ver a la familia fue lo mejor de la noche, pero tengo que hacer una mención aparte a la música, a esa melodía cajamarquina que tanto me hace bailar. Los carnavales y la marinera cajamarquina son cosas que me hacen feliz, porque aunque no sé bailarlos, me muevo con una autoridad que creo tener porque mi padre nació allá y llevo en mi sangre ese amor por Cajamarca que mi única visita a esa ciudad me permitió reafirmar. Bailé con mis tías, con mis primas, con mi madre y tomé con los que tomaban, menos con papá, porque era el amigo elegido y yo era el elegido amigo para tomar. Lo mejor de la noche fue la llegada del año nuevo, el 2010, la sesión de fotos, los abrazos, las palabras de amor y aliento que nos regalamos sin restricción. Este 2010 comienza con la consigna, nuevamente, de publicar, por lo menos por internet, las novelas que tengo en el tintero, terminar la universidad, buscar trabajo porque odio no tener dinero, aprender más idiomas, leer más novelas, escribir más, volverme a enamorar, aunque esto último puede esperar, porque quita tiempo para todo lo demás. Igual les deseo todo lo mejor a las personas que amo y respeto. A mi padre, que logre descansar del trabajo diario, que viaje mucho y se divierta como nunca. A mi madre, que borre las heridas del pasado completamente, que sea feliz, que comience su negocio, que siga aprendiendo cosas, que nos siga amando como siempre y que perdone mis faltas. A mis hermanas, que luchen por sus sueños, que se enamoren, que aprendan del amor, que lean mucho, que vean mucha televisión, que adelgacen, que me sigan amando como yo a ellas y que rían y lloren también. A Lili y Vladimir, que se sigan amando, que cuiden y hagan feliz a Vladimir Junior, que la casa y la familia crezca, que viajen y disfruten la vida y que todos sus proyectos se cumplan. A Jorge y Verónica, que su bebe sea la niña más bella e inteligente de la escuela, que no falte trabajo, que no falte amor, que no falte alegrías y sobretodo muchos abrazos. A mis amigos, a Sergio, que publique su libro, lo espero con emoción, aunque ya no se lo diré porque estamos peleados o por lo menos distanciados. A Luis, que termine la universidad. A Eder, que siga el amor y que regrese a la universidad. A Meche, que encuentre el amor. A Martha, que sea la mejor madrina del mundo, porque yo seré el padrino y mi actuación será calamitosa. A Marco, que recapacite y me quite el padrinazgo. A Benjamín, que supere el hecho que será mi ahijado, que sea un niño feliz y que su madrina Martha le de muchos regalos. A Carolina, que tenga más novios de la promoción y que construya el decimo piso de su edificio. A Kathy, que se case con su novio. A Marianela, que abra su corazón. A Cynthia, que nos lleve a pasear mucho este año. A Raúl, que se case con Liliana. A Liliana, que se case con Raúl. A Elard, que logre sus metas, que siga con Soplin, que se amen mucho y que se compre el Mustand del 67 que tanto quiere. A Soplin, que me siga queriendo como hasta ahora, que ame a Elard por siempre, que se titule, que le guste mi regalo del amigo secreto y que el bólido siga corriendo. A mi gemelo diabólico, que termine la universidad, que siga teniendo muchas chicas a la vez, que no embarace a nadie y que no se enferme de nada. A José Valiente, que siga haciendo empresa, que siga enseñando a otras personas que como yo aprendieron de él, que sea el héroe de su familia, que se case con Ruth, que se compre otro carro y que ese carro sea para hombre. A Evelyn, que Tiziano sea un hombre como su padre, que lo primero que dije no se cumpla y que sea algo mejor, que la bebe que viene en camino sea tan bella e inteligente como su madre, que se titule y que sea la mujer más feliz del mundo. A mi madre Jessica, que se case con mi padre, que siga siendo tan buen ser humano, que ascienda, que me siga queriendo y que nos sigamos reuniendo con las chicas como hasta ahora. Al maestro Tunque, que termine la universidad y que sea supervisor. A Charolin, que sea gerente regional, que haga el niño más feliz del mundo a Jesús, que no maltrate a Paulino más de lo que me quiso a mí y que me siga recibiendo con cariño cuando vaya a visitarla. A Carmen, que me permita ser su amigo siempre aun cuando consiga un novio celoso, que me regale mil noches de cine en su cuarto, que pase estadística, que le gane a Rafita en el ranking de ventas, que su hermano me siga ayudando con la laptop y que Carlitos Bex la moleste más. A Canales, que siga siendo campeón la U y que se case con la charapita. A Paulino, que siga siendo el prospero de la cuadra y que su fortuna crezca más. A Pecho, que deje el banco y regrese a la universidad. A Francis, que deje a su gordo y se case conmigo. A Héctor, que venga más a la casa y que perdone mis desplantes. A Rafael, que siga diciéndome ¡Qué mujer! Y se siga acomodando el cabello con ese glamur que solo él tiene.

En fin, un feliz año para todos, para los que no están en esta lista, mis mejores deseos, de paz y prosperidad, que todo crezca, que todo sea en abundancia, sobretodo, el dinero y el amor. Me voy a dormir.     

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28 de diciembre

28/12/2009, 11:53 AM


Hace algunos veintiocho de diciembre estaba en casa de Lay, un amigo de toda la vida. Jugábamos ajedrez con su prima Yvon, escuchábamos música y esperábamos la hora de irnos. Eran más de las seis, pero no teníamos la intención de terminar la reunión. La casa de Lay era como nuestra casa. Ya habíamos terminado el colegio. Algunos habíamos ingresado a la universidad y gracias a ello disfrutábamos de los regalos de navidad, como el celular que tengo. Yvon jugaba ajedrez con Lay y yo miraba las piernas de la prima coqueta y alegre. Estábamos en la habitación de la casa, echados sobre la cama y con el tablero al lado. Los demás chicos se habían ido después del partido de vóley que jugamos en la pista al frente de la casa. La red estaba tirada en el patio, junto a los palos con la que se sostenía. La pelota nos acompañaba en la caída de la noche, en los últimos instantes de la tarde de juego. Suena mi celular. Era Vanessa, la hermana mayor de Elena, la chica de mis sueños y de mis pesadillas. Elena se ha caído, está mal en el hospital, decía el mensaje. Abrí los ojos con espanto y terror. Pensé que Elena estaba grave en el nosocomio del Rímac, donde su mami trabajaba. Ya regreso, le dije a Lay. ¿A dónde vas?, preguntó. No respondí. Bajé las escaleras, corrí por la sala, pase al lado de la red que seguía tendida al lado de los palos y salí sin cerrar la puerta de la casa. Corrí como un desalmado que huye del crimen hasta llegar a la tienda. No tenia saldo en mi juguetito, mi celular. Cogí el teléfono público y marque de memoria el número de la casa de Elena. Vanessa me respondió. Aló, soy Ricardo, cómo está Elena, dije. Vanessa dudó. Está bien, en el hospital porque se cayó bajando del tercer piso, recogiendo la ropa, respondió. ¿Está en el Rímac?, pregunté. Si. Ok, voy para allá. No, no vayas ahora, porque no te dejaran entrar, es muy tarde. Entonces voy mañana a primera hora, dije. Si, está bien, anda mañana, asentó Vanessa. Gracias por avisarme, igual si hablas con tu hermana dile que esté tranquila que mañana todo estará bien, agregué. Ok, nos vemos mañana Ricardito. Chau Vane. Colgué el teléfono y regresé pensativo y triste a casa de Lay. Imaginaba que Elena pasaría la noche sola en ese lugar solitario y lúgubre. Sentí las ganas de ir en su búsqueda, de burlar la vigilancia del hospital y pasar la noche al borde de su cama, velando su sueño. O, tal vez pasar la noche conversando, burlándonos de los azares desafortunados de la vida, de las caídas imprevistas por recoger la ropa y las llamadas oportunas al adminiculo que papá me obsequió por haber ingresado a la universidad. Solo quería verla y decirle que estoy con ella. Entré a casa de Lay. Cerré la puerta y regresé al cuarto donde seguían jugando ajedrez. ¿A dónde fuiste doctor?, preguntó Lay. Elena sufrió un accidente, mañana iré a verla al hospital. Suena mi celular de nuevo. ¿Qué le pasó?, preguntó Lay. Leo el nuevo mensaje de Vanessa. Lay se queda mirándome, esperando una respuesta. Sonrío. ¿Qué pasó?, insiste. Nada hermano, nada, feliz día de los inocentes.

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La intención de lo Real Maravilloso: La búsqueda del Pasado en Pedro Páramo de Juan Rulfo

17/12/2009, 06:47 AM


Alguien dijo ‘La vida es una actividad que se ejecuta hacia adelante, y el presente o el pasado se descubren después...’. En un comienzo me sorprendió la audacia del refrán, el juego de palabras y el mensaje al decir: ‘descubrir el pasado después’. En estas palabras quiere rescatar el sentido de lo sucedido, la enseñanza, o, como decían en el final de las fabulas: ‘la moraleja’. Es evidente que el pasado enseña, que la historia es el fundamento de cualquier ciencia social, que el contexto histórico es básico para el entendimiento de una novela o de un autor. No podemos olvidar que la historia está en todos lados, que es indispensable para los creadores o para los que simplemente copian. Sin la historia, sin los ‘tormentos de la memoria’ como decía García Márquez, no podemos construir un futuro. Volver al pasado, la historia, mirar hacia atrás, te forma una identidad como hombre dentro de una sociedad. No es lo mismo ser alemán que ser judío, norteamericano o musulmán y tampoco español o peruano, aunque en este último caso una parte de la historia nos puede jugar una mala pasada. En definitiva, somos lo que somos por nuestra historia.

Juan Rulfo, en su novela Pedro Páramo (1955) nos narra esa vuelta al pasado en el momento que Juan Preciado decide ir en busca de su padre, Pedro Páramo. El padre representa el pasado del pueblo de Comala, un lugar netamente campesino, agrícola, donde al parecer no vive nadie, porque todos están muertos, como si una maldición hubiera caído sobre aquel lugar. En otras novelas latinoamericanas, donde utilizan el ‘nuevo comienzo’ de un pueblo, como en el caso de Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez, donde la familia Buendía funda Macondo, un paraíso donde lo maravilloso se confunde con lo cotidiano; este nuevo comienzo trae consigo un pasado que no pueden descifrar, una historia que obvian, que mantienen apartada en un espacio de la casa. Lo que diferencia a Pedro Páramo es que esta novela nos muestra el final de Comala, el apocalipsis de un pueblo en donde abundan los mitos y creencias, un pueblo netamente americano, donde temas como la muerte son tomados con ironía y normalidad. Cien Años de Soledad, desencadena la historia de Latinoamérica, mencionándola como un lugar paradisiaco, bello, justo, natural, donde la corrupción y la violencia no contamina a sus habitantes, entendiendo por violencia esas que permiten el poder, esas que envilecen al hombre convirtiéndolo en un asesino sin razón, sin el mínimo concepto del honor. Comala es un sitio árido, destruido, abandonado, víctima de las consecuencias de esa corrupción y esa violencia que, en su búsqueda del poder, terminan por destruir lo trascendente. Pedro Páramo representa al gamonal, al principal opresor de los habitantes del pueblo de Comala, quienes eran víctimas de violencia, robo de tierras y corrupción indiscriminada. Todo un pueblo sometido a la voluntad torcida de un hombre. Macondo, con el transcurrir de la novela, va conociendo y siendo parte de ese mundo capitalino, de esos gérmenes latinoamericanos llamados guerra y modernismo que buscan acabar con la ideología del otro y hacerse dueño del ‘cambio total’. Un ejemplo claro son las guerras civiles entre liberales y conservadores, que terminaron con la paz y el orden en Macondo. Podemos concluir de ello, que García Márquez buscaba hacer una síntesis de las guerras civiles en América, logrando definir exactamente los verdaderos motivos de ellas: ‘la búsqueda del poder’.

Por otro lado, viendo las técnicas literarias en algunas obras Latinoamericanas, notamos que existe el argumento de la novela dentro de la novela. Como podemos ver en Cien Años de Soledad, donde los manuscritos de Melquiades vienen a ser el archivo, el pasado que los macondinos no pueden descifrar hasta que ya es demasiado tarde. A diferencia de la novela de García Márquez, Pedro Páramo va de atrás hacia adelante, mostrando las consecuencias del gamonalismo en Comala y los resultados de la violencia dentro de la historia latinoamericana. Todo comienza desde el viaje de Juan Preciado luego de la muerte de su madre, la búsqueda del padre que no conocía, el encuentro con su medio hermano en las puertas de Comala, los diálogos con Eduviges y los recuerdos de Pedro Páramo. Cien Años de Soledad y Pedro Páramo son dos maneras ejemplares de contar la realidad, la realidad de América Latina.

Quisiera detenerme en el autor de Pedro Páramo, Juan Rulfo, quien nació México (1918). Su nacimiento coincidió con el fin de la revolución Mexicana (1910-1917) y su niñez padeció la guerra cristera (1926-1928), una secuela de la revolución. Su personalidad sencilla, tímida y retraída hizo que su obra no fuera extensa en número pero genial en contenido. Sus primeras obras fueron destruidas por el mismo porque las consideraba retoricas. Por eso podemos conocer La vida es muy seria en sus cosas, Nos han dado la tierra, Macario (1945), El llano en llamas (1953), Pedro Páramo (1955). Luego, ese mismo año, publicaría un par de cuentos más El día del derrumbe y La herencia de Matilde Arcángel para luego alejarse del trabajo literario e internarse en su trabajo con los indígenas mexicanos. Esta preocupación por México, por su gente y su tierra, fue lo que lo llevó a tomar el rumbo de su narrativa. Esa búsqueda por describir ese mundo agrícola, indígena, lo llevó a analizar temas como el problema de las tierras, la guerra, el amor, la muerte, la búsqueda del padre ausente, la identidad, el mito, las tradiciones, y todo en un volumen de 150 páginas donde intenta que la ficción describa, sin querer, porque Rulfo no hace un intento desmedido por dejar en claro que está hablando de Latinoamérica, no intenta dar datos exactos, a excepción del lugar geográfico que sí existe. Todo el desarrollo de la novela de dedica a jugar con el dialogo de los personajes que se apoderan de esos detalles que terminan haciendo de la novela un texto claro y directo. La forma de usar sus conversaciones dentro de la novela, ese lenguaje campesino, rural, muestra su interés por el tema indígena y muestra una pesadumbre sobre el final de esta clase desvalorizada, no solo en México, sino en buena parte de América. El tema del amor es tocado de manera no gravitante. Solo podemos rescatar el amor de madre e hijo, el amor de pareja entre Pedro Páramo y Susana San Juan y el amor incestuoso entre dos hermanos. En este último caso, podemos relacionarlo, nuevamente, con Cien Años de Soledad, donde el tema del incesto es tocado de manera abierta y sin complejos. Posiblemente los autores hayan tomado como referencia el complejo de Edipo, pero también podemos rescatarlo de alguna creencia o mito indígena. En el tema político, la imagen del terrateniente, representado por Pedro Páramo, deja claro el abuso por las tierras, el maltrato al campesino, sin ningún tipo de justicia, simplemente guiados por el capricho del feudal y sus intereses. La muerte es otro tema fundamental en la novela. Rulfo menciona que utiliza la muerte para hacer una narración más ligera y no desperdiciar palabras dando apariciones a los personajes. De alguna manera la muerte le da licencias para jugar con los personajes, sin demorar en presentaciones ni detalles superfluos. La muerte es tomada como un tema cotidiano. El hecho que los muertos puedan hablar con los vivos, nos da ese contexto mítico y desolador que claramente tiene la novela. Nos perdemos en las declaraciones de ese mundo fantasmal que narra la historia del pasado de un pueblo, de una manera ágil, irónica y desafiando el tiempo y el espacio, hasta, la vida misma. La violencia, el desamparo, la venganza, el abandono de las tierras producto de las guerras, son temas abordados por Rulfo, gracias a las vivencias de sus primeros años.

Los escritores que pertenecen a la corriente literaria de lo real maravilloso tienen en común una fuerte base histórica. A esta base histórica, Gonzales Echevarría llama ‘archivo’, y está presente en gran parte de la novela hispanoamericana del siglo XX. La búsqueda del archivo, el descifrar su contenido, el tener entre manos el manuscrito de la historia real de Latinoamérica, esa misma historia que permite la creación de toda la ficción de una novela, como en el caso de Cien Años de Soledad, donde las hojas de Melquiades terminan siendo la novela misma. ¿Por qué los manuscritos de Melquiades no pueden ser leídos en las primeras líneas de la novela? Porque, seguramente, el mensaje del autor es que nosotros, y el mundo en general, aún no valora los orígenes de la cultura americana. Seguimos siendo vistos como cosas raras, indígenas irracionales y no obtenemos un respeto como cultura. Ese respeto lo conseguimos conociéndonos y sabiendo quienes somos verdaderamente. La única forma de conocer aquello es leyendo nuestra historia y concientizando nuestro presente para saber a dónde vamos. La novela latinoamericana busca eso. En Pedro Páramo nos muestras que el fin de la guerra no es otro que la destrucción y el aniquilamiento de una cultura, la cual es sometida a lo moderno, a los intereses personales, al capitalismo y a los intereses de extranjeros. En Cien años de soledad, vemos el camino desde la fundación del paraíso hasta el fin del mismo. Una propuesta ambiciosa, que lo que busca es ser ese archivo para las nuevas generaciones, responsables del futuro de América.        

Las guerras civiles en América fueron frecuentes en el último siglo. Podemos decir que todo comenzó en 1910 con la revolución mexicana, en un afán de destronar al presidente Porfirio Díaz. Ante el abuso del presidente mexicano, incurriendo en reformas agrarias que afectaban los intereses de los feudales, estos últimos buscaron acabar con la dictadura imperante y tuvieron el apoyo de la masa campesina dictando un falso discurso. La revolución fue un éxito y Porfirio Díaz fue derrocado. Francisco Madero asumió el poder para luego ser asesinado por los mismos lideres idealistas que lo acompañaron en la revolución. La revolución duró siete años, donde el poder paso de mano en mano entre los mismos revolucionarios. Luego la iglesia también tomó parte importante en la situación política de México, cuando en 1926 intentan poner fin a las cotas impuestas por el gobierno revolucionario, los miembros de la iglesia entraron a la guerra, generando más violencia en nombre de Dios. En Cien años de soledad, Gabriel García Márquez intenta hacer un extracto de todas las revoluciones sucedidas en América. Cuando la guerra civil estalla en Macondo, el coronel Aureliano Buendía asume el liderazgo de los liberales y se internan en sendas batallas contra los conservadores. En un principio parecía que las ideologías eran divergentes. Por un lado los conservadores, quienes ostentaban el poder, daban una importancia gravitante a la iglesia, hacían diferencia entre los hijos naturales (hijos fuera  del matrimonio) y los legítimos (hijos dentro del matrimonio), y creían en un gobierno totalitarista, centralizado. En el caso de los liberales, quienes buscaban arrebatarles el poder, su visión de gobierno era descentralizada y federal, creían en la igualdad de derechos para cualquier hijo, ya sea nacido dentro o fuera del matrimonio, y en el manejo ético del poder, ya que, el coronel Aureliano Buendía, decide hacerse liberal luego de un episodio donde su suegro, que era conservador, hace trampa con el ánfora que tenían los votos para las elecciones presidenciales. Luego de una devastadora guerra civil interna y con el deseo de reinstaurar la paz en Macondo y en todo el país, deciden, liberales y conservadores, firmar el tratado de Neerlandia, donde los acuerdos hacen pensar que no hay mucha diferencia entre ambas posturas. Estaban peleando por el poder, nada más. Esta última conclusión irónica a la que llega García Márquez, es la misma que entiende Rulfo en Pedro Paramo, donde deja tácitamente escrito que no importa quien lleve el poder si al final se termina como Comala, muerta, desolada y nostálgica.

Después de la guerra, el otro mal que aqueja América es el ingreso irresponsable y desmedido del capital extranjero. En la novela de García Márquez aparece esta empresa trasnacional bananera, que viene a invertir en Macondo, pero que en el fondo vende un ‘falso progreso’, porque el ingreso del capitalismo irresponsable no viene cargado de un tema social, sino individual, donde los dueños del capital buscan beneficiarse a costa del trabajo de los que no tienen el capital. Este falso progreso también es un mal tan dañino como las mismas guerras, porque genera desigualdad, una mala distribución de la riqueza y el abuso contra el más necesitado, el pueblo. El capitalismo, en la obra de Rulfo, es representado por esta otra forma de explotación que es el feudalismo, que si bien antecede al capitalismo, mantienen las mismas bases fundamentales: ‘los mayores beneficios para los dueños de la tierra, en el feudalismo, o para los dueños del capital, en el capitalismo’.

Este nuevo sistema capitalista no hace más que fortalecer las diferencias marcadas entre la clase dominante y la trabajadora. Este tema suma para el archivo en la obra de García Márquez y en la de otros autores del género. Muestra de aquello, es la alusión a la matanza de obreros en la empresa bananera. También la relación entre una hija burguesa como Meme y Mauricio Babilonia, un trabajador obrero. El hijo de esta relación comete el verdadero incesto cuando tiene relaciones con su tía, Amaranta Úrsula, hermana de Meme. Este mensaje claro, contundente, sobre las diferencias sociales en Macondo nos da una muestra clara del tipo de sociedad en la que se convirtió el pequeño pueblo. Un lugar capturado primero por la miseria política y luego por la invasión del capitalismo.   

El feudalismo fue lo que terminó con Comala. Ante los abusos interminables de Pedro Páramo, los habitantes de aquel pueblo fueron escapando. Dice en la novela que por un tiempo Comala se convirtió en un sitio de ‘adioses’, donde todos se despedían prometiendo volver, sin embargo, esto último jamás sucedía. Se fueron quedando en Comala solamente los que tenían mayor relación con Pedro Páramo hasta el día de su muerte, y, aun después de muertos, jamás pudieron escapar de ahí. Sus almas merodearon el pueblo sin descanso, por siempre.

Volvamos al tema del archivo, esta forma de introducir en la novela una novela que contiene a la misma. Podemos intuir que los manuscritos de Melquiades era la novela de García Márquez. Este mismo ejemplo podemos ver en la novela de Alejo Carpentier Los pasos perdidos donde el personaje principal, cuando entra a este mundo escondido de la realidad, Santa Mónica, en medio de la selva, lo que hace es escribir una historia, reproducida de sus vivencias en aquel lugar. Por causa de la falta de papel, el personaje decide abandonar el lugar para ir en busca de material para seguir escribiendo. En su regreso a la realidad, busca el papel y publica lo avanzado en su trabajo. Esa publicación, al igual que los manuscritos de Melquiades, es la misma novela. Cuando el personaje regresa en busca del lugar perdido, se da con la sorpresa de que ya no puede encontrar la entrada a dicho paraje.

La importancia del archivo en la literatura latinoamericana es fundamental, porque nos muestra nuestro pasado y la historia de dónde venimos.  En un continente donde la multiculturalidad es su principal característica, después del periodo de la conquista, la inmigración china y africana, podemos decir que somos una mezcla de todos los continentes, habitando en un relieve mágico, único e irrepetible en ningún otro lugar. En El reino de este mundo de Carpentier, encontramos la historia haitiana donde vemos que sus principales autoridades, luego de ganar la independencia, implantan un gobierno semejante al que Francia tenia sobre ellos, tirana y opresora. Muestra como somos capaces de copiar lo ajeno, sin darnos el trabajo de buscar lo que fuimos antes y juntarlo con lo que somos ahora. Esa búsqueda de la identidad, de conocer de qué estamos hechos, qué es lo que nos hace diferentes a nuestros colonizadores de siglos pasados y de los actuales, esos que mantienen una colonia basada en el poder económico.

Mantener una unión entre americanos, yendo a un mismo frente, tirando del mismo lado, sin atropellarnos en guerras revolucionarias como la de Cuba (1959), golpes de estado como el que ocurrió en Chile (1973) o levantamientos campesinos como en El Salvador (1932). La idea es aplicar un sistema coherente con las necesidades y características de América. Hoy en día son aplicables las posturas que alguna vez Gabriel García Márquez refirió en la premiación del Nobel, cuando fue el ganador (1982). Han pasado casi tres décadas y seguimos siendo esa América pintoresca, donde sus habitantes propinan golpes de estado y destierran presidentes. Donde los más pobres siguen siendo pobres, donde la educación sigue siendo selectiva, donde el racismo mantiene sus rezagos, donde la cultura indígena aún sigue siendo maltratada y la historia se sigue ignorando.

Es alarmante que el Boom siga manteniendo una vigencia hasta nuestros días, pero una vigencia exótica y no transformadora. La genialidad de sus representantes, García Márquez, Rulfo, Carpentier, Vargas Llosa, Fuentes, marcaron una diferencia notable en el mundo literario porque fueron a las raíces de su propia cultura, sin venderse. García Márquez crea Macondo, usa la ficción para narrar una historia que parte de Aracataca, su ciudad natal, ese pueblo caribeño, pegado al mar, denominado provinciano, donde su abuela vivía contándole historias maravillosas que solo podían gestarse en pueblos como los latinoamericanos. Rulfo en México, un país con una gran cultura ancestral, con fuertes cambios políticos, plagada de miles de mitos y creencias, propias de la región. El Caribe, todos los países de Centro América, como Cuba, con una cultura diferente a la que vemos en América del Sur, sobre todo en países como Perú, Bolivia, Chile y Argentina, pero sin embargo, todos partes de un solo continente.

Somos herederos de un pasado muy rico, geográfico, histórico, literario y culturalmente hablando. Lo real maravilloso puede convertirse para nosotros en ese archivo que debemos tener presente para el nuevo comienzo, para la nueva nación unificada que debemos empezar.    

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Te lo prometo mi vida

14/12/2009, 10:42 AM

Te lo prometo mi vida, pronto vamos a estar juntos. Piensa que vamos a morir viejitos y hasta que eso pase correrán muchos años y estaremos juntos todo ese tiempo. Vamos a llegar a estar arrugaditos. Caminaremos por el jardín de nuestra casa. Yo te llevaré del brazo. Comeremos papitas fritas y no dejaré de mirarte. Te recitaré poemas que a las justas podré leer por mi miopía y dormiremos después de almuerzo. Tú te acostarás primero y yo colocaré bajo tu cabeza una almohada de plumas de ganso. Te abrigaré con unas colchas rosadas. Bordearé nuestra cama y me recostaré a tu lado. Me pegaré a ti lo más que pueda. Te abrazaré y rascaré tu cabeza como tú rascabas mi espalda. Me quedaré dormido primero que tú. Tú no dejarás de mirarme por el miedo a que deje de respirar. Despertaré y tú cerraras tus ojos, engañándome, diciéndome que has dormido conmigo para no dejarme con la culpa. Nos sentaremos en la sala. Yo cogeré un libro y tú llamarás a nuestros hijos. Me interrumpirás a cada instante, querrás que hable con nuestros nietos y yo renegaré porque no me dejas leer mi novela favorita. Nos moveremos más lento que ahora. Mis pasos serán cansados, pero seguiré siendo tu cayado. Tú seguirás enamorándome con tu dulzura y tu manerita de hablar, coqueta, irreverente. Te reclamaré algunas cosas domésticas y tu sonrisa hará que olvide mis alegatos. Nuestros viajes serán por todas las estancias de la casa. Tomaremos un descanso en el lugar donde las fuerzas nos abandonen. Rezaremos cogidos de la mano por nuestros hijos y nietos. Mención aparte daré gracias por haberte puesto en mi camino y sobretodo porque ese camino todavía no se acabe. No me dejarás conducir el coche porque mis reflejos habrán disminuido. Así que caminaremos o tomaremos infinitos taxis. Nos burlaremos de esos jóvenes que se queman bajo el sol, besándose desesperadamente en algún parque. Nos haremos muchas caricaturas. Tú te burlaras de mis arrugas y yo quedaré embobado con tu belleza. Nos tomaremos muchas fotos en los parques de la universidad, el lugar donde comenzó todo. Iremos al teatro y pagaremos la primera fila. Pasearemos por todas las ferias habidas y por haber. Compraremos todos los libros de Coelho que a ti tanto te gustan. Leeremos una vez más El Huracán lleva tu nombre, Travesuras de la niña mala y El túnel que a fin de cuentas no te gustó mucho. Estudiaremos termodinámica en el salón de cristal, en la pecera de lectura, donde perdíamos el tiempo cuando éramos chicos. Viviremos en el cuarto piso de algún edificio, y no usaremos el ascensor, correremos con lentitud por las escaleras, agarrados de la mano y luchando contra la artritis. Veremos el noticiero y tú me concederás el control remoto, porque sabes que soy un maniático del zapping, pero tú lidiarás con tu encanto, con tu forma amable y delicada de doblegarme, y serás quien ordene qué ver. No iremos a las reuniones familiares, nos perderemos siempre en los parques, riéndonos de la cara de tus padres y los míos, de tus hermanas y las mías, y llegaremos agitados, algo despeinados y desalineados, pero siempre con la misma sonrisa cómplice del primer día juntos. Tomarás aviones en el Jorge Chávez, pero esta vez no te olvidarás de mí. Estarás en todas mis novelas, en la dedicatoria y en los agradecimientos finales. Compartiremos la ropa interior y dormiremos en el suelo durante las noches de verano, porque odio el calor, no el tuyo, sino el de la sábana. Nos tomaremos miles de fotos, como las que alguna vez nos tomamos embriagados de amor, y también adornaremos el departamento con tus muecas y esas poses de modelo principiante que tanto me gustan. Cocinaremos juntos, porque sospecho que mi sazón es mejor que el tuyo, lavarás los platos y yo recogeré la mesa. Caminaremos todas las tardes hasta que nuestras rodillas colapsen. No tenderemos nuestra cama porque estaremos ahí todo el día. Te llevaré a todos lados y tú me llevaras a mis chequeos anuales, porque mi cuerpo es débil, porque yo soy débil, tú eres mi fuerza, y no me iré de tu lado hasta que ese culpable que te puso en mi vida ahora se le ocurra arráncame de tu lado, porque soy un cobarde y prefiero tener la descortesía de irme primero, porque no podría seguir sin ti, sin que mi último día en este mundo lo pase mirándote a los ojos, o cerrándolos, como la vez que me pediste que los cerrara, aquella noche parados en una esquina de Javier, cogidos de la mano, dándonos nuestro primer beso.    

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Notas de Diario

13/12/2009, 07:59 PM


La mañana cae como gota de lluvia. Los rayos del sol entran por la ventana grande de la casa de la abuela. El viaje fue el de siempre, solo que sin ti. El brazo izquierdo aún me duele. El bullicio aumentó desde la última vez, ahora hay más niños, Cesar, Cielo, Franco y Sebastián. Las calles siguen en ruinas. Los dueños del lugar corren descalzos buscando agua y una sombra donde descansar. El rio sigue seco de agua y mojado de basura, a pesar que un aviso anuncia: NO VOTAR VAZURA SO PENA DE CARSEL, se entiende. Pasaje la Tinguiña ya tiene pista. Al medio de la avenida principal, unas maquinas enormes levantan un puente para evitar zambullirnos en la mierda y las fachadas de las casas ya no tienen pintado esa estrellita roja con cuatro letras blancas, distintivo de algún partido político.

La mañana cae como gota de lluvia. Ica despierta con el reloj mental de mi abuela y el llamado del pan a las cinco de la mañana. Me levanto con ella para ir en busca de las cien piezas de pan. Ella camina delante de mí cogiendo una rama de árbol y yo cargando el saco. Duermo cruzado de brazos en el estante de la tienda mientras la abuela vende y mata las moscas kamikazes que se estrellan contra la vitrina de golosinas. A media mañana limpio los anaqueles y las botellas de gaseosas sin esperar que la abuela me regale una coca cola. Mamá no me enseñó a pedir, ni siquiera a la familia.

Cielo y Sebastián son hijos de Lisandro, mi primo. Cesar y Franco son hijos de Isela, mi prima. Sergio es hijo de Brenda, mi prima. Luis es hijo de Lissett, mi prima. Luis Enrique es hijo de Lucho, mi primo y Crystel es hija de Walter, mi primo. Todos cambiaron la pelota y las noches de baile por los pañales y biberones. Cada casa que visitaba era bebito que cargaba. Me enternecía con la dulzura de la nueva generación, con sus gestos y mohines sacados del encanto y fui feliz fotografiando cada momento de inventiva infantil. Soñé en pesadillas que era padre y que tú eras la madre. Abrigué en cada foto la ilusión de cargar a mi propio hijo, el mismo que terminaría insultándome porque vería en mi la desgracia de su futuro.   

La mañana cae como gota de lluvia. En las tardes, después de ayudar a la abuela, mis primos y yo íbamos a jugar pelota. No había pistas en Pasaje la Tinguiña y bastaba con poner dos pares de piedras a una cierta distancia para comenzar el partido. Walter y yo hacíamos un equipo y Alan y Lisandro otro. Mi primo Lucho nos miraba jugar desde el patio de la casa de la abuela. Se burlaba de la gordura prematura de Lisandro y Alan que no podían contra mi juego ligero y flaco. Caída la noche y nos juntábamos todos los primos en la puerta de la tienda de la abuela. Conversábamos un rato antes de ir a dormir y casi siempre terminaba comiendo lo que vendía mí querida tía Gladys en la esquina de la casa.

No soporto a los niños, quizá porque no son tuyos ni míos. Los aguanto un ratito, chiquito, ínfimo, por lo menos hasta que alguno salte encima mío o alguien comience a decirme gigante. Me causa gracia porque se sorprenden de todo. En Ica muchas cosas son increíbles, como el reloj flotante que siempre llevo conmigo o el diario que se escribe solo mientras me mira cómo juego con los niños. Nadie había visto un libro-laberinto, ese que cuando lo abres en una página terminas en otra; y mucho menos habían visto la manito que rasca, un adminiculo que uso para rascarme la espalda desde que tu ya no estás para hacerlo.

La mañana cae como gota de lluvia. Mi tío Edwin toma muchas fotos en medio del sol, muchas fotos que algún día terminaran en el álbum familiar. La niña de la otra esquina, la de cabellera negra y larga, la que usaba lentes de lectura (igual que yo, aunque yo nunca los usaba) la niña más linda del vecindario, la misma que terminaría siendo novia y amante de Lisandro, según me contó, una pena, porque terminó la niña siendo tan gorda como él, perdió su encanto y ganó kilos con los años. La prima Masiel, la más genial de las primas, con la que jugábamos a los doctores en su casa de San Isidro, junto al batallón de hermanos, entre ellos Walter, que ahora es papá, aún cuando todavía no supera el metro y medio de estatura. Mañana Masiel se gradúa de comunicadora y yo, feliz.

Ya nada es como cuando la mañana caía como gota de lluvia. Ahora es peor. Mi soledad se extiende más allá de tu ausencia, ahora alcanza otros niveles donde todos dejaron de ser mis primos para convertirse en padres, profesionales o simplemente seres juguetones y perseverantes, sobretodo en la empresa de hacer hijos, como si les pagaran por ellos, como si en Ica hubiera una demanda poblacional intensa. En fin, ya nada es como antes, ya nada es como ayer.

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Ella y él

5/12/2009, 08:13 AM

Ella ya no lo ama como antes. Presiento que está desilusionada porque esperaba más de la relación. Sospecho que está defraudada de la vida que lleva con él, nada comparado a lo que le prometió. Él ya no la engríe como antes, ya no llena de besos su rostro blanco, siempre llega tarde y a veces llama para avisar. Él tiene otra mujer que no es tan linda como la que tiene en casa. Él no ama a esta acompañante ocasional, solo desea su cuerpo. Por momentos se siente mal de engañar a la chica de sus sueños, pero sus instintos ganan el partido frente a sus sentimientos.

Ella no se queda atrás. No juega al engaño como él, pero sale por las noches de vez en cuando con un chico que se convirtió en su amigo clandestino, ese al que llamas solo cuando quieres vengarte del verdadero amor, ese personaje capaz de recibir tu despecho, sin mayores aspiraciones, sin ninguna esperanza. Ella sale con su amigo conveniente y él con su acompañante nocturna. La primera pareja termina siempre en el mismo bar. La segunda, termina siempre en el mismo hotel. Ella y él, al final de la noche o a la mañana siguiente acaban en la misma cama, con el mismo beso de buenos días y con la misma rutina insalvable.

Ella no quiere dejarlo porque aun lo ama un poco y porque no puede vivir sola en esta gran ciudad. Él también la ama, pero no puede dejar de ser como es (eso es siempre lo que dice). A fin de cuentas ambos son felices cuando comparten un domingo en casa. Eso borra todo el dolor y el sufrimiento de la semana, borra los besos mentirosos y esas salidas de las que ninguno habla, porque son felices así.

 

Ella vive sola en un país que no conoce. Extraña al amor que dejó en su país. Él también la extraña, pero se las ingenia para llevar la pena. Ella le promete regresar pronto, pero él no le cree del todo. La ama, pero sabe que la realidad pinta un color gris. Ella se fue hace más de un año. Se fue porque no tenia otra salida, porque sus padres la obligaron a irse, porque dependía de ellos, porque su hermana es una arpía que todo lo maneja con su carácter imperativo, opresor. Él se quedó sin poder retenerla, porque no tiene los medios, porque es débil y no pudo contra la hermana arpía, porque se equivocó de vida, porque el amor a veces no puede con todo o porque la ama con el corazón que no tiene.

Ella sale con un amigo del trabajo. Él sale con una amiga comprometida pero infeliz. Ella solo quiere bailar y recordar el amor que dejó atrás. Él solo quiere volver a amar a alguien que le haga olvidar su pasado. Ella besa a su amigo del trabajo pensando en su antiguo amor. Él se enamoró de su amiga comprometida. Ella no quiere terminar en un hotel, porque prometió que nadie tocaría su alma. Él quiere besar a su nueva amiga para olvidar a su amor viajero.  

 

Ella sigue presa en su primer amor. El sabe que puede contar con ella. Ella no lo olvida porque no quiere hacerlo, porque guarda la esperanza de que todo vuelva a ser como antes. Él la cita en el lugar de siempre, en el hotel donde por primera vez hicieron el amor. Ella no quiere, pero acepta, porque quiere verlo, porque aún lo ama. Él se siente culpable porque ya no la ama, porque se olvidó de ella hace años y sólo la busca por complacer sus fantasías. Ella aún le escribe mensajes preocupados y tiernos. Él la ofende con llamadas insinuantes y groseras. Ella sólo quiere conversar con él, hablar de cualquier cosa, recordar viejos tiempos. Él sólo quiere matar sus deseos, hacerla suya una vez más. Ella sabe que él no la ama, pero se arriesga, porque nunca amó como aquella primera vez. Él es un canalla enamoradizo, que la ama, pero a su manera.

 

Ella lo dejó por su mejor amigo. Él todavía la ama pero no puede pisotear su orgullo. Ella se enamoró, sin querer, del confidente incondicional. Él lamenta no haber sido más precavido e intuir las intenciones de su mejor amigo. Ella dejó de amarlo cuando sospechó que él le era infiel con una chica alta, voluptuosa. Él le pedía hacer el amor, pero ella no quería, porque inconscientemente imaginaba cómo él se revolcaba en la cama con la chica alta y voluptuosa. Ella está feliz con su nuevo amor. Él quiere matar a su ex mejor amigo. Ella grita a los cuatro vientos que tiene nuevo novio. Él se siente engañado, traicionado, pero se consuela con su chica alta y voluptuosa. Ella hace el amor con su nuevo novio. Él sigue tirando con su chica, pero todavía piensa en ella, a veces.

 

Ella tiene novio y él, novia. Él pasa a recogerla a su casa en taxi. Ella dice que saldrá con sus amigas, pero sale con él. Él la lleva a un hotel y hacen el amor. Ella fuma marihuana y le cuenta que su novio ya no tiene tiempo para tirar. Él se siente triste por engañar a su novia, pero se mete al jacuzzi. Ella le cuenta con quién perdió su virginidad. Él se le tira encima y termina, no quiere escucharla. Ella se fuma otro porro y le dice que no se cuidó. Él le da esas pastillas milagrosas y la lleva a su casa. Ella no paga el taxi, sabe que todo es gratis. Él paga todo y sabe cómo cobrarse. Ella se despide con una pregunta: ¿nos vemos mañana? Él le responde: sí, a las diez, en el hotel de siempre.

 

Ella acaba de terminar una relación. Él está solo porque su novia lo terminó. Ella quiere estar con él. Él acepta porque no le gusta estar solo. Ella olvida a su antiguo amor y se embarca en una nueva aventura. Él no la ama desde el comienzo, pero aprende en el camino. Ella habla mucho. Él, poco. Ella habla mucho de su ex. Él no habla de sus ex, porque lo ponen triste. Ella le cuenta sus secretos de alcoba. Él no quiere saberlos, porque le dan nauseas, no quiere imaginar lo que otro hombre hizo en su lugar. Ella lo cuenta todo. Él la ama menos cada día, pero le gusta tirar con ella. Ella piensa que lo tiene amarrado, cree que sabe mucho del amor y de sus laberintos. Él solo quiere estar con alguien, quien sea. Ella sigue hablando de sus ex. Él ya no aguanta más. Ella tiene muchos pretendientes, dice. Terminan. Ella llora sólo un día, luego se lava la cara y sale a pasear. Sabe que siempre hay un pretendiente más; en fin, lo importante es tener a alguien con quien tirar.

     

 

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Entre Gabo y J. Steiner

3/12/2009, 07:50 AM

Cuando comencé el ciclo en la universidad pensé que sería más sencillo. Arriesgado, atrevido y con grandes dosis de insolencia osé meterme en un curso de literatura en la facultad de letras. A su vez, como incansable perseguidor del sueño ingenieril, me inscribí en un curso de mecánica, una materia básica de ingeniería industrial.

Mi semana comienza así: Los días lunes me despierto con el chip literario. Me dirijo a la facultad de letras de la católica. Me siento en la segunda carpeta al filo de la puerta. A mi lado están los chicos que estudian la carrera de literatura y unos extranjeros que por alguna extraña razón terminaron en el Perú, en mi universidad y llevando ese curso conmigo. No tengo amigos, porque soy un forastero. A lo mucho hablo con la profesora, pero por correo electrónico. Tampoco hablo con los extranjeros porque no hablan español y yo no hablo inglés, aunque a veces los escucho hablar en su idioma natal y trato de entenderlos, cosas básicas, sería imposible discutir algún texto con ellos, ni en ingles ni en español. Los martes me cambio el chip y me vuelvo un matemático. Voy a la facultad de ciencias de la universidad católica y cargo conmigo la calculadora científica de siempre y un juego de separatas llenas de figuras y enunciados que hablan de velocidades, aceleraciones, fuerzas axiales, sumatoria de fuerzas, leyes de Newton y el teorema de J. Steiner. Me gusta el curso de mecánica, aunque es complicado. Me esfuerzo resolviendo ejercicios y por momentos recuerdo que debo de leer a Borges para mi clase de literatura del día jueves. Cuando estoy leyendo a Gabo recuerdo que la fricción genera una fuerza no conservativa y que los movimientos relativos deben ser usados cuando los niveles de referencia son distintos. El teorema de Steiner invade mi mente cuando trato de entender La Continuidad de los Bosques de Cortázar y, Los Jardines de Senderos que se Bifurcan de Borges me asaltan cuando dibujo el diagrama de cuerpo libre de algún sólido.

Es difícil vivir entre estas dos disciplinas. Alguna vez Joaquín, un amigo de la escuela, me recordó que, salvando las distancias, Ernesto Sábato vivió lo mismo. Mientras en las mañanas se graduaba de doctor en física atómica, en las noches se reunía con la bohemia literaria bonaerense.

Zambullirme en la literatura latinoamericana me permitió entender mejor la historia de América y su actualidad política. Cuán importante es lo real maravilloso en las mentes de los jóvenes, y no hablo de sus enredadas posturas literarias, sino, de sus novelas, sus autores, lo que representa cada uno de ellos como entes de cambio, de lucidez, voces autorizadas para definir lo que somos como una sola nación.

Hablar de ciencias es hablar de Newton y sus leyes. Es hablar de Einstein y su ley de la relatividad. Es abrir tu mente a los juegos lógicos de lo natural, explicar lo que podemos tocar o percibir o sospechar con números y teoremas. Entender los avances de la ciencia es una manera de entender el mundo y la ambición del hombre. No dejaría de estudiar ingeniería, porque me permite conocer esa otra cara de la moneda. Los números tienen su encanto y entenderlos demanda horas de concentración, tantas, que al escapar de sus vericuetos y enredos te da un aliento de vida que solo puedes comparar con el éxtasis del final de una novela.

Todas las semanas me pierdo entre la cinética de un sólido rígido, lo fantástico en Borges, la cinemática de una partícula, Cortázar, armaduras y bielas, Cien años de Soledad, marcos y máquinas, Rulfo, sistemas de fuerzas, Casa Tomada, sumatorias de momentos, Poe, momentos de inercia, Los pasos Perdidos, dinámica, lo real maravilloso, fuerzas no conservativas, Arguedas, sólidos rígidos, El Aleph, estructuras, Carpentier, aceleraciones y masas, Gabo, velocidades angulares, Funerales de la mama grande, ingeniería y literatura, en fin.

       

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La intención de lo Real Maravilloso: La búsqueda del Pasado en Pedro Páramo de Juan Rulfo

2/12/2009, 08:31 PM

La pregunta es: ¿para qué lo real maravilloso busca representar la situación actual (entiéndase por actual todo el siglo pasado) del espíritu de la sociedad latinoamericana? ¿Y cuál es su relevancia en comparación con otro tipo de narrativa en Latinoamérica? 

Para dar respuesta a estas dos preguntas, repasaremos la obra de Juan Rulfo y su novela Pedro Páramo. Cabe decir que Juan Rulfo, como ciudadano mexicano nacido en 1918, tuvo una marcada influencia de las consecuencias que dejó la revolución mexicana (1910-1917) y la guerra cristera (1926-1928). A su vez, literariamente, tuvo un apego importante hacia las obras de Faulkner y escritores franceses, rusos y nórdicos que le dieron herramientas literarias que lo diferenciaron de la obra recurrente en esos tiempos, la novela revolucionaria. Sus obras fueron El Llano en Llamas (1953) y Pedro Páramo (1955) donde, lo que lo hace distinto, es su manejo del tiempo y su visión mitificada de la realidad.

Lo que quiero rescatar de la obra de Rulfo, y en particular de Pedro Páramo, es la intención de la novela, porque eso respondería las dos preguntas iniciales. La obra no busca describir los hechos caóticos de la revolución, sino, parte de una consecuencia, como por ejemplo la cantidad de huérfanos que dejó la guerra, pasando por la búsqueda del padre que nunca conocimos y llegando al desolador final de un pasado fantasmal, un infierno donde predominó el feudalismo, el abuso al campesino, la indiferencia de la iglesia y el problema de las tierras.

Juan Preciado, buscando cumplir la promesa que le hizo a su madre antes de morir, va al encuentro de su padre, Pedro Páramo, a quien no conocía y del que solo sabía que vivía en un pueblo llamado Comala. Al volver atrás, encuentra este pueblo infernal, lleno de fantasmas y presagios que anuncian el mal. Descubre, también, que su padre está muerto, como la mayoría de habitantes de aquel pueblo. Aquí, Rulfo usa el concepto de muerte como un segundo nivel, un estado del hombre que le permite mantener contacto con los vivos. Se entera, de boca de los primeros habitantes que le dan la bienvenida al pueblo, que no era el único hijo de Pedro Páramo y que su padre muerto había sido un señor feudal, dueño de toda la hacienda Media Luna. La muerte de sus hijos y su principal decepción amorosa con Susana San Juan, hizo que Pedro Páramo azotara al pueblo con su abandono y abuso, obligando a los pobladores a huir de Comala. La narración de Rulfo pasa por temas agrícolas y, los diálogos entre los personajes, son tratados respetando el dialecto de la región. La novela nos cuenta la forma en que viven los habitantes de Comala, y lo hace mediante los recuerdos y las vueltas al pasado de los colocutores de Juan Preciado.

El regreso al pasado es el pilar principal de la novela y de lo real maravilloso. Mediante ese ‘volver’ podemos darnos cuenta del verdadero rostro de un pueblo, en este caso México, siendo más general, Latinoamérica. Juan Preciado, al buscar a su padre, nos da la oportunidad de conocer el pueblo, sus habitantes, sus creencias, sus costumbres y la barbarie a la que fue sometida. El buscar a su padre, lo hace ir en busca, también, de su identidad, de su procedencia, encontrándose con un mundo acabado por el odio, el rencor y la venganza. Todos esos sentimientos destructivos son representados por Pedro Páramo, el feudal, el cruel y arbitrario mandamás de las tierras, que fueron las que desataron la Revolución Mexicana en 1910. El final de todo esto, y esa es, en mi opinión, la razón de la novela Latinoamericana: es mostrar nuestro rostro mágico, oriundo y auténtico, darnos cuenta que ya sea por la modernidad o por nuestra propia alienación, siempre terminamos enfrascados en guerras y posiciones políticas radicales, obviando lo obvio, olvidando y desconociendo, lo que viene a ser peor, lo que realmente somos.      

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Calle la Alameda Nº101, Urbanización Arco Iris

20/11/2009, 07:44 PM

No recuerdo con certeza el nombre de esas calles serpentinas de la urbanización Arco Iris. Esas callecitas angostas donde era un drama entrar en taxi porque generalmente encontrabas un coche en sentido contrario, pugnando por salir, y dedicabas minutos eternos buscando maniobras para escapar de la trampa.

Recuerdo, más claro y preciso, el matorral de flores o arbustos de la esquina ovalada de la calle Alameda, el lugar perfecto para darse un beso tierno y apasionado y escapar, a su vez, de los ojos inquisidores de su padre.

Recuerdo que frente a la puerta 101 de la calle Alameda había un condominio gigante, con cientos de departamentos. Una mini ciudad enjaulada, imponente, que hacía las veces de cordillera que protegía la callecita angosta donde pasaba las noches oscuras escapando del escarabajo rojo de su padre.

Recuerdo, también, que a unas cuantas casas había una losa deportiva, una tienda que más parecía un mini mercado, una bodega donde siempre comprábamos una soda y unos piqueos cuando podíamos entrar a ver televisión o compartir un momento de intimidad cruzando el umbral de la puerta 101. No puedo decir que esos momentos fueron muchos, porque su padre no me quería, pero si puedo decir que fueron intensos, únicos.

La callecita a parte de estrecha era acogedora, sepulcral, oscura y el mejor lugar para conocer el amor. Puedo recordar que ella se mudó muchas veces, pero ningún lugar como la calle Alameda en la urbanización Arco Iris, una callecita lejos de la avenida principal, apartada del bullicio y el tránsito de buses y camiones. Eran duras y largas las caminatas hasta mi casa. Caminatas solitarias por la avenida principal, en el silencio de la noche, saboreando el último beso bajo el umbral de la puerta 101, esperando con ilusión la llegada de otra noche para aguardar por ella en la misma esquina ovalada del matorral de flores, evadiendo a los mismos perros que me ladran todas las noches como si fuera un ladronzuelo, saludando a la misma señora de las pancitas y anticuchos que me dice: ‘hola chicos enamorado’. Pero enamorado no estoy, yo la amo.

La nostalgia de esas callecitas de la urbanización Arco Iris me regala felicidad. He vuelto a caminar algunas veces por ahí. Ya nada es igual. El matorral fue podado, el escarabajo rojo ya no está frente a la puerta 101 y han pintado algunas fachadas. Pero, sobre todo, cada vez que toco el timbre de la puerta 101 de la Calle Alameda, una anciana me recibe y dice: a quién busca, joven. Yo le pregunto por ella. No niño, ella no vive aquí, contesta la anciana, risueña, recordando que soy el mismo chico de la última vez, el mismo que busca su pasado en la casa que arrendó hace un año.

‘De que callada manera se me adentra usted sonriendo, como si fuera la primavera, yo muriendo. Y de qué modo sutil me derramó en la camisa, todas las flores de abril. Quién le dijo que yo era risa siempre, nunca llanto, como si fuera la primavera, no soy tanto. En cambio que espiritual que usted me brinde una rosa de su rosal principal.

De que callada manera se me adentra usted sonriendo, como si fuera la primavera, yo muriendo, yo muriendo… Quién le dijo que yo era risa siempre, nunca llanto, como si fuera la primavera, no soy tanto. En cambio que espiritual que usted me brinde una rosa de su rosal principal… De que callada manera se me adentra usted sonriendo, como si fuera la primavera, yo muriendo, yo muriendo…’ (P. Milanes – Canta a Nicolás Guillen – Canción - 1975)

Camino por las callecitas de la urbanización Arco Iris. Me pierdo en las fotos que nos tomábamos en el umbral de la puerta 101. En las despedidas interminables por la ventanita de la puerta de fierro macizo. En los sábados que llegaba a medio día, cuando su papá no estaba, cuando me quedaba dormido en su mueble esperando a que saliera de la ducha, porque siempre me hacia esperar, pero siempre valía la pena. En los mensajes: amor ya llegué… amor nos vemos mañana… amor te amo… amor sueña conmigo… amor cualquier cosa me llamas… amor besos traviesos… amor extráñame mucho… amor te extraño mucho… amor búscame a la hora que salgas… amor estoy en casa con mi papá que es un espeso… amor estoy yendo a comer con mi tía… amor estoy en una hora en tu casa… amor la pase genial hoy… amor te amo, más y más… amor me haces feliz… amor me encantaría estar contigo ahora… amor me encantaría estar contigo, siempre…

Caminando por esa callecita fantasmal, donde los delirios de la memoria se apoderan de uno, como piratas mercenarios que asaltan el perla negra, asaltan mi razón y mi voluntad para no pensar, para olvidar y enterrar ese pasado esclavizador, ese ayer funesto, ese cementerio de momentos felices a los que llevo flores cada cierto tiempo, cada vez que mi corazón me lleva hacia ellos.

‘Quién te dijo que te fuiste, si uno no está donde el cuerpo, sino donde más lo extrañan…’ (R. Arjona – Solo – Realmente no estoy tan solo - 2004)

‘Y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres, porque el amor, cuando no muere mata, porque amores que matan, nunca mueren…’ (J. Sabina – Yo, mi, me, contigo – Contigo - 1996)

‘Ojala pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de Nievi. Ojala por lo menos que me lleve la muerte, para no verte tanto, para no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones, ojala que no pueda tocarte ni en canciones…’ (S. Rodríguez – Al final de este viaje – Ojala - 1978)

Caminando por esas callecitas de la urbanización Arco Iris, escucho estas canciones y me acuerdo de ti… 

 

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El Miedo

2/11/2009, 03:45 PM

Antes de dormir me siento frente a la computadora tratando de escribir un artículo. Las noches en el cuarto piso del edificio donde vivo son tranquilas y silenciosas. Por mi ventana puedo ver la torre de interbank en la avenida Javier Prado, y un conjunto de luces multicolores sobre ese edificio le dan un tono romántico a la noche. Trato de evocar los momentos más felices en mi antigua casa de las Flores, en San Juan de Lurigancho, buscando la inspiración necesaria para culminar un artículo lacrimógeno e intrascendente. Recuerdo la casa de las Flores, inmensa en comparación con este departamento. Tenía una sala llena de muebles y cuadros barrocos. Al entrar, topábamos con unos muebles chatos color crema; a la mano izquierda un espejo reflejaba aquellos pequeños cuadros barrocos y al frente una mesa redonda era el lugar donde pasábamos la noche buena todos los años. Para llegar a los cuartos, entrábamos a un pequeño pasadizo, a la mano izquierda estaba el baño decorado con mayólicas pequeñas color verde, un estante donde dormían los cepillos y la pasta dental, un espejo que miraba hacia la puerta, un lavabo, un inodoro y la ducha española que tanto le gustaba a papá. Al frente del baño estaba el cuarto de mis padres, una cama delante de la puerta, grande, con dos mesitas de noche a cada lado y un armario de caoba donde descansaba el televisor. Al final del pasadizo estaba el cuarto de mis hermanas, apartados de toda la casa, como si fuera un ambiente separado, un par de cuartitos alquilados a los que no visitaba con frecuencia. Mi habitación estaba al lado de la principal, la de mis padres, no era muy grande, tenía una ventana que daba con la lavandería de donde mi madre me hablaba mientras yo trataba de dormir mi siesta de media tarde. En el comedor había un enorme librero antiguo lleno de libros y lámparas que le daban un aspecto imponente a la casa. La cocina era estrecha, la parte más pequeña de la casa, adornada con mayólicas blancas y una campana extractora que hacia un ruido infernal cuando mamá preparaba alguna fritura. Al lado de la lavandería, un pasadizo nos conectaba con el salón de estudio, donde estaba mi computadora y los libros de la universidad; un escritorio en medio del salón plagado de fotos y portarretratos de la familia y unos anaqueles de farmacia, color plomo, soportaban las cosas que no usábamos con frecuencia. Saliendo, un patio grande hacia las veces de cochera y de canchita de fútbol, a pesar de que no tenía hermanos hombres, siempre convencía a una de mis hermanas a jugar a la pelota. En general, la casa era una reconstrucción de la casa que compramos hace catorce años, con miles de refacciones y detalles que mi madre le supo dar. Era un lugar tan grande y familiar, que me genera una nostalgia indescriptible verla abandona, sin nosotros.

Me imagino entrar en esa casa abandonada de mi infancia. Es de noche, todo está oscuro excepto una luz que proviene del baño. He venido solo, eso creo. Camino hacia la luz, intrigado. No soy el mismo, siento como si el tiempo hubiera retrocedido y ahora vuelvo a tener trece o catorce años. Paso por la cochera, entro a la sala y camino por el pasadizo hasta llegar al baño. Hay un hombre tirado al lado del inodoro. No reconozco quien es, trato de acercarme pero la sangre me lo impide. Es mi padre. Lo llamo, pero no responde. No está muerto, mueve su cabeza como si estuviera luchando por no perder la conciencia. Trato de ayudarlo y en mi intento me doy cuenta que alguien está en el cuarto de mis padres, el mismo que da frente al baño. Un bulto sobre la cama me da la sensación de ser observado. La misma luz del baño entra dejando sombras en la habitación principal. Es mi madre echada mirando la escena de mi padre, sin la mínima intención de ayudarlo, con su pijama puesto, los ojos abiertos, espantados, como si hubieran visto al mismo demonio. No sé qué hacer, me paro en el pasillo, entre mis padres, sin atinar a nada y con ganas de que todo sea un mal sueño. Aparece un hombre. Es un ladrón, pensé. Busco algo con qué defenderme, pero no tengo nada a la mano. Sin más remedio y muerto de miedo lo ataco con toda la violencia de la que puedo ser capaz. Arremeto contra el hombre de negro, escucho su risa, una risa satánica que me causa escalofríos. Solo soy un niño, mis golpes no le causan daño, contra más lo golpeo más se ríe. Siento que el hombre me abraza con fuerza, sus manos son grandes y evitan que le siga lanzando golpes. El abrazo es más fuerte y mis intentos por zafarme van decayendo. Despierto bañado en sudor. Mi padre está a mi lado abrazándome, con un rostro de susto que descifré después de darme cuenta de que estaba en mi departamento, con ellos, frente a la computadora y sin haber escrito nada importante.      

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La revancha del agregado más absurdo

25/10/2009, 05:07 PM

Mi relación con Sofía comenzó cuando ella aún era novia de Renzo. Entiéndase que al decir relación me refiero a esa amistad coqueta previa al noviazgo, esa complicidad cálida que se convierte en la etapa más excitante de cualquier pareja, y no, a los besos amorosos en los labios, agarraditas de mano en la pasarelas de la universidad y encuentros íntimos. Entiéndase también, que era una relación de amistad abierta, explicita, declarada, y no a las espaldas de Renzo, que generalmente estaba ausente por su propia voluntad, por su autosuficiencia de chico ganador.

Renzo y yo éramos amigos ocasionales. Entiéndase por amigos ocasionales a dos hombres que se encuentran con un saludo educado, distante, respetuoso, cargado de una admiración sincera y también de una sana envidia, porque él tenía a la novia que yo siempre quise, porque él tenía no solo a la novia que siempre quise, sino incluso, las amantes que siempre quise. Que no se entienda por amigos ocasionales a ningún tipo de atracción física y mucho menos a ningún encuentro clandestino cargado de cariño extremo.

Renzo y yo éramos amigos de tragos. Entiéndase por amigos de tragos a dos hombres que, borrachos, hablan del amor y sus enormes dificultades, como el amor entre él y Sofía, los celos asesinos de ella, el amor inmenso que él sentía por ella, la confianza que ella depositaba en él y las escapadas que él se perdonaba, según me decía: para valorarla más.

Renzo me confesaba que Sofía y él eran muy felices mientras yo conspiraba por devastar ese amor perfecto, por robarle a la novia que siempre quise, por apoderarme de sus besos y sus caricias y por hacerme dueño de sus sueños. Él no sospechaba que yo tenía esas intenciones, no sospechaba que era un canalla que había llegado a su vida para robarle a la mujer de sus sueños húmedos, no sospechaba que cada día de ausencia hacia que perdiera inexorablemente a Sofía y que cada conversación nuestra me permitía conocer sus falencias y atacar sus debilidades de pareja.

Me excuso con decir que en las batallas del amor no hay hermandad que nos una, que mi amor por Sofía podía más que mi cariño y admiración por Renzo, así, me fui acercando a la vida de Sofía, delante de él, tanto que a veces nos encontraba conversando, a ella y a mí, en la cafetería de la universidad y se acercaba a saludarnos, confiado tontamente en que yo estaba ahí para abogar por él, por esa relación que me había empecinado en aniquilar.

Fue un golpe duro, una bomba molotov que estalló en su rostro cuando se enteró, de labios de Sofía, que había comenzado una relación conmigo. Y es que si algo tengo que rescatar de Sofía es que esa vez fue valiente, citó a Renzo en una banca de la universidad y le dijo, de frente y mirándolo a los ojos, ya no estoy contigo porque estoy con Sergio. Ese es un gesto que no muchas mujeres tienen.

Esta fue la revancha del agregado más absurdo (*), ese personaje que siempre pierde, que generalmente pierde y que probablemente siga perdiendo, pero que aquella vez venció con astucia y encanto, ese encanto mentiroso que algunas mujeres imaginan que es el amor perfecto para toda la vida, y es que si le mentí a Renzo también le mentí a Sofía, porque nada dura para toda la vida, todo tiene un final, feliz pocas veces, infeliz muchas.

Quién sabe si ahora Renzo busca su revancha o la vida misma se encargará de dársela. Quién sabe si es que ahora Sergio se convirtió en Renzo, en ese personaje que se dejó vencer por el agregado más absurdo, y es que eso es lo lindo de la vida, no siempre tenemos el mismo papel, no siempre cumplimos la rutina de un mismo personaje. Para ser consecuentes, debo mantener mi posición y decir que para el amor no hay amigos, que cualquier compañero de trago o de tertulia tranquilamente puede ocupar mi lugar con alguna ex novia mía, desplazarme, hacerme a un lado, o mejor aún, yo darle, voluntariamente, mi lugar.

(* Leer el artículo ‘El agregado más absurdo’, en el blog Mi primera novela, fecha de publicación 09/09/2009)    

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La pirata Carmenchu

22/10/2009, 11:20 AM

Carmen es Carmenchu, la chica de las películas del fin de semana, la de los conciertos, la de las clases de matemáticas, la de los paseos por Wilson, la de las tertulias por MSN y la de las noches de baile y alcohol. Carmen es Carmenchu, porque así le escuché decir a Oscar cuando ella pisó la oficina por primera vez y porque tiene un estilo distraído y dormilón al momento de caminar que provoca la ternura de llamarla con un diminutivo chistoso, y, como Carmencita no tiene nada de chiste, le decimos Carmenchu. Carmenchu se convirtió en mi amiga, aunque no me di cuenta cuando ocurrió, porque con ella no se sabe, no te dice nada, solo se deja expresar por muecas y mohines que algunas veces son divertidos y, otras, no tanto.

Con Carmenchu hemos hecho casi de todo, y es que nos queremos mucho a pesar de que ya no trabajamos juntos, porque ha quedado vigente una amistad que será para siempre, una complicidad que sólo con pocas mujeres había logrado, porque Carmenchu es algo así como mi Ximena (la productora y amiga de Jaime Bayly) con ella no puedo guardarme nada y, aunque a veces terminamos discutiendo, siempre volvemos a ser amigos y siempre volvemos a ver películas en su casa.

Las personas que nos conocen confunden esa amistad con algo menos, y digo ‘menos’ y no ‘más’ porque creo que llevar nuestra amistad a otro nivel estropearía todo, y es que seguro lo intentamos alguna vez, pero ella no me soportó, y preferimos ser los amigos geniales y eternos que somos ahora y dejar esas cosas complicadas del amor de pareja que ni ella ni yo entendemos. Por otro lado, no nos preocupamos por disimular nuestro cariño y damos pie a que nos hagan parte de una novela de amor mexicano, y nos divertimos horrores cuando nos preguntan: ¿Están?

Puedo recordar que todo comenzó en alguna fiesta del banco. Aquella noche seguro conversamos, me confesó que había estudiado letras en San Marcos, que odia la vida que lleva y que no vive con sus padres. Eso nos unió, el amor por las letras, el odio por nuestras vidas y el deseo de escapar de nuestros padres. Y es que para ese entonces yo también quería huir de casa, huir de mi propia vida, largarme a alguna parte a buscar esa felicidad que no encontraba en Lima. Después me contó que era socialista, como no podía ser de otra manera habiendo estudiado letras en San Marcos, y la amé más porque compartíamos las mismas ideas de justicia y equidad, ella moría por trabajar en una ONG e irse a zonas de conflicto social, estudiar el caos y la marginación del pueblo serrano y selvático, y denunciar el olvido del gobierno hacia los que menos tienen; yo, siendo más caviar que ella, quería largarme del país, llevar cursos de literatura y escribir novelas que atentaran contra este sistema democrático vil y corrupto.

Nuestro acercamiento a Patria Roja, las publicaciones de a Mano Alzada, las lecturas interminables de la Cuarta Espada, nuestras discusiones sobre Mao y sus tácticas de guerra, el recuento de los años ochenta en el Perú, las películas Nazis, los libros Marxistas y la salsa de Blades nos fraternizaban aún más. Y es que somos unos revolucionarios sin chispa, unos Guevaras sin Castro, unos Pablos Pueblo resignados a vivir una vida adormecida y burguesa, pero siempre con la mente y la mirada puestas en ese mundo ideal y por eso Carmenchu es mi compañera, mi guerrillera al frente, mi huelguista preferida.

Como nadie es perfecto, Carmenchu tiene ese lado vano e intrascendente que muere por un tal Renato Cisneros, algo que me pasa a mí con Bayly; pero igual me enfurece, me corroe, me jode, porque deja de leerme por leer a ese burguesito completamente dispensable de cualquier biblioteca. Aunque también debo decir que los comentarios más gratos y generosos los he recibido de esta mujer a la que quiero mucho y a la que espero tener a mi lado por siempre.

Carmenchu es una gran mujer y conocerla cambió mi vida. Ahora veo más películas que antes, piratas todas, porque es eso lo que somos, dos piratas que van por este mundo buscando el baúl de la felicidad, esa cosa abstracta que nos es esquiva, pero que algún día lograremos alcanzar.     

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La Huelga

21/10/2009, 01:28 PM

Aturdido por la noche anterior, por el recuerdo de la niña de los ojos lindos, por la exhausta tarea de controlar la magia que sus ojos generan en él, Ricardito amaneció más triste que de costumbre, llevando en el alma el mismo color del cielo limeño y en la piel el frío húmedo de la mañana. Su día comenzaba igual que siempre, bañarse antes de las siete y antes de que alguien acabe con el agua caliente, tomar desayuno, arreglar su dormitorio y alistar su mochila para ir a la universidad. Esa se había convertido en la rutina de Ricardito, sin olvidar lavarse los dientes y las manos antes de salir.

A pesar del ánimo taciturno de Ricardito, al llegar a la universidad, algo le llamó poderosamente la atención. Un grupo de compañeros de la facultad sentados en las veredas adyacentes a la puerta principal, trabajadores de la universidad sin el uniforme acostumbrado, llevando en las manos unas pancartas que decían: Cumplan con nuestros Derechos Laborales. Dentro del recinto, nada era como un día normal. Los baños estaban abandonados a su suerte, los jardines extrañaron las manos de sus cuidadores, los tachos de basura se quedaron un día más acompañándonos y un ligero caos se apoderó de los pasillos, donde ya no estaban los diligentes trabajadores de limpieza y mantenimiento, porque todos estaban afuera de la universidad reclamando por sus derechos. Ricardito se sorprendió de ver que en su salón tampoco había profesores y que la mayoría de sus compañeros se había tomado el día libre. Más carteles proclamando derechos, más lugares desiertos y caóticos. En las oficinas administrativas un letrero escrito a mano con tinta roja decía: Volvemos más tarde.  La señora del kiosco se había solidarizado con los protestantes y la maquina dispensadora de gaseosas tenía un papelito pegado que decía: Hoy no doy vuelto. Ricardito pensó que todo era un mal sueño, su retorno a la universidad había sido reciente y necesitaba ir contra el tiempo y terminar esa carrera que tanta frustración le había causado. Sin profesores, sin personal administrativo, sin alumnos, sin personal de limpieza y mantenimiento y sin saber a dónde ir, Ricardito decidió regresar a casa.

Al volver a la calle, sus compañeros seguían en la misma vereda, fumando unos puchos y compartiendo unas gaseosas. Caminó hasta el paradero y esperó que viniera un bus que lo regresara a casa. En la espera pensaba que todo andaba mal, que no podía perder su rutina por culpa de personas que preferían acampar en los alrededores de la universidad. Podía ser posible que su pliego de reclamos tuviera sustento, pero a él no le importaba nada de eso, él solo quería terminar la universidad lo más pronto posible. Si la universidad es privada, cómo es posible que sucedan estas cosas, pensó Ricardito.

El bus no pasaba, pero observando con paciencia el escenario, en realidad no pasaba ningún coche por ahí. La calle estaba desierta, como la universidad. Esto no tiene lógica, pensaba Ricardito, si acabo de venir con un bus desde mi casa, cómo ahora no hay ni un solo carro, se preguntaba inquieto. Caminó por esa avenida larga e interminable y se percató que ni el anciano que pide limosna al costado del puente peatonal estaba, que los puestos comerciales de la avenida habían cerrado, que los chicos malabaristas del semáforo habían dejado abandonados sus puestos, los niños que venden caramelos en los buses tampoco estaban y la caseta del policía de tránsito estaba tumbado como un árbol talado. Las tiendas estaban abiertas pero con un cartel que decía: Cerrado; los centros comerciales atendían a un público ausente y las cajas solo tenían dinero, pero no cajeras; en los bancos no estaban los habituales policías y en el interior el box del gerente estaba vacío. Ricardito caminaba absorto por lo ocurrido y no podía creer lo que estaba viendo. Los taxistas habían abandonado sus taxis, los ambulantes habían dejado tirado sus productos, los policías tumbado sus casetas, los bancos linchado a sus gerentes, los supermercados sin cajeros, las universidades sin maestros y los trabajadores de la calle en sus casas. Y es que una silenciosa revolución había comenzado, quizás, y fuera de los alcances de Ricardito también podíamos ver, televisoras sin señal, comisarias desiertas, colegios sin alumnos, estadios vacios, zoológicos sin elefantes, librerías sin libros, casas de gobierno sin gobernante, museos sin Sipán y sin momias, hoteles sin amantes, farmacias sin penicilinas, restaurantes sin mozos, gimnasios sin bicicletas estacionarias, cines sin películas, teatros sin graderías, cerros sin casas, ríos sin agua, ciudades sin ciudadanos, casinos sin dinero, cochera sin coches y un día sin rutina.   

Ricardito pensó que caminaría mucho para llegar a casa. Resignado, herido aún por el recuerdo de la niña de los ojos lindos, solo quería llegar y preguntarle a su madre, si aún estaba ahí, si él seguía siendo su hijo.  

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Esperándote

20/10/2009, 12:10 PM

  • ¡Hey! ¡No puedes dormir aquí!
  • ¿Por qué señor?
  • Porque está prohibido.
  • ¿Dónde dice que esta prohibido?
  • No dice, pero esta implícito en los derechos de los demás.
  • ¿Cuáles derechos? Yo también tengo derechos, el derecho a dormir donde yo quiera. Nadie puede quitarme ese placer de dormir frente a una computadora. Además, estoy en mi hora de permanecía aquí.
  • Usted esta durmiendo mientras que otros esperan una computadora libre, ¿no cree que es un poco desconsiderado con sus compañeros?
  • Ellos son los desconsiderados conmigo, porque no me dejan dormir.
  • Señor le suplico que se retire, este no es un lugar para dormir.
  • Y ¿Quién determina los lugares donde uno debe dormir?
  • Hay normas que rigen una casa de estudios como esta, así que por favor no haga mas escándalo y retírese de la sala de cómputo y no vuelva más por aquí. Esta suspendido.
  • Suspendido por dormir, ¡que injusticia más grande se ha visto en la historia de la humanidad!
  • ¡Retírese!

Salí de la sala de cómputo mortificado. Sólo quería esperar a que tú salieras de la oficina y nos encontráramos para ir a comer algo que mate el hambre que tengo. No encontré explicación a la injusticia que acababa de vivir. Suspendido de la sala de computo por dormir, ¡increíble!. Caminé por la vereda principal de la universidad y en cada paso que daba un segundo moría en mi reloj esperando que salieras de la oficina. Pensé mucho en ti la noche anterior. He pensado en ti toda la semana. Te he estudiado e imaginado de tal manera que si en esta universidad dictaran un curso sobre ti, yo sería el profesor o el mejor alumno de esa clase. He descubierto en ti a la persona que goza escuchando mis historias y derrotas. Bueno, también algunas victorias, pero que son mínimas (estoy siendo un poco humilde). Me gusta cuando sonríes y te mofas de mi falta de humor. Mi poca chispa te genera un deleite al cual encuentro atractivo. Jamás me molestaría contigo por alguna cosa que me dijeras. Acepto tus comentarios y siempre los tomo de la mejor manera. Sé que me aprecias y que te gusta intentar hacerme enfadar, pero yo disfruto cuando tus intentos terminan frustrados. Ayer cuando estuvimos conversando en las bancas de la universidad, el tiempo paso volando. Como un tirano nos boto rumbo a nuestras casas y mato la magia de estar contigo. Hoy, esperándote, el tiempo se encuentra complacido de hacerme esperar, haciéndome vivir minuto a mi minuto el martirio de mi espera. Regresé a reclamarle al jefe de la sala de cómputo por la suspensión injusta que me había impuesto. Ahora más calmado, trate de plantearle mis puntos de vista respecto a dormir en un lugar público. Él no me entendió. Mantuvo su temperamental posición y no me levantó el castigo. Mi retórica no funcionó con este sombrío personaje, jefe de la sala de cómputo. Bien lo decía un gran filósofo: el poder en manos pequeñas generan grandes problemas. Estar suspendido, para mí, era un gran problema y dormir, también. No dormí mucho ayer pensando en ti. Mi cerebro está desgastado este fin de semana. Semana que estuvo llena de descubrimientos grandiosos: el tuyo.

Regresé a la vereda principal de la universidad a seguir caminando y contando los segundos de mi reloj. Pensé en qué tenían que hacer esas personas que impávidas, corrían con gran premura. A dónde iban. Qué pensamientos invadían sus mentes. Algunos tenían cara de susto. Otros tenían el rostro lleno de sudor por el sofocante calor de la mañana en San Miguel. Todos corrían por algo, yo caminaba esperándote. Pensar en ti y esperarte me vuelve más perceptivo de la cosas. Me vuelvo más observador. Me pregunto si habrá otra persona que llegó antes que yo y también te espera. Seguro que si, existe.  

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Para ti, Ana

16/10/2009, 10:53 PM

Para ti Ana fue una tentativa de novela que comencé a escribir cuando recién ingresé a la universidad y vivía descontento con mis estudios de ingeniería. Para ti Ana fue la excusa perfecta para conocer a Sofía quien, admirada por mi fascinación por escribir, me asesoraba con finales llorones para la esperada (solo por ella) novela.

En ese entonces no conocí a Ana. Solo era una afiebrada forma de expresar mi necesidad de conocer el amor, ese que aparece una vez, que posteriormente imaginé que ese personaje al que bauticé con el nombre de Ana se había encarnado en Sofía, pero el tiempo me demostraría que ambas mujeres eran distintas. Cada personaje representa esa búsqueda de la historia perfecta, del final de cuento de hadas y de los felices para siempre. Pero esta vez Ana simboliza ese sueño perdido entre mis sábanas, porque eso era en la vida de Sergio Morelli, una aparición nocturna esporádica, una confusión de lo real y la ficción, como lo que viene siendo mi vida, un campo de fútbol donde lo real y lo fantástico se confunden con la misma camiseta, indistintos, entrelazados como si fueran uno solo.

Ana apareció y se fue. Al principio no sospeché que su recuerdo fuera tan brusco conmigo, porque no la amaba como amaba a Sofía, al personaje, a la inspiración que sobre mi ejercía ese bendito nombre, Sofía. Ana era más terrenal, su sonrisa espaciada comenzó a robarme el sueño. Su figura, al principio delgada y espigada; sus cabellos desordenados, como si una ráfaga de rayos y centellas hubiera azotado su cabeza; su mirada distraída, con ojeras, víctimas de los excesos de una noche anterior, víctimas de las drogas o de las pastillas para dormir que nunca faltaban en su mesita de noche; su manerita de hablar, apitucada, graciosa y cadenciosa, me generaban una fascinación por imitarla sin pudor, causando su indignación y sus ganas de destruirme con la mirada. Tenía unos labios delgados, finos, como los de una bebe que aun no cumple el año. Sus dientes espaciados mordían cualquier cosa que pasara por su boca. Sus dedos pequeños y sus uñas cortas jugaban con sus rulos desordenados y repartía caricias indiscriminadamente, porque era muy expresiva, cuando estaba feliz.

Así me la imaginé en su papel de Ana, a la par que Sofía tiene su propia caracterización y es única, Ana también asumió su lugar dentro de las historias de Sergio Morelli, porque él también amó a Ana de una manera distinta, primariosa, impulsiva e insana por momentos, los mismos momentos que terminaron su historia, una noche en que Ana no supo guardar silencio y él no supo controlar sus fobias. Ana se convirtió en Sofía o viceversa, pero eso ya no importa, porque el final fue el mismo, todo acabó. Esa noche, la última en que Sergio vería a Ana, todo figuraba para un pésimo final, ella bajó del taxi preguntándole si la volvería a llamar, él se quedó en silencio, pensando una frase memorable para el momento, pero su mente y su escaso cerebro no dictaron nada. Ella se fue sin esperar la respuesta, abrió su puerta y sin mirar atrás cerró un capítulo de su vida. Él no dijo nada, pero sabía que no la volvería a llamar, porque su orgullo es más grande que su corazón, porque el amor que sintió por esas mujeres terminaron sometidos por su ego, por ese Sergio abominable que zarandea su mente a su antojo, sin dejarlo pensar fríamente, sin dejarlo hacer lo que realmente quiere.    

Posiblemente Ana ahora sea la protagonista de otra novela. Eso es algo que Sergio puede entender. Sofía también se despidió de la escena del crimen, y al final nadie tiene la culpa de la muerte de un amor, no hay testigos, no hay juicio, solo castigo. Solo queda seguir buscando y descubriendo nuevas formas de escribir y de continuar con la historia. La vida no acaba ahora, la muerte aun parece estar lejos. 

 

 

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¡Regresó papá!

26/09/2009, 07:49 AM

'A pesar de que su viaje era largo, papá aparecía cuando menos lo esperaba...'

Hace muchos años atrás, poco después de que naciera yo, papá viajó a un lugar muy lejano. Una mañana, escapó de Riohacha en busca de prosperidad y de un Macondo para su familia. Durante muchos años, mi padre viajaba por el mundo mientras mi madre y mis hermanas nos hacíamos compañía, eran vagos los recuerdos de él y yo lustrándonos los zapatos en la puerta del armario blanco en nuestra casita de San Martin, los paseos en mi bicicleta BMX color azul y frenos de mano por las calles de San Juan y el diario que papá comenzó a escribir durante el embarazo de mamá y mis primeras semanas de nacido.

Años después, al leer los manuscritos de papá cuando detallaba mis primeros días en este mundo era como descifrar los libros de Melquiades y descubrir el inmenso amor que sentía por mí. Mirar las fotos donde posábamos papá y yo era un ritual sentimental que me permitía de vez en cuando, porque eran pocos los días en que él se encontraba en casa y no había mejor manera de recordarlo que robando su alma en una fotografía. Por esas épocas, mamá asumió el rol de padre para los campeonatos del colegio, para los partidos de básquet en la canchita del IPD y para las despedidas en los paseos de verano. Pero, no puedo olvidar las sesiones de ajedrez con papá en la casa de las Flores, cuando él me vapuleaba con autoridad en ese deporte ciencia, aunque no por mucho, porque aprendí rápido el manejo de las fichas y terminé venciéndolo en más de una oportunidad. Imposible olvidar la vez que intentó convencerme de que amar a una mujer mayor que yo era la peor forma de comenzar a vivir el amor, o la vez que asistió a la iglesia y me vio llorar en medio de la congregación y soportó la vergüenza de no poder expresar sus sentimientos frente a tanta gente. Nunca olvidaré la vez que me regaló una cajita de condones para disfrutarlos con alguna chica distraída, cosa que nunca hice, te lo confieso papá, porque terminé botando la cajita camino a casa de Elena, la chica que me gustaba en ese entonces, por miedo a que ella encontrara en mi bolsillo semejante artefacto lujurioso. Fui feliz cuando juagábamos pelota en el parque de la casa de las Flores, cuando chicos de mi edad me miraban jugando contigo, yo vestía mi uniforme de la U y tú peloteabas como un niño más en medio de nosotros. Recuerdo la noche en que fuimos a ver los resultados del examen de admisión a la universidad y celebraste mi ingreso con la frase más memorable salida de tus labios: hijo, el futuro es tuyo. Esa noche sentí que me amabas como cuando escribías sobre mis primeros días en este mundo.

A pesar de que su viaje era largo, papá aparecía cuando menos lo esperaba. Como cuando me fue a recoger al colegio con un coche nuevo, o, las veces que iba detrás de nosotros cuando mamá escapaba a la casa de la abuela en Ica. También cabe decir, que algunas veces te olvidaste de mí, como cuando olvidaste recogerme de la academia de Paseo Colón, en el centro de Lima. Todos los trabajadores de la academia se burlaban de mí, porque ya tenía once años y no sabía cómo llegar a casa ¡Qué vergüenza papá! O como la vez que regresé de mi viaje de promoción y tuve que caminar solo a casa mientras mis amigos abrazaban a sus papás que se habían tomado la molestia de levantarse a las seis de la mañana para recoger a sus retoños.   

Pasaron algunos años y algunas cosas fueron cambiando. Ya no venias con frecuencia a casa, mamá hacia lo posible por criar a tres chicos desobedientes y engreídos, el colegio fue fácil pero en la universidad las cosas cambiaron, una de mis hermanas abandonó la universidad y la casa también, y, de la última no te digo nada porque recién entra a secundaria. Poco a poco comencé a entender que tu ausencia era crónica y que era mejor acostumbrarse que sufrir por eso. Además, qué mejor que ser independiente y no tener a un padre fiscalizador detrás de mí, al final, creo que era muy afortunado, aunque algunas veces te extrañaba, y mucho.

Tus paradas fueron haciéndose más espaciadas y mis turbaciones aumentaban con la edad. Al principio Dios y la iglesia habían ocupado tu lugar, pero a veces es mejor tener a un padre que tener a Dios, por algo será que el grandísimo inventó el puesto de papá, quizás no podía solo con todo el trabajo. Pasaban los días y mis intenciones de ser padre se perdían en los ruegos de Sofía porque algún día, muy lejano, tuviera un hijo mío. No me siento en la capacidad de encargarme de otro ser humano, al que seguro amaré tanto como tú me amas a mí, pero al que terminaré haciendo infeliz, porque algo dentro de mí me dice que aquel hijo mío será escritor y se vengará en sus novelas y manifiestos, lanzándome toda su frustración y matándome de pena por no saber cómo ayudarlo. No quiero pasar por el juicio de un descendiente mío, porque soy un cobarde que sabe que la escuela para padres jamás abrirá una nueva matricula y que el único instructor en esta tarea épica es el amor. Pero el amor es efusivo, impulsivo y atarantado, no es un buen maestro a pesar de sus buenas intenciones, tal vez necesite de alguien que haya pasado por la escuela de la vida, quién sabe, alguien como tú papá, tal vez.

Lo genial de todo esto es saber que me amas, y si te fuiste es porque buscar algo mejor para mi, para tus hijas y tu mujer, porque sabes que el camino en esta vida es largo y espinoso, y a veces es necesario hacer algunos sacrificios, como este viaje durante más de veinte años por los parajes más inciertos y bellos por los que la vida misma te ha llevado.

Lo genial y maravilloso de este viaje es que tu destino era tu punto de partida. Regresaste al lugar donde escribiste los manuscritos de mis primeros días en este mundo y acabaste con tu sacrificio de amor, terminaste con ese viaje largo por desiertos llenos de oro y plata. Finalmente estamos juntos ahora, porque dejaste las maletas en el armario blanco donde antes lustrábamos tus zapatos y mis zapatillas, y regresaste para quedarte, para enseñarme esa tarea interminable de ser papá y convertirme en el hombre que soñaste cuando aún buceaba en el vientre de mi madre. Convertirme en ese hombre que sabe amar y que a pesar de viajar por el mundo, jamás olvidó que tenía que volver algún día, para jugarle un segundo tiempo a la vida y una partida más de ajedrez.

Ahora yo muevo las blancas, te toca a ti.

Para mi padre, la persona que regresó para rescatarme.

 

 

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El agregado más absurdo

9/09/2009, 03:25 PM

'Este ser extraordinariamente patético poco a poco se convierte en el depósito de mierda, en el baúl donde se guarda lo que apesta, lo que avergüenza...'

La literatura, en especial la novela, fue un descubrimiento reciente, de algunos años atrás. Me encanta la magia del escritor para crear o contar una historia, muchas veces personal, otras invenciones totales, ambos casos con la misma capacidad de hacernos divagar por mil lecturas y un sinfín de conclusiones. Cada personaje es un mundo diferente, una sicología en la cual muchas veces nos sentimos identificados. Quién no ha leído alguna novela que parece extraída de nuestra propia vida. Muchas veces intuimos que el escritor, con cada historia que nos cuenta, hace un intento fallido por plasmar su biografía. Otras veces los escritores asaltan su intimidad y nos regalan una novela humana que oscila entre lo real y la ficción. En mis exploraciones por narrar historias, he usado mucho esta forma de escribir. Me gustan los personajes a los cuales una canción que alguna vez escuché denominó: 'los agregados absurdos'; esos que sufren por amor, que no son bienvenidos para los personajes principales, porque son tristes y jamás serán protagónicos, porque carecen de talento, de belleza o de créditos para ganar un lugar en el podio de la novela. Estos personajes siempre se enamoran de la mujer más bella de la novela, de esa musa que los lleva al otro lado de la luna, donde descansan y sueñan los poetas. Como es evidente estas mujeres bellas no se fijan en el personaje afanoso que está detrás de ellas, porque sueñan con el príncipe azul que baja del caballo para recogerlas, elegirlas en medio de un mar de chicas lindas. Este príncipe azul es el centro de la novela, de la historia, es bello o tiene dinero, es un galán potentado, generalmente de escaso cerebro y que esconde en su personalidad encantadora a un rufián que cree hacerle un favor a la bella doncella enamorada.   

En la vida misma me ha tocado ser ese tercer personaje, aquel que pasa desapercibido para la actriz principal. Ese mediocre actor de reparto que lo único que reparte es amor y detalles lindos para su princesa, pero que a cambio recibe la indiferencia, o, lo que es peor, recibe el título de gran amigo, de hermano, de confidente, el pañuelo de lágrimas de esta mujer embobada por el príncipe azul. Este ser extraordinariamente patético poco a poco se convierte en el depósito de mierda, en el baúl donde se guarda lo que apesta, lo que avergüenza, pero sin embargo, de ese mismo hoyo hediondo debe rescatar las palabras más dulces para reconfortar a su amada, darle un abrazo de esperanza, disculparse en nombre de ese príncipe azul por la estupidez humana de no valorar a una mujer tan perfecta como la que tiene al frente.

Y es que para que exista novela la niña de los ojos lindos debe equivocarse de amor. Debe fallar en su intento por ser feliz, debe entregarse a un ser malvado y nauseabundo, sufrir un largo tiempo, para que al final descubra que el verdadero amor está en otra dirección, no tan lejos de ella, esperando que abra los ojos y abandone esa sentencia voluntaria de ser infeliz junto a un patán.  Pero cabe mencionar que el patán tiene su mérito, por lo general es cautivador en su manera de hablar, te enrolla en una telaraña de mentiras y buenas intenciones. Para enamorar, este protagonista ganador usa su verborrea embustera, sus mejores calificativos, sus mejores dardos van detrás del centro de esa diana enamoradiza, que necesita un amor, una esperanza o mil promesas. 

Lo curioso de este tercer actor es su espíritu de lucha. A pesar de que sabe que tiene todas las de perder, piensa en ganador y apuesta todo por el amor de su amada. Sabe que cualquier migaja de cariño por parte de la bella dama son solo muestras de desprecio para aquel hombre que le hizo daño, del cual quiere vengarse, pero solo una noche, una tarde, porque al final terminan perdonando a ese amor nocivo y regresan a los brazos traicioneros de aquel galán que duerme con ella todas las noches. Este personaje perdedor debe consolarse con los pequeños momentos que le regala su reina y no esmerarse en persuadir a ésta de que abandone a su amor narcótico, porque ella podría ofenderse y abandonarlo, lo cual sería fatal para este empequeñecido hombre que no es capaz de escapar de esa prisión, de esos ojos miel con los que sueña todas las noches, las mismas, en las que su amada duerme en otro lecho.

Para reconocer el valor de este corazón no correspondido, diremos que gana algunas batallas. En el mejor de los casos, la mujer despechada se entrega a la venganza junto con su amante de turno y termina por complacer los deseos de éste, aunque a la mañana siguiente el amante espere que la noche se prolongue para siempre, lo cual no sucederá porque ella sólo quiso sentirse deseada, bella, y se viste nuevamente para regresar a casa. En el peor de los casos, este amigo conveniente solo acompaña los lamentos de su amada, mientras la adora en secreto, mientras desea que la realidad le dé una oportunidad de amarla como no puede hacerlo ese tipejo despreciable. El amor no correspondido es un arma poderosa para los escritores que abusan de estos personajes olvidados y pobretones. En nombre de ese amor, obliga al protagonista perdedor a humillarse, a convertirse en un ser humano que vive de la generosidad de esta mujer que no lo ama, que sólo lo quiere como amigo, la peor forma de querer a un hombre enamorado.

En mi experiencia personal, porque como aspirante a escritor no puedo dejar de usar esta herramienta literaria, puedo decir que en un par de oportunidades he sido este personaje impresentable, mediocre y perdedor. No es necesario contar el final de esas historias que me presentan como el amigo conveniente, el agregado más absurdo, el segundo plato en la mesa, porque esas bellas mujeres jamás me tomaron enserio, no me vieron, no me amaron más que como se ama a un buen hombre, amigo, hermano mayor. Y es que en esas historias no es necesario un tercer punto que forme el triangulo, porque el patán que sólo ignora en el fondo es el príncipe real, no azul, ese que ama defectuosamente, ronca, expide flatulencias, llora, ríe, sangra, come y caga, porque no existe ficción en las relaciones de amor, todo es cruel y real, y bastan sólo dos puntos para encontrar la distancia más corta entre dos corazones que se aman sin razón.

No somos necesarios en el día a día, solo en la literatura seguiremos siendo esos héroes delirantes que aman sin ser correspondidos, esos títeres de escritores frustrados como yo, que se camuflan en su historia con algún personaje de éstos, para no decir su verdadero nombre, para no decir que ellos fueron esos seres inanimados que la vida, o el amor, alguna vez golpeó. 

 

 

 

 

 

 

escrito por Rodolfo Rodas Oré en: | (2) Comentarios | enviar por email

Manco Capac y José Arcadio Buendía

7/09/2009, 01:49 PM

Había una vez un pueblo denominado aimara, provenientes del norte de Argentina, lo que ahora conocemos como Tucumán, y del norte de Chile, hoy Coquimbo. Este pueblo inquietado por lo agreste de su medio ambiente, busca abrirse campo hacia el norte, con la intención de invadir y conquistar nuevos pueblos. En su empresa, llegan al pueblo altiplánico de Taipicala, lo que años después seria llamado Tiahuanaco. Ahí, los aimaras hacen posesión de todo el territorio, obligando al pueblo de Taipicala abandonar sus dominios.

En la huída del pueblo de Taipicala, se internaron en las aguas del lago Titicaca, en busca de nuevas tierras donde refundar su pueblo. En esas islas flotantes del lago permanecieron por algún tiempo, hasta que su pasado nuevamente los alcanzó. Los aimaras en su afán conquistador, llegaron al lago y obligaron a los Taipicala a escapar.    

El pueblo necesitaba un ejército fuerte, conquistador, para ganar terreno al noroeste de esas tierras. No podían vivir escapando.

Al poco tiempo llegaron al reino de Tamputoco. Aquí nació Manco Capac, en medio del éxodo por buscar nuevas tierras. Pasaron muchos años para que, frente al crecimiento demográfico, el reino de Tamputoco obligue a los Taipicala a reubicarse en otro lugar. Cabe mencionar que este desalojo fue pacifico.

Para esto Manco Capac crece y se hace líder de un grupo considerable de familias. Este grupo sigue su marcha hasta llegar al pueblo de Huanacancha. Aquí Manco Capac conoce a Mama Ocllo, se casan y viven en ese lugar por algunos años.

La búsqueda del nuevo reino de Taipicala no tenia tregua. Manco Capac y su esposa Mama Ocllo lideraban la nueva búsqueda, ya que no se podían quedar en Huanacancha. Llegaron al pequeño reino de Pallata donde nació Sinchi Roca, el primogénito de Manco Capac y Mama Ocllo. Para entonces ya contaban con un ejército considerable, por eso, vieron con buenos ojos el reino del Cusco y decidieron asentarse ahí definitivamente. Bajo el poder de la fuerza, obligaron a los pequeños pueblos aledaños a adherirse a los Taipicala, también usaron el matrimonio como alianzas, ya que Manco Capac casó a algunas Taipicalas con los líderes de cada pueblo conquistado.

Poco a poco los Taipicalas fueron ganando poder y se hicieron dueños del señorío del Cusco, a pesar que todavía tenían enemigos, sobretodo los Ayamarcas, pero Manco Capac y su ejército lograron imponerse. Con el paso del tiempo, los Taipicalas fueron llamados Incas.

José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán escaparon de su pueblo por la presencia fantasmal de Prudencio Aguilar, quien fuera asesinado por José Arcadio después de una pelea de gallos. Fue entonces que los Buendía y los más aventureros del pueblo fueron en busca de la tierra que nadie les prometió. Aquí vemos una semejanza con el pueblo de Taipicala, ya que ambas escapaban de sus terrenos por una razón inmanejable. Los Buendía se internaron en la sierra y en el camino nació el primogénito de la familia. Mama Ocllo trajo al mundo a Sinchi Roca camino al Cusco. En la empresa por buscar un nuevo hogar cerca al mar, los Buendía se dieron con la irrefutable realidad de que nunca llegarían a su destino. Fue entonces cuando decidieron fundar una aldea cerca al rio llamada Macondo.

Macondo era una aldea ejemplar fundada por los Buendía y un puñado de aventureros, seguidores de José Arcadio. No tuvieron que conquistar a nadie porque el lugar estaba en medio de la sierra. Aquí podemos marcar una diferencia con los Taipicalas, ya que ellos tenían que invadir a base de fuerza, con Manco Capac a la cabeza.

José Arcadio era el líder de Macondo. Dirigió la construcción de las casas y vio la distribución de la pequeña aldea. Manco Capac encabezó la unión entre los Taipicalas y los pueblos invadidos, con la intensión de hacerlos partes del nuevo imperio.

Podemos llegar a la conclusión de que la fundación de Macondo tiene un tono de leyenda, una especie de fábula donde todo puede ocurrir. García Márquez alguna vez dijo que deseaba escribir una novela donde todo el relato ocurriera en una casa, pero se dio cuenta que era imposible, por eso necesitaba crear un mundo, una aldea, para echar a andar su proyecto. Para entender a la Historia, a veces necesitamos de las leyendas para explicarnos cómo Manco Capac y Mama Ocllo pudieron viajar por el altiplano, llegar al Cusco y fundarlo. Una herramienta mítica de la que también hace uso García Márquez para comenzar una historia donde lo imposible se convierte en cotidiano y donde nunca jamás está a la vuelta de la esquina.   

 

 

escrito por Rodolfo Rodas Oré en: | (0) Comentarios | enviar por email



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